Editorial:
Cuatro textos leves

Antonio Silvera Arenas
ansilar@hotmail.com

La opulencia de la miseria
(Hacia abril 15 de 2006)

En este editorial, conformado por cuatro textos, presentamos la visión, compartida por nosotros, del poeta Antonio Silvera sobre cuatro temas surgidos de la cotidianidad de la ciudad (Barranquilla), del país (Colombia) y del mundo (Tierra). Son textos llenos de gracia y risa, de levedad y hondura, de poesía y encanto, de ironía y deseo de que el mundo cambie, textos que seguramente darán a nuestros lectores el saludable gozo de la escritura crítica.

En días pasados, una inaudita recomendación del Banco Mundial amenazó por un momento el encanto del país, habitualmente sometido a la magia prodigiosa de sus flautistas, sobre todo en éstos de agitadas campañas.
Los diarios y noticieros de T.V. hicieron eco, entonces, al extraordinario suceso: que nuestros niños famélicos estaban comiendo demasiado en comparación con aquellos que habitan los demás países del peor de los mundos posibles (léase del tercero). Con otras palabras, que sus padres —y, eso, aquellos de los que apenas alcanzan la nimia dignidad del empleo— devengan el salario mínimo más alto del submundo y que, por lo tanto, para restablecer el equilibrio, es importante que dejen de percibir los billetes de más.

Serían incontables las formas de rebatir el extraordinario argumento. La gama incluiría desde razones físicas, racionales y éticas, pero tal vez haya una, suficiente, aunque no eficiente, y que podría incluirlas a todas, por sentarse sobre la base lógica con que el sabio de Estagira intentó reducir —infructuosamente, desde luego— a los hacedores de sofismas, esto es, develando las inadecuadas bases de las premisas: ¿Por qué, si se trata de una escala que va de lo menos a lo más, el rasero tiene que ser precisamente el de los peores? ¿Por qué no medirnos en ese caso con los que ocupan al menos el escalón posterior, es decir, con los países del segundo submundo o, mejor — ¿no es esa al fin y al cabo la aspiración de entidades humanitarias como el consabido Banco?— con la del primer, único y altísimo ultramundo?

Pero, de nuevo, la lógica me responde. Debe ser precisamente por eso, por su altura: los pequeños no deben medirse con los grandes. Sería desequilibrado e inmoral. Imagínense: un minimosca versus un superpesado. Esa es la lógica, contradictoriamente piramidal, del mundo uniformemente globalizado: la de las categorías, también propuestas, lamentablemente y en mala hora para nosotros, por el sabio de los sabios. Siempre tres partes: el reino mineral, el vegetal y el animal; la cabeza, el tronco y las extremidades; el alma, la mente y el cuerpo inmundo. Si en algún momento hemos especulado sobre nuestro lugar en ese orden, razones como la presente sirven para aterrizarnos.

Continuemos, entonces, disfrutando la opulencia de la miseria: comprando y vendiendo como perros rabiosos en las esquinas las migajas del tiempo que en el primero, verdadero mundo, significa oro a tutiplén; transportándonos, para estirar el fondo raído del bolsillo, en peligrosas mototaxis, mientras en las más altas esferas se planean y se venden sofisticados paseos siderales: apuremos la miseria, las heces que el mejor de los mundos posibles riega en el camino antes que las aves volanderas se las coman. Ah, y eso sí, no abandonemos nuestro derrotero, no perdamos, por Dios, ni un segundo, el ritmo de la encantadora música de nuestros burros flautistas.


En nombre de Bolívar

En el segundo acto de Romeo y Julieta, la joven enamorada, sabiendo que el gran obstáculo de su pasión radica en el apellido de su galán, razona acerca del convencionalismo de los nombres. En su disertación, la apasionada adolescente compara el nombre de la rosa con la rosa misma y llega entonces a la conclusión de que el nombre es un simple accidente del objeto que representa, pues la rosa seguiría siendo bella y continuaría exhalando su perfume aunque tuviese otra denominación.

