No quedará la sangre

Adolfo Marchena
adomarchena@terra.es

Perdida en holocaustos inciertos
o tal vez tan ciertos
como la muerte del hielo.
Ya mis dedos descongelados
al fin tocan las letras,
tus palabras,
tus sentencias,
las mentiras que forjaron:
una leyenda dormida,
una estampida de bestias,
un arabesco recuerdo.
¿Qué hay detrás de tu causa?
¿Qué momento, qué llanto?
No quedará más silencio
que la ausencia que teje
tu ausencia.
Y al fin liberados los miedos,
morirá el teatro en la vida.


VOSOTROS QUE MIRÁIS A OTRO LADO

Dejando transcurrir la hora eterna
que os otorgue hablar con vosotros mismos
un instante, un solo instante,
para escuchar vuestra propia voz
un solo instante,
como cortarse las venas
para sentir la muerte,
para ver esa luz al final del túnel
y retornar justo a tiempo
de que vuestra amada
regrese a casa y os encuentre
tirados sobre un charco de sangre.
En ese momento preciso sentiros
seguros de algo, de que la vida
es una pincelada sobre un lienzo,
un verso sobre un papel en blanco,
un escorzo de la Capilla Sixtina,
un ahora que puede convertirse
en un siempre, una duda que puede
convertirse en una certeza.
Y en vez de eso, en vez de parad,
por una vez, por un segundo,
y romper todos los relojes de la casa,
deteniendo el tiempo que nos consume,
miráis hacia otra parte, hacia un televisor
que emite programas donde los ricos
se ríen de los pobres y los pobres
aceptan su pobreza.


LA SONRISA DE UN ENFERMO

De un enfermo de amor o de odio u olvido,
un enfermo de esperanza que nunca llega,
de hombre que espera a que la sirena de la fábrica
anuncie que la jornada ha concluido o la mujer
que aguarda en casa a que su hombre borracho
derribe la puerta de un puntapié y pida la cena.
La escena de cualquier película de cine independiente,
los hospitales repletos de cimientos oxidados,
las lacerantes espuelas de los jinetes contra
los lomos de los caballos. Los prados aún son verdes.
Los domingos, esos días detestados, donde las familias
acicalan a los niños y las cestas rebosan de panecillos
y mermeladas y frutas y bocadillos de embutido.
Todo puede parecer rutina si hacemos que la rutina
nos convierta en un papel y nos cobije en una botella.
Arrojados a la mar con un corcho lacrado tal vez el agua
nos perfore y desgaste la tinta borrando la nota escrita.
O lleguemos a una isla desierta donde nadie nos encuentre.
Tal vez en las ciudades donde nos cruzamos con millones
de habitantes tampoco nadie nos encuentra. Los rostros
se diferencian de los rostros en la indiferencia de los rostros.
Sin embargo, las miradas esconden los templos guardianes
protectores que ningún arqueólogo encontrará jamás.
La sonrisa de un enfermo se difumina cuando los visitantes
abandonan la habitación dejando sobre la mesilla una caja
de bombones y unas revistas de moda. ¿Qué queda después
de todo ésto? Uno sabe que está solo y que le acompaña
el silencio opaco de la noche. Escuchar las sirenas de la policía
es imaginar que al otro lado de la ventana hay vida.
Aunque sea una vida de muerte y complacencia.
Pero se supone que vale la pena cruzar la puerta y comprobarlo.
Que exista un lugar en el mundo que contenga tantas palabras
con tantos significados como el más extenso código del silencio


UN EXTERMINIO EN EL ALMA

Encerrado en las cárceles del cuerpo
el alma pugna por salir a la superficie
como el alcohol cuando se disipa en la sangre
y pasan las horas y el hombre despierta y no
sabe lo que ha pasado. Ha pasado que han
transcurrido las horas y ha perdido los sueños
y un amor en la carretera y una partida de póker
Pudo ser el amor de su vida, la partida de su vida,
y el amor de su vida viaja en un tren incontrolado
destino a una ciudad que no figura en los mapas.
Sin dinero, ni estima, ni amigos, ni dios, ni siquiera
un demonio que le susurre al oído:
Escúchame, bebedor de mentiras,
el hombre extraviado se ha quedado sin nada,
y su holocausto personal es un exterminio del alma.


