País íntimo

Hernán Vargascarreño
poetasalexilio@gmail.com


Libro ganador del Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos, otorgado por la Biblioteca Centenario,
de la ciudad de Cali, Colombia, en el año 2000, entre 370 libros participantes de todo el país.
Primera edición: Fondo de publicaciones Universidad del Magdalena, 2003.

                                                                                                     TRENES

TRENES

                                                                 Para El Guardagujas,
                                                                 de Juan José Arreola

1
Una estación que ve llegar
trenes rojos
trayendo como único pasajero
la noche;
un día el sueño se cumple:
llega el tren rojo,
se baja la noche,
y se instala para siempre
en la estación del olvido.

2
Los trenes que siempre han pasado
silenciosos, vacíos,
y en su última ventanilla
un niño muerto
dibujándome un adiós
con su mano triste.

3
O el tren perdido,
el que nunca regresó
y tampoco llegó a su destino;
dicen que ahora es un fantasma;
a veces aparecen sus huellas
en los sembrados.

4
Los trenes deseados,
los que nunca humearán;
alguna vez nos despertará
su estrepitosa presencia
ante el asombro de la Muerte.

5
El tren transparente,
repleto de hermosa gente transparente;
ahora pasa cada nueve lunas
ante el estupor de los aldeanos,
pero nadie lo comenta
por temor a que los crean locos.

6
El guardagujas perverso;
el que enredó los hilos metálicos
e instauró el Caos.

7
El maquinista de sueños
que añora su oficio
en la última estación.
Cómo anhela que los rieles
vayan más allá de su memoria.

8
El vendedor de boletos
que una tarde
vino a comprarse a sí mismo
un boleto sin regreso.

9
El tren de los dioses.
Pasa solo una vez.
Alguien se baja, gira la aguja,
borra la memoria de los hombres
y todo vuelve a empezar de la Nada.

10
El pregonero de rutas
que jamás ha subido a un tren.

11
El tren que sueña con ser tren;
cada vagón una pesadilla
y su único pasajero yo mismo;
una vez se bajó y vino
a tomar el café conmigo;
desde entonces compartimos
la misma tumba.

12
El tren de los cuerdos.
El que sí pasa puntual todos los días;
el que regresa con mercancías
y pasajeros nuevos;
hoy ha llegado con un cargamento
de ataúdes importados, veinte
prostitutas vestidas de monjas
y cien cerdos blancos y hermosos;
ese tren nunca lo espero,
sin embargo, es el único maldito
que me humilla con su presencia.

                                                                     MORADAS

                                                                                                   Nunca, aquí abajo, me he sentido en casa.
                                                          Emily Dickinson


ESTANCIA

Quien aprende a amar
los altos muros de su casa,
los lamentos que allí persisten,
los perros ancianos y silenciosos
que se niegan a morir,
aquellos peldaños que ya nadie sube,
los ruidos de la cocina y el espectro
de la madre ofrendándonos el café
y su bendición,
le será fácil aceptar
–mas no comprender-
que esa, ya no es su casa,
sino los altos muros de su tumba.


MORADA

La casa que se resquebraja dentro de mí nadie la habita; nunca una luz ni una ventana abierta; ¿qué señales de vida la mantienen en pie? Tiene la parquedad que solo dan los años y hay rosales viejos que nadie sembró y que nadie poda. Tampoco yo quiero ocuparme en limpiar su entrada repleta de hojas secas que felices se pudren. El alma de la casa que me habita no me pertenece, y no acepto sus reproches, porque nunca le prometí una familia que no tengo. En su soledad, ella ha tenido que imaginarse sus habitantes espectrales delirando en sus falsos laberintos; y sola tendrá que desmoronarse bajo el universo; morirá como suelen morir los hombres cuando en su vanidad han comprendido la desolación de su miseria. Y no moveré un solo dedo para evitarlo. No fui yo quien levantó sus abominables fortalezas.


PARA HACERSE A UNA CASA

                                                                              que podáis estar en esta casa
                                        como la música está en el instrumento.
   Úrsula Le Guin

Ignora los bancos y sus políticas predadoras.
De retales, escombros, desechos de la humanidad,
puedes proveerte.
La elección del sitio ha de ser clave:
nada de vecinos. En su lugar
planta árboles de variadas especies;
pronto se poblarán de frutos y voces
que no hablarán mal de tus miserias
y protegerán tu casa de los malos vientos.
Un salón cómodo y aireado
en el que quepan tus pocos amigos alrededor
de la chimenea, grandes ventanales, corredores
y un altar para los libros.
Piedra a piedra, madero a madero, lo conseguirás.
Para cuando tu fortaleza haya germinado
la casa estará lista.
Ella te empezará a habitar y
pronto te convertirás en su fantasma.
Acostúmbrate a su terquedad
a la evidencia de sus muros
a los crujires de su estructura.
Un día cualquiera hablarán el mismo idioma
aromado por los jardines que tus manos cuidarán.
No añores la inmensidad del mundo
e indaga mejor la vastedad de tu propia casa,
de tu pensamiento. Para eso los gatos
ayudan mucho; permíteles refugio.
Recibe cuanto quieras la memoria de tus padres
y amigos que ya no están; la visita de tus
hermanos y bienvenidos, entre ellos el amor.
Pero libérate pronto de sus presencias
para añorar el sabor de la compañía
y permitir el reencuentro a la distancia del tiempo.
Presta a tención a los cuidados y reparaciones
que toda casa requiere.
Amístate con tus palabras; el lenguaje
siempre ha sido una especie de salvación.
Sumérgete humano en su luz y en sus sombras,
en sus lacónicas respuestas.
Y solo para cuando estés preparado
húndete en su sueño liberador de rencores.
Podrás reconocer entonces que has erigido y
habitado la estancia que todo nos ofrece: la Poesía.


ASUNTOS DE CASA

1
Primero fue una luz. La luz era un sueño.
El sueño una mujer y un hombre que se amaban.
Así, creció la casa.

2
Un día hubo humo en su chimenea
y niños iluminados de algarabías,
perros y gatos que siempre se peleaban
y el amor montuno, intacto,
manando por sus ventanas.

3
La casa acostumbró a sus habitantes.
Poco gustaba de visitas, a no ser que fueran
pájaros o aguaceros.
Nunca conoció a otra semejante. Lo más cercano
siempre fue la casa del perro o el establo de
las vacas. Por eso era perdonable cierta
altivez que lucía en las mañanas
cuando alardeaban sus contornos.

4
Tuvo enfermedades como todo el mundo,
pero siempre hubo alguien atento a sus dolencias:
ajustarle una puerta, cambiarle unas tejas,
remozarle sus colores, obsequiarle macetas nuevas,
esos cuidados menores que uno necesita
para poder volverse viejo.

5
Los muchachos crecieron y buscaron su destino.
Así la casa se acomodó sus primeras penas.
Madre y padre lucieron sus canas
y desgarraban el silencio en sus mecedoras.
Arriba, las estrellas y la luna, puntuales,
atestiguaban la reciedumbre de la casa
plateando sus testarudas paredes.

