Disculpá, Tigre
Daniel Alejandro Gómez.
Escritor y dibujante argentino residente en España
Me acuerdo de Alfredo Jalil, el taxista de la estación de Villa Adelina. Qué simpático le resultaba yo. Yo no le era simpático a mucha gente, no, yo era callado; la gente me tenía respeto, pero nada más. Era callado y reservado, pero a él sí que le caía bien, sí que le caía bien. Yo me quedaba callado escuchando sus historias, medio incómodo por no poder decir nada, pero el tipo me aguantaba bien, y me ponía una mano en la cabeza. Incluso me acuñó un apodo, me decía Tigre. Era un buen tipo, duro, viril, pero muy emotivo. Jugaba al ajedrez con mi padre, y era extraño verlos, en esa cosa tan intelectual, mientras en la estación de ferrocarril de Villa Adelina sonaban las cumbiambas y había tipos con armas y botellas de vino o de cerveza en la mano, medio borrachos, claro. Pero ellos se quedaban concentrados, ahí en el ajedrez. Y muchas veces tomaban café en el bar, y se quedaban los dos abstraídos, desatentos de ese ambiente. Sí, eran dos hombres, y yo tenía como hambre de saber; yo era un pibe, y maldito si no quería saber un poco de qué estaban hablando. Pero yo me quedaba por ahí, a una distancia respetuosa, entre las mesas y el ruido de las charlas ásperas, como que no era digno de todo eso. Yo los veía, horas y horas, café tras café, y el tren te sonaba a lo lejos, como muy triste y solitario, y yo andaba por ahí, mirando el suelo del bar, buscando restos de cigarrillos, porque me parecía una travesura interesante. Pero ellos hacían que no lo notaban, seguían con sus cosas. Pero Alfredo me lo hizo saber.
—Tigre —me espetó—, querés fumar.
Yo agaché la cabeza, pero él comprendía mis silencios; hizo un gesto como de no, no, y yo no se la entendí, pero, por alguna razón, dejé de rebuscar cigarrillos en el suelo: ese gesto suyo me había alcanzado. El tipo fumaba, sí, fumaba, pero ese gesto, ese no, no, tan comprensivo, tan de autoridad, a mí me había alcanzado, y hasta el día de hoy, y por algo será, yo no fumo.
Bueno, y él leía de todo, de todo; y ello era también muy extraño, porque ahí estaban los muchachos del bar, cerca del kiosco de mi padre, adónde venía Alfredo, charlando todos ellos del hipódromo, de fútbol, de mujeres, y nosotros tres, Alfredo, mi padre y yo, leyendo, concentrados, sabiendo que por ahí nos jugábamos la vida, que podía haber un tiroteo o algo por el estilo. Y no por nada varios bares de aquella estación tenían huellas de balas, y no eran muy viejas, eran como la patente de corso de que alardeaban de lugar peligroso. Pero nosotros seguíamos como si nada, leyendo y leyendo, sobre política, lo que decía el diario, lo que viniera: digo yo, no hay mejor lugar para leer que un kiosco de diarios, es mi opinión, valga lo que valga. Ves a la gente caminar, a veces bajo la lluvia, escuchás el ruido del tren, con todas esas personas, cada una con todo un mundo en su cabeza, y uno ahí, encerrado en ese mueble lleno de cosas…
Bueno, pero yo no elegí eso, no me presenté voluntario a jugarme mi vida en una estación de ferrocarril donde había malvivientes, por más que me gustara leer, yo no se lo recomiendo a nadie, no es saludable, se puede uno forjar un poco el carácter, pero también la tumba. No, no se lo recomiendo a nadie, pero a mí me pasó así, y es algo de lo que no me puedo arrepentir, porque, como reza el dicho, escrito está, y ahora, por ejemplo, me sirve para contar esta historia, dicho entre paréntesis.
Así que venía hablando de Alfredo. El tipo tenía sangre árabe, y muy reciente. Y maldición si no me sentía orgulloso yo de todo eso: el tema de las sangres, de los barcos, del aire de sal y de mar que teníamos todos. Mis padres eran italianos, yo era producto de la inmigración, y en esa estación, y en casi todo el país, no había nadie que no anduviera con varias sangres en las venas. Yo me sentía orgulloso del país en ese sentido, porque era parte y prueba de todo ese folclore del crisol de razas, que en mi caso era muy cierto y me lo tomaba muy en serio.