Ese razonamiento constituye un eco de la polémica mantenida por los filósofos medievales en torno a la esencia e importancia de los nombres, que los dividió en nominalistas —aquellos que afirmaban que los conceptos son simples rótulos, que por tanto no deben confundirse con las cosas en sí, aunque distintas formas de éstas se llamen iguales— y los realistas —para quienes los conceptos eran en sí mismos objetos y encerraban siempre el mismo significado, con lo cual marcarían universalmente a los seres o cosas que los llevan. Con otras palabras —dirían los realistas— siendo Romeo un Montesco y, en consecuencia, enemigo aparentemente natural de Julieta, por ser ella una Capuleto, él debería comportarse como tal, aunque la experiencia de la muchacha evidenciaba la total falsedad del asunto, otorgándole, así, la razón a los nominalistas.

Gracias a evidencias tan contundentes como la anterior, la ciencia pudo desarrollarse en Occidente porque obligaba a fijar la atención, no en los pensamientos o ideas que en la mente nos hacemos sobre los objetos, sino en los objetos y fenómenos propiamente dichos. Tercamente, sin embargo, los humanos insistimos en confundir el nombre con el fenómeno mismo y nunca nos hemos podido acostumbrar, por ejemplo, al hecho de que la palabra amanecer no designa “el momento en que el sol sale por el horizonte” sino aquel en que el lugar de la Tierra donde nos encontramos empieza a entrar nuevamente en el foco directo de su luz.

Los nombres, esto es, las palabras, nos atraen, entonces, tan mágicamente que muchas veces creemos que con darle el nombre de un objeto a otro, muy distinto, ya éste adquiere las gracias propias del objeto original que lo porta. Así, aquel padre que quiere hacer de su hijo un singular futbolista lo bautiza con el nombre de Ronaldo y la madre, sin importar las características de su hija en cuanto a raza, fisonomía y condición social, llega a llamarla, por ejemplo, Lady Di.

Sobre este particular engaño se fundamentan también una gran cantidad de nuestros mitos patrios, que se desempolvan, precisamente, en los meses conmemorativos de fiestas nacionales. Al respecto, llega a caerse en pretensiones tales que se intenta hasta copiar las poses del nombrado con la figura misma. Como ocurrió con el célebre afiche de Luis Carlos Galán y su intento de confundir en él tanto al legendario personaje de las primeras gestas independentistas —José Antonio Galán— como a ese otro, que a pesar de sus trazas de indio, se acomodaba fácilmente, por la paronomasia del apellido, a sus intereses caudillistas: J. E. Gaitán.

Qué no se pretende, en este sentido, con el nombre del Libertador, siendo posible encontrar bajo su nombre insigne desde el apelativo de un país o de un departamento o ciudad, hasta paseos, parques, plazas e, incluso, extraordinarios proyectos e instituciones. Una situación especialmente tragicómica la constituye el hecho de que tanto la subversión, como el narcotráfico, el ejército y los gobiernos de turno han manejado el mismo nombre para sus intereses: la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, el partido bolivariano de Carlos Ledher, los nombres de los batallones y de las escuelas de policía… Y ni qué decir de nuestra vecina República. Las diferencias, sin embargo, saltan a la vista cuando comparamos la índole del héroe —que, entre otras cosas, también llegó a ser tal por gracia de la palabra— con las simples etiquetas de esos ídolos de barro. Lamentablemente el pueblo, la masa, que es el objeto por el cual se crea el cambalache, carece de la perspicacia de Julieta, quien aun sin el nombre reconocería a su verdadero Romeo.


Haz lo que bien digo y no lo que mal hago

Las relaciones entre la política y la literatura han sido objeto de discusión de diferentes maneras a lo largo de la historia. Al leer La Ilíada, por ejemplo, es fácil reconocer la inclinación de Homero por los poderosos, toda vez que sólo dedica su atención a las hazañas de éstos, dejando de lado las vicisitudes de los que hoy día llamaríamos soldados rasos. Y si alguna duda nos queda al respecto, podemos remitirnos a la segunda rapsodia del poema para constatar su desdén hacia el personaje de Tersites, único que se atreve a cuestionar la razón del sacrificio al que se encontraba sometido el ejército aqueo por causa de un jefe cornudo.

