Del color de la errancia
o la pasión por la fuga

Gabriel Ferrer Ruiz
sinuario@yahoo.com
Universidad del Atlántico

Del color de la errancia (2005) es el título del nuevo poemario de la poetisa Nora Carbonell. Los poemas que incluye son de buen aliento, algunos cortos y contundentes, con muy buena laboriosidad de lenguaje, cuidados en el ritmo y la musicalidad. Se precipitan estos versos no al querer decir, sino a la sugerencia de una espiritualización implícita. Basave Fernández (2002, 19) afirma que la poesía es una profunda razón que dignifica y embellece la vida de los demás, y esto es lo que hace Nora cuando pulsa las cuerdas de su alma. La poetisa barranquillera había publicado Voz de ausencia en 1983, Horas del asedio en 1990, y Trece poemas y medio en 1998. El presente libro está estructurado en tres partes: Revelaciones, Puertos y Exilios, y abre con un prólogo sobrio de Hernán Vargascarreño.

Del color de la errancia reafirma la creación poética de esta autora, que desde sus inicios dio muestra del poder evocador a través de sus imágenes y motivos tales como: la añoranza, la ausencia, la soledad, los recuerdos, los viajes, los exilios, el silencio, las búsquedas, las ensoñaciones, el regreso, la infancia, la luna, la inocencia, la memoria, los sueños imposibles y el tiempo. Y, ahora, sintetiza en este trabajo, todas las obsesiones anteriores que revelan su paisaje o laberinto interior.

Nora muestra en esta nueva mirada, espacios inagotables que nos llevan a tomar su experiencia como si fuera la nuestra. El viaje en esta oportunidad es el faro de luz que ilumina su poesía, un trasegar del enunciador poético a muchos puertos que involucra una pasión por la fuga a lugares desconocidos, tratando de llenarse de motivos para su creación, de las revelaciones necesarias, para ya no sentir miedo frente a la hoja en blanco: “Entonces, su amorosa revelación diluye el miedo de mis ojos” (77). Dicha creación poética se desenvuelve con mayor intensidad en la tarde:

Una joven crea el esplendor de la tarde
Dice “sol” y el astro obediente agota su belleza,
escribe  “pájaro” y las aves dibujan sus líneas de fuga 
nombra “niña” y sorprende al corazón de vuelta.
Una joven crea la tarde, con la primigenia 
sabiduría de su palabra (27).

La poetisa jerarquiza la tarde, como si las imágenes y las revelaciones hubiesen sido atrapadas en la mañana:

La lluvia, vidrio agudo, 
da paso a otro amanecer.
Peregrina en la ciudad
vivo el deslumbrador instante
y anhelo revelaciones en el aire húmedo (15).


Y sólo a esta hora, en ese tiempo indecible, la calma mitigará el poder de darle forma a la creación, el trabajo formal, el acto especial de tratar al poema, sin que se pierda el delirio y la intensidad:

Ahora prisionera en este cuerpo 
sin alas, a veces recupero lo perdido 
en el olor salado 
de las tardes de Puerto Colombia 
cuando el sol me llama desde 
su anaranjada soledad (19).

Esta pasión por la fuga conduce a evadirse de la realidad, de las fuertes emociones, los saltos al vacío, las precipitaciones temporales que logra señalar el enunciador poético cuando cae la tarde y la luz se difumina en su Barranquilla, casi a las seis de la tarde cuando el sol le tira el último brochazo al Magdalena, entonces:

En Barranquilla a la seis
convergen
la distancia que me atrae
con su bohemio sol de invierno (46)

También sentencia el enunciador el acto rutinario:
como siempre,
y el gris tenue de la tarde
sólo para mí
El amor y el pasado
transitan
en cualquier vuelta del camino (43).