Y el tipo, lo dije, tenía sangre árabe, y estaba casado con una española. Era taciturno, silenciosamente inteligente, no andaba con muchas vueltas, no; con mi padre se entendían con la mirada, y yo estaba como ávido y con hambre de saberles ese lenguaje, pero me quedaba callado en mi estado natural, siempre atento: mirando y escuchando, mirando y escuchando.
Hasta que llegó lo de Malvinas…
Y cómo estaba Alfredo, lo del crisol de razas lo tiró, lo tiramos, por la ventana: no, éramos argentinos, todos nos habíamos olvidado de la malhadada Europa que nos daba la espalda y estaba con el Inglés. Y Alfredo y yo compartíamos más que nunca, mientras mi padre, un siciliano medio caviloso, se mantenía en un silencio pensante, muy, muy respetuoso. Yo no entendía a mi padre: por qué se quedaba callado en ese ambiente tan de jolgorio y tan jovial, y como ganador y, porqué no, un poco canchero. Mi padre la sabía, pero también sabía que no había que decir nada. Así que yo iba al colegio, y la directora, que estaba empapada con el tema de nuestra guerra, nos obligaba todos los días de aquella guerra a llevar escarapela, y a veces yo la llevaba orgulloso a la estación, para ayudar a mi padre en el kiosco, y todos me saludaban, y era como la estrella, por un rato. Alfredo me tenía más simpatía que nunca, me decía Tigre una y otra vez, y decía también:
—Éste está equivocado –señalando, medio distraído y socarrón, a mi padre.
Y yo por una vez hablé:
—No, deje, es un inmigrante amargado —y yo, con esa segunda intención, guiñé un ojo a mi padre, muy, muy chistoso, aunque sabiendo que me la jugaba para un buen cachetazo, pero mi padre rió y bajó la cabeza, y Alfredo me rió el chiste con unas ganas que le hicieron revolver el estómago, y la fiesta incluso le duró varios minutos, y hubo que traerle un vaso de agua hasta que se le fue el humor. Sí, estábamos contentos, y hay que decirlo: lo tomábamos muchas veces con humor…
Bueno, así que él estaba contento, muy contento conmigo, y los dos nos hacíamos miradas cómplices, ante el silencio respetuoso, ante ese clima taciturno y prevenido de mi padre. Para decirlo de una vez, lo estábamos sobrando, y mi padre reía tímidamente, y por un rato yo me sentía fuera de mi casa de inmigrantes, y me sentía más y más argentino, con esa escarapela mía que se me iba metiendo también más y más en el corazón.
Y canchereábamos, todos la canchereábamos. Nos la estábamos creyendo, nos creíamos una gran cosa… no sé, a mí me pareció eso, por lo menos desde Buenos Aires, desde aquel barrio de las afueras de Buenos Aires. Mi padre, siempre en ese respeto con algún aire de tristeza, como diciendo Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen, empezó a meter de vez en cuando que bueno, que tal vez los milicos tenían a todos los medios de comunicación en el bolsillo; y en todo su aire y en todo lo que decía o no decía nos olíamos la palabra o las huellas de la derrota, algo a lo que ni siquiera se le pensaba la sombra en todo ese ambiente y en todo ese país.
Y Alfredo se le reía, se le reía en la cara, le daba de lleno con esa risa, y me guiñaba el ojo cómplice, y me decía Tigre, una y otra vez, Tigre, cada vez más, y lo dejábamos aparte, los dos bien y bien argentinos y él cada vez más y más italiano, no sé si me entienden.
Así que empezamos a hacer apartes cada vez más, yo ya tenía doce años, y más o menos le entendía su aire. El tipo me conversaba de todo: mujeres, fútbol, de libros, pero siempre andaba eso, siempre andaba eso en el clima, y todos teníamos una sonrisa de triunfo. Así que también lo hablábamos, y canchereábamos…
Hablábamos de helicópteros, de barcos hundidos, de cuánto estábamos ganando, y así seguíamos y seguíamos, mientras Alfredo, con esos apartes, se le iba riendo un poquito, con una simpatía como de pena, a mi padre, y yo también claro, lo más simulado que podía.
Yo en mi casa estaba exultante, hablaba con total libertad de la guerra y del país, y no entendía el silencio triste, era la palabra, triste, pues, de mis padres. Y recuerdo a mis amigos, y cómo estábamos todos: no cabíamos en el cuerpo cuando pensábamos en el asunto.