SIN SABER SU ESPECIE

No conozco la especie de orquidea
que reposa en un ángulo de tu habitación,
las palabras que escucha, las frases,
las miradas que recibe. El agua que ofrendas
es el agua de unos labios que yo nunca tuve.
Aunque besara mil labios que no tuviesen boca.
Una flor y un poema.
Es lo que queda en todo esto.
Y el recuerdo. Porque el recuerdo permanece
hasta que uno lo asfixia o lo ahoga.
A otros le queda una casa, un coche, una pensión,
después de firmar un papel en un juzgado
de alguna instancia, juzgados donde el poder
corrompido se limita a cobrar por simples firmas
que en ocasiones te condenan a muerte.
Es triste decirlo, pero necesario decirlo.
Porque estamos acostumbrados a callarlo todo.
Más bien nos dicen que callemos lo que se supone
no debemos decir. Las cárceles quedan cerca
y alli nadie sabe que las porras eléctricas
te pueden reventar hasta matarte. Luego no pasa
nada, absolutamente nada. Las orquideas lo saben
pero no tienen palabra. Por eso son tan bellas.
Las orquideas saben del amor, y cada una guarda
su cualidad, esconden sus secretos. El hombre
los busca. El hombre busca todos los secretos.
Y hay uno que nunca encontrará.


Cuando el rayo te ha atravesado el costado
y sigues en pie se presupone un acontecimiento.
Sobretodo si sigues siendo capaz de pensar
con algo de coherencia y el poema te brota
como cuando tenías catorce años.
Cada época tiene su porqué, como cada minuto
tiene su sentido. Y cada minuto puede cambiar
el rumbo de nuestras vidas. Un instante, un solo
instante puede suponer que de aquí en adelante
tu vida vaya a ser lo que tu vida podía haber
sido un segundo atrás. Pero las cosas son como
son. Y las cosas son así. Quien predice el futuro
acierta o no. Algún día de estos iré a una echadora
de cartas y me creeré la mitad. La otra mitad
la esperaré venir. ¿Y si me equivoco en la parte
en la que voy a creer? Supongo que es mejor dejar
las cosas como están. Si, aceptar lo que venga.
No anticiparse a nada. ¿Sabéis? Me anticipé
al resto de mi vida, por una vez, una tarde cercana
de verano, sentado en una terraza de un pueblecito
cántabro. Tal vez fuera intuición. Pude equivocarme
y fue deseo. Y eso es un error. Porque bajas la guardia
y la premonición se pierde. Se pierden tántas cosas.
Ahora retorno a la cueva, no sé si la de Platón,
donde me proyecto y sé que habré de volver, o tal vez
no, tal vez marcharme para siempre. Ese es el futuro.


POEMA DE LA NOCHE

Noche en que tiembla la palabra,
donde buscamos las cuevas de artificio
y las fieras que se ocultan, como fieras
son nuestras, a veces, las palabras.
Noche de luna creciente donde habita
el sentido de amores que renacen,
de amores que se pierden, de amores
que recorren la memoria.
Hay un olvido que sentencia nuestras
noches, siluetas de árboles que nos dicen
todo lo incomprendido, para comprender
que la noche nos regala el fuego
y nos calma las heridas tras la batalla.
La batalla esconde cicatrices de derrota,
porque todas las batallas son derrotas.
Y en esta nueva noche los labios
se acercan a las nubes que se ocultan
a la luna, y es una luna inquieta
que se balancea en el cielo
de nuestros ojos limpios y cerrados.
La hoguera nos traza movimientos,
figuras mitológicas que danzan,
más cerca de nosotros queda el río,
y una corriente que aleja los presagios,
la pena de la noche,
la inquietud de no dormirnos,
el solo movimiento de los labios.
Como si el día fuese eterno,
como si el amor quebrase alambradas.


