Rulfo y Pedro Páramo, 50 años después:
La dispersión que concentra
Clinton Ramírez C.
Juan Rulfo
Escritor mejicano nacido en Sayula, Estado de Jalisco, en 1917. Fotógrafo, guionista de cine. Autor de Pedro Páramo y El Llano en Llamas, obras a las que habría que agregar una novela inconclusa La cordillera.
Nadie conoció como Rulfo el alma, el ánimo y voluntad del campo mejicano. Ni nadie como él ahondó en el inmenso sentido trágico de los hombres y las mujeres, vivos o muertos, de los innumerables pueblos que desembocan en Comala, cautivante, aterradora y esclarecedora imagen de un continente que pareciera condenado a repetir una vida de fracasos, individuales y colectivos, sociales e históricos.
Su biografía vale igual como metáfora de una patria marcada por la orfandad, el abandono y la desolación. Una vida de dolor y soledad que marcan sin lugar a dudas la obra de un hombre que perdió a temprana edad a los padres, que vivió al lado de una abuela, que conoció el mundo del orfanato, que jamás vio cumplido el deseo de estudiar una carrera universitaria y que encontró en la fotografía, la música clásica y los libros una patria resistente.
Rulfo: su mundo y su influencia
Escrita con indudable conocimiento, con inestimable oficio poético —adquirido al alto costo de extenuantes batallas—, en el lenguaje llano y enigmático de los hombres y las mujeres del campo mejicano, Pedro Páramo inaugura lo que más tarde se dio en llamar el realismo mágico.
No sabría decir qué tan consciente fue Rulfo del milagro que encierra Pedro Páramo. Es claro sin embargo que sin el universo rulfiano muchas obras hubieran tardado en encontrar un camino de expresión auténtico, profundo y universal. Una novela como Cien años de soledad tiene páginas que solo pueden ser entendidas a partir de la visión de Pedro Páramo. Gabo y Rulfo trabajaron juntos algunos proyectos cinematográficos y al lado suyo el colombiano pudo sin duda cuajar la visión elocuente, grande, poética y trágica que plasmará en un Macondo que tiene tanto de Comala en la búsqueda, las afinidades de sangre y, por supuesto, en el reconocimiento intertextual de un hermano mayor pionero.
El siguiente fragmento de Pedro Páramo, que narra lo sucedido a Comala una vez se conoció la muerte de Susana San Juan, anticipa ya la mirada y escritura de Cien años de Soledad:
“Ya no sonaban solo las campanas de la iglesia mayor, sino también las de la Sangre de Cristo, las de la Cruz Verde y tal vez las del Santuario. Llegó el mediodía y no cesaba el repique. Llegó la noche. Y de día y de noche las campanas siguieron tocando, todas por igual, cada vez con más fuerza, hasta que aquello se convirtió en un lamento rumoroso de sonidos. Los hombres gritaban para oír lo que querían decir. “¿Qué habrá pasado?”, se preguntaban.
“A los tres días todos estaban sordos. Se hacía imposible hablar con aquel zumbido de que estaba lleno el aire. Pero las campanas seguían, seguían algunas ya cascadas, con un sonar hueco como de cántaro” (120- 121).
Esta situación empeora cuando llega gente de pueblos vecinos y con ellos los músicos, el circo, lo que degenera en fiesta. Las campanas dejarán de tocar pero la fiesta seguirá, porque a todos les costó entender que se trataba de días de duelo.
En contraste, el silencio domina La Media Luna. Susana ha sido enterrada y en la casa se camina descalzo por temor a ofender el dolor de Pedro Páramo, que no sale del cuarto y apenas aclara la garganta para prometer vengarse de Comala.
“—Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”.
Gabo ofrece en Cien años de soledad indudables testimonios de la influencia de la escritura de Rulfo. El ejemplo siguiente de Pedro Páramo guarda semejanza en su estructura sintáctica con el párrafo inicial de Cien años…
Veamos:
“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo” (72).
Afinidad generacional, ideológica, literaria, visión compartida, influencias comunes, agradecimiento que vinculan a dos hombres empeñados en la tarea de encontrarle a nuestra literatura un nicho mayor en el mundo de la ficción universal.
Revisar las biografías de estos dos hombres sirve para constatar que cada uno a su modo, de manera simultánea, buscó en autores como Kafka y Faulkner, el impulso matriz y aquellos procedimientos técnicos que le ayudaran a darles formas a sus proyectos personales.
Búsqueda y coincidencia a la hora de publicar, aún sin conocerse. Rulfo publica en 1955 Pedro Páramo. Obra madura, resultado de muchos años de observación, de práctica callada. En tanto Gabo verá editada La hojarasca, una propuesta que no tiene la madurez de Pedro Páramo, pero que contiene el germen de una visión y un estilo que alcanzará altísimas cumbres en Cien años de soledad (1967).
Una obra tan personal y única como Pedro Páramo no surge en el vacío. En la base de ésta confluye, a más de una mirada específica de la existencia, con hondas raíces en la cultura y la historia mejicanas, la influencia de la literatura misma.
No es el caso repetir las presencias literarias que alimentan a Rulfo pero no está demás señalar la notoria vecindad que Pedro Páramo guarda con la Antología de Spoon River, del poeta americano Edgard Lee Masters, libro este que cuenta la historia de un pueblo imaginario del medio oeste americano, recreada a partir de los epitafios de las lápidas del cementerio y de las voces directas de sus muertos.
Es un modelo evidente que en Pedro Páramo es llevado a extremas consecuencias, ya que Comala termina siendo todo un cementerio ambulante, pleno de voces y de espectros que informan directamente del papel que cada quien ha jugado en este valle de lágrimas, para introducir en este punto una expresión del padre Rentería, el cura de la novela.
La novela
Hay quienes creen imposible un argumento en Pedro Páramo. Existe igual duda sobre la existencia de personajes, porque el dominio de la acción corre por cuenta de voces, recuerdos y, sobre todo, de las voces y los recuerdos de personas que están muertas.