Y, volviendo al tema, Alfredo me estaba enseñando: él, acaso, me enseñó a no fumar, y entonces me estaba enseñando otra cosa. El tipo lo sabía, sí que me estaba enseñando: me estaba enseñando, creo, a un país…
Así que me hablaba más y más del país, porque era algo que no hablaba mucho con mi padre, por alguna razón no se lo hablaba, no sé si me entienden. Y, mientras me hablaba, Alfredo le dirigía algún comentario a mi padre, así como gracioso, guiñándole un ojo, pero la cosa era evidente, y mi padre lo dejaba estar, y a veces, cuando quería referirse a lo que hacíamos, o más bien a lo que le hacíamos, me decía, en voz baja y un poco triste, y también como con comprensión, y ésa era, después lo supe, la palabra:
—Es un buen tipo, un buen tipo —así como para que lo comprendiera yo también.
Pero yo no entendía, no se la entendía, y Alfredo tampoco entendía nada, y nadie, en fin, en esa estación, excepto algunos pocos como mi padre, entendían —entendíamos— lo que estaba pasando.
Sigo ahora con que Alfredo me hablaba de la conspiración, y cómo mentían todos en el extranjero, y todos estaban en contra del país, y cómo ganábamos… Y el tipo estaba totalmente sacado, y ya no era tan reflexivo, y tan taciturno, y se expresaba más. Comparaba la cosa con un partido de fútbol, y yo también. Y yo le preguntaba, por ejemplo, cómo habíamos salido —así, con esa palabra— el día anterior:
Y el se reía, pero no muy en desacuerdo:
—Tigre, eso no se dice —pero me pasaba una mano por la cabeza, y seguía hablando con mi padre, aunque un poco distante, ya era un poco distante. Es que yo era el argentino: y creo que ya sí me entienden bien.
Así siguió todo hasta lo del Belgrano.
El crucero General Belgrano fue hundido por los británicos y miles de chicos argentinos murieron ahogados o de frío o por el ataque; el gobierno militar tuvo que dar la noticia, y fue el primer golpe, el primer golpe que a todos nos iba a sacar la sonrisa de la cara. E incluso, por lo menos en mi caso, ya la directora era como más humilde, la escarapela del pecho nos la sacábamos a la luz del día como más tímida, más tímida, más vacilante…
Recuerdo, pues, volviendo a lo del Belgrano, que era de noche, muy de noche. Yo estaba con mi padre en el kiosco. Alfredo estaba como siempre, encerrado en el taxi, en la parada que los taxistas tenían no muy lejos de nuestro kiosco, esperando clientes y leyendo; él solía prender la radio del taxi. Hacía frío, y de pronto, de todos los piringundines de la estación, se corrió como un murmullo, algo así como una cosa muy fúnebre y de muertos, y hasta los tipos más sacados y más jocosos ponían el aire serio, bastante serio.
No sabía yo qué estaba pasando.
Pero mi padre lo comprendió, mi padre lo comprendió nomás. Y cierto que teníamos la radio apagada, pero él ya se olía que algo feo estaba pasando, que la verdad nos estaba mostrando la cara. Entonces me miró, yo era otra vez su hijo, otra vez.
—Esto es una guerra, Gabi.
Fue todo lo que me dijo, todo lo que me dijo. Y no habló nunca más conmigo de Malvinas; siguió por ahí, ordenando los diarios, sin decir nada, nada, nunca más, nunca más. Y yo me quedé como en ese trance, sin saber lo que me había pasado.
Así que vino Alfredo, y vino llorando.
Llorando como un chico, y no se la aguantaba, no se la podía aguantar y así como entre babas, dijo a mi padre:
—Hundieron al Belgrano, Enzo, hundieron al Belgrano.
Y seguía llorando, como si tuviera los colores del país en cada lágrima, y algunos pasaban y lo veían, y agachaban la cabeza, pero mi padre se quedó junto a él, como poniendo cara de ser la verdad revelada —no lo podía evitar, supongo—, y Alfredo seguía diciendo:
—Eran todos pibes, todos pibes, ahí tan lejos, en el mar.
Y siguió llorando, y yo no sé, pero me parece que nunca había visto a un hombre llorar, y menos de esa manera. Y se le pasó un poco la cosa, pero ya no tenía el aire, ya nadie tenía el aire ganador, y la cosa empezó a ponerse reflexiva, vacilante, como de reconsiderar mucho, mucho: demasiadas cosas.
Alfredo Jalil terminó de llorar; estaba más calmado, pero no era el mismo, él no era el mismo, yo tampoco.
Todo el país ya no era el mismo.
Me dijo:
—Disculpá, Tigre —y me acarició la cabeza.
Pensé que se había disculpado por las lágrimas, pero después, muchos años después, entendí que se había disculpado de otra cosa:
Se había disculpado de ese país que había querido enseñarme.
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© Daniel Alejandro Gómez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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