Picasso:
Todo lo que tocaba se volvía arte

Eduardo Márceles Daconte
eduardomarceles@yahoo.com






















Este artista complejo y prolífico revolucionó el arte en el siglo XX. El 8 de abril (2005) se cumplió el trigésimo tercer aniversario de su muerte.

Picasso resucita todos los días en exposiciones, seminarios, biografías, artículos de prensa, documentales de cine y televisión, así como en el imaginario colectivo de sus admiradores. Nunca, ni siquiera mientras estuvo vivo, se dedicó tanto espacio en todos los medios de divulgación del mundo a un artista con ocasión de su legado artístico.

Si aún viviese, Picasso estaría celebrando —quizás trabajando como solía hacer en todas las fechas de su existencia— 125 años de edad el próximo 25 de octubre de 2006 en su palacio de Mougins o en el castillo de Vauvernagues en la Provenza francesa en cuyo jardín descansa ahora el genio infatigable que fue toda la vida.

De Picasso se ha dicho todo, o casi todo, cuanto se pueda humanamente razonar sobre la vida y obra de un artista tan complejo y prolífico. Sin embargo, en homenaje a este mago del arte, bien vale la pena recordar, en síntesis, los aspectos más sobresalientes de su existencia.

Pablo Ruiz Picasso nació en Málaga (1881), bajo el cristalino cielo de Andalucia (España), y recibió de su padre, un instructor de arte, las primeras lecciones sobre el difícil oficio de ilusionar imágenes. Cuando ya empezaba a despuntar su vocación, la familia se trasladó a Barcelona y allí Picasso vivió la primera etapa de su juventud hasta 1900 cuando realizó una fugaz visita a París, tiempo suficiente para adivinar que era ése, y ningún otro, el campo propicio para las batallas que pensaba librar con su pintura. Así que algún tiempo después regresó para fijar de manera definitiva su residencia en la capital francesa. Una vez allí, contra todas las adversidades de una ciudad hostil y hasta cierto punto indiferente, empezó a construir ese gigantesco edificio que sería su obra artística.

Sus pinturas de aquella época reflejan su admiración y su familiaridad con la obra de Cézanne, Gauguin y Van Gogh por quien sentía especial cariño. Las telas están marcadas por un colorido vital de empastos luminosos y sensuales en composiciones de masas espaciosas.

Pero de aquí pasa a una etapa de su trabajo conocido como el Período Azul ya que es el color dominante en composiciones caracterizadas por una atmósfera sórdida de personajes escuálidos y tristes. Se ha especulado en el sentido de que tal vez el Picasso de aquella época solo disponía de escasos recursos para comprar tubos de color, y el azul estaba rebajado. De todos modos, su pintura no intentaba ser una patética interpretación de la realidad de aquel momento angustioso de soledad y hambre, sino que enfocaba a desgarradas víctimas de la sociedad dentro de un melancólico lirismo.

Ya por entonces había absorbido las tempranas influencias que se trazan a las alargadas figuras de la escultura gótica catalana y cierto manierismo representado por El Greco, al tiempo que asimilaba el color simplificado, así como las figuras frontales de Velásquez, Zurbarán y Goya. La etapa subsiguiente es clara indicación de una transformación en su estado de ánimo. Reemplaza en su paleta el azul por el rosado y en lugar de mendigos, viejos guitarristas y desolados espacios de café, pinta a personajes de la farándula circense: saltimbanquis, arlequines y actores callejeros en una concepción más optimista que se ha señalado como el Período Rosa, muy breve en realidad y sólo como un preludio a su obra fundamental que habría de inaugurarse con su pintura Las señoritas de Aviñón en 1907.

En aquel mismo año, Picasso descubre en el Museo Etnográfico de Trocadero en París las máscaras y las esculturas africanas y es hechizado por el hallazgo. Lo que él consideró como "fetiches mágicos" transformó radicalmente su visión del arte al punto que su primer trabajo después de ese impacto —Las señoritas de Aviñón— asimila dos de estas máscaras entre las cinco distorsionadas figuras femeninas las cuales, en el decir de un crítico parisino, "semejan un campo de vidrios rotos".

Es el primer escándalo artístico de una carrera que estaría signada por turbulentos episodios estéticos y vivenciales a través de 75 años de fructífera labor. Las figuras, frente a un pequeño bodegón, están concebidas en prismas triangulares o cuñas angulosas (premonitorias del Cubismo), sombreadas sutilmente para dar una idea de tridimensionalidad en un espacio plano. Por primera vez se abandona la concepción clásica de la belleza para introducir opiniones revolucionarias que fueron motivo de rechazo y juicios peyorativos aún entre sus compañeros de oficio.




















Los amantes, Picasso

Picasso, más que ningún otro de sus contemporáneos, fue un rebelde. Nunca estuvo satisfecho de sus hallazgos y siempre rechazó enérgicamente la comodidad de un lenguaje fácil y convencional, de ahí su proclividad por buscar siempre recursos diferentes de expresión. Con cualquiera de sus invenciones artísticas hubiera alcanzado fama y fortuna pero, a diferencia de cierta corriente comercialista que subraya el trabajo de numerosos artistas a finales del siglo XX, se empeñó en quemar etapas como si el encontrar una característica identificable significara su fin. De hecho, en una conversación con André Malraux exclamó, casi con un gruñido: "¡Abajo el estilo! ¿Acaso Dios tiene estilo?".

