El país íntimo
de Hernán Vargascarreño
Lidia Salas
Termino de leer una vez más las páginas de Hernán Vargascarreño, miro por la ventana y el sepia de la tarde tiene un resplandor doloroso en los muros de los edificios elevados sobre la curva de la colina, sin embargo, el espacio que se estremece en el susurro de los últimos versos, no es el atardecer que se inclina detrás de mis cristales, sino aquel otro interior hace tiempo perdido. ¿Quién es ese poeta que escribe versos tan dulces y cuya voz se afila a veces como un garfio? ¿Dónde estuvo ese otro integrante de mi raza de perdedores? ¿Por qué arroja sobre mi rostro, como una manotada de hojas secas, esa memoria que persiste dolorosamente dentro de mí, después de tantos años?
Sus códigos tienen el señuelo de las complicidades. Podría decir que mi escritura ha transitado meandros idénticos y hondonadas iguales. Los trenes, la primera parte de su poemario, tiene ese encanto de las estaciones, la magia de los andenes, el humo de lo transitorio, el pito de los adioses definitivos. Allí se conjugan muchas metáforas: el tren en cuyo vagón postrero un niño muerto saluda, o aquel pleno de gente traslúcida y hermosamente anónima o ese otro de donde bajan monjas, prostitutas y cerditos rosa; entre todos evoco al vagón de los sueños: “los trenes deseados, / los que nunca humearán...” Estas páginas exaltan los personajes humildes de las encrucijadas de caminos tales como los guardagujas, los maquinistas, los vendedores de boletos y nos muestran la diferencia entre el visaje azul del pañuelo y el bronce oxidado de los fierros.
Moradas reúne los textos donde se exponen las raíces y los cimientos de esa casa que nos habita o de la orfandad que transita por pretéritos recintos. El lector ya no sabe si esos muros eran de piedra o de nostalgia, si la casa tenía en realidad la calidez de las chimeneas o el escampado del desencuentro. Pero a veces, se escucha el acento de la verdad: “No añores la inmensidad del mundo / e indaga mejor la vastedad de tu propia casa / de tu pensamiento.”
El tercer grupo de versos giran alrededor de La infancia custodiados por el epígrafe de Eugenio Montejo. El poeta regresa a la edad que persiste en algún repliegue del olvido para describir sus juegos y esperanzas, sus amigos y paisajes, la luna y la inocencia de su imaginación. La tierra de entonces no era mansa, se desbordaban los ríos y los muertos pasaban bajo sus aguas.
En Salvedades se leen poemas sobre el ejercicio mismo de la escritura, sobre la gente que lo ha rodeado, sobre su fe en la vida. La fascinación de los Raros es totalmente compartida, personas elementales con un conocimiento profundo acerca del ejercicio de vivir, quienes traen a nuestros días el aroma de lo cierto, la belleza de sus melodías: “todos / ellos y ellas me han salvado.” Recordé a Raúl Gómez Jattin y aquellos hermosos poemas a sus amigos. Es la tonalidad de las palabras extraídas de las canteras de la poesía auténtica.
La poesía de Vargascarreño tiene ese sonido de lo vital: “Que soy yo quien debo gozar mis propias alegrías y mis íntimas tristezas”, dice en su poema “A la vida vine a vivir”.
La parte del libro que le da el título a la obra, País íntimo, tiene dos temas memorables: “Confesión”, versos que dialogan y dan otra versión de ese texto definitivo en la literatura escrito por Rafael Cadenas y “el poema para mi amor que es un animal”, líneas amorosas muy distintas al lugar común en el que se ha convertido la poesía erótica. Palabras que encienden brasas y candeleros pero que se adelgazan en el hilo místico de Juan de la cruz: “Llévenle el mensaje de mi carne y de mi espíritu…”. Perro destrozado por las fauces devoradoras del amor que necesita sentir de nuevo la daga de su colmillo. En esta parte hay un sentido recuerdo de los hermanos, de la abuela, del padre.
En las últimas secciones del poemario: “Viajeros”, “Evocando a Emily”, “País de agujeros” y “Diatriba contra los diccionarios”, la voz se deshilvana en la saudade de quien viaja a través de su propia soledad, del corazón que alberga ese trino de petirrojo que fue la pluma de Emily Dickinson, el grito que se desgarra ante la nada de un país roto desde hace largos años y el descreído que se burla ante la realidad de un continente víctima de sus propias desviaciones y errores.
Estos poemas los he rescatado del cyber espacio para reencontrarme con un desconocido, con un poeta por cuya puerta habré pasado muchas veces, sin saber de la tinaja de agua de sus patios. Ebria de sus palabras, he tejido este tapiz deshilvanado para extenderlo sobre nuestras cabezas. Hermanados por un exilio íntimo nos servirá de abrigo en estos días de tanto desasosiego y escasez.
Caracas, julio 30 de 2006.
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© Lidia Salas
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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