VIAJO EN PUPILAS DORMIDAS

Hombres con largas capas,
mujeres con largos abrigos
y niños y niñas que todo lo tocan
y perros que se ovillan
bajo bancos de piedra.
Hay un sonido que recuerda
el golpe del viento en la fachada,
el hacha que sesga los troncos,
los dientes chocando en el frío.
Huele a humo, a carbón encendido,
a secos orines de mendigos
que fueran un día.
No lo sé.
Que un día fueron.
Como fuimos nosotros antes del viaje.
Largas venas de acero
en la geografía perdidas.
Ciudades, pueblos, aldeas,
todo cabe en un mapa.
Viajo en pupilas dormidas,
a contra corriente,
esperando
la señal de tu beso,
de tu único beso,
en un cristal oxidado.


BAR ADENTRO

Entro en el bar.
Dos años sin entrar en el bar de Dario.
Cuánto tiempo, me dice, lo de siempre.
No, le respondo, un refresco de limón.
Los cojones, pero si eras un puto borracho.
Lo he dejado y no preguntes.
Vale, vale.
Veo que aquí todo sigue igual, le digo.
Sí todo continúa igual.
Se me acerca Sara.
Nunca tuvo mal cuerpo.
¿Para cuando ese polvo?
Sabes que para nunca, le respondo.
No cambiarás.
He cambiado, ahora no bebo.
No jodas.
Mira, le digo mirándola a los ojos,
he cambiado, ahora no bebo,
quiero ver la realidad, sentirme libre
y no acabar tirado en cualquier esquina
sin recordar a la mañana siguiente
quien me ha zurrado o a quien
le he zurrado.
No sé qué decirte, me dice.
¿Quieres que vayamos a comer?, le pregunto.
Nadie me ha invitado nunca a comer.
Pues vamos.
Así que salimos y subimos al coche.
El día es hermoso y Sara lleva un vestido horrible
Pero eso no cambia las cosas.
Sara siempre se portó bien conmigo.
Y esas cosas no se olvidan.


BAR ADENTRO II

¿De nuevo por aquí?, me dice Dario,
mira ahí entra Sara, se ha comprado
un vestido nuevo.
Estás muy guapa Sara, le digo.
Gracias, hoy no te pregunto lo del polvo.
Mejor, le digo.
Me gusto mucho lo de la comida.
A mi también.
¿De verdad?
Ese fue el mejor polvo, me suelta.
Si lo ves así, me alegro.
En el fondo siempre supe
que eras el mejor, me dice.
El mejor no existe, le respondo.
¿Y ahora que haces? Me pregunta.
Escribo.
Siempre escribiste. ¿Has triunfado?
Nunca se triunfa.
Yo sé que un día lo harás.
Crees demasiado en mi.
Sabes que siempre te quise.
Siempre quisiste un polvo de mi, bromeo.
No es eso, y tú lo sabes. Pero dime,
porqué nunca te acostaste conmigo.
Hay una cosa que se llama respeto.
No lo entiendo, se sorprende.
Alguna vez lo entenderás, Sara.
Dejo un billete sobre la barra y me alejo.


BAR ADENTRO III

Sara estaba sentada en una esquina
fumando un cigarro, sonriente.
Pedí una limonada y me acerqué.
Me senté frente a ella y nos sonreímos.
Cruzó las piernas.
Vaya, últimamente vienes mucho por aquí,
Será por mi, me preguntó.
Tal vez, le dije.
¿Sabes? tengo algo que decirte.
Cuéntame.
He conocido a un cincuentón.
Un hombre de dinero que quiere
que me vaya a vivir con él.
Y he aceptado.
Dice que me tratará
como a una reina.
Tiene varios coches y casas
con piscina y…..
La dejé hablar hasta que se calló.
Me enfurecí un poco.
Mira, le dije, te diré lo que pienso.
Eres joven y bella,
ese tipo no hace esto porque si.
Te lo aseguro.
Soy perro viejo, lo sabes.
Pero…, trató de cortarme.
Déjame seguir, protesté.
A veces eres ingenua,
buena pero ingenua.
Esto no te va a traer más que problemas.
Piénsatelo.
¿Y qué puedo hacer? me preguntó.
¿Seguir viviendo como vivo?
¿Quieres salir de aquí? intervine,
hay mil maneras.
¿Quieres acabar enganchada
a cualquier cosa?
Maltratada por un puto
viejo que cada vez te pedirá más
y te mantendrá esclava
sin dejarte salir