Es correcto decir que una obra reducida a su argumento se empobrece. Intentar en cambio armar uno a partir de la lectura y relectura de una novela tan compleja, ayuda a esclarecerla, a identificar el rigor subyacente en la composición de la misma. Otro tanto sucede con la tarea de biografiar a unos protagonistas que hablan o susurran desde la comodidad de la muerte.
Es un desafío una y otra labor si todo ocurre simultáneamente y siempre, por mucho que la novela ofrezca bloques y secuencias que crean la ilusión en el lector de una historia que marcha hacia adelante: hacia un punto fijo, cuando la ficción informa de muchos caminos que confluyen en un doble centro de donde todo fluye a su vez. Un centro físico: Comala. Un centro humano: Pedro Páramo. Centros hacia los que marcha la acción y de donde vienen hacia Juan Preciado: una especie de oídos nuestros, el cedazo a través del cual la narración pasa a nosotros: los lectores, asomados a los bordes de una historia que quisiéramos habitar.
Argumento y personajes
Pedro Páramo es la historia de Comala. Historia reconstruida en las voces, los rumores y las siluetas de sus muertos, que tiene un centro: Pedro Páramo, el patrón, el mandamás, el dueño de La Media Luna, el terrateniente omnímodo, sin el cual nada es posible: ni el bien ni el mal, ni la lluvia ni el calor. A cuya vida y muerte estarán sujeta la vida y la muerte de Comala. Es un completo círculo con dos centros, uno dentro del otro, que se engulle a sí mismo.
Es el primer nombre que aparece en la obra: "—Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. El hombre que viene se llama Juan Preciado y es hijo de una tal Dolores Preciado, quien en el lecho de muerte le exige ir a Comala y buscar a Pedro Páramo. Se sabe más adelante que éste se casó con la heredera de la hacienda, para evitar pagar una deuda que Lucas Páramo, el padre, contrajo con los Preciado, así, el enlace le permite además engrosar los límites de La Media Luna.
“—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
“—Así lo haré, madre” (1).
Es una promesa mecánica, porque ella estaba para morirse y él en plan de prometerlo todo.
Juan Preciado, de alguna manera inexplicable, aparecerá camino a Comala en busca de Pedro Páramo, ignorando que encontrará un pueblo de voces, rumores, sombras y espectros que saben de su misión, que conocieron a su madre y a Pedro Páramo. Es un recorrido alucinante que consume pocas horas, unos pocos días, en la canícula de un mes de agosto sin aire, asfixiante, envenenado por el excesivo y penetrante olor de las saponarias —la hierba del jabón—, planta venenosa, extraña a estas latitudes pero que reina en el universo rulfiano.
Al paso de sus ojos saldrán ánimas y a sus oídos acudirán voces y rumores que le harán el favor de entregarle la historia de Comala, la de su madre y la de Pedro Páramo.
El mismo Juan Preciado no deja de ser sospechoso. Aparece en un cruce de caminos rumbo a Comala, encontrándose con Abundio, un arriero que se encarga de indicarle el pueblo y notificarle que Pedro Páramo murió hace mucho, sin que el muchacho exteriorice la menor sorpresa.
¿Está muerto Juan Preciado en este momento? O mejor, ¿el Juan Preciado que nos cuenta lo hace desde la comodidad de la muerte?
Comala es un pueblo solo, lleno de ecos que parecen estar encerrados en las paredes o debajo de las piedras. En este lo recibe o espera Eduviges Dyada, la posadera, advertida por la propia Dolores Preciado de su visita.
Ésta le hará ver del casorio de la madre y Pedro Páramo y cómo la Dolores abandonó al marido. En casa de Eduviges escuchará las primeras voces mientras duerme. El diálogo que sostiene con la mujer le servirá para saber de la muerte de Lucas Páramo, el padre de Pedro Páramo, de las deudas que dejó —una de estas con Dolores Preciado—, de las maneras como empezó a sanearlas —el matrimonio con Lola y eliminando deudores—, hasta ensanchar su poder.
Aparece aquí, primero en las voces y luego retrospectivamente en cuerpo presente, Fulgor Sedano, administrador de La Media Luna, que a la muerte de Lucas servirá al joven Pedro quien, de un día para otro, muestra un genio pendenciero y rapaz, luego de que todo el mundo lo tuviera por un pusilánime. Fulgor Sedano será paciente, metódico, fiel a las lacónicas órdenes de Pedro Páramo, el resorte de su poder, el hombre que se encarga de arreglar el matrimonio con Dolores Preciado, una vulgar jugarreta para evitar pagarles a los Preciados.
Aquí hará Juan Preciado un primer descubrimiento una vez se despierta en el cuarto al escuchar unos gritos de muerte. En la puerta aparecerá Damiana Cisneros y no Eduviges como él esperaba. La mujer —de quien después sabemos que es o fue la caporala de las sirvientas de La Media Luna— le revelará que Eduviges murió hace mucho.
“—Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía”.
En casa de Eduviges han ahorcado —atención de Fulgor— a un tal Toribio Aldrete, con quien Pedro Páramo tenía una disputa de tierras. Es el grito que ha escuchado.
No es todavía Juan Preciado consciente de estar en un pueblo de muertos o tal vez es un muerto reciente o aún no tiene memoria de su muerte. Se encontrará, sin más, hablando solo, ya que en mitad de una calle, Damiana desaparece al informarla de la muerte de Dolores Preciado. La mujer le confesará no saber nada de nada hace mucho. Grita el nombre de Damiana pero solo escuchará el ladrido lejano de los perros.
Se da a recorrer el pueblo, convertido en un murmullo permanente que atraviesa la noche, la madrugada. ¿Recorre el pueblo o recuerda haberlo recorrido? Añora regresar. Quizá avista, allá en los cerros, en el amanecer, el camino por donde ha venido, pero se encuentra frente a la casa de Donis y la hermana de éste, alucinando, hambriento, con sed, interrogando a la pareja que sale a auxiliarlo.