6
Un día ya no hubo más padre ni madre.
Y en la colina, se cavó para los muertos otra casa,
esa pariente subterránea avezada en olvidos.

7
De eso hace ya muchos años,
cuando la casa vivía y aún no se había tendido
en su propio sueño.
Aquí pueden ver sus huesos a ras de tierra.
Su esqueleto demarcado entre yerbas y malvas,
nada más que pobres señales de un monstruo abatido
resistiendo a duras penas las últimas cicatrices
de su memoria.


ZAPATOCA, DÍAS DE 1963

    A Luisa María, mi madre

Lejos, detrás del alba, me llama mi madre;
es su voz la que me colma con cantos de pájaros.
Mis hermanos corretean los animales
pero todo ocurre ahora en silencio.

Arrullándose a sí mismo, el rumoroso árbol
del solar contempla la familia campesina.
Trato de comprender su lenguaje, pero aún no puedo.

Una hermosa y joven mujer languidece la casa
salmodiando sus desamores; todavía la siento.
En el pueblo alguien pregona leche fresca.
No es que crea oírlo; su pregón ya es alimento.

Mis sueños se escapan con el humo de la cocina
y tras ellos va el tiempo desplegando sus aromas.

En el esplendor de la mañana aparece mi padre,
sereno y bello, sorbiendo su café tan lejos de mí.

Un grito se escucha en mi alma:
sacude dolores que aún no soporto
y me ahúcha desde ya sus fantasmas
al temor de vivir huyéndome.

Es el presagio del fuego solitario que arderá
mis días venideros, especie de ángel desalado
o algo que me anuncia no sé qué, desde esa casa
de la infancia que siempre me lleva consigo,
la que nunca ha dejado de aniquilarme…
la que siempre se atarea en revivirme…


                                                                   INFANCIA

           Por los solares juegan unos niños
     en sus coros de ausencia.
    Juegan a que están vivos todavía,
  a que nunca se fueron.
Eugenio Montejo


INFANCIA

1
Recuerdo cómo jugábamos
a las palabras suicidas         
—que de algún modo habitan al niño—
las estallábamos
contra los muros de las noches,
hacíamos un jardín con ellas,
nos lanzábamos a su silencio absurdo
y moríamos abrazados a su dolor.

2
Un día perdimos al tiempo
en los linderos del bosque;
¿podrá algún canto atraerlo
a mi gruta?
Oh la oración infantil
que perturbaba la sangre,
cómo huyó de los labios,
cómo nos liberó de los años…

3
Acudieron a la cita
mis juguetes destrozados
y el pequeño fantasma
abandonado en ellos;
¿dónde las manos que me los ofrecieron?
¿qué de su imperio inaugurando formas?
Esta superficie brillante
que violenta mi garganta
fue alguna vez un sueño para mí;
¿por qué no me reconoce
y aligera esta muerte?

4
Ya se sabía de la luna
y su abusiva permanencia;
ya habíamos entonado
el último canto a los divinos;
¿para qué volver de la muerte
si el aroma de las azucenas
nos esparce por el campo?
-olfatos hay que pasan
y nos acunan en su memoria-

5
Los niños jugaban a la ronda
en un jardín sin colores ni aromas
—de sus caritas tengo el recuerdo
de sus juegos silenciosos—
Los niños insistían en el martirio;
ya habían olvidado
que eran pequeños muertos.

6
Por agosto
elevábamos cometas
y echábamos al agua
barquitos de papel;
una tarde cómplice
todos nos hundimos en silencio
y ya no hubo más agostos;
¡qué seductor era el estanque!
¡qué solas y tristes
quedaron nuestras madres!

7
En invierno éramos felices;
el río se desbordaba
y los muertos soñaban bajo el agua;
las mamás nos protegían en los altillos
y quemaban ramo santo;
por días teníamos a papá con nosotros
mientras el agua bajaba furiosa
con señales de otros pueblos
que no conocíamos;

—esos inviernos ya no existen
ahora que soñamos bajo flores silvestres—

Aún mamá viene los domingos
a rezar sobre la tumba,
y mientras reza,
sus manos viejas y piadosas
arrancan la maleza que brotamos.


                                                                           SALVEDADES

     Cae la noche y ya se van
  nuestras miserias a dormir.
     Joan Manuel Serrat


ACTOS LIBERTARIOS
ANTE UN CRUCIGRAMA

Cuando aparezcan ante tus ojos, borra primero todos los cuadros oscuros; continúa con el entramado de las líneas incluyendo sus odiosos contornos y conjura con un gesto viril a quien pretendió encerrar tan exótica bandada de sueños.

Luego sácalas de tu casa memoriosa y lánzalas una a una o en parejas o como quieras. No interesa cómo caigan ni las trampas que hagan para liarse deslizarse o desplegar sus alas ocultas.

Ellas buscarán su orden o su desorden.

Algunas simularán dormirse, otras harán sus ejercicios pasionarios, y las más, no tendrán reparo en mostrar sus fastas o lánguidas desnudeces.

Degustarás el verdadero sexo de cada una y recibirás más de una sorpresa.

Lo importante es liberarlas, ser celestino con ellas (la profesión más noble, según Don Quijote), y prestar atención a sus deliciosos vicios y voluptuosos caprichos.

Deberás aprender bien de sus tácticas y oficios.

Ya sé que los crucigrameros nos odiarán por esto. Eso es lo de menos si has de tener a tu lado la fiel dulce amarga y ambigua alianza de las Palabras.


ORACIÓN

Mi oración por los que se lamen sus heridas bajo
el ojo de la soledad,
por el árbol que se despide de su cielo y se
desploma a la podredumbre,
por el río nocturno que ruge la voz de la tierra
entre cañones de olvido,
por los campesinos y su olor a vacadas a cosechas
a inocencias,
por la tonada del pájaro llamando a la lluvia a la
semilla no brotada al nido sospechado,
por la anciana que entresueña en la comisura de sus
labios sus vástagos ofrendados a la tierra,
por la bestia desterrada de su manada y extraviada
en las estepas de la muerte,
por la eterna eterna orfandad de dios,
por la luna y su mirada abrazando la candencia de los
amantes,
por el amor que no ha percibido el temblor de los
labios deseados,
por cualquier mínimo objeto olvidado que sueña la
tibieza de unas manos recreando sus formas,
por los aborígenes y su elemental idea de los dioses,
por las rosas no abiertas que presienten el roce
de tu aliento,
por un retrato macilento que ya no tendrá más ojos
que lo amen,
por el pecho que te anhela, devoto y pasionario, sin
que tú siquiera lo adviertas,
por el niño que arrastra una tristeza de anciano,
por el mar y las sombras,
por los mudos mudos lamentos del universo,
por las piedras asidas a su calmosa sabiduría,
por los ojos que nunca vieron,
por los senos jamás acariciados,
por la palabra nunca pronunciada
y también por la postrera llama.
Mi oración por la última noche que verán tus ojos,
por la última noche que desolará los míos
antes de adentrarnos
en la noche de todas las noches.


LA POESÍA

       Para Mick Jagger

La poesía nos presta sus asombros, sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios  que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea.