sin un atómo de libertad
o te encerrará en uno
de sus burdeles.
Hazme caso, Sara,
sé de lo que hablo.
Conozco a muchos tipos
como ese.
Tú siempre has sido bueno
conmigo, me dijo.
Yo no había pensado
en eso, pero puede
que tengas razón.
Cuando el otro día
dijiste que habías
dejado de beber
y que querías vivir
la realidad me diste
que pensar, ¿sabes?
yo también quiero eso.
Pero no sé cómo hacerlo.
Nos miramos durante un momento.
Vente a vivir conmigo, le dije.
¿De veras? Me preguntó emocionada.
Claro que si, le contesté.
Dios, lo haré, claro que si.
¿Cuándo, cuándo?
Ahora mismo, le contesté.
¿Y entonces?, me preguntó
¿Entonces qué?
¿Tú y yo?
Tal vez hayamos perdido
el tiempo
o tal vez esté
cometiendo una locura,
no lo sé.
Siempre dije que eras
el mejor.
No dije nada,
cogimos nuestras cosas
y nos largamos.


BAR ADENTRO IV

Yo siempre soñé con algo así,
me dijo Sara.
¿Con qué? le pregunté.
Estar con alguien como tu,
sentada en el sofá,
viendo una peli.
¿Cómo se titula?
Descubriendo a Forrester.
¿Es buena?
Yo la he visto y me gustó.
¿Y porqué vuelves a verla?
me preguntó.
A veces caigo
en los mismos errores.
No me has dicho donde
has estado todo este tiempo.
Curándome, le respondí.
Curándote de qué.
De todo aquello,
del alcohol,
de la mala poesía,
de las palizas,
de la gente rencorosa.
Sólo te salvabas tú, Sara.
¿Y por qué nunca me….?
No sigas, Sara.
Quiero saberlo.
Tu eras la luz entre
aquella oscuridad.
La verdad es que no sé
qué hacías allí.
Estaba, me contestó.
Simplemente, le dije.
Así son las cosas, me dijo,
Pero ahora estamos aquí,
juntos, y eso lo cambia todo.
¿Decir te quiero es decir mucho?
me preguntó.
Eso hay que sentirlo.
Pues yo…