“—¿No están ustedes muertos?”
Le han pasado tantas cosas en tan poco tiempo que solo quiere dormir y lo hará en la misma pieza donde duerme la pareja incestuosa. Está próximo a morir o recordar el momento en que murió. Seguirá oyendo las voces y ya es capaz de diferenciar entre las palabras corrientes y las palabras que no tienen sonidos, que solo se sienten, como las que se oyen durante los sueños.
Lo apremia el deseo de regresar. La mujer insistirá en detalles de su pecado y le enseñará unas manchas en el cuerpo que atribuye al incesto. La tranquilizará recordándole que nadie vive en el pueblo para mirarle las manchas. A lo que la mujer le hará ver que no bien anochece, el pueblo se llena de un gentío de ánimas. Dormirá todo el día y el calor insoportable tiene el efecto de hacerle recordar todo lo que ha vivido desde la llegada a Comala. Saldrá finalmente a la medianoche, abandonando la cama de la mujer junto a la que ha dormido. El aire es cada vez más escaso y en la calle no encontrará el respiro que desea. Marchará aferrado a las paredes, helado de miedo, sin poder zafarse del murmullo de las voces que prácticamente lo enloquecen.
Muere sin aire o sorbiendo el aire de su propia boca. Solo le queda la memoria de un remolino de nubes sobre la cabeza, que acaba enjugándolo. Es lo último que ve o recuerda ver. Algo que conocerá a través de Doroteo —o Dorotea—, quien lo encuentra muerto en la plaza del pueblo. Doroteo o Dorotea —¿no importa el sexo en la muerte?— lo ayuda en principio a identificar los nombres de la voces y a tomar conciencia de estar muerto.
Estamos en la mitad física de la novela. El recuerdo de su muerte tiene el efecto de poner a Juan Preciado en el mismo plano de los otros muertos y de transformarlo en una figura cada vez más diluida. Es como si el precio de adquirir conciencia de la muerte fuera el de perder entidad y fuerza protagónica.
Vivirá en la muerte para escuchar episodios de unas vidas estrechas, miserables, anónimas, siempre girando alrededor de Pedro Páramo.
Volverá a escuchar la manera como muere Miguel Páramo al ser lanzado por su caballo alazán una noche mientras iba o volvía de un pueblo vecino. Volverá a saber de las gestiones sucias que Fulgor Sedano ejecuta siguiendo órdenes de Pedro Páramo, que algún día vuelve a rozar la ocasión de reencontrarse con Susana San Juan, una mujer de la que ha estado siempre enamorado y que enviuda al ser asesinado el marido: de quien sabemos el nombre: Fulgencio. Aparecerá, según una noticia que le llega a Pedro Páramo, en una mina distante, de dónde el terrateniente la hace venir al convencer al padre de ésta, Bartolomé San Juan, del peligro que corren fuera de Comala, ya que la revolución se ha apoderado de los campos mejicanos.
Nada que no sea la vida onírica y alucinada de Susana lo tendrá por verdadero. Antes de que Juan Preciado tome conciencia de su muerte, Pedro Páramo concentró la atención, aunque a la distancia, siempre evocado. Muerto, sin el agobio del calor, la vida de la última mujer del gamonal acaparará el sentido de la novela, organizándose la acción hacia delante y limpiando aparentemente el camino de las voces iniciales, de la simultaneidad de éstas.
Todo lo abraca y cubre el recuerdo de la vida de Susana San Juan y los recuerdos y sueños de ésta. Aflorará otra faceta del hombre duro, impotente y angustiado, que vive un amor desdichado. No hay regreso. Las voces tal vez ya no acompañan a Juan Preciado como antes. El recuerdo de la vida de Susana San Juan y la lenta destrucción de Pedro Páramo están en el centro de la escena. Son personajes actuantes que de la evocación que otros hacen, saltan a un presente que es pasado, y ya en el cual asumen sus propios recuerdos y son conducidos por un testigo objetivo, que dominará esta parte final de la novela.
Una mujer que no es de este mundo
Es en esta parte donde surgen con toda intensidad los personajes más fuertes de la novela, exceptuando a Juan Preciado: Pedro Páramo y Susana San Juan. Un amor frustrado de muchos años une al dueño de La Media Luna a Susana, una carga que lleva en la memoria como una maldición, el único y más salvaje lunar de su vida y contra el que nada pudo su poder.
¿Quién es pues esta Susana San Juan, que no obstante aceptar ser la mujer de Pedro Páramo, jamás lo amó y ni siquiera sintió pena por él?
Es una mujer, en palabras de Rulfo, perdida para la vida o que no era de este mundo, según el sentir del narrador testigo que reemplaza en la conducción de la novela a Juan Preciado. Pedro Páramo pretendió desde niño a una Susana que se marchó de Comala y se casa con un tal Florencio, un hombre que la hace feliz, muy feliz, algo que sabemos por las evocaciones sensuales y sexuales que ella hace mientras vive en La Media Luna. Al morir Florencio y al iniciarse la revolución, Pedro Páramo consigue que el padre de la muchacha regrese. Le ofrece casa y le aporta dinero para que explote la mina, de donde no regresará, ya que muere allá, acaso alcanzado por la mano de Pedro Páramo. Susana acepta vivir con éste pero, invariablemente entregada a los recuerdos de la madre, del padre y del marido, se vuelve impenetrable, echada en la cama, siempre soñolienta, sin que nunca la toque Pedro Páramo, que asiste cada noche, impotente, crispado, a los sueños intranquilos de la mujer, sin saber qué es aquello que la maltrata por dentro, que la hace revolcarse en el desvelo. El nunca lo sabrá pero el lector sí: Susana evoca el tiempo del amor con Florencio, cuyo cuerpo y cuya boca añora con desesperación, casi con furia. Vive para soñar y añorar en una habitación en la que nunca falta la luz de una lámpara de aceite y tampoco la presencia en vela de Pedro Páramo, a quien le queda el dolor o consuelo de saber que era la criatura más querida por él sobre la tierra y la imagen con la que aspira a irse de la vida para borrar todos sus otros recuerdos.