Algunos creen poseerla; ignoran que la poesía es hermana de la demencia; no se deja poseer; es ella quien posee, quien acoge.

Podemos ver a través de ella, pero no atravesarla. Su esencia no permite el otro lado, tampoco el de acá; no hay portones, pestillos, aldabas. No se entra o se sale de ella. Se está o no se está.

Momentáneamente puede ser un espejo. Pero ya. No da lugar a vanidades; solo a reconocimientos no muy alentadores. También es una sombra que pasa, o una luz, da lo mismo. Se piensa entonces en un espíritu o algo así; y hacemos bien en pensarlo. Para acercarse a ella hay que profesar actitudes místicas, demenciales o pasionarias. Quienes lo hacen están muy cerca; han tenido sus roces con sus bellezas y sus crueldades. La invitan a su mesa y ella acepta el pan y el vino. Pero no el pan y el vino en sí, sino la idea del trigo hecho alimento y la idea del licor hecho amistad y locura.

Y quien se resigne morirá lejos de su canto. Hemos de seguir intentando con la poesía, haciendo trueques con ella, intercambiando afectos, deshonras, nimiedades. Tal vez un día nos deje en casa un poco de su luz, o en la mano uno de sus talismanes, o en el pecho, una pócima de su dolor.


OFICIOS CONTRA LA POESÍA

Persuadir a cierto cuchillo
para que ignore el pan
y solo se ocupe de los enemigos.

Abrir los ojos de los muertos
que se resisten a ver
las vísceras del infierno.

Dirigir la flecha
al corazón del único guerrero
que podría liberar a su pueblo.

Desparramar sobre cierta palabra tierna
un olor pestilente y ocre
para que sea abandonada por los hombres.

Advertirle a un iluminado del mal
su secreta vocación para crear el Caos.

Pintar de verde pútrido
el rostro de los ahorcados.

Abrir las fauces del Terror
solo por capricho
de los dioses ignorados.

Provocar en un varón
—que desdeña la dicha por temor a su virilidad—
el Deseo acendrado en los labios de un muchacho.

Cimbrar el último estertor
en el bello ciervo
desangrado por los bellos tigres.

Purificar el lecho al que nunca podrán
llegar una pareja de amantes
que se consumen sin poder acariciarse.

Bruñir el odio mortal entre dos hermanos
para que al otro lado del Universo
renazca un dios perverso.

Cavar mi propia fosa
y morirme en los demás una y otra vez
sin poder abrazar mi propia muerte.



Venenoso Cicatero Retorcido y Malnacido
Amo de las miserias: ¿cuántos viles oficios más
tendremos que soportar contra la Poesía?


LA TANTA DICHA DE TU ALMA

La mujer que extiende su miseria para implorar una limosna, exhibe su llaga provocada por su propia mano, su ojo casi salido por un botellazo que ahora agradece como un trofeo recibido, su decrépita calaña y su boca oscura, podrida por las maldiciones proferidas a diario…

El transeúnte —o la transeúnte— que saca una moneda y la deja caer piadosamente en la mano extendida, camina con más liviandad creyendo haber purgado sus culpas y pecados de malciudadano, de malpadre, de malamadre, de malamigo, de hideputa…

Y en la noche, la mendiga rodeada de maleantes y proxenetas, abre su otro negocio, cuenta ganancias, se ahoga en licor, envilece y somete más a sus niñas y niños esclavos, prostituidos…

Y a esa misma hora, tú, hombre, mujer, ciudadano o ciudadana culpable de mezquindades, envidias, infracciones a la vida, mísero humano creyente en la bondad de tu corazón, en la liberalidad de tu alma, te adormeces tranquilo con el mundo, dando infinitas gracias a tu dios por bienes y favores recibidos…

Y en su lupanar, la mendiga recuerda tu rostro mezquino y tu limosna, y te maldice una y otra vez, blasfema contra ti, te vocifera vulgares retahílas de desgracias, escupe tu suerte por contribuir a perpetuar su miseria, y equilibra así ante el Universo, la tanta dicha de tu alma. Gracias a ese equilibrio, vuelves a caer. Bis…


NO LO DIGO YO SINO TU MISERIA

            Quien degrada a otro me degrada a mí.
   Whitman

Estás en todo el derecho de odiar a las prostitutas, homosexuales, vagabundos; a los negros y a los ateos, a los que no les gusta la política, a todo lo que huela a pobre, a lo que ahora llaman en tono eufemístico “las minorías”, o a todo aquel que tú quieras odiar.

Eso quiere decir que la sociedad te ha preparado bien, que has amamantado el tiempo justo sus capitales enseñanzas y religiosas caridades, que eres un preso entre sus relucientes barrotes, y que tus maestros han sido excelentes.

Eso te hace más humano, más próximo a caer; porque estás frente a ellos, no con ellos. Porque te has anquilosado en tu propia sevicia, en tu odio artificial.

Y quien se detiene cae más fácil que quien camina. Eso no lo digo yo sino las simples leyes de la física. Termina seducido por los aromas que detesta, por su yo miserable, por el falso amor que lo posee.

Y cuando descubras que tu riqueza es tu vileza —ese querer gozar aquello que no posees y que falsamente odias— estarás salvado. O salvada. Eso no lo digo yo sino tu miseria que ahora la veo pasar frente a mi verja anhelando una ración de mi libertad, de la libertad de muchos. Puedes tomar una flor si quieres. Ella desconoce por completo estas mezquindades humanas. Y yo, ni he visto ni he oído nada.


ESE DULCE VENENO
QUE LLAMAMOS ARTE

Dame un trago de ese veneno que llaman arte; permíteme la agonía del silencio, cerrar el único orificio por donde me lanzan nubes, mascar una rosa mientras espero nada.

Sé que no hay un espejo para mí —ya los he intentado todos y aún no he visto el rostro de mi muerte— pero mi memoria, no traiciona el olor del vino, ni la vela que en su oración de fuego nos ama mientras evadimos el alma. Hoy el dolor me ha forjado en su yunque, ha vertido palabras inertes sobre mi pecho.

Ven, elegido de los lotos negros, verdugo de dios, dame otro trago de ese veneno que llamamos arte, quiero ser un pájaro.


PARA ATRAPAR UN INSECTO
SIN ATRAPARLO

Procura conocerlo bien, escrutarlo y fijar sus mínimos detalles. Entrarás en sus enormes ojos y contemplarás la vida desde ellos.

(Aquí uno empieza a sentirse miserable).

Intentar su chillido, su llamado a las criaturas que pueblan las tardes de los árboles; copular religiosamente y dormirse entre las ramas abrazando la noche.

Una vez en tu memoria podrás atraparlo suave… serenamente.

Mantente inmóvil, silencioso, y desecha todos tus odios. Escucha los susurros de la felicidad, la terrible armonía del universo; permítele desplegar su vuelo por tu averiada memoria; si es preciso, expande tus estrechas fronteras tanto como sea necesario. Al final, repentino, volverá a la desolada eternidad. Aquí empieza a doler la libertad. Pero ya no importa. Nunca podrás olvidar su vuelo.