En 1907, Picasso conoce a Georges Braque y de esta amistad (rota más tarde por un irreparable altercado) nace una inquietud artística que repudiaba los postulados del Fauvismo en boga (cuyo líder Henry Matisse sostenía que la composición artística era "el arte de ordenar en forma decorativa los diversos elementos a disposición del pintor para expresar sus sentimientos"), y en su lugar investigaba la posibilidad de definir los volúmenes y sus relaciones sin destruir la superficie plana del cuadro ni tampoco sucumbir ante esquemas facilistas.

Fue así como derivaron hacia una noción original del arte con base en facetas precisas, como un prisma que descompone la imagen, en cuya confección las tonalidades sobrias se acercan a una uniformidad monocromática.

Los críticos de la época denominaron Cubismo a esta tendencia innovadora que utilizaba ricos matices del gris, verde oliva y una amplia gama de marrones sombríos para expresar la esencia de un objeto más que la visión de la totalidad. La admiración de Picasso por aquella época de la escultura ibérica se traducía en una radical simplificación del color y la forma en sus composiciones cubistas.

Si bien el Cubismo no fue en ningún momento un hallazgo casual, una vez avistada su potencialidad estética, empezó a evolucionar gradualmente y, de una evidente tutela de Cézanne en sus orígenes, pasó a manifestarse de manera autónoma a través de sus dos etapas principales: el cubismo analítico con enfásis en la fragmentación de imágenes y un cierto desinterés por el color, y el cubismo sintético que concedía una mayor importancia a los valores tactiles y cromáticos de la obra. A causa de la elasticidad que permitía el cubismo, Picasso se atrevió por primera vez en la historia del arte a introducir un material extraño sobre la superficie de un cuadro, dando inicio a la modalidad del collage, adoptada más tarde por miles de pintores para expresarse de manera artística. En esa ocasión, Picasso introdujo un entramado de paja para confeccionar una Naturaleza muerta con rejilla de silla (1912) incorporando al mismo tiempo una cabuya alrededor del óvalo en forma de marco.

Luego, el célebre pintor andaluz desarrollaría de una manera más compleja la idea del collage hasta eliminar el papel, la madera o la cuerda, para pintar figuras que parecían recortadas y pegadas sobre la tela, pero que eran en realidad composiciones logradas enteramente a base de pintura. Tal es el caso de sus conocidas obras Los tres músicos (1912) o Tres bailarines (1925) cuando ya había dejado atrás la sobriedad del cubismo primitivo y se adentraba en especulaciones más atrevidas. Pero Picasso nunca se limitó exclusivamente al cubismo. De manera paralela a sus investigaciones en este campo, se interesó por los dibujos precisos de Ingres y por la herencia clásica de Roma, los cuales asimiló en una pintura sensual de proporciones monumentales en la década del veinte, una etapa de recurrentes metamorfosis y experimentos audaces que influyeron a una muchedumbre de artistas.

No obstante mantener cierta indiferente distancia de los avatares políticos de la época, no pudo permanecer ajeno a las angustiosas noticias que sobre el curso de la Guerra Civil Española llegaban a París, más aún si consideramos sus simpatías por los republicanos. De modo que cuando se enteró del salvaje bombardeo que en abril de 1937 sufrió la población civil de la inerme ciudad de Guernica, en el País Vasco, no pudo reprimir su ímpetu de protestar de alguna manera y empezó a madurar una obra monumental que plasmó finalmente en mayo del mismo año en la que se ha constituido como su pintura más famosa y admirada en el mundo entero.

Después de haber estado "en préstamo" desde 1939 en el Museum of Modern Art de Nueva York (donde se organizó en 1980 la más completa muestra retrospectiva de Picasso), la obra fue devuelta a Madrid donde su autor quería que estuviera "cuando las libertades públicas hayan sido restablecidas en España". Guernica es un mural de vastas proporciones en donde Picasso combinó todos sus conocimientos y sensibilidad para producir una obra maestra que se alza como el monumento más elocuente contra la violencia y la guerra. En imágenes apocalípticas, el pintor baraja ciertos símbolos a fin de ofrecer una visión aterradora del drama: la mujer con su niño muerto en brazos recuerda una pietá, mientras que la cabeza del combatiente que sostiene aún la espada rota en su mano se suele interpretar como el emblema de una resistencia heróica. Aquí observamos una vez más la calidad de collage (las figuras parecen recortadas y pegadas) en una gama luctuosa que se limita al negro, blanco y los tonos medios o grises.

A la hora de su muerte, el 8 de abril de 1973, Picasso se encontraba tranquilo después de haber transitado el amplio espectro de las manifestaciones plásticas: incursionó en la pintura al óleo, el dibujo, la escultura, la cerámica, el grabado, la tapicería y también ilustró libros, sin olvidar sus múltiples e imaginativos ensamblajes. Su temática fue tan variada como sus técnicas: elaboró series sobre la tauromaquia, el erotismo, el retrato, y sobre todo, admiró la naturaleza humana en toda su intrincada complejidad. Se ha dicho, entre tantas cosas, que al igual que el Rey Midas, solo que en vez de oro, Picasso transformaba en obra de arte cuanto tocaban sus milagrosas manos.














Aníbal Tobón, Eduardo Márceles Daconte y Álvaro Suescún

El autor:

Eduardo Márceles Daconte es narrador, ensayista e investigador cultural radicado en Salgar (Atlántico, Colombia). Su libro más reciente es ¡Azúcar!: La biografía de Celia Cruz (Reed Press, NY). En el momento actual termina su libro Los recursos de la imaginación: Artes visuales del Caribe colombiano de próxima publicación.
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©   Eduardo Márceles Daconte

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 26