El enunciador poético nos muestra el viaje al interior, el cual según Richard Jaccard (1999,78-79) se convierte en la condición de todos y cada uno; las relaciones fantasmáticas priman sobre las reales; el espacio interior sobre el exterior, la imaginación individual sobre la social o la colectiva. Ausentes del mundo, vivimos en una ensoñación ininterrumpida, en la que los seres y las cosas adquieren una dimensión que ya no tienen en la realidad; el diálogo con los otros ya no se produce en el terreno físico, sino con los otros, tal como el deseo los modela, los construye en nuestros fantasmas. Esta construcción de la interioridad se aprecia cuando el enunciador poético dice:

                      Pájaro transeúnte
                      entré al olvido
                      como al preludio de una tormenta.
Una pena sin lágrimas
       vino a vivir en mí (49).

La interioridad se expresa cuando retrotrae amoríos que el poeta asumió con furor; sin embargo estos amores vividos desde la poesía ahora regresan con más ímpetu, con más afán y el enunciador marca una profunda nostalgia. Da la impresión que el temor a vivir una experiencia amorosa, de arrojarse a los brazos del amado, ahora recobrara el poder de una falta de decisión a través de la soledad:

En el bar, los marineros hablan
en babélico rumor
y la seducción persigue
las hambrientas soledades (57).

Aquí se evidencia un desgarre desde adentro:

Confieso que me gusta lo difícil:
los amores inútiles,
la estación de los asombros,
las distancias infranqueables;
esa mirada tuya, asaltada por la incertidumbre.
Pero elijo lo más fácil,
esta calma sembrada de preguntas,
esta oscura contemplación,
este derrumbe repleto
de construcciones pequeñas y cotidianas.
Quizás porque la estación de los cobardes
es la más difícil de sobrevivir (61).

Sigue diciendo el enunciador:

amor mío 
desde el ojo concéntrico del ayer, 
como una canción nostálgica 
regresan los días de sol
en esta niebla del tiempo evasivo […]
Porque eras el amor perfecto  
para mi alma huidiza
te nombro para olvidar, Jacobo (67).

Aquí el amor es fantasmal, es un reflejo, una arista de felicidad; es por esto que el enunciador muestra una nueva ruta, la nostalgia, el ponerse de frente ante la realidad de lo que pudo ser y no fue; la añoranza del amor, la vuelta a los sueños de adolescente, a la primera juventud, este o aquel furor de ola, ardor caribe que se deslizó entre las manos y del que ahora solo ha quedado el sabor acre de la tarde; el refugiarse en la vida hecha de palabras que inventan o crean un mundo alucinado que no quiere dejar de viajar a través de ese corazón que se ha vuelto viajero y no tiene amarres. Existe una manera de exorcizar los fantasmas que están en los laberintos aún apremiados por la memoria:

Si la búsqueda traza
perversos laberintos 
¿en cuál esquina del día
cederá su espacio, la añoranza? (73).

Según el enunciador poético, hay en este sentimiento de ausencias, preguntas dolorosas que acentúan el tono de esta poesía y que llegan  a lo hondo del espíritu del hombre, arrojado a la soledad y destituido del infinito tiempo. Veamos: ¿Qué viento apagó mi intenso vivir? ¿Dónde están mis hijos, perdidos entre la niebla de mi memoria? ¿Qué se hizo mi juventud deslumbrante en lo salones de baile? ¿Qué fue de mis bellos amigos y de mis amores extranjeros?  La respuesta a estas preguntas es la vivencia, luego de ser recogida debe venir en la tarde a la hora del crepúsculo, tiempo de la creación, momento único de estetizar el mundo. Obsérvese la importancia que le da el enunciador poético cuando reflexiona y dice: “Me da vergüenza llorar por antiguos amores” (85). Se puede afirmar entonces, que una de las funciones principales que cumple la poesía de Nora Carbonell es el acto de liberar y mirar hacia adentro, se percibe una sensación de plegaria al vacío y de diálogo con la ausencia; sobre todo un conjuro como si huyera del objeto próximo y enseguida estuviera lejos, en otra parte. El mirar hacia dentro es incursionar en la inmensidad que está en nosotros mismos, la cual, según Bachelard (1986, 221) está adherida a una especie de expansión del ser que la vida reprime, que la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad.