Pedro Páramo la ama, la idolatra, lleva el peso de la desdicha sin quejas, en silencio, pero mientras ella muere, él tiene que vivir. Así que vuelve a las rondas gateras, haciendo el amor a las muchachas de la hacienda, como hace con la chacha Margarita, una niña a quien abraza —un puñadito de carne— y que posee queriendo convertirla en Susana, que en su habitación sueña con Florencio. Tiene que vivir y defender su patrimonio de la amenaza de la revolución, recurriendo a sus astucias, infiltrando un hombre suyo, el Tilcuate, en el conflicto, para que éste con sus hombres estén siempre cerca de La Media Luna, simulando poseerla y evitando así que otros revoltosos vengan a invadirla.
Nada ni nadie podrá rescatar a Susana. Ni siquiera los intentos del padre Rentería, el cura de Comala, quien una noche es llamado a confesarla, sacramento que ella rechazará de un modo tajante y enérgico, en una reacción inusual que deja estupefacto a los asistentes: el médico Valencia, el coro de las sirvientas y al mismo Pedro Páramo.
Ella no se confiesa. Rechazo que se debe a la pérdida de fe. “¡Señor, tú no existes!” Dios le falló cuando ella le pidió que le conservara a Florencio, el marido, el amante, sin cuyo cuerpo, caliente y desnudo de amor, ella no concebiría la vida. “Eso te pedí. Pero tú solo te ocupas de las almas. Y yo lo que quiero es su cuerpo”. No vivirá mucho, ya que él no estará para llenar su boca con la suya y no tendrá sino solo el recuerdo para aferrarse al cuerpo ausente del amado.
Duro pero normal que le pida al padre:
“—Ya váyase, padre. No se mortifique por mí. Estoy tranquila y tengo mucho sueño (119)
Morirá en la madrugada de un 8 de diciembre. En La Media Luna será enterrada. Las campanas de Comala no harán más que tocar. Repique que, como ya henos visto al principio de este texto, degenera en fiesta, un jolgorio que se olvida de ella y olvida el dolor de Pedro Páramo, quien silencioso, a la distancia, sentado en un equipal, jura vengarse de la peor manera que un hombre pueda hacerlo: cruzándose de brazos, desocupando sus tierras, para que todos se mueran de hambre.
La revolución continuará, incluso el padre Rentería se alzará en armas y el Tilcuate tomará el camino que quiera, yendo de un bando de revoltosos a otros, por gusto o por conveniencia, pero nada cambiará el destino de Comala.
El pueblo empieza a vaciarse, la tierra a secarse y los pocos que quedan morirán de soledad o de hambre, mientras Pedro Páramo vive echado en el equipal, al parecer eterno, viendo como su vaticinio se cumple lenta e inexorablemente.
Se desmoronará literalmente una tarde en brazos de Damiana Cisneros y ninguna duda cabe abrigar que con esta muerte Comala se murió también.
El odio como motivación, el camino como fracaso, la desesperanza como destino
Aquí cabe establecer otro paralelo entre Comala y Macondo. En la obra de Gabo la desaparición de Macondo está ligada a la desaparición de la familia Buendía. Al morir el último de la estirpe —el niño con cola de cerdo al que se comen las hormigas—, Macondo empieza a desaparecer en el viento bíblico como está prescrito en los pergaminos de Melquíades, que Aureliano lee en las páginas finales de Cien años de soledad.
En Pedro Páramo la sentencia que profiere el terrateniente tiene el equivalente profético de los pergaminos y el desmoronamiento del personaje coincide con el hundimiento de Comala, pueblo perdido para la historia pero no para la ficción.
Aunque no haya acabadas descripciones físicas y psicológicas, a través de las voces de unos y de los rumores de otros, de todos los protagonistas centrales o marginales terminamos teniendo absoluta certeza. La yuxtaposición opera. Así que sabemos bien quién es Abundio Martínez, quién Eduviges Dyada, quién Damiana Cisneros, quién Fulgor Sedano, quién Miguel Páramo, quién el padre Rentería, quién la hermana de Donis, quién el licenciado Gerardo Trujillo, quién Bartolomé San Juan, quién el Tilcuate y sobre todo quiénes son Juan Preciado, Pedro Páramo y Susana San Juan. Sabemos, profunda, silenciosa e irónicamente, quienes hemos sido y quienes quizá seguimos siendo los lectores de la novela.
Ninguna duda cabe de que los protagonistas de Pedro Páramo son personajes que aún en la condición de voces y espantos, no carecen de profundidad y menos de misterio. Acierto y concepción que encierra una suerte de justicia poética con los marginales y los olvidados, ya que anónimos en vida, la muerte les devuelve un absoluto dominio que les permite dar cuenta de una historia trágica, cruel, sin que medien engaños, que nadie les podrá escamotear.
Tener un cuerpo y ser dueños de una existencia de nada les sirvió en vida, ya que el anonimato y la soledad los avasallaron. Ahora que no tienen ni cuerpo ni vida, sus voces —todopoderosas, omnímodas— hacen de ellos los verdaderos protagonistas.
¿Qué sucede con Juan Preciado? Personaje de cuerpo y espíritu al comienzo, esta condición la va perdiendo en la medida en que es consciente de la existencia de Comala como un pueblo de muertos y en tanto muere o recuerda su muerte, lo que hace de él en este punto, una voz más, integrada a las otras voces y siluetas o aparecidos con los que trata en principio.
¿Su misión? Ni siquiera tiene tiempo de tropezarse con Pedro Páramo. Pedro Páramo está muerto. Ha muerto hace mucho, según le dice Abundio al despedirse de él al principio de la novela.
