Seis pasos
al borde de sí mismo

Jhonattan Andrés Benavides Jurado
hereticusspace@gmail.com

I

  Volvería. Esa era la única esperanza que se dibujaba en sus ojos. Lo demás importaba poco. Importaba poco el tránsito lento de los automóviles sobre la avenida Camilo Torres y el incesante ruido de sus motores. Poco importaba también la sucesión de hombres y mujeres que deambulaban diariamente. En realidad, esto y mil cosas más poco habrían importado.

  En su memoria y sus sentidos únicamente alcanzaba a resonar el eco de las perennes voces que llegaban hasta su habitación a través de la ventana abierta que daba a la calle. Ese ruido incesante de voces indistinguibles, abanicaba su cuerpo un poco cálido, tal vez por el asfixiante clima de aquellos días, tal vez por el agónico espiral de problemas que rodaban por su cuerpo maltratado.

  Sólo quedaba mirar al techo y tenderse allí en su lecho, como esperando entre esas voces, una sola que haciéndole volver sobre sí mismo, le enseñase a hallar la respuesta indicada, la más acertada, o sencillamente, la más estúpida. Sólo quedaba mirar el blanco techo un tanto manchado por el paso del tiempo, por las huellas de los dedos que en su infancia había impreso.

  Sólo eso y olvidarse del resto. No hay sentidos, no hay deseo, no hay nada ni nadie en el secreto. No hay razones, ni deducciones, sólo hay silencio, oscuridad y silencio en los segundos más eternos que le hacen pasar el día y la noche sin pensar en movimiento. Si existe poco o mucho fuera, allí donde todo parece correr sin remedio, no importa ahora, cuando ese espiral de problemas quema el cerebro y penetra los más íntimos recuerdos. Tal vez lo hay, tal vez existe el movimiento, pero sólo en su cerebro, donde aunque sea lento merodea sus misterios.

  Vuelve la vista al cristal, y percibe un aroma nuevo, aunque había estado allí desde el momento en que parecía morir todo lo externo. Un aroma fuerte deslizándose sobre su cuerpo mientras aspira suavemente y trae a su memoria mil recuerdos, ninguno de los cuales coincide con el aroma de aquel momento. Aún así continúa persiguiendo en su memoria ese pequeño espacio de tiempo en el que el aroma que ahora penetraba su cuerpo se grabara en su cerebro.

  Permaneciendo en su lecho, inclina su cabeza hacia el frente, como buscando afuera de su cuerpo aquel recuerdo, presumiendo un olfato de infinitas percepciones, respira fuertemente una, dos y hasta tres veces, apoya sus manos sobre la cama y poco a poco se aparta de ella, suspendiendo su cuerpo frente a las paredes y las toca con sus manos suavemente, aun sabiendo que el mundo está en su mente y las paredes de su cuarto sólo delimitan el espacio reciente.

  Un ruido de repente, más fuerte que todos aquellos que antes conformaron esa ignorada sinfonía, le invitó a volver de golpe sobre el presente. Aquel ruido, tal vez de menor intensidad que otros tantos pero en todo caso de mayor atracción que los demás, como invasor inesperado golpeó su cuerpo que allí frente a la pared pareció arrebatado por la fantasiosa idea de un mundo eterno.

  Miró sus manos sobre la pared y quiso hacer una pregunta coherente, pero nada allí lo era, nada allí contenía ese ingrediente, nada había allí que apareciera lógico o por lo menos similar a cuanto exigían los sentidos que debiera ser necesariamente  real, finito o tan siquiera palpable. Todo cuanto ahora observaban sus ojos aparecía repugnante, incluso el hecho de encontrar que ese instante era una construcción del espiral de problemas que le invadía minutos antes.

  Recorrió algunos pasos hasta donde estaba la ventana de su cuarto, se percató de que estaba abierta totalmente y quiso cerrarla, no sin antes cerciorarse de la presencia real de un mundo externo. Para esto debió volver a observar sus manos, como esperando que de ellas brotara un nuevo aroma, una nueva sensación, un nuevo mundo. Ciertamente nada de esto ocurrió, por lo que extendió levemente sus brazos para sentir el viento que al exterior de la ventana debiera estar flotando. Poco le impresionó este acto, por lo que cerró bruscamente la ventana, doblemente desilusionado por causa de la realidad.

  Su cuerpo debió caer nuevamente sobre aquella cama de sábanas púrpura, porque para el momento en que el viento decidiera ingresar a su habitación, sin saberse cómo, le encontró tendido en silencio, como olvidado por el resto del universo, con la tez suave del joven que poco ha frecuentado las habitaciones del tiempo. Tendido, le observó, sintiendo su silencio, su cercano cuerpo detenido en la lejanía de recuerdos que no son suyos sino de cualquier otro ser, suspendido en ese mundo pretérito de fantasiosas y luminosas realidades, que muy pocos hasta ahora han vuelto a recorrer.