El tópico del viaje en la poesía de Nora está ligado a esta inmensidad íntima; se expresa en varios símbolos, uno de ellos es el fenómeno de la mutación. Una de ellas es de pájara a mujer la cual va a ser importante, por cuanto implica que el ave estaba en su ser, en el acto de volar y sobre todo, en el sentido de libertad; los vuelos tienen que ver con viajes migratorios que se remontan a lo más alto, hasta alcanzar en el silencio celeste una cercanía con Dios. Oliverio Girondo en su poema “Espantapájaros”, nos dice que se enamoró de María Luisa porque volaba, todo lo hacía volando y por supuesto tiene que ver con el gusto por las mujeres etéreas y no terrestres. Pero luego viene el presente, la realidad de poder mirarse, desde dentro y desde fuera su cuerpo carente de alas, es decir, la mujer que ahora deambula en la soledad y contempla el horizonte de su mar Caribe, el sol dosificando el alma; y ese paréntesis que hace cuando toma la decisión de realizar vuelos cortos y largos, a través de la geografía de Suramérica y Europa y también cuando decide viajar en su mente y la asalta la fosforescencia del exilio.

El viaje  produce marcas definitorias en el corazón, encumbra sus sentidos a la exploración de lo que le hace falta por develar; sus ojos acumulan la experiencia de lo llano, de lo hondo, de lo profundo, de lo ilimitado, del territorio soñado desde la infancia y le suscita emociones duras que le muestran la inmensidad del cosmos. El viaje mitiga la ansiedad de sus pies; pero también se abre a la posibilidad de un exilio voluntario que exhala en su esencia el temor de reconocerse así misma. Toca aquí el enunciador poético territorios prohibidos, donde el olvido pasa la cuenta de cobro:

Hablo del olvido,
zona neutra 
que nos separa de un vientre 
y nos lanza al desarraigo (65).

Nótese que nos involucra en ese tipo de relación dolorosa, donde hay una separación y la piel nos duele en demasía:

Abandonar el puerto
después que juramos
permanencia, 
y marchar tras una voz lejana
que nos habla del Amor;
ese otro nombre de la soledad (65).

Aquí se nos muestra un capítulo de la soledad, manifiesta en lo más hondo del ser humano; nuevamente aparece la inmensidad íntima. En realidad, habría que encontrar esa soledad dentro de nosotros mismos, una saudade viajera, que hace parte de nosotros, así estemos acompañados, con el otro, con la multitud. Los versos nos muestran con eficacia que no es la soledad exterior, sino que ésta pulsa las cuerdas de nuestra sensibilidad. El enunciador rastrea esa voz dulce y distante que ha perseguido y que por supuesto ha encontrado llamada saudade.

Si tuviéramos que decir cuál es el gran topoi de este poemario no dudaríamos un instante en afirmarlo  a través de este verso, “La pasión de la fuga”. De eso se trata, de escapar del pasado, pero a la vez atreverse a exorcizar esos fantasmas que están dentro, esos duendes que al fin de cuentas producen y fustigan un doloroso acto creativo, que se concretiza con la caída del sol que arrastra el tiempo, la memoria y los sueños.

Nos muestra también el enunciador que es necesario asumir la experiencia de los otros poetas como Pablo Neruda, Federico García Lorca, Alejandra Pizarnik y Olga Orozco, su caminar, su exilio voluntario por la luz de la creación. El silencio es el mejor aliado para que el poeta pueda comunicarse con el mundo, es necesario encontrar ese motivo por el cual se desplaza el acto creativo:

Si la piedras hablaran
perderían
el embrujo elemental 
de su silencio (33).

El silencio es el otro material del cual se puede construir un poema para que lo asalte la poesía:

En el silencio profundo
se escuchan los murmullos, 
las voces del corazón
nómada solitario
que apremia el final 
de su angustiosa búsqueda (35).

Obsérvese aquí la dimensión del silencio; se necesita este espacio desconocido que recibe la voz y el alarido del hombre, la revelación del corazón como una huella indeleble. El silencio es una atmósfera dulce que también tiene su canto antes que se devele el secreto; es la síntesis de la armonía y es el que presenta lo ilimitado. El silencio proyecta la búsqueda de las ensoñaciones, desde allí se descifran los mensajes, el enunciador es un viajero silencioso y místico que hace de pájaro porque todo el sentido de la poesía es cantar, así algunos críticos digan lo contrario; porque la poesía ante todo es música. He aquí el tejido del silencio elemental del universo. El silencio es una fiesta vacía que necesita llenarse en la esencial condición del ser humano.

Otros espacios dinámicos ligados al ser interior del hombre se señalan en la poesía de Nora. Espacios visionados a través del gran ojo por donde se observa y se acecha el mundo. “La ventana es el ojo de la luna”. Y precisamente la luna es la que mira con su ojo de cristal, luz misteriosa de reflejos, luz tenue que se diluye en el iris del hombre. Una mirada desde la ventana, desde donde rescata el pasado y logra vislumbrar las nubes, esta  ventana es la de un avión, aquí la altura anticipa cualquier temor pues hay un gozo en el enunciador poético en la medida en que hace consciente su cercanía con Dios  por atisbar las alturas, hay un amago de búsqueda de lo sublime y lo indescriptible a través de las cosas indecibles:

Otras veces rescato mi pasado
cuando diviso las nubes
desde las ventanas de los aviones (19)

También hay una ventana desde donde se viaja en el tiempo, donde asalta el asombro para el mismo acto creador: “Circunnavego en el tiempo congelado en esta ventana” (31). La creadora detiene las imágenes que habrá de utilizar para exorcizar los fantasmas que están en su interior y que no la dejan vivir en paz.

Las revelaciones poéticas que la enunciadora recrea son fruto del asombro y el estremecimiento ante la naturaleza y la sociedad, pues es el agua quien revela la palabra, la vida como una fotografía en el amanecer, en la intocable alba. Pero durante la noche la luna mira, escudriña, es un ojo inmortal que revela lo indecible, allí está la muchacha transparente, que se puede ver de un lado a otro; con un manto de silencio rociado durante el dúctil color plateado, esa mirada desde arriba es diferente. Así como sucede en la película La sociedad de los poetas muertos, el profesor hace que un alumno se suba en una mesa y mire desde arriba su realidad, habrá una manera de ver el mundo desde el reino de la grandeza, de lo ilimitado y desde la infinitud. La luna en Nora Carbonell desata una fuerte pasión, pues vuela, anda y es comparada con las alas de las mariposas; es ella quien construye rostros, las formas en la playa: “Cuando lunas volátiles / y alas de mariposas / son rostros de la playa” (39). Es allí donde encontramos una sencilla analogía con Gómez Jattin: “Si las nubes no anticipan en sus formas la historia de los hombres” (19). Nótese aquí la diferencia entre nubes y luna, pero en ambas puede extraerse una dúctil fotografía de los sueños.

Por último, quiero decir que este conjunto de poemas atraviesa un buen territorio de sueños, saltos y vacíos de la poetisa. Ha soltado todos sus amarres en los diferentes puertos de la ensoñación y la música ha llegado a través de un instrumento como la percusión. El viaje desde África se ha proliferado como algo ardiente y la magia cobra cuerpo en el corazón de las palabras. Se abre entonces un recuerdo, una memoria que alimenta la historia de esa patria lejana llamada África que entró sin preámbulo en el universo poético de esta buena poetisa que a través de su verbo nos ha llevado a su laberinto.

BIBILOGRAFÍA:

Bachelard, Gastón. La poética del espacio. México, Fondo de Cultura Económica, 1986.
Fernández del Valle, Agustín. ¿Qué es la poesía? México, Fondo de Cultura Económica, 2002.
Carbonell, Nora. Del color de la errancia. Medellín, Exilio, 2005.
Gómez Jattin, Raúl. Poesía 1980-1989. Bogotá, Norma, 1995.
Jaccard, Roland. El exilio interior. Barcelona, Azul Editorial, 1999.
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©   Gabriel Ferrer Ruiz

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 26