Es un hijo desconocido de un tal Pedro Páramo, un hombre que tuvo muchos y a ninguno le prodigo la más mínima atención, excepto a Miguel Páramo, muchacho tornadizo y brutal igual que el padre, muerto a edad muy temprana al caer de su caballo.
No consuma tampoco Juan Preciado ninguna venganza, como se lo exigió Dolores Preciado en el lecho de muerte. Apenas es consciente de su descubrimiento y cuando lo hace ya está muerto, integrado a un mundo al que pertenece, que lo engulle.
El mérito suyo es permitir la existencia de Comala. La aparición suya en un camino rumbo a este pueblo, del que solo tiene referencias, lo es todo. Es víctima de los odios, de los rencores y de las deudas de un pasado que los protagonistas no olvidan, como sucede con Dolores Preciado, ofendida por Pedro Páramo y burlada, desposeída de sus tierras. Es igualmente la víctima propicia de una voluntad que fracasa al no poder explicar su razón aquellas voces e imágenes que Comala proyecta sobre él. El miedo, la angustia, la impotencia de una razón educada fuera de Comala lo ponen fuera de cabales y el aire enrarecido del pueblo se suma para eliminarlo, reducirlo a una voz con una conciencia en principio vaga de la muerte que vive. Serán sin embargo las voces como la de Dorotea, su compañera de sepultura, y las impresiones que su madre le regaló de Comala las que lo salvarán de una derrota mayor.
El mensaje es claro: el pasado nos perderá si no somos capaces de mirarlo, revisarlo y buscar otro camino. En este sentido Juan Preciado, el hijo de un engaño, de una combina, es un vivo testimonio de un destino que el pasado condena, un pasado infernal en el que muchos pueblos se complacen en permanecer. El punto está en ¿cómo cambiar, qué valores seguir? Una encrucijada para pueblos marcados por la superstición, afincados en la ignorancia, que igual han perdido la inocencia y nada parecieran ofrecer. La progresiva conciencia de Juan Preciado, que le permite ir entendiendo y tomar el control de su muerte, tal vez encierre alguna luz, aunque una muy débil y más difícil cuando esta tarea involucra a otros que no quieren ni aceptan indagarse ni conocerse.
Lenguaje y composición
-El lenguaje
Pedro Páramo es una obra por la que siento una indudable reverencia desde que la leí hace casi veinte cinco años. Llamaré la atención sobre dos puntos más: el medido lenguaje poético de la obra y la estructura onírico-objetiva de la composición.
Una poesía sensualista, sutil, contenida y precisa surca las páginas y las vidas de Pedro Páramo. Una primera muestra la tenemos en las líneas iniciales cuando Juan Preciado se enfrenta con el paisaje y la topografía de Comala.
“Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.
El camino subía y bajaba; sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja” (2.)
Una eficiente descripción del tiempo atmosférico de Comala, un advertido y contaminado aire canicular que termina matando a Juan Preciado cuando sale de la casa de Donis. Comala queda en una hondonada, entre lomas pelonas, agotadas por tanto surco y arado. Es un pueblo fantasma, al que llega subiendo o bajando. El arriero Abundio Martínez es el guía de Juan Preciado. Una especie de Virgilio en el camino del muchacho hacia el infierno de Comala.
Se siguen en tanto avanzan las descripciones objetivas, sutiles, precisas, marcadas por un indudable aliento poético. Aunque también hay otro ingrediente mayoritario en la novela: el diálogo llano, ajustado a la lógica, el sentir y la cultura campesina, cargado de una sabiduría sobrenatural de quienes viven mucho o nunca mueren del todo.
El paisaje es desplegado. Finalmente, luego de trastumbar cerros, y bajando cada vez más, hundiéndose en el puro calor sin aire, llegan a Comala.
“—Hace calor aquí —dije.
“—Sí, y esto no es nada —me contestó el otro [Abundio]—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno, con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija” (9).
Comala es un pueblo que parece solitario, vacío, excesivamente caluroso.
“—No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.
“—No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
“—¿Y Pedro Páramo?
“—Pedro Páramo murió hace muchos años” (11).
Una muestra más de un lenguaje que deriva en la condición de una descripción poética y exacta , nutrida en el conocimiento del medio.
“Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol” (11).
Es la hora del atardecer cuando Juan Preciado llega a Comala. No hay niños, ni gritos, sino el sol que lame las paredes.
Igual existe un lenguaje poético ligado al recuerdo del paisaje y el cuerpo humano, menos objetivo que los ejemplos anteriores. Esta función poética, más onírica y subjetiva, se corresponde con la condición alucinada, loca, sensualista de Susana San Juan. Dos ejemplos:
“Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas” (99).
“Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas y mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo” (100).
Aunque también se presenta un lenguaje poético ligado a las ilusiones y angustias de Pedro Páramo, motivadas en Susana San Juan, alguna tarde sentado en su equipal frente a La Media Luna.
“Hace mucho tiempo que te fuiste, Susana. La luz era igual entonces que ahora, no tan bermeja; pero era la misma pobre luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina que hay ahora. Era el mismo momento. Yo aquí, junto a la puerta mirando el amanecer y mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo; por donde el cielo comenzaba a abrirse en luces, alejándote, cada vez más desteñida entre las sombras de la tierra.
“Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda y te llevaste con tu aire sus últimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: Regresa, Susana” (122).
Un lenguaje que mana de las entrañas mismas de los personajes, un monologar que tiene la exactitud y el encanto de quien recuerda de verdad y no falsea la vida en los recuerdos. Verosímil incluso que Pedro Páramo alcance este tipo de pinturas y esta profundidad para dar cuenta de la manera como asumió la muerte de Susana.
Así mismo están las impresiones poéticas de Juan Preciado en el eterno pasado de Comala.
“Vi pasar las carretas. Los bueyes moviéndose despacio. El crujir de las piedras bajo las ruedas. Los hombres como si vinieran dormidos.
“Vi pasar las carretas vacías, remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose en el oscuro camino de la noche. Y las sombras. El eco de las sombras.
“Pensé regresar. Sentí allá arriba la huella por donde había venido, como una herida abierta entre la negrura de los cerros” (50)
-La composición
El procedimiento dominante de la composición está definido por las voces y los recuerdos, matizado al final por la presencia de un narrador testigo u omnisciente tímido, sutil y certero, al que le corresponde orientar y cerrar la novela luego de la muerte de Juan Preciado. ¿Es el mismo Juan Preciado? La imaginación me lleva a pensarlo con certeza.
El primer movimiento de la novela lo define la presencia de la voz de Juan Preciado que en el papel de narrador protagonista nos involucra en el motivo de su viaje, en las peripecias iniciales del mismo y nos informa de su introducción en el mundo de voces y ánimas de Comala.
Ya está en Comala y está muerto, pero al abrirnos la memoria, abre las puertas a las voces, las ánimas con las que interactúa y que viven en un eterno pasado.
El movimiento puede describirse de la siguiente manera. Narrador protagonista, voz en primera persona, descripciones de éste y presentación directa de los diálogos que sostiene con Abundio, Eduviges, Damiana y la mujer de Donis.
Esto sucede en el primer bloque narrativo en el que hace el viaje a Comala acompañado del arriero Abundio. Igual en los bloques que siguen a su llegada a la casa de Eduviges, en donde recibe posada. Preciado informa de la casa, de la mujer, con quien habla directamente sobre el pasado de Comala, la amistad de esta con Dolores Preciado. Aparece aquí el primer indicio de extrañamiento. Ella ha sido informada por la débil voz de la muerta del arribo de su hijo a Comala. Una voz débil que ha tenido que atravesar una distancia muy larga. Preciado le confirma la muerte de la madre siete días atrás en un pueblo distante.
La primera impresión de Juan Preciado es que Eduviges está loca. Siente como nunca que está en un mundo lejano que lo arrastra o empieza a hacerlo, sin que su cuerpo ofrezca resistencia. Piensa que está cansado. Atribuye a fatiga este aflojamiento y cree que durmiendo recuperará las fuerzas para poder enfrentarse al mundo de Comala. Promete ir a comer algo pero se queda dormido. Es el fin de la objetividad y el principio del dominio del mundo subjetivo, onírico y fúnebre de las voces y las ánimas, aunque él todavía conduzca la narración con leves observaciones sobre el medio y los personajes con los que conversa.
Se ve obligado a preguntar a Eduviges qué pasa. Ella le informará del trote del caballo solitario de Miguel Páramo. Es un potro que galopa por el camino de La Media Luna, en donde no vive nadie. Es la puerta de entrada al mundo de Pedro Páramo: la situación de la hacienda, el papel que asume a la muerte del padre, el avance de su poderío, la muerte del hijo Miguel al caer del caballo.
Aquí surge ya el segundo movimiento del procedimiento. Voces que Juan Preciado oye y presentación directa de las situaciones y los personajes, con aparición de un narrador testigo u omnisciente. Así sigue fluyendo hasta él la historia personal del gamonal: Pedro Páramo asumiendo el control de La Media Luna a la muerte del padre, arreglando el matrimonio con Dolores Preciado a través de Fulgor Sedano. El narrador testigo continúa informando de las circunstancias en que muere Miguel Páramo, avanzando hasta presentar al padre Rentaría y la sobrina de éste, Ana. El sacerdote tiene que ofrecer la misa a Miguel Páramo, joven éste que no solo le mató al hermano, sino que violó a Ana, la sobrina.
Estas situaciones llegan a Juan Preciado mientras duerme en casa de Eduviges. Igual escuchará en la habitación o cerca de ésta el grito de Aldrete. Recupera su papel de narrador protagonista para dar cuenta de lo avanzada de la noche y de la aparición de Damiana Cisneros, a quien confunde con Eduviges al abrir la puerta del cuarto.
Al igual que Eduviges, también Damiana está muerta. Será precisamente esta mujer o la voz de ésta quien le confirme que Comala es un pueblo lleno de ecos, confesión que le hará poco antes de desaparecer y dejarlo solo a merced de las voces y de la medianoche.
Pero aún en este momento, Juan Preciado tiene el control parcial de la narración. Es capaz en tanto protagonista de describir el pueblo, la noche, las casas y la forma como es recibido por Donis y la hermana de éste. Un ciclo que se cierra después en una calle cercana a la casa de los hermanos, cuando sale a buscar el aire que le falta y muere asfixiado.
Hasta aquí es una estructura que opera a partir de un narrador protagonista objetivo frente al mundo que tiene delante de él, así éste sea solitario y misterioso.
Le sigue un segundo movimiento: voces que llegan a Juan Preciado, diálogo directo de los implicados, presencia tímida de un narrador testigo, con rasgos de narrador omnisciente, y tímidas aperturas hacia el monólogo, que prevalecerá cuando aparezcan Susana San Juan y Pedro Páramo.
A la muerte de Juan Preciado le corresponderá un nuevo cambio narrativo. Ahora él es una voz más que conserva el papel de escucha, de oído a través del cual las voces que cuentan la historia de Comala y La Media Luna llegan hasta nosotros los lectores. Ya no nos podrá decir directamente nada. Solo escuchará. Ahora sí la función de contar y describir irá por cuenta de los protagonistas, de las voces de éstos. En el caso de Susana es más complejo porque además de las voces que informan sobre ella, están sus evocaciones directas: sus recuerdos y sus sueños, redondeadas por el narrador testigo y, más exactamente, omnisciente.