II
 
  No conseguía ponerse en pie, algo había allí que pesaba aún más que la propia conciencia en otro tiempo embargada por los recuerdos de un pasado abandonado en los placeres de su cuerpo. No conseguía levantarse, aunque deseaba enormemente poder hacerlo. Anhelaba bruscamente ser otro más liviano, más sereno, pero era él, sumergido en un mundo de gravedad aún más potente, que le impedía mover un solo dedo en cualquier sentido.

  Seguía inmóvil y ni siquiera el viento que en otro tiempo le encontrara tendido en su lecho, logró hallarle arrojado ahora en el suelo. Cerró con dificultad sus ojos y quiso penetrar los mismos recuerdos que en otro tiempo le hicieron sentir un aroma sempiterno. Pero incluso allí, en sus recuerdos, todo se tornaba más pesado que de costumbre.     

  Abrazando al fin la difícil idea de que debería acumular el doble de sus fuerzas o quizás más, tomó la justa decisión de arrastrarse, buscando en aquella tierra árida una fuente de fantasía suficientemente noble que le hiciera creer algo diferente de lo que en realidad estaba ocurriendo. Buscó esa fuente con tales ansias, que tras varias horas de estarse arrastrando y haber creído que equivalente al tiempo que llevaba moviéndose sobre el suelo era la distancia que le separaba de aquel lugar primero, se detuvo y tratando de mirar hacia atrás, logró percibir que el rastro de su cuerpo sobre el suelo, alcanzaba a divisarse con tal claridad, que no necesitó de esfuerzo alguno para comprender la trivialidad de la distancia de su recorrido.

  Una vez allí, quiso gritar, tal vez llorar. La velocidad del latir de su corazón se agudizó de forma impresionante hasta llegar a creer que el suelo entero se estaba moviendo con él, o peor aún, que era el suelo quien le movía. Pero nunca fue así, era él mismo allí tendido con la pesadez de una lágrima rodando sobre una mejilla aún más pesada. Suspiró tiernamente, creyendo que las manos de sus padres que en otro tiempo le arrullaron con una normalidad costumbrista, hubiesen sido milagro en aquel espacio que no alcanzaba a revelar el origen de su gravedad. 

  Allí sobre la arena, con la sensación de haber sido arrojado como cualquier roca en un juego de niños, durmió largo rato, intentando recomponer su cuerpo y queriendo despertar en un lugar de maravillas, o tan siquiera, en la misma cama que tiempo atrás hubiese dejado para viajar con el viento, habiéndose querido alejar del ruido monótono de los autos y de la repugnancia que le causaba el mundo escondido detrás de su ventana.

  Al despertar miró al cielo y creyendo que todo habría terminado, se dibujó en su rostro una leve sonrisa. Leve como la sutil distancia que habría recorrido para llegar hasta allí, porque inmediatamente después de haber intentado mover sus manos para apoyarse en ellas, comprendió que todo seguía pesado, que una fuerza al interior de la tierra, como un imán le atraía fuertemente.

  Una vez muertas sus esperanzas un aire de resignación se encarnó en su rostro y abriendo sus ojos, sintió el cielo caer sobre él, sintió la luz del sol reflejándose en su cuerpo, como si él mismo fuese un planeta. Entonces comprendió por qué la luna le huye al sol para evitar sus rayos, comprendió que la fuerza con la que la luz impactaba un cuerpo era equivalente a su velocidad, que el mundo se inunda de oscuridad en la noche, sintiéndose más libre para actuar, para danzar.     

  Y aunque pudiera pensar, incluso la razón y la imaginación se tornaron más pesadas cuando pretendió erigir un nuevo mundo. Debió haber tomado arena en sus manos, empuñarla y sujetarse de ella como antaño lo había hecho con la pared de su cuarto, y observando su piel rodeada de polvo, debió creer que había sido penetrado por él, debió creer ser todo él de arena, debió creer por último haberse disuelto tras una larga tormenta.


III
 
  Solemos abrigar en nuestro interior la idea de un mundo liviano, inmutable, aunque lo verdaderamente evidente es que palpite. Solemos abrigar la imagen de un cielo eterno, aunque muera en las noches y en la aurora se revele claro. Solemos creer en un cielo inabarcable, impenetrable, e incluso impalpable, aunque se diluya en ocasiones hasta llegar a nosotros y acariciarnos en forma de lluvia.

  Cielo, agua, agua en cielo, cielo en agua, apareció desnudo junto a él. Sus manos ya no levantaban la arena pesada que buscaba penetrarle. Ahora era el cielo el que se deslizaba suavemente por su piel hasta encarnarse como espíritu en su cuerpo. Y no sonrió por esto como se habría esperado, al contrario, lloró sintiéndose liviano, unido al cielo, inundado.

  Corrió de un lado a otro y saltando creyó regresar a aquel momento en que el ruido de motores penetraba los cristales y llegaba a sus oídos uniforme, era la lluvia golpeando cada vez con más fuerza las hojas, las piedras y los árboles, no era ya un ruido artificial sino la maravillosa armonía de la naturaleza.