SOBRE UN CIELO DE HORMIGAS

Alaridos, nombres que se desparraman,
barro, hielo, cercos bajo sombras escasas,
y el hombre deja escapar hechos trágicos,
escenas amargas, momentos dulces,
la voz en la garganta, la cuerda que atraviesa
los conductos de aire, en las cuencas
de una memoria invisible, al tacto derretido,
escasas horas, despertares después de que
la muerte anunciara la próxima resurrección.
Adentrarse en la corpulencia de una máscara,
sensación de lo perdido, tras la comunicación
el hecho de que fuera a visitar países desconocidos,
aldeas remotas, una grulla se camufla tras las aguas
claras de río que menciona el secreto de aquella
figura que no llegaron a descifrar los escribas,
tan sólo dibujada, acaso esbozada a carboncillo
por manos temblorosas. Se partió la cifra sagrada,
descompuesto el pan sobre la mesa donde
participara la cimitarra y el rabel metálico.
Todo lo construye el hombre y al mismo tiempo
lo destruye. La desgana y el deseo
En una metamorfosis quebrando el parafrasear
de las distancias opacas. Teclados en blanco y negro,
piezas que encajan, piezas que se sueldan,
piezas que jamás volverán a su sitio.
Es el cónclave de las distancias que no pueden
medirse, la sensación de ahogo de un ahorcado
que supuso que recordar la frase le devolvería
al útero. Sobre uno mismo la alambrada
para detener la violencia del subconsciente.
Un no constante ante la negativa de la escarcha.
La historia retrocede y se contrae como un músculo
al que golpean con un hierro cuya forma recuerda
al minotauro, a la serpiente, a la lengua que lamiese
la sal en el desierto. Recuerda lo perdido para
hallar lo vivo, encuentra lo vivo para sentir que
la paradoja de la vida es que tiene un lado opuesto.
Los polos, el yunque y el arado, el beso y la infamia.
Escogemos la partida donde perder la hora en que nacimos,
nacimos a destiempo en el siglo equivocado, pero todos
los siglos nos conducen a la esfera de los segundos
que se desbocan, que se agudizan, que se enferman.
Ni el olvido es la comparsa que nos redima del dolor
que sufren las axilas cuando el sol ha penetrado
disfrazado de cordero, carne adentro, mar adentro.
Embarcaciones que zozobran, bombardeos navales
plomo que atraviesa la tela, las camisas, la última orden
a destiempo como el robo de un lamento. Buscando amor,
hallando cólera. Más incierto que el sueño donde se pierde
el paso y el barranco cerca, muy cerca, la caída en la mano
del hombre que construye ataúdes, cines, pensiones,
prostíbulos, grandes almacenes, computadoras, cárceles,
pistas falsas que seguir donde la última pieza no tenga
sentido. Pero el símbolo encuentra, recobra el magnetismo
de las batallas perdidas y las celebramos porque nos
demuestran la inutilidad de las ideas. La única hermosa,
sentirnos libres, en un campo despejado, sin fusiles
ni metralla. El olor a pólvora convertido en sutil incienso,
en rezo imaginario de religiones sin nombre. Sustituimos
la espera por un banco de madera, roble, haya, resina
que se nos pega al cuerpo, un banco donde todo
lo imaginable tiene cabida. Incluso lo sucio transformado
en polvo de caña de azucar, la muerte trasladada
por Caronte y dos monedas que alumbran la otra orilla,
la habitación con su cama y una sola mesa ocupada
por una vieja máquina de escribir, letras y más letras,
que no alteran el espacio, estrellas que se repliegan,
allá en los continentes habitan los colores y divergen
las especies, sostenidas por pentagramas cuya polaridad
aumenta las cosechas, ningún perfil erróneo, ninguna
fórmula ausente, equivocarse para descubrir
que en la equivocación encontramos la perfección.
De esta manera concluye una sensación que pudiera
durar lo que dura un beso, segundos, minutos, horas,
¿De quién depende? De las mareas, de una consecuencia
inalterable. De la sombra que proyectas sin percibirlo.


El autor:

Adolfo Marchena nace en Vitoria (Alava) en 1967. Su pronta incursión en el campo editorial le lleva al consejo de redacción de la revista Portada (ya extianta), en el año 1984, donde publica su primer relato. Codirector de la revista Amilamia durante tres años, junto a José Luis Pasarín Aristi, funda y dirige entre los años 1996 y 1997 la revista Factorum, bajo el auspicio de la editorial Bassarai. Asimismo se encuentra entre los fundadores de dicha editorial, dirigida por Kepa Murua, que abandona en 1997, después de colaborar como selector de obras (poesía y novela), tras su marcha a Plasencia (Cáceres). Ha publicado en numerosas revistas españolas y del extranjero, editando desde poesía hasta relato y ensayo (Turia, Los Cuadernos del Matemático, Rio Arga, Ficciones, etc.).  En Plasencia reside desde 1997 hasta finales de 1999, donde dirige los programas radiofónicos Tocando el viento (Radio Plasencia Centro) y Peleando a la contra (SER Plasencia). Coordinando diversas aulas de escritura creativa, entre otros, dentro de Proyecto Hombre, para quienes diseña su revista., Paso a paso. Su poesía ha sido traducida al alemán, al francés y al árabe. Ha colaborado en numerosos congresos como ponente, el último en Andalucia (Henry Miller y el Paris de los 30), organizado actividades para niños, y ofrecido lecturas poéticas. En el 2002 se retira de la actividad para dedicarse de lleno a su propia creación regresando de nuevo en el 2005 donde de nuevo vuelven a publicarle en varias revistas y quedando finalista en un certamen literario. Actualmente trabaja en las letras. También ha desarrollado una labor en el campo de la pintura, con obras en acrilico mixto, exponiendo en salas de Vitoria, Lejona, Amurrrio, Llodio y Plasencia
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©   Adolfo Marchena

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 26