El hecho medular es que una vez los evocados se evocan o se presentan a sí mismos, entra en función la voz ajena, imparcial, de un narrador testigo o excepcional que acompañará la novela hasta el final, una especie de sucedáneo de Juan Preciado, con un rol similar al que este cumplía cuando estaba vivo. Aunque este narrador bien podría ser la conciencia superior o desdoblada de Juan Preciado, que ya sabe lo suficiente de la muerte y de Comala como para narrar la historia.
Esta presencia de un narrador testigo opera con toda claridad durante la agonía de Susana. Sabemos de su muerte o de la cercanía de la muerte por el dialogo que sostienen dos vecinas de Comala que dan cuenta de la luz que se ha apagado en la ventana de Susana. Sus voces informan de las carreras del doctor Valencia y del cura Rentería rumbo a La Media Luna. Movimiento al que sigue la escena directa de la muerte de Susana descrita por un narrador objetivo que deja correr el diálogo entrecortado que sostienen confesor y moribunda.
“Se detuvo también. Miró de reojo al padre Rentaría y lo vio lejos, como si estuviera detrás de un vidrio empañado. Luego volvió a oír la voz calentando su oído” (118).
Este mismo procedimiento domina las páginas finales que dan cuenta de la soledad, la inanición y el monologar de Pedro Páramo mientras Comala se vuelve nada en cumplimiento de su condena.
Aquí el narrador muestra una absoluta higiene, muy consciente de su carácter marginal frente al poder de las voces, pero lo suficientemente enterado para echar hacia adelante los hechos que convergen en la muerte de Páramo.
Para informar de los tratos que Pedro Páramo mantiene con el Tilcuate y los revolucionarios, apenas se limita a informar que el Tilcuate siguió viniendo, dando entrada directa a los diálogos que éste y Pedro Páramo sostienen.
Se circunscribe a presentar a Pedro Páramo sentado en el equipal frente a La Media Luna. Un Pedro Páramo que reflexiona sobre la escasez de sueño en la vejez, que evoca y añora a Susana San Juan, que tiene certeza de la proximidad de la muerte, que teme las noches que se le llenan de fantasmas y que debe soportar en un presente eterno las súplicas y amenazas de Abundio, el arriero, a quien no le prestó ayuda cuando éste vino a solicitarla para enterrar a la mujer: la Refugio.
Todo está preparado para el cierre de una faena que hace olvidar a Juan Preciado, cada vez más remoto, pero que al momento de la muerte de Pedro Páramo que se nos viene, vive aún en el pueblo donde la madre habrá de morir, sin saber de Comala ni de las voces, los murmullos y el aire caliente y tóxico que terminarán matándolo.
Veamos:
“Sintió que unas manos le tocaban los hombros y enderezó el cuerpo, endureciéndolo.
“—Soy yo, don Pedro— dijo Damiana—. ¿No quiere que le traiga el almuerzo?
“Pedro Páramo respondió:
“—Voy para allá. Ya voy.
“Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras” (129).
“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, podrá exclamar, escribir o recordar Juan Preciado, para que la narración fluya y la lectura vuelva a ser.
“Mi madre me lo dijo. Y yo prometí que vendría a verlo…”
Últimas voces
Uno tiene la firme impresión de leer la vida de un pueblo que nunca tuvo antes y tampoco tendrá mañana, fijo en un presente marcado por la soledad de la muerte, la más terrible, incomparable y peor.
Alguien extrañará que en Comala el cementerio tenga apenas una función marginal, casi ausente. ¿Alguna otra ilusión?
Allí han enterrado a Juan Preciado, muerto asfixiado y de miedo en la plaza del pueblo después de haber salido de la casa de Donis, donde ha visto el cuerpo de la hermana de éste deshacerse en su propio sudor.
Con él reposa en el hueco de sus brazos la mendiga Dorotea, quien con Donis lo encuentran muerto en la plaza, rígido, acalambrado, como mueren los que mueren de miedo, según ella le cuenta.
Dorotea ha sido víctima en vida de los sueños. Uno primero, bendito, que le hizo creer que había tenido un hijo que inexplicablemente se le esfuma de los brazos. Uno segundo, maldito, que le aclaró que nunca tuvo ningún hijo, una revelación que le llega tarde, “cuando el espinazo se me saltó por encima de la cabeza, cuando ya no podía caminar” (65).
¿Es confiable pensar que Juan Preciado haya sido encontrado por Dorotea y Donis, o sería más seguro imaginar que el hijo de Dolores Preciado ha sido enterrado en la tumba donde reposaba Dorotea? ¿Quién sepulta a Juan Preciado? Aunque la mendiga cree aclararlo, uno no queda muy convencido de sus palabras:
“Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Solo se me ocurre que debería ser yo la que te tuviera abrazado a ti. ¿Oyes? Allá afuera está lloviendo. ¿No sientes el golpear de la lluvia?” (65).
Aunque existe el cementerio —un adentro, un debajo—, la impresión es que éste se ha desplazado adquiriendo las dimensiones de Comala. Todos están muertos. Los cuerpos son enterrados en el cementerio, pero las almas o las ánimas, libres del cuerpo, toman posesión del pueblo. Es irrelevante el cementerio como un espacio delimitado. Despojados los protagonistas de los cuerpos, vueltos lumbres los huesos, el destino los sitúa más allá de la piedra y de las fechas en las piedras, aunque más acá, al principio todavía de un olvido imposible, un mañana sin tiempo establecido, siempre presente. ¿Qué esperan? ¿Qué alguien escuche sus voces y las traiga de vuelta a la historia? ¿Es esta la misión involuntaria de Juan Preciado, aunque sea a costa de la propia vida?
Comala es un infierno no solo por el calor. El rencor, el odio, las frustraciones y la imposibilidad de olvidar le otorgan una infranqueable condición de infierno, aquí en la vida que no lo es ya, pero no en ningún otro sitio, sino en el aquí de la tierra, un infierno del que Abundio quisiera prevenir a Juan Preciado cuando le informa sobre la atmósfera del pueblo hacia donde se dirige, peor que el otro infierno, el de la tradición cristiana, a donde los muertos creen ir o van. El desplazamiento da la vuelta completa al transformarse Comala en un infierno más tenaz que el infierno de la teología, helado, frío, según parece, ya que los muertos vuelven por sus cobijas.
Pedro Páramo es una novela de la desolación. Ninguna duda cabe. Escrita con la fresca, simple y sorprendente oralidad de los campesinos mejicanos. Una oralidad portadora además de una distintiva atadura existencial, vertida en diálogos y voces elocuentes que opacan y reducen a mínima expresión el papel del narrador, alcanzando al tiempo una brevedad y hondura admirables. Es un milagro creativo que hace de la simpleza y exactitud del lenguaje una religión.
Ese amarre existencial encierra una metafísica compleja de un universo en disolución que resiste desde adentro el avance de una civilización que trajo más desastre y desolación. Una resistencia que echa mano de la ignorancia, la superstición y el miedo como canales expresivos. ¿Qué sucede en Pedro Páramo? ¿Asistimos a algún nuevo sueño o una alucinación de Dorotea? Tal vez todo Pedro Páramo sea el poema o la alucinación de la imaginación campestre de un Méjico reacio a desaparecer y cambiar. No olvidemos que el propio Rulfo, un hombre de provincia, huérfano, desolado, metáfora individual de su país, desconfiaba de la civilización y de la ciudad, espacio éste en donde aquella mejor incuba sus valores de progreso, libertad, equidad, etc. Nada raro, pues, que la novela sea una fábula o un sueño del miedo de Juan Preciado. El miedo y la impotencia producen, ya se sabe, realidades portentosas, sobre todo de noche, que continúa siendo amiga de los milagros y la más antigua casa del hombre. Admirable la indagación de un mundo de tiempos encontrados, esclarecedora de los sin sentidos de nuestra historia, pero negativa en tanto no pareciera ofrecer una luz o un camino firmes, a menos que por tal entendamos la condena de todo aquello que haya fracasado. Si bien algunos amantes de la cultura popular y regional han querido ver en ésta un estado de pureza en que podía confiarse, en oposición al ideario burgués encarnado en el habitante de la ciudad, corrompido por los sueños y vicios de la civilización, Rulfo no pareciera tampoco abrigar muchas esperanzas sobre semejante programa, ya que Comala no es un modelo de bondad, sino de un conflicto destructivo, autocomplaciente, que entroniza la violencia como la única salida a las encrucijadas de la sociedad.
Alucinación campestre, fábula del miedo, milagro nocturno, Pedro Páramo es una obra real, un hecho cumplido que ratifica que lo sobrenatural, lo misterioso, es consustancial al arte y la literatura: una condición indispensable del hombre creativo, que nunca será pura razón, la cual también sufre de pesadillas y alucinaciones.
Voces en los oídos o espectros en los ojos de Juan Preciado, unas y otros son reales y lógicos, aunque incomprensibles a un primer contacto para el lector medio que prefiere lecturas más transparentes y menos desgarradoras.
“Fantasmas en el aire o solo en el ojo de quien lo percibe”, ha dicho George Sand, estudiosa de la imaginación popular de la campiña francesa del siglo XIX, “es un objeto tan real y lógicamente producido como la reflexión de una figura en un espejo.”
No encuentro mejor definición para expresar el sentido de Comala y, al mismo tiempo, la función de la novela, esta poderosa superficie que nos pone, nos guste o no, frente a rostros que rehusamos aceptar como nuestros.
La visión que apuntala la concepción novelística de Pedro Páramo, aunque fatal y desgarradora, no ha podido ser más dichosa, en tanto afirma para la literatura una virtud de espejo donde todo parece y aparece, incluso el perfil de una sonrisa irónica. La estética es feliz, la indagación dolorosa, pero el balance social subyacente terrible y nada grato. El mérito reside en el valor de atreverse a semejante desgarramiento sin traicionar el arte literario, sin ceder al llanto, la queja y la diatriba.
Ahora bien, formalmente Pedro Páramo es una obra que opera en bloques o segmentos, en un desplazamiento de voces que desintegra el establecido discurso convencional de la novela moderna latinoamericana. Una arquitectura que causa todavía conmoción en los lectores, más si las voces de las ánimas o espectros actúan desde planos espaciales y temporales distintos, por más que estos converjan en la memoria, los oídos y ojos de Juan Preciado, voz y alma en pena que vive para confirmar las palabras con que su madre recuerda a Comala.
“Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer, la mañana, el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire” (62)
Una estructura en bloques o segmentos narrativos que intentan crear una ilusión de linealidad opuesta a la simultaneidad de las voces que ponen cara a cara episodios y hechos pertenecientes a diversos momentos de una realidad que no para de fluir. El resultado es una dispersión que concentra la historia de Comala en el centro humano Pedro Páramo, que Abundio, el Virgilio de Juan Preciado, define muy bien como un “rencor vivo” (10). Una concentración que corre, valga decirlo, que va por cuenta del lector, una suerte de escritor de segunda potencia. El hecho incuestionable es que hay un tiempo y muchos tiempos, un espacio y muchos espacios, una voz y muchas voces, un lector y un lector colectivo modelando, afianzando y reivindicando la autonomía literaria de un texto en cuya construcción coinciden en el espacio de la página y el tiempo de la escritura, el autor —un creador ramificado, amplificado— y el lector omnímodo y camaleónico que Pedro Páramo exige y crea.
Regocija este ejercicio de escritura y lectura perpetua, de una terrible y envolvente desolación compartida, que exige como pocas despojarnos de nuestra dimensión física para ser, no bien asomamos al umbral de las páginas, solo espíritu, voces, en una conversación que ilumina, eriza la piel y, paradójicamente, fortalece.
Murió Juan Rulfo el 7 de enero de 1986, en ciudad de Méjico, en donde vivió más de media vida.
Santa Marta, Octubre 13 de 2005.
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© Clinton Ramírez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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