Su majestad el Porro
Antonio Mora Vélez
Hace poco estuve en Melgar, en el Pleno Nacional de Bienestar Universitario que convoca la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN) todos los años. Nos alojamos en el Kualamaná Resort, un hotel cinco estrellas ubicado en un lugar paradisíaco de las afueras de la ciudad, que es refrescado por las aguas de un río que corre salvajemente por un cauce de piedras de todos los tamaños, algunas gigantescas. En uno de los momentos de recreación, varios de los asistentes decidimos salir de la zona hotelera y buscar en la vecindad urbana un lugar en donde tomarnos unas cervezas y escuchar música. Y encontramos una taberna de cristal, de puertas abiertas pero con poca luz, que tenía un equipo de sonidos que estremecía las vísceras. Y empezamos a hablar y a escuchar, y a veces a soportar, toda clase de ritmos foráneos, desde merengues, sones, mambos, reguetones, rocks de todos los matices y decibeles, hasta la popular "champeta", y decidimos entonces pedirle al "disc jockey" un porro, con la esperanza de poder guapirrear en tierras extrañas y de bailar como si estuviéramos en una noche húmeda y ardiente de fandango. ¿Un porro? —nos contestó, frunció los labios y miró hacia la estantería de discos compactos que tenía a su izquierda seguro de que no lo encontraría. "No tenemos esa clase de música. Por acá no se oye", nos dijo con cierta pena por no habernos podido complacer. ¿Ni siquiera "Carmen de Bolívar" de Lucho Bermúdez, que se saben todas las bandas del Interior? —preguntó uno de nuestros contertulios, con igual resultado.
Y nos pusimos entonces a reflexionar sobre la suerte de nuestra música frente a la avalancha de ritmos del exterior que las compañías disqueras se han encargado de imponernos con la complicidad de las radioemisoras. Y a recordar la historia del porro, cuyo éxito es anterior a muchos de esos nuevos ritmos, y que nuestros locutores desconocen. Como si no hubieran existido "Mi cafetal", "La múcura", "El gallo tuerto", "Las Pilanderas" y demás composiciones de Crescencio Salcedo y de José Barros; los éxitos cantados por Luis Carlos Meyer, Tony Camargo ("El año viejo", entre ellos) y Carmencita Pernett en los mejores clubes de Méjico y los Estados Unidos, y los memorables porros como "Salsipuedes" y "San Fernando" interpretados en Argentina y Cuba por la orquesta de Lucho Bermúdez, por los años 40. Ni el inolvidable merecumbé —con sabor a porro— "Ay cosita linda", de Pacho Galán, que le dio la vuelta al mundo a finales de la década de los 50.
Ese desconocimiento de nuestra historia musical y de la calidad de nuestros ritmos e intérpretes, hace vulnerable a nuestros hombres de radio y empresarios de discos, y facilita el colonialismo cultural de los países exportadores de música, cuyos creadores se benefician con unos derechos que debieran corresponderles a nuestros autores, que no son inferiores, como lo demuestran Shakira, Juanes, Carlos Vives, Joe Arroyo, Totó la Momposina y Kike Santander. Y obliga a las universidades e instituciones culturales a investigar e inventariar nuestros ritmos y títulos, hacerlos conocer para fortalecer nuestro orgullo artístico nacional y para evitar que se produzcan injusticias como la sufrida por José Barros con su bolero "A la orilla del mar", que ha sido erróneamente atribuido al cubano José Berroa [1]. Y obliga al Estado a legislar sobre la materia, como ocurre en otros países, para ponerle coto al cipayismo de los divulgadores musicales, tan proclives a todo lo foráneo como consecuencia del complejo de inferioridad que ha sido característico del colombiano desde los tiempos de la Colonia.
El porro es un ritmo que puede codearse en su historia con la polka, la mazurka, el kasatchov y el vals de los pueblos de Europa, que tuvieron también un origen humilde y cuyas melodías y compases terminaron después incorporados en las sonatas, sinfonías y conciertos de los grandes maestros de la música clásica. Nuestro porro comenzó en los grupos de pitos y tambores, de marímbulas y otros instrumentos, pasó a las Bandas populares, a las grandes orquestas de salón y ya está siendo interpretado hoy por sinfónicas y grupos de cámara. Y haciendo parte de piezas de música culta como las conocidas de Francisco Zumaqué y Manuel Dechamps y las inéditas de Oscar Javier Mora que tuve oportunidad de escuchar hace unos años. Ello se debe a que, como lo afirma el historiador Edgardo Támara Gómez, tiene una "riqueza instrumental y armónica" y unas "enormes posibilidades interpretativas" en virtud del "diálogo de instrumentos, los hermosos monólogos [...], la sutileza instrumental, las combinaciones armónicas, [y] las sucesivas variaciones que se exponen en un tema" [2]. Y a que, como lo señala el folclorólogo Augusto Amador Soto, es "un ritmo universal identificado en el compás binario, (2/4) partido o compasillo", que es reconocido como Porro por cualquier músico del mundo que lea alguna de sus partituras [3].