  Sabía ahora que como antes, no podría dormir en medio de ese ambiente desapacible. Así que decidió correr buscando un refugio, donde una ventana cualquiera pudiera cerrarse. Pero inútilmente recorrió largas distancias; liviano como era debió quedarse inmóvil ante el agua que caía inundando el suelo por entero. Meditó y como en otro tiempo cuando el cúmulo de ocupaciones parecía ahogarle, temió perderse en medio del agua, entre el cielo que era agua y le abarcaba.

  Miró al suelo y mientras avanzaba el nivel del agua a una velocidad casi fantástica, quiso invocar al cielo, quiso alentar su cuerpo. Ya abatido por la arena, ya sumido en el agua, nada había allí que hiciera las veces de consuelo. Se dejó caer y pensó en lo tortuoso de la muerte cuando llega con el agua, cuando llega con el cielo. Cuántas veces había deseado ya alcanzar las estrellas, llegar al infinito y en medio de él flotar por horas sin que nada ni nadie pudiese detenerlo, y ahora que estaba allí en medio, ahora que el mismo cielo había bajado para verlo, no comprendía la ironía del momento.

  Tal vez hubiese continuado dando vueltas a sus pensamientos, pero encontró que cuanto más se sumergía dando rodeos a las cuestiones entremezcladas con el incesante golpe de las gotas en el suelo inundado ya de cielo, la velocidad del descendimiento de la lluvia se tornaba aún más flagelante que en el momento pretérito. Así que decidió guardar silencio, y puede sonar extraña su decisión, cuando ya era un hecho la desventura y la incompetencia de los sonidos salidos de su boca, pero el silencio que debió guardar no fue el de sus labios, sino el de sus pensamientos, incluso aquellos que trasportaban su cuerpo hacia el futuro, donde sólo la imaginación puede construir edificios nuevos.

  Debió anular sus pensamientos cuando encontró que allí ya estaba muerto, cuando encontró que en ellos, el cielo tenía el arma indispensable para borrar cualquier palabra, cualquier recuerdo. Y encontró que el poder de su arma no era el mayor de sus méritos, era la persistencia en el tiempo de sus tormentos, era la incesante caída de la lluvia, la perseverancia para abatirle incluso allí en el pensamiento. Debió haber sentido, que los problemas duran pero que es aún peor cuando perduran y tú les ayudas. 

  Al ritmo de la lluvia se fue hundiendo, sin pensamientos ni deseos, en el completo vació de su espíritu y su cuerpo. Si hubiese pensado serenamente, habría sentido el frío del agua carcomiendo sus huesos, penetrando el corazón y cada uno de sus sueños; si en cambio la angustia le hubiese invadido, no hubiera pasado por su mente, más que el instante desolado en que la vida ahogada ya por el cielo se sumerge en desesperanza de encontrar al otro aunque fuese en el secreto.

  Todo allí eran murmullos: el susurro de una roca recibiendo el golpeteo y una hoja deslizándose en un huerto, brisas amables que desviaban la lluvia hacia lo eterno e incesantes movimientos no más leves que el del agua descendiendo. Todo allí era suave, imperceptible, todo entonces debió vaciarse hasta convertirse nuevamente en silencio.


IV  
  
  Un paso más no se lograría fácilmente. Al borde de la muerte, al borde del martirio, al borde de la nada ¿qué podría esperar? Sin embargo hacían falta ventanas por cerrar. Y he aquí que habiendo abierto sus ojos, creyó perder cualquier esperanza de levitar. La mente y el cuerpo ya cansados nada esperaban encontrar, y ciertamente en esos momentos de desesperanza el gran mundo que a sus ojos se esparcía, oscuro y en llamas se habría de revelar.

  Sin embargo, tras volver a cerrar sus ojos y haber aguardado el llamado de alguien más, suaves aromas persiguieron las huellas de su andar, se levantó renovado y frente a su cuerpo logró captar la majestuosa belleza de un paisaje que se extendía hasta el infinito y que incluso allí no parecía terminar.

  Árboles gigantes, un cielo abierto, rocas formando cuevas, pirámides de arena, prados inextinguibles, vientos suaves y uno que otro objeto que la mirada no alcanzaba a captar. Caminó largo rato de un lado a otro y maravillado con la grandeza del paisaje, se extasiaba pensando en que nada de eso que allí había tendría un final.

  Así que decidió abrazar un árbol pero encontró que no le podía abarcar, decidió tomar en sus manos una roca, pero ninguna de tantas que veía, por su enorme figura podía agarrar, quiso alcanzar el cielo, pero abierto como se encontraba no podría divisarlo por completo jamás. Allí sus deseos, grandes como los prados podían sentirse volar de un lado a otro como queriendo recorrer cada kilometro de distancia entre esta cueva y la otra, entre este árbol y el de más allá.

  Entonces en su arrebato se halló pequeño frente a todo lo que podía divisar y entre tanta grandeza no encontró nada ni nