Guantanamera:
La tragedia de las 3:00 de la tarde en Cuba

Aleida A. Rodríguez
Howard University
a_a_rodriguez@howard.edu

Guantanamera (1994-1995) es un filme cubano dirigido por Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996) y  codirigido  por Juan Carlos Tabío. Alea, que al morir de cáncer al pulmón, tenía 67 años, fue el mejor director de cine que ha tenido la Revolución Cubana. Al morir en 1996,  B. Ruby Rich, del Village Voice, hace una  reseña de su trayectoria como cineasta, y nos dice que:

“However understated, though, he kept an ironclad commitment to his principles and to the original ideals, frayed as they were, of Cuba’s revolutionary government. He stayed in Cuba despite his cosmopolitan interests and international contacts, explaining if asked that he’d rather be part of a community working to build something together that an expatriate renegade, however successful […]. Titón was exceptional. Born into Cuban gentry, inspired by Italian neo-realism, he went to Rome to study at the legendary Experimental Film Center […]. Many of his early films were comedies lampooning revolutionary zeal run a mock, like ADeath of a Bureaucrat (his last  film, Guantanamera, is really its remake)”.

Realmente, Guantanamer está muy lejos de ser una repetición de La muerte de un burócrata. Esto lo veremos más adelante.

Por su parte, Reynaldo González, Director de la Cinemateca Cubana, dice en su breve artículo: “Titón: Artista/Ciudadano” encontrado en la página oficial de Gutiérrez Alea (en la Red) y escrito en el año 2001:

“Solamente quienes viven desde adentro los controvertidos días de un proceso social que se propuso cambiar el destino, pueden comprender la comunión de esos extremos que se tocan: disciplina y cuestionamiento. Lo comprendió y practicó Titón de manera aleccionadora […], optó por la permanencia y la pelea frente a dogmatismos de viejo y nuevo cuño. En una marea enrarecida por proclamados incondicionales, mantuvo la posición del artista que no accede al abortivo oficialismo”.

Esta cita, creo conveniente aclarar, se hace a la distancia de más de una década de la ruptura de la Unión Soviética. De ninguna manera refleja el viejo slogan acuñado por Fidel Castro de: “Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada” que todavía sigue vigente a nivel de la línea oficial del Partido Comunista. Tal vez esté en la no oficial que tanto estamos viendo después de los años 90 hasta el presente. La que nos ha dado obras de teatro, películas, cuentos y una nueva era de la novela a la cual ya se le está llamando el boom de la novela cubana.

En Cuba, la industria cinematográfica existió desde principios del siglo XX aunque en una forma limitada.  Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa, recién llegados de un curso en el Centro Experimental de Cinematografía en Roma,  se unen y colaboran en la producción de El Megano  (1955).  Este documental habrá de denunciar las condiciones de los carboneros de la Ciénaga de Zapata.

Minna Jaskari, en el 97, nos dirá que nunca fue exhibido para el público en general puesto que el régimen batistiano lo confiscó después de su primera proyección en la Universidad de La Habana. Por lo tanto,

El Mégano is considered the first precursor of the revolutionary cinema, and all of those who collaborated in  its production (Gutierrez Alea, Garcia Espinosa, Alfredo Guevara, Jorge Haydu and Jorge Fraga) would go on to make up the central core of the ICAIC”.

En Cuba, además de los premios acumulados por sus filmes a nivel mundial, se le otorgan a Gutiérrez Alea varias distinciones y premios:

Distinción “Por la Cultura Cubana”, Ministerio de Cultura,1981.
Medalla commemorativa “Victoria de Playa Girón”, Consejo de Estado de la República de Cuba, 1982.
Distinción “Raúl Gómez García”, Sindicato de Trabajadores de la Cultura, 1982.
Premio de la Crítica Cubana a su libro Dialéctica del Espectador, 1983.
       Réplica del “Machete del General Máximo Gómez”, Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), 1987.
Orden Félix Varela de Primer Grado, Consejo de Estado (sin fecha).

Después del comienzo de la  Revolución, podemos encontrar a Gutiérrez Alea como director de:

Historias de la Revolución (1960), Muerte al Invasor (1961), Las doce sillas (1962), Cumbite (1964), La muerte de un burócrata (1966), Memorias del subdesarrollo (1968), Una pelea cubana contra los demonios (1971), La última cena (1976), Los sobrevivientes (1978), Hasta cierto punto (1983), Fresa y chocolate (1993) y Guantanamera (1995), su último film.

Guantanamera, de por sí, recibió los siguientes premios: Segundo Premio Coral en el XVII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, 1995; Premio del Jurado XII Festival de Viña del Mar, Chile, 1996; Premio especial del Jurado, Catalina de Oro, Cartagena de Indias, Colombia, 1996.

Para aquellos que no han visto todo el film, paso a ofrecerles un pequeño resumen de la trama que a simple vista sólo parece ser una tragicomedia  de dos amores en una Cuba llena de paradojas. El guión se le atribuye mayormente a Eliseo Alberto (Eliseo Diego), Premio Alfaguara 1998 con la novela Caracol Beach. Partícipes del guión son también Gutiérrez Alea y Tabío. Fuera del reconocimiento oficial que aparece en el film, sólo se  considera a Eliseo Alberto como el verdadero guionista.

El film comienza en Guantánamo, lugar de origen de Yoyita, la cantante, que regresa de La Habana  en busca de un viejo amor, después de cincuenta años de lejanía. Allí se encuentra con Cándido, el músico, que todo amoroso la recibe en sus brazos y en ellos la pobre Yoyita muere de un ataque al corazón. Este incidente da cabida al burócrata Adolfo, caído en desgracia políticamente, de poner en práctica su flamante idea de ahorrar gasolina cambiando el féretro de una carroza fúnebre a otra carroza fúnebre  en cada provincia, ya que Yoyita había dispuesto que la enterraran en La Habana. Adolfo, a su vez, es  esposo de la ex-profesora universitaria Georgina, la sobrina de Yoyita.

Así, la muerta Yoyita, el dolido Cándido, la sobrina Georgina y su esposo Adolfo, emprenden un viaje a través de la Carretera Central de Cuba. Tan pronto como llegan a la carretera, se encuentran con dos camioneros: el mujeriego e ingeniero Mariano y su compañero santero Ramón. Ambos manejan una hermosa y moderna rastra española, un Pegaso, de esos con alas. Por esa carretera, incomprensible para el que no esté acostumbrado a los caminos de Cuba, los camioneros transportan su carga regular, también recogen pasajeros, animales (comprados para revender), mensajes amorosos, y visitan a sus diferentes mujeres.

Ambos grupos se han de encontrar más de una vez en el camino, dando lugar a que resurja un viejo pero no declarado amor, entre Georgina y Mariano. Amor este de la época universitaria de ambos.

A este itinerante funeral se habrá de agregar otro féretro, el de un negro de 104 años que había pedido que enterraran en su tierra natal, Cárdenas, la ciudad de Ilián. De más esta decirles que se confunden los féretros. Que a la de la Habana la entierran en Cárdenas y al de Cárdenas lo entierran en La Habana.  Ante la confusion creada, y ocultada  por Adolfo, muere también Cándido. De esta manera, Yoyita —es decir el negro—, es enterrada junto a su amado Candido en el Cementerio Colón de La Habana.

La narración principal, como en todo film, es hecha por la cámara. A ella se le suman otros dos narradores. Una melodía cubana de finales del siglo XIX a la cual el cantante Joseíto Fernández, mucho antes de la Revolución (por 1928) le había añadido un estribillo y que  utilizará más adelante en el “Suceso del día” en la estación de radio CMQ.  Programa este que, justo a las tres de la tarde, narraba, en pura improvisación cantada, la tragedia del día. De ahí se quedó aquello de que en Cuba  le cantaban la Guantanamera al que se moría. En el Diccionario de cubismos más usuales, de Sánchez Boudy, se encuentra como sinónimo de: “Haber cantado el Manisero. Haber guardado el carro. Haberse puesto el chaquetón de pinotea” (Vizcaíno,Guantanamera, www.cuba.com, 3/19/03).

La Guantanamera, la canción que hoy conocemos, no es más que una conjunción de distintos momentos y discutida paternidad. Para resumir, Peter Seeger le pidió a Julián Orbón, miembro del grupo Orígenes, que le pusiera letra a la tan conocida melodía y este lo hizo con algunos de los Versos Sencillos de Jose Martí. Los Sandpipers la hicieron famosa en una edición bilingüe en los EEUU.

Normalmente en su forma original era un crimen que en el film se metamorfoseara a través de un tercer narrador que nos cuenta una leyenda yoruba: Olofin, la deidad que no baja a la tierra, que en el sincretismo de la Santería es el equivalente de Jesucristo o la paloma del Espíritu Santo, se ha cansado de los viejos que nunca mueren y decide mandar a Ikú, su mensajero, a que se los lleve a todos al cementerio y que el mundo comience de nuevo, donde el hombre nazca, crezca y se muera. Así que mandó a llover y llovió y llovió mucho en Sancti Spíritus y en el Cementerio Colón, para bajar de un mausoleo a Adolfo y directamente, me imagino, enterrarlo allí. Y todo gracias a Ikú o a Eleguá, the trickster, el que bromea, el que engaña. Después de todo, él es el Orisha que vive detrás de la puerta, el que controla los caminos y las entradas. Sin él, Ikú, la muerte en este caso, no puede entrar. Eleguá es el niño con cara de viejo. Tal vez sea el guionista Eliseo Diego the trickster, el que juega, el que engaña, el que hace aparecer a Ikú como una niña,  anticipando la muerte, hasta la de un caballo viejo y famélico para que también desaparezca.