Aristóteles, hijo también de una sociedad marginalista, con todo y su gran sabiduría, desdeña desde cierto punto de vista la comedia porque este género literario recrea la vida de “los peores” —léase vulgo— y en cambio ensalza la tragedia y la epopeya porque las mismas imitan la vida de “los mejores”, quienes no son otros que los aristócratas.

Desde otra perspectiva, Borges señala en algún texto cómo La Eneida había sido el resultado de un encargo hecho por el emperador Augusto a Virgilio, quien proclama a través de ella la pervivencia de la sangre de Eneas en la gens Julia, a la que, desde luego, pertenecía el primero de los ciudadanos y su tío, el gran César. Así pues, a pesar del gran valor ético y estético de las mencionadas obras, es imposible omitir su cercanía a los intereses de los pudientes.

Según Mijaíl Bajtín, los géneros épicos fueron los privilegiados por los grandes estamentos sociales para imponer sus valores, los cuales incluyen desde los más burdos y rastreros intereses del poder hasta los más “elevados” conceptos de la lengua. Es así como este lúcido investigador desmitifica los textos canónicos y nos hace percatar del valor ideológico de expresiones tales como “hablar bien” o “escribir bien”, pues conllevan implicaciones éticas reconocibles en otras frases encaminadas a moldear las conductas sociales, como “actuar bien”, que, por lo general, corresponden a lo que una clase social impone.

Si bien las conclusiones del semiólogo ruso están basadas en argumentos insoslayables, es claro también que muchas veces los textos sirven para apoyar discursos completamente ajenos a sus intenciones incluso más recónditas. Una pésima lectura de Nietzsche, por ejemplo, llevó a los nazis a apropiarse de su discurso liberador, cayendo en contradicciones tan delirantes como las del estudiante Raskolnikov, quien —con el equívoco argumento de considerarse un hombre sin igual y ajeno, por lo tanto, a las limitaciones impuestas, por las leyes, a la gente del común— asesina “justicieramente” a una vieja y desalmada usurera, debiendo cargar luego con el peso de los remordimientos que aquejarían a cualquier fulano.

El pasado domingo, 28 de mayo, pude constatar lo que podría ser un avatar de esa particular relación entre política y literatura. En efecto, en un breve lapso de tiempo, los tres aspirantes a la presidencia de nuestra república, incluido entre éstos al elegido, citaron en sus respectivos discursos frases de tres autores literarios —Unamuno, Borges y Cervantes— que, independientemente de las intenciones así sea loables de los candidatos, fueron manipuladas. Es difícil creer que Unamuno hubiese aceptado la alusión hecha por su evocador para minimizar su derrota; como también que Borges, uno de los últimos defensores del arte por el arte, se hubiese alineado precisamente con quienes, a pesar de sus indiscutibles mejores razones, se empeñan en posturas radicales que evidencian la ausencia de la mesura necesaria para considerar sus cuidadosas y precisas sofisticaciones intelectuales; y mucho menos que Cervantes, tal su desvariada criatura, llegase a confundir tanto la realidad como para garantizar que, después de tantos males soportados por los colombianos, ya estamos, por una extraña lógica, próximos al bien, esto es, al “cese de la horrible noche” avizorado desde hace tiempo por Núñez, pero por las evidencias cotidianas, aún muy, muy lejano.

Me imagino, entonces, la sonrisa socarrona que habría surgido en el rostro de cada uno de los geniales autores si hubiesen podido escuchar sus respectivas frases en boca de sus particulares émulos.
Con todo, me parece bien que al menos la literatura sea traída a cuento en ocasiones tan especiales. En el entendimiento, claro ésta, de que se tome suficiente distancia entre la realidad y la ficción, esto es, entre el uso contaminado de la frase y su verdadero sentido ideal. Para decirlo con otra frase literaria, esta vez de Fernando de Rojas, siempre y cuando el lector aplique, al escuchar a los usurpadores, el sentido del adagio: “Haz lo que bien digo y no lo que mal hago”.


Barranquinecia
(Una propuesta de desarrollo estratégico a las puertas del siglo XXI)

Un particular método de evaluación, surgido en el campo de la administración de empresas, acaso para amortiguar las falencias humanas, no sé si por un magnánimo altruismo o porque, sencillamente, es necesario mantener a los clientes del mercado, es el llamado DOFA. Sigla ésta que reúne cuatro categorías en aras de garantizar, para tan delicado menester, un preciso equilibrio: Debilidades, Oportunidades, Fortalezas y Amenazas.

Recientemente, mientras un aguacero arreciaba y permanecía en un colectivo, tal un Ulises sometido a la indefectible voluntad del conductor, diligente empleado que se empeñaba en seguir la ruta, aun cuando ésta comprendiera la de los arroyos —esos caprichosos númenes de la ciudad, que, en épocas de lluvias, nos recuerdan su indubitable nombre, dadas sus veleidosas inclinaciones hacia el río—, se me ocurrió que, en vez de lamentarnos con esta situación, los barranquilleros deberíamos explotarla.

Esto es, en lugar de ver el asunto como una debilidad o una amenaza para el status quo de la urbe, tendríamos que aprovechar la ocasión —las fortalezas y oportunidades— con que la naturaleza nos ha privilegiado al reservarnos el último tramo del margen occidental del río Grande de la Magdalena.

En concreto, se trataría de convertir la ciudad en una Venecia alterna. Me explico: en primer lugar, podríamos convertir las carretas, cuyos famélicos dueños aprovechan, de hecho, la oportunidad para el rebusque, en góndolas singulares, lo cual no requeriría de una mayor inversión, pues, manteniendo por encima de todo su carácter vernáculo, se limitaría a la aplicación de unos paraguas multicolores para evitar que los turistas —claro está, acompañados románticamente por su pareja y siempre en plan de luna de miel, como en la Venecia matriz— sufran la indelicada contrariedad de mojarse.

Las rutas principales, además, ya están creadas por la madre naturaleza: la carrera 40, la 21, la 36, la calle 76. Con otras palabras: el arroyo de la Paz, el de Rebolo, el de Hospital, el del Country… Se me ocurría que, a lo sumo, para que el paseo fuera ideal —y aquí sí habría que meterse la mano al bolsillo, confiados, eso sí, en el insobornable desempeño de un comité compuesto por los hijos más probos de la ciudad— podríamos construir puentes levadizos, que evoquen los complicados accesos a los castillos medievales en ciertas zonas estratégicas, establecidas como centros de acopio y a manera de zona franca para que la ciudad no pierda su insigne vocación comercial, ni más faltaba, pero, sobre todo, para que los paparazzi, que no faltarían cuando las celebridades descubran la incuestionable singularidad del paseo, puedan ubicar cómodamente sus equipos. En relación con este último aspecto de los puentes levadizos, incluso, para que el tour fuese más emocionante, podríamos considerar la posibilidad de criar, en algunos trayectos, caimanes y babillas.

Tendríamos, desde luego, que promocionar a la ciudad, para las dos grandes temporadas de lluvias, algún momento de las cuales concuerda particularmente con el verano europeo, dándole así una nueva opción a los ávidos buscadores de nuevas experiencias que no hallan en qué gastarse el dinero.

Creo que los administradores públicos de la ciudad, así como los aspirantes a sucederlos, deberían tomar nota de la cuestión —cuyos derechos intelectuales, animado de un gran espíritu cívico, cedo— e incluirlo en sus agendas de trabajo. Se imaginan: de hacerse realidad, nuestra ciudad quedaría definitivamente incluida en el paquete de ofertas turísticas a la que tanto esfuerzo nos ha costado integrarla, cuando se trata de vender nuestro Caribe al mejor postor. Sí, definitivamente, sería algo muy, pero muy atractivo en esta época de extravagancias globales, de fronteras abiertas y negocios: “Si llueve, no se aburra, dese un paseo por Barranquinecia, el lugar ideal para disfrutar apasionadamente los chubascos en las vacaciones de verano”.

Nota: Aparte de la incuestionable oportunidad para Barranquilla, el mundo completo aplaudiría a rabiar el gran evento, dadas sus ventajas ecológicas, pues el mismo ímpetu de los arroyos bastaría para movilizar los vehículos a velocidades vertiginosas. Es más, con las debidas adaptaciones al proyecto, habría que considerar esta gran fortaleza pluvial de la ciudad para dotarla, no de un transmetro, sino de algo así como una gigantesca transcanoa.
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©   Antonio Silvera Arenas

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 26