LOS RAROS

Aunque rara vez caen, van por ahí dando traspiés
contra todo, remendando la soledad, coqueteándole a
los árboles o prefigurando en las nubes terribles e
ingenuas batallas de diablillos enamorados;
los otros, solo se ocupan de ellos cuando de
criticarlos se trata, pues no saben entrar en la
inmensa posibilidad de sus actos y de sus palabras;
cargan siempre un extraño dolor difícil de definir
y sus abrazos ni son programados ni pretenden
ser otra cosa;
cuando los obligan a trabajar son objeto de burla
por su encantamiento, mas ignoran su inteligencia
atenta al mínimo susurro del viento;
en mi casa suelen dejarse caer algunos: los vecinos
cierran sus narices creyendo que huelen mal,
abren sus ojotes ante sus vestimentas y
agudizan sus oídos para tratar de entender lo que
nunca entenderán (mis vecinos, que son horribles,
se mueren de envidia, enferman y van al médico,
pero el médico no les halla nada porque los otros
siempre han sabido camuflar cualquier vergüenza);
pero sigamos con los nuestros:

si sientes tristeza, puedes contar con ellos,
si quieres hablar de cosas insignificantes, también,
pero nunca trates de enjaularlos en lo que llaman
“una personalidad estructurada”, pues solo los otros
soportan semejante suplicio;
un maúllo, una palabra vieja, una luna despistada,
un capullo de nada, un amorcito ajado, todas esas
cosas y muchas más  puedes hallar en sus bolsillos
o en sus pupilas si tienes el privilegio de tratarlos;
para el sexo son música-marea-brasas,
dan tanto como quieren recibir y saben compartir
el dolor hasta volverlo trizas;
tienen el don de ubicuidad, y sin proponérselo
descrestan y desenmascaran a los moralistas sin moral;
cuando miran el agua son agua
cuando se echan sobre la tierra son tierra
cuando prenden un fuego son ellos los que arden
y así sucesivamente con todas las cosas bellas y feas;
y con el mismo silencio con que se embelesan
observando cómo una arañita entreteje su universo,
se duelen con los perros callejeros ante la crueldad
diaria y se instalan frente al mar
para soñar que siguen vivos;
por eso es imposible vestirlos de etiqueta
o llevarlos a un club social (sin que sean asociales)
o hacerles una propuesta deshonesta (como el matrimonio)…
pero invítelos a un vino
o a elevar una cometa
o a descifrar el llanto de los árboles envejecidos…

Nunca verás sus nombres en tarjetitas de presentación
ni tendrán jamás una chequera,
ni los oirás hablar sobre la devaluación
o sobre la “primura” de sus hijos,
que cuando los tienen, los creen pájaros y
los empujan a la libertad;
y tendrás que esforzarte para entender cuando te hablen de…
la melancolía de una fruta
el olor de los arreboles
la belleza cadavérica del amigo que acaba de morir.
Los raros (todos) ellas y ellos,
me han salvado enviándome unas alas cobrizas,
una nuez como brújula, un trocito de noche,
unos ojos para transparentarlo todo
y una bebida hecha de ganas de amar
tan grandes como de morir;
esos abalorios, esa pócima de amor y muerte,
aún me mantienen en pie ante la rapacidad de los otros.

Los raros ¡ay los raros!
sin ellos, no podríamos asistir al aleteo de la Belleza.


A LA VIDA VINE A VIVIR

A la vida vine a vivir.
Que no me falte la sagrada carne
ni el espíritu que la hace bella;
que tu mirada sea siempre
el espejo donde me pueda revelar;
que jamás jamás me abandonen los dioses de la poesía y
los avatares para llegar a ella;
que la noche no me niegue nunca sus alas
de vuelos alucinógenos y que el día
no me aplaste con sus esplendente verdad.
Que nunca me olvide agradecer lo recibido y
el ingenuo narciso que deje asomar de ninguna forma
sea malintencionado;
que el deleite del vino me secunde siempre
el fragor de la amistad;
que por el umbral de mi casa entren menos fantasmas
y más seres reales, pero con la condición de que
posean la belleza que ilumina la poesía;
que el universo aleje de mí —lo más remoto posible—
a mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos,
y que a cambio, no me falten
tus deseados labios que llevarme a la boca,
ni los árboles y sus cantos de pájaros,
ni el misterio de los gatos
o la hondura de la música y los atardeceres.
A la vida vine a vivir.
Pero no me lo hagan tan difícil,
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla solo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis íntimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado.
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.


                                                                         PAÍS ÍNTIMO

CONFESIÓN

                                                                                                       Que no tengo personalidad ni quiero tenerla.
                                                           Rafael Cadenas

Me confieso culpable de entender más a los animales
que a las personas
de solazarme días enteros ociosamente mirando pasar
las nubes mientras el mundo trabaja y trabaja
de haber tenido serios deseos/ de matar a unos cuantos
de no ser rápido para tomar decisiones y
pasar como un tontazo cuando no entiendo lo que
hablan a mi alrededor, por ejemplo, la teoría literaria,
el índice dow jones, la ley de educación, etc
de no haber aprendido a pintar para evadirme con
el furor o la tristeza de los colores
de aburrirme soberanamente
de desconfiar de los alumnos que pretendan ser
más imbéciles que yo
de no haberme fugado de casa cuando chico y haber vuelto
unos cuantos años después convertido en
prestidigitador o en trapecista
de no abrazar ninguna religión más que la naturaleza y
su poesía viva
de llorar cuando al alma le venga en gana aunque
últimamente eso ya no esté de moda
de tener pocos amigos y muchos amores idos
de soñarme a veces Don Quijote Minotauro Atila o
la hetaira más hetaira de la gran decadencia griega
de jamás ofrecer la otra mejilla / sin antes sacar
el arma que siempre llevo conmigo
de haber declinado con el hachís / porque es tan
difícil conseguirlo
de no saberme bonachón ni estable ni dócil
de creer en el delirio en la insania en el caos
de no ser inteligente ni sagaz tanto como
despistado amnésico y abúlico
de haber sido feliz / solo hasta la adolescencia
de que los demás me confundan conmigo / cuando en
realidad me he pasado la vida sin encontrarme
de haber abandonado mi familia y ser incapaz de
convivir con alguien
de hablar solo o con los perros o con la lluvia o
con los muertos
de detestar el trabajo con horarios tanto como
los pésames y las condecoraciones
del gusto por abandonarme en mi hamaca y repasar
inútilmente en ella la película de mi vida
de haber deseado muchas veces que un enorme enorme
meteorito se estrelle contra la tierra y ¡zas! todo
(y todos) quedemos convertidos en pavesas, en
polvillo del universo
de amar a Emily a Charles a Kavafi a Dalí
de haber preferido ser un gusano en el buen sentido y
apetito de la naturaleza
de haber llegado a los cuarenta y seguir vivo usurpando
el oxígeno que otro aprovecharía mejor
de no saber engañar a los demás
(que de mí me encargo yo)
de aullarle a la luna y querer ser una sombra nada más…
en fin,
que soy culpable culpable de sentirme
débil olvidado ajeno prestado
presa de dichas y desdichas, aquí, entre todos ustedes,
cuando aún (dicen) puedo dar la cara,
pues una vez me haya ido
ni del hedor mío podré sentirme culpable.


LA HERMANA

La hermana que rumia un evidente dolor
y tritura un candor entre sus dientes;
la que nunca fue buena estudiante pero tenía
la mejor caligrafía y la más sólida disciplina;
esa hermana que pareciera tener por corazón
un alacrán;
con la que nunca me he dado un beso sentido
porque la gente recia de mi raza jamás nos enseñó
lo que es un abrazo y mucho menos un beso entre
hermanos;
la que no soporta un hombre por mucho tiempo
porque nació indómita altiva y cerrera;
la que decidió ser madre soltera y de madre
no tiene la más mínima vocación;
la que le da lo mismo una flor que un cuchillo;
la que se encierra en su corazón para
no encontrarse ni consigo misma;
la que resultó excelente enfermera y tal vez
haya amado heridos y moribundos en las
largas noches de los hospitales;
la que siendo siempre responsable no se entrega
no se rinde no concede;
huraña hiriente explosiva y atroz contra
los que se atreven a enfrentarla;
tan débil de salud y tan recia de carácter;
la que no sabe irse por las ramas ni conoce freno
en la lengua para esputar la verdad;
la que prefiere dormir a contemplar atardeceres;
a esa hermana, ¿qué odioso óvulo engendró su vida?
¿Por qué el destino la obsequió con toda su frialdad?
A esa hermana mía, muy mía, yo la amo por sobre
todas las demás, y cada vez que puedo,
sin que ella siquiera lo sospeche,
rozo sus bellas mejillas con mis labios
y con mi beso endulzo toda la hiel
que le heredó la vida.


ABUELA

Creces en la penumbra creando las formas del silencio, posando en la quietud el peso de las manos que han conocido la fiebre del instante en que brota la nostalgia como el asombro de una flor nocturna.

Caminas lentamente hacia la mudez del paisaje que ofrece la ventana; viejas fugas del alma vuelven a la memoria; la parquedad de su casita de barro se inclina cansada ante el camino de piedra. El olor de la cosecha y los aromas de la cocina desatan los hilos que aprietan la vida; el oficio del café y sus consabidas humedades aún mantienen a la abuela.

Qué puede, oh dioses de la dicha, ser más bello, si el amor de esta anciana campesina o las delicias que saca de su horno de adobe. Cuántas derrotas pesan en su espalda encorvada, cuántos lentos dolores en su espíritu. Cómo contenerme ante el roce de su bella y rugosa mano que me prodiga salud y bendiciones. Qué necia fortaleza la mantiene en pie para ver crecer mi sombra de hombre, para verme partir —quizá por última vez— cuando mi angustia me reclama otros parajes que solo el horror me sabe prodigar.


EL PADRE

                                                                                      Mi padre era para mí el asesino…
                                                    Humberto Saba

Conocí a mi padre a los diez años, cuando ya no me hacía falta —pensaba yo. Un día llegó de visita, una nube pasajera nada más, y luego siguió apareciendo con cada semana santa. Mi valiente madre lo trataba como a un extraño, con sumo respeto, y lo hospedaba en el cuarto de los hermanos mayores. Ella seguía fiel a su aposento de las mujeres. Eso se llama desamor. A los veinte lo fui a visitar. Vivía solo, ensimismado y entrando en la vejez, en permanente diálogo con el Gran Río, en un pueblo candente, lejos de su tierra y de los suyos. No pude llevarle nada porque ya nada necesitaba en su reciente tumba. Solo unas palabras que no pronuncié pero que él bien supo escuchar.

Ahora a mis cuarenta apenas soporto su recuerdo. Si lo hubiese visto envejecer, prepararme así para mi posible vejez, enseñándome lo que nunca pudo en mi infancia, justificando al menos la vida que llevo tan parecida a su aislamiento. Conocí a mi padre a los diez años como quien mira una fotografía de un pariente lejano que no conocimos ni sabemos amar.

Aferrado a la memoria, entre poetas que sueñan o sangran desde sus libros, intento ahora moldear la vida con el filo de la palabra, como tan dignamente él supo moldear la suya con el filo del silencio.


CARTA AL HERMANO

                                                                                Tengo en el alma un hermano.
                                                          Piedad Bonnett

Desde mi ayer que se resiste a morir te escribo esta carta con el pretexto de tu mutismo; aquí en este puerto las aves ganan la ruta q1ue no me atrevo a seguir; las llaves de mis grillos y de mis cadenas se las ha llevado el verdugo; el tiempo se ha encerrado conmigo en esta celda que no visita el olvido; te imagino en casa cuando éramos jóvenes; tú, ocupando el puesto de nuestro padre sin que precisaras un padre para ti; sentado, atrapado por la lectura mientras yo aprendía de tu silencio; necesito esa voz pulcra, precisa, contraria a la horrible moral establecida por la iglesia; me urgen tus indignaciones contra la injusticia, tu calor callado de hermano, porque mi vida pende de esos recuerdos, duros pero bellos, en que valerosamente nos levantó nuestra madre. Hermano, por aquí apenas pasa la vida trajeada de colores raídos a pesar de tanto paisaje, y yo quisiera verte llegar aunque sea en una carta, así se me atragantasen todas las palabras que acumulo para ti; pero la distancia y los años nos están negando; tengo mis manos rotas, el lenguaje frío, el implacable recuerdo de mi extraña niñez asesinándome, la batalla cotidiana con las palabras delineadas por la sombra; para evadirme enciendo cirios y quemo bija, exorcizo los muertos que amo, me embriago y me tiendo desnudo bajo la lactescencia de la luna llena, mientras las hienas deambulan silenciosas, extraviadas por mi memoria. Pero nada logra redimirme; el día con su gente sucia me avasalla; la noche me alucina como si yo fuese un animal salvaje y solitario que anhelara su manada; el olor del mar me llama hacia su reino de sinfonías asfixiantes; anhelo entonces la sordidez del último verbo, su desesperado color sangrante resbalando por el brillo del puñal, la belleza de un cuerpo joven, desnudo, recién sacrificado a los dioses. Hermano que habitas en una ciudad lejana, en un país que desconozco, hoy pretendo romper fronteras, usurpar distancias y llegar a tu casa, solo, con mi equipaje de palabras grises, reclamándote el calor que me pertenece. Tal vez aún haya un camino. Escríbeme y dime cómo es el frente de tu casa; dame aunque sea una señal para no equivocarme de puerta.


RITUAL DE LA MEMORIA

                                                                                  A Ricardo Serpa, in memoriam

En una serie de caracteres antiguos
he vislumbrado la felicidad;
¿pero qué puede hacer el viento
frente a una ciudad destruida
más que acariciarla y amar
las formas de sus ruinas nobles?

He visto a un dios cayendo
lanzar su última mirada sobre el océano.
En la frente de un niño descubrí el valor
que le falta al mundo para detener el Caos,
pero él nunca lo sabrá.

Una hoja seca que se aleja solitaria
me hace rememorar un octubre que fui feliz
con el calor de unas manos
y la melancolía de unos ojos verdes.
Las cosas que abandoné en mi niñez
hoy asaltan mi memoria;
una casa hay que clama la presencia
de mis ojos callados y la figura del hombre parco
que fue mi padre;
la sombra de una anciana,
que tal vez es mi madre,
me ofrece un café;
eso, también vale una lágrima mía.

¿Quién al otro extremo del Cosmos
estará esperando ciertas palabras de este lado
para erigir de nuevo la vida?

Las cosas que me rodean, y las que no me conocen,
retoman ahora su lugar en la noche.
El aliento que moldea su lenguaje silencioso
va otra vez camino al sueño,
o a la muerte, que es lo mismo.

Yo entre tanto me estoy yendo entre tinieblas,
con la huella del amor y de su olvido entre mis manos,
y con la certeza de no haber conocido
ni una mínima parte de esto que llamamos…Vida.


CUALQUIER TARDE A MIS DIECISIETE AÑOS

                                                                        A Reina María Rodríguez

De cualquier esquina puede aparecer un muchacho extraviado de los sueños que lo atormentan; las vidrieras esperan su paso para ofrecerle su desconcierto: el firmamento gris, tremolante de la ciudad, el vuelo imaginado de un pájaro que ya no habita en el universo; descender al libertinaje que permite las alas ya no es un misterio ni un sacrificio; tampoco fumar o estallar la mirada contra la agonía del resplandor que nos abandona; aquí todos valemos lo que la huella de un silencio. Si el muchacho saca a pasear su desidia no es porque el día haya rehusado ofrecerle su agonía; es la necesidad de un cine y su oscura transparencia, la terrible belleza de un rostro deseado, el tropezarse siempre con gente desconocida; mucho desearía que en esta ciudad nevara para quemar su sed contra la nieve, para aullarle a su enloquecido brillo, para imaginarse dando pasos blandos en un planeta desconocido que no supiera de atardeceres ni de tulipanes; si el muchacho sueña un encuentro, lo dibuja y se le cumple; si se desea a sí mismo, busca el sitio apropiado se acaricia y se masturba; si desea el cielo, saca del bolsillo los ajados poemas de Emily Dickinson y los relee tendido en cualquier paraje del mundo; pero ahora le urge el olor de la luna, el celo de algún animal salvaje o la tibieza de unos brazos fuertes que lo adormezcan, de unos besos que lo hundan en la melodía que lo persigue, que le emancipen ese dolor que signa su condición de solitario lector de biblioteca entre tantos libros tan bellos, entre tanta música que emana al vuelo de sus hojas; y el mundo tan solo y agonizando sin remedio… y allí la historia del rey que por riqueza tenía un hijo muerto; y el relato de la doncella que por locura devoraba pétalos y se desangraba con espinas ante el espejo; y el cuento del muchacho que extrañamente vestido se perseguía en un tiempo que no era el suyo, tarde tras tarde, sin encontrar sus huellas. De cualquier esquina puede emerger un muchacho, venido de un barrio sin nombre, envuelto en su fina soledad. Esa es su esquina favorita, esa la vidriera que exhibe preciosas antigüedades y en ella el cuadro que lo tortura; ahí el muchacho que me observa desde mis ojos, el que se busca y no me encuentra, el que se muere sin dejarme morir, el que según dicen, lleva más de doscientos años agonizando en el mismo lienzo, salido de las manos de un posible pintor de Amberes, totalmente anónimo. De cualquier esquina puede emerger un muchacho, casi niño, casi hombre. No lo ignores, Destino; no lo ignores, Espíritu del Arte; puede ser tu propio fantasma derramando el tiempo frente a la casa del silencio, allí donde dormita el alma de lo que no podemos nombrar;
… el mundo tan torpemente solo negándome sus brazos.


RIQUEZAS

                                                                                             Mi amor que seguirá cuando me vaya.
                                                            Eugenio Montejo

Nada me hace falta.
El agua brota sus terrosos secretos
alrededor de mi cabaña.
Infalible la noche vierte su desamparo.
En los árboles los frutos amarillean y
se lanzan estallando sus tersuras.
Un tremor que nunca falta desgarra el universo
atravesado por el pavor de los pájaros.
Recuerdos vagos y contundentes
sacrifican la sed de la memoria.
Gruñidos de animales salvajes circundan
a veces mis noches: la latencia de la muerte
reclamando sus formas sobre la vida.
El fuego late y cuece cuando es necesario.
Se agita el lamento incontrolable de los vientos
que desatan el alma de los árboles.
Una que otra tormenta con sus bellos
relámpagos sosiegan mi espíritu.

Las rocas suplican y nadie las oye.

El olvido es un oro eterno por el que huye
el atardecer con la ilusión de un venado.

El camino a casa, al que cuido y desyerbo
para que nunca se enmarañe, reclama a diario
el dolor de mis pies heridos.

La luna su implacable gravedad.
El tiempo su absoluta desnudez.
Y mi amor que nunca regresa.
Saudade. Esas son mis riquezas.


POEMA PARA MI AMOR QUE ES UN ANIMAL

    Aparte de vertebrado, mamífero,
carnívoro, bípedo… el ser humano
también es un animal cruel y bello,
si no, que lo diga mi pecho, el pobre pecho
oculto bajo la ropa, la piel y la armazón de huesos,
atrincherado de pavor ante mi amor
que sin piedad ni consideraciones
me ha desnudado su cuerpo, pero no su alma,
y me ha enseñado las cicatrices
de sus sangrientos combates.
Mi amor que es un animal
y observa al igual con ojos de serpiente
salamandra lobo o lechuza.
Mi amor que es un animal
y habla la voz de los pájaros.
Mi amor que hace guaridas
y las abandona,
que muda de piel
que respira en un gamo
que planea en un buitre
que duerme en un tigre
que abriga y tiembla en una pajarita.
Mi amor que instintivamente es un animal
y nada sin treguas en las aguas de mi memoria.
Mi amor que es un ave fénix cada mañana 
que despierto de la muerte,
y es un vellocino bajo el sol
y es un unicornio con la tarde
y es un dragón bajo la luna.
Mi amor que gruñe gorjea
muge brama aúlla chilla
piafa y
desgarra mis entrañas
para exhibir mis vísceras como trofeo.
Mi amor que es un animal casi humano
y fue bien parido el día en que nacieron
libertades nubes vientos y olas.
Mi amor que jamás ha conocido una jaula
más que su propio cuerpo
y nada sabe de cazadores y domadores 
y mucho sabe de árboles y ríos.
Mi amor que husmea aceza atisba
se agazapa se arrastra salta
ataca destroza y devora.
Mi amor que huye de sí día y noche
después de habernos saciado
en el hambre de la soledad
y en el dulce misterio
de los cuerpos que se unen.
Ese amor, ese amor animal,
¿bajo qué forma o qué vuelo
estará preparando su siguiente celada?