Sin duda el Festival del Porro de San Pelayo y el Festival de Bandas de Sincelejo contribuyen a mantener viva la pasión por el Porro en el corazón de sus seguidores, pero no es suficiente. Esta labor de defensa de esa tradición musical debe ir acompañada de una decisión política encaminada a garantizar su derecho de permanencia en el mundo de los discos y de los videos. Lo cual conlleva a educar a la juventud en el conocimiento de sus ritmos y de la historia de cada uno de ellos. Combatir el mercantilismo de las casas disqueras reacias a grabarles a las Bandas y orquestas que interpretan Porros porque tienen muchos músicos o porque el Porro "no se oye", como dijo el "disc jockey" de Melgar. Y la falta de visión de las radioemisoras que creen ser modernas con la emisión exagerada de música extranjera cuando en verdad lo que hacen es contribuir a la pérdida de identidad cultural de nuestro pueblo.
A mí me gusta casi toda clase de música, desde la popular hasta la culta. Menos la estridente y la vulgar, la que es solo ruido sin poesía. Y bailo con igual deleite un bolero, un paseo, un son o un merengue. Pero Su Majestad El Porro tiene para mí el significado de las primeras cosas: del primer baile, del primer verso, del primer beso, del primer trago, y de la identidad sinuana que llevo sembrada en el alma. Su coreografía es hermosa. Manuel Zapata Olivella exclamó al ver al grupo de danzas de CECAR bailando la "bozá" de "Río Sinú": "Veo la corriente impetuosa del río sobre el escenario". Su música es contagiosa y nos revuelve el ancestro. En sus tres movimientos se acrisola la riqueza espiritual de las tres vertientes de nuestra raza mestiza: la española, la africana y la aborigen. ¡Ninguna alegría es comparable con la que proporciona el baile de un porro y el talle excitante de una bailadora que se deja llevar por el embrujo de su musicalidad y de su magia! La letra de sus canciones es parte de esa juglaría sinuana y sabanera que narra las aventuras y desventuras de nuestros hombres de agua y de maíz. Nada como un Porro para paliar la tristeza y aplazar las penas. Es para nuestro pueblo lo que el jazz para los negros de Louisiana y de Harlem [4] y se le parece estructuralmente porque es cambiante; al principio lento y nostálgico y en la "bozá" más rápido y alegre, y porque sus instrumentos a veces vuelan sueltos y hacen cada uno lo suyo, afirmando su individualidad semiótica, y luego regresan para encontrarse con los otros y continuar así la historia de lamentos, reflexiones y esperanzas que ellos cuentan y que se inició —como afirma Amador Soto— en los llamados "bailes aporriaos" que danzaban nuestros primeros pescadores "durante las épocas de subienda" [5].
Sincelejo, junio 8-9 de 2006.
Notas:
[1] La injusticia se origina posiblemente en el hecho de que el compositor José Berroa compuso otro bolero con el mismo nombre, A la orilla del mar, que grabó la cantante Olga Rivero.
[2] Támara Gómez Edgar. Hacia un debate sobre las clasificaciones del Porro". En: Revista Institucional CECAR, Nro. 21 Sincelejo, mayo de 2003.
[3] Amador Soto Augusto. La Cordobesía, un libro didáctico. Montería, 2006.
[4] Esta tesis se la escuché a Guillermo Valencia Salgado, el "Compae Goyo", en una de las primeras tertulias del grupo El Túnel de Montería.
[5] Amador Soto Augusto, Op.cit.
El autor:
Nació en Barranquilla (Colombia), el 14 de julio de 1942. Estudió Derecho en la Universidad de Cartagena (1971) y trabajó como profesor de Filosofía en Cartagena (1967-69) y en la Universidad de Córdoba (1973-1993), en donde también fungió como Decano de la Facultad de Educación y Director del Departamento de Humanidades. Se desempeñó como Juez en el Municipio de Tierralta (1971-73) y como Secretario General y Vicerrector de Bienestar en la Corporación Universitaria del Caribe, Sincelejo (1993-2005).
Ha publicado los siguientes libros de cuentos: Glitza, Bogotá, 1979. El juicio de los dioses, Montería, 1982. Lorna es una mujer, Bogotá, 1986. Ciencia-ficción: El humanismo de hoy, Ensayos, CECAR, Sincelejo, 1996, y los poemarios Los caminantes del cielo, poemas, CECAR, Sincelejo, 1999; El fuego de los dioses, CECAR, Sincelejo, 2001, y Los jinetes del recuerdo, en la web. Ha sido antologado en Contemporáneos del porvenir, Bogotá, Espasa, 2000. 4 autores de ciencia ficción, Magisterio, Bogotá, 1988, y Joyas de la ciencia ficción, La Habana (Cuba), 1989.
Algunos de sus cuentos, poemas y artículos han sido publicados en suplementos literarios, en textos escolares y en la web. Con el cue"Glitza" obtuvo un premio en el concurso nacional de cuentos organizado por el Magazín Dominical del diario El Espectador de Bogotá en 1971. Ganó el primer lugar entre 543 participantes con el cuento "Error de apreciación" en el concurso nacional de cuentos breves organizado por la revista Ekuóreo de Cali en 1981. Finalista con la novela realista Un juez llamado Sebastián Reyes en el concurso Plaza y Janés, Bogotá, 1991.
Ha asido columnista en los diarios El Espectador-Costa, El Tiempo-Caribe, El Universal y El Meridiano. Considerado por el diario El Meridiano de Córdoba como uno de los personajes del siglo XX en el departamento de Córdoba (1999). Y por el crítico Campo R. Burgos como uno de los dos papás de la ciencia-ficción colombiana. Tiene varios libros, realistas y de ciencia-ficción, inéditos. Reside en Sincelejo (Sucre), Colombia.
_________________________________________
© Antonio Mora Vélez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v7n26porro.html