Y ahora unamos los cabos. Que se vaya, que se muera el Caballo y aquí va ahora con mayúscula. Y si no saben quién  es, ya se lo pueden imaginar. Y para aquellos que no lo saben, a Fidel, al principio de la Revolución, se le decía el Caballo, con las diferentes connotaciones  que la palabra pueda conllevar, sobre todo en Santería,  convertida hoy en la religión oficial de casi un 60% del pueblo cubano.

Por asociación, Rodolfo, subido en un mausoleo del Cementerio Colón, se confunde con Fidel sobre la Plaza José Martí, convertida, a su vez, en el mausoleo Plaza de la Revolución, Fidel y Rodolfo llevados a la muerte por Ikú, que  mira a su reloj como anticipo de esa lluvia que ha de limpiar los caminos de todo mal. Es Ikú, la niña, lo nuevo, la juventud, la que nos dice que es tiempo de que muera Adolfo y el sistema que lo creó, incluyendo, claro está, al Caballo.

A través de este viaje alucinante, vemos las condiciones económicas de Cuba en el 95, que aún perduran y que siguen aumentando a pasos agigantados en el presente. Si hay un mensaje claro en el film es el de que quien no tiene dólares no come. Mensaje que de una forma u otra va asociado también a la muerte, en este caso, del sistema económico imperante.

Lejos está la burocratización de Guantanamera de la chaplinesca  Muerte de un burócrata, film al cual se refería Rich en la primera cita leída por mí. Una cosa es que la Revolución haya sido traicionada y otra que traicionó a todos.

Eliseo Alberto  nos dirá que el guión de Guantanamera estuvo engavetado durante muchos años, agregando que el ICAIC, desesperado por hallar dólares, presta sus servicios a un productor español interesado en Guantanamera y la cinta no tuvo que pasar por la censura. (Hernández Cuéllar, Cuba 100 después. Encuentro con Eliseo Alberto).
(www.contactomagazine.com/lichi.htm).

Gutiérrez Alea, en una entrevista que se le hace durante la filmación de Fresa y Chocolate 1993), dice: “El cine no es retratar la realidad simplemente. El cine es manipular. Te da la posibilidad e manipular distintos aspectos de la realidad, crear nuevos significados y es en ese juego que uno aprende lo que es el mundo” (Gutiérrez Alea: www.cubacine.cu/realizad/titon.html).

Si ese mundo está organizado por una leyenda yoruba del fin del mundo y del comienzo dentro y como aliada de ambas la muerte, ¿dónde queda el pueblo cubano y específicamente el negro en esta intercepción de caminos? Por lo menos, uno fusilado en este mes de abril al intentar con otras diez personas más llevarse una lancha hacia los EEUU. Otros más llegaron y también murieron como balseros (1994), los primeros en protestar cerca del Malecón habanero. Otros ya habían salido por El Mariel (1980). El color que separaba a los primeros exiliados cubanos (¿Y tu abuela dónde está?) se va oscureciendo por esos a quien la Revolución prometió dar mejor vida.

El negro, en cubano, bajo la Revolución, ha pasado más hambre que un perro; donde forma parte intrínsica de un turismo sexual, ya sea heterosexual u homosexual. La jinetera o el jinetero ganan en un día $30.00, más que un médico al mes, más que una maestra con 30 años de experiencia, o lo mismo que gana el rector de la Universidad de La Habana en otro mes. (100 años después).

Al preguntársele a Lichi (Eliseo Alberto) los cambios que puedan haber en el futuro, nos contesta:

“Cambio con Fidel, ninguno”.  Para agregar más adelante: “Yo creo que el que va a provocar el cambio debe tener ahora unos 30 años, quizás mulato, y tal vez está montado hoy en una bicicleta, en Cuba, reflexionando sobre lo que pasa a su alrededor”. (Cuba, 100 años después).

Guantanamera es un film de protesta, Gutiérrez Alea, Tabío y Lichi sabían lo que hacían. La censura no les tocó la película. Otras muchas habían desaparecido después del primer día de estreno, esta se salvó.

Este no es un film dentro de la revolución, es una declaración contra el sistema que la concibió.

Y para terminar este apataki, y como diría un santero antes de acostarse: Olofin ewa wo: Que Olofin ayude a levantarnos.
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©   Aleida. A. Rodríguez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VII - NÚMERO 26