Posibles víctimas que me escuchan,
si alguien, alguno de ustedes,
por azar, por buena o por mala suerte
tropiezan con su animalidad ronroneando la tarde,
atisbando el tibio sol que penetra el mar
o abandonándose a las ramas de un envejecido árbol,
descríbanle, por favor, mis rugidos, mi desolación,
mi mirada que ya no ve más que sus propios ojos de fuego;
llévenle el mensaje de mi carne y de mi espíritu
que en celo anhelan de nuevo frotarse en su almizcle.

Intenten con un silbido suave, un trino,
un gorjeo, un canto extraño,
cualquier tonada noble que no tenga palabras
para que pueda entender.


                                                                        VIAJEROS   

VIAJEROS

1
Hoy hemos emprendido el viaje
en un vapor de principios de siglo;
el puerto,
que era nuestro único equipaje,
sin más señales que su silueta, inmutable,
nos ha abandonado.

2
Una luna de agua
se ha instaurado sobre los pasajeros;
alguien desde la proa
canta en un idioma quejumbroso.
—Cómo se aleja el vapor fantasma río abajo—
Aquí nadie escapa al sesgado beso
de la irrealidad.

3
Una mujer sin edad va con nosotros
huyendo de la muerte.
Ha olvidado ya sus oficios de hechicera,
sus poderes para crear el caos o la belleza.
Ignora que este vapor ya no existe,
que todos somos aparentes actores
simulando apenas trozos de vida.

4
El viajero principal,
a diferencia de los demás,
ni huye ni refunfuña.
Entregado a su destino
se deja llevar, a veces callado,
a veces canturreando salmodias espesas,
rapsodias que prodigan misterios
y lo hacen majestuoso.
Con sus lamentos nos arrastra a todos.
El deseo de ser sus aguas nos alucina.
Entretanto, la mar en su sabiduría lo espera.
Y con él transcurren ya sus presentimientos
de esa muerte de esa dicha de ese azul.

5
Vana es la intención del viajero
que agazapado me acompaña.
Me acosa con el deseo de huir
sin perder su identidad ni sus pasiones.
Palpita y repta dentro de mi ser.
Creyéndose prisionero
ejerce bien su oficio de verdugo.
¿Dónde las rutas que nos separen?
¿Qué poder hemos de implorar
para abandonarnos?

6
Y con todos nosotros,
el viajero de siempre,
el tiempo,
su sueño que nos consume
para evitarnos el terror de lo Eterno;
el que levanta y destruye pueblos
y conoce de memoria los vacíos rostros de dios;
el que engaña a los hombres
obsequiando veleidades,
pobres grandezas de la miseria humana.
El tiempo, con sus caprichos y resabios
ofreciéndonos la palabra y su memoria
con la certeza de que nada pierde,
de que todo vuelve a él,
a su equipaje siniestro,
a la idea que lo nombra.
El viajero que no sabe morir
y en venganza reinventa cíclicamente su juego:
nos crea nos abandona nos aniquila.
Agraciados que somos, finalmente.
Pasajeros de última clase. Mendicantes.
Pobretones que no tenemos cómo regresar
del viaje a su vacío.


TU VIAJE A LA SOLEDAD DE TU NOCHE

Para merecer los caminos del mar el hombre ha de ser su propia nave guiado por el pensamiento y la perplejidad de su lenguaje. Cualquier punto servirá como partida llevándose como equipaje a sí mismo, su carga delirante de recuerdos, su pasión apuntando a la deriva y su doliente Itaca fulgurando en la memoria.

Nada más acorde con los sueños que la aventura del infortunio; nada más certero que la propia incertidumbre y su íntimo dolor enfrentándose a su rostro; despertarse una mañana en tierra lejanas y encontrarse en una mirada que nunca volveremos a contemplar; descubrir que no es el atavío de la palabra poética lo que nos desconcierta sino su huella y su música profunda asestando nuestros sueños; avanzar herido hacia un puerto imaginado buscando alivio y protección; en fin, saborear la desazón de nuestro destino al cruzar el umbral de otras vidas desconocidas cuyas miserias nos están anhelando tanto como nuestras ilusiones.

Solo hay que dejarse ir, desnudar ciertos temores, sentirse, como lo somos, dueños de nada, y creer con vehemencia que el universo todo lo provee, desde la dicha del amar y ser amado, hasta el faro de la muerte vislumbrándonos en su justo momento.

Para alucinar los caminos del mar solo faltas tú como viajero. Aférrate a tu nave y no permitas que su quilla estalle antes de tiempo. Arrea su última vela, así esta sea tu propia alma. En una de las tantas rutas podremos cruzarnos; reconoce esta mano hermana, que más que un adiós dibujado a la distancia, alentará tu viaje a la soledad de tu noche.


                                                                EVOCANDO A EMILY

     Que pueda yo esta noche
morar en ti.
Emily Dickinson

1
Ciertos idiomas hemos olvidado;
pero a veces vienen algunos
—alados, temblorosos—
y desde el jardín nos ofrecen
sus enigmas.
Tratamos de intuirlos,
de descifrar sus designios,
y para nuestra desgracia,
no logramos entender.
Puede ser que nos hablen del amor,
de un pasado absurdo o feliz,
de una remota isla soñada
por dioses y árboles,
de qué sabe quién.
¿Podrías tú, solitario pajarillo
que gorjea en mi ventana,
ayudarme con más señales?

2
Que pueda yo esta noche
morar en ti,
correr el velo de tu sueño
y adosarme a la perplejidad
de tu almohada;
que descuidadas, tus huestes,
me permitan deslizar unas palabras,
sembrarlas adentro de tus fortalezas,
en el débil amor que me entregas.
Vendrán lloviznas, noche, luz,
y se ocuparán de ayudarme
con sus murmullos oficiantes.
Y mientras mi espera diezma tus ejércitos,
acometes, y lo sabes,
el más fiel de tus oficios
al morar dentro de mí.

3
Hay relojes que nos indican las horas,
existen otros aún más perversos que olvidan
un encuentro que no hemos de gozar.
Una gota cae: ¿cómo contará su tiempo?
Una flor se perfuma: ¿qué será la noción
de una tarde para ella?
Un relámpago nace y muere en un instante:
¿notará él su brevísima existencia?
Pero hay un reloj universal, eterno,
silencioso armonizador del Cosmos, del Todo
y de la Nada.
Su mecanismo gira sin ruido ni estridencias,
y alguien poderoso, oscuro, lubrica
perversamente cada pieza,
cuida bien de su eterno oficio.
Poca cosa para ocuparse de nosotros.
No contamos para él.
Nuestra insignificancia es absoluta.
Mientras aquí, adentro del alma,
nos apuñalan cada uno de sus segundos,
nos arrancan lágrimas, nos niegan caricias,
nos destrozan lentamente sus garras invisibles.


                                                                     PAÍS DE AGUJEROS

1
He ahí la llave para abrir la jaula
de las palabras.
Acércate, que no
vacile tu mano al liberarnos.

2
Aquí nadie puede lanzar
la primera piedra,
no porque no haya culpables
en este país de agujeros.
Ya todos estamos muertos
bajo las piedras.

3
Y si alguna tarde
nos volviese a traer
el trino de un pájaro
o el celo de un animal,
no hagamos caso de ella
ni de sus señuelos;
es una vieja costumbre
con la que suele engañar
a los muertos.

4
Esperas a la víctima
en el cadalso de tus ojos;
el brillo filoso del hacha
tiembla en sus manos y en el miedo.
—Me ves llegar
—Ejecutan la sentencia
¿Por qué no escucho
el alborozo de los espectadores?

5
Que los árboles persistan
en su antigua agonía,
que de mi boca verde
se siga deslizando este país de hormigas
que se pudre en silencio.

6
Clausuremos las ventanas
ahora que hemos decidido
ignorar la puerta.
Afuera
el mundo no es tan grande
ni tan feliz como parece.
Alguien que no es la muerte
nos engaña desde siempre.


                                                                ¡AH, DICCIONARIOS!


DIATRIBA CONTRA UN DICCIONARIO

Si usted consulta el pequeño larousse editado en Argentina, este reza en Allende Salvador: “Allende se suicida el once de septiembre de 1973”. Si usted ha tenido referencias de un tal pinochet, que ha pasado a ser sinónimo de pinocheto, es decir, asesino, torturador, verdugo, etc., chileno para más señas (vergüenza horrible para tantas y tantos chilenos), católico y cristiano, confesado y comulgado en cada misa de domingo por el obispo de Santiago, íntimo de somoza (quien descendió a los infiernos por el milagro de la dinamita), íntimo de la cía, de la dea de la oea y de los generalotes videla, viola, galtieri y bignone, quienes se alternaron el poder en Argentina desde 1971 hasta 1983 y desaparecieron con la tortura y las armas a miles de argentinos, uruguayos, paraguayos, bolivianos, obreros, estudiantes, artistas y hasta familiares suyos… decía, si ha tenido estas referencias, deténgase un momento a pensar en lo que dice el tal diccionario larousse…

Y si usted, por ser una persona joven, no sabe o no entiende lo que pasó en Chile y le cree al diccionario larousse, créale entonces también a la biblia, que nos habla de un ingenuo primer hombre llamado Adán y de una perversísima mujer llamada Eva; créale a la patasola, al patas, o en últimas créale al fondo monetario internacional y sus programas impuestos en nuestros pobres tristes países…

Si quiere saber por qué Omar Torrijos, responsable de que el Canal de Panamá fuera de los panameños en el año dos mil, estalló en un avión en pleno vuelo y ofrendó sus pavesas en el mar de América Caribe, sin la intervención del espíritu santo pero sí de la cía…

Si quiere saber por qué Bishop, ese negro grande y bello, creyente y defensor fervoroso de los derechos humanos y Presidente de la isla Estado de Granada, se levantó una madrugada invadido hasta en su cama por los marines norteamericanos, y quedó ahí asesinado junto a sus mejores hombres y mujeres…

Si a usted, por simple curiosidad se le ocurre indagar por qué Jaime Roldós, Presidente de Ecuador, fue también volado con explosivos en 1982 en un avión en pleno vuelo, aquí también sin la intervención del espíritu santo pero sí con el silencio anuente de la iglesia católica apostólica y polaca… Si la curiosidad carcome su cerebro, no se le ocurra creerle a cualquier larousse o cosa que se le parezca…

Si usted, joven rap-tecno-metal-internet, hijo mío, adolescente inmerso en las propagandas, afiebrado a las hamburguesas y a las gaseosas, si usted no quiere escuchar nuestras voces que no son tan viejas pero que algo saben, invoque entonces a los muertos y desaparecidos para que ellos lo confundan y lo aterroricen con tantas atrocidades; abra, así sea poéticamente, las entrañas de esta tierra latinoamericana para que huela lo que es el horror, aprenda a leer entre líneas y a reconocer los larousses que pululan en cualquier parte y hasta en las bibliotecas de nuestras casas. Pero no me venga con el cuento de que Salvador Allende se suicidó una tarde de septiembre… a otro idiota con ese larousse, hijo mío, joven rap-tecno-metal-internet.


¡AH, DICCIONARIOS!

Díganme que no es bella esta definición:

Flujo de partículas energéticas desprovistas
de masa, que se desplazan a una velocidad
de trescientos mil kilómetros por segundo”.

Tanto esfuerzo poético-científico para definir la Luz,
para que el diccionario salga con semejante simplonada
cuando define
Oscuridad: falta de luz o claridad”.

¡Qué falta de seriedad, señores enciclopedistas!
Si la ciencia y la poesía —que no ustedes—
contribuyeron a definir la Luz,
la misma poesía y la lógica elemental
podrían darnos una mano para definir Oscuridad:

Inmanencia de partículas de la Noche Eterna, peligrosa-mente atractivas pero desprovistas de toda presunción, las cuales emanan del sueño profundo de los Dioses después de una intrincada orgía amorosa en la que no hay poseedores ni poseídas pero todos se entregan —al decir de Borges— y en la que el Tiempo es infinita y deliciosamente imposible de medir”.

¡Ojo, señores enciclopedistas!
Los autorizo para que plagien en sus diccionarios
esta íntima definición de Oscuridad,
no sin antes registrarla en este libro
ante mis pocos lectores como testigos.
Su seguro, constante y atento lector,
Hernán Vargascarreño. Punto y firma.


FIN


CONTENIDO

TRENES

MORADAS
Estancia
Morada
Para hacerse a una casa
Asuntos de casa
Zapatoca, días de 1963

INFANCIA

SALVEDADES
Actos libertarios ante un crucigrama
Oración
La poesía
Oficios contra la poesía
La tanta dicha de tu alma
No lo digo yo sino tu miseria
Ese dulce veneno que llamamos arte
Para atrapar un insecto sin atraparlo
Los raros
A la vida vine a vivir

PAÍS ÍNTIMO
Confesión
La hermana
Abuela
El padre
Carta al hermano
Ritual de la memoria
Cualquier tarde a mis 17 años
Riquezas
Poema para mi amor que es un animal

VIAJEROS
Viajeros
Tu viaje a la soledad de tu noche

EVOCANDO A EMILY

PAÍS DE AGUJEROS

¡AH, DICCIONARIOS!
Diatriba contra un diccionario
¡Ah, diccionarios!

  EL AUTOR:

Hernán Vargascarreño (Zapatoca, Santander, 1960) es docente de literatura egresado de la Universidad Industrial de Santander. Creador del grupo Poetas al Exilio de la ciudad de Santa Marta. Creador y director desde 1991 del programa nacional Poesía Mar Abierto. Entre otras, ha recibido las siguientes distinciones: Premio Nacional de Poesía del Caribe (1993); Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos (Cali, 2000); segundo finalista en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá IDCT (2002); Premio Nacional de poesía sin banderas de la Casa Silva (2003). Es traductor especializado en la obra del poeta norteamericano Edgar Lee Masters. Libros publicados: Plural (1993), País íntimo (2003) y Almenas del tiempo (2003). Libros inéditos: Tempus —Un sol negro para Antínoo—; Carta al mundo (traducciones de Emily Dickinson). Correo electrónico:  poetasalexilio@gmail.com
_________________________________________
©   Hernán Vargascarreño

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v7n26intimo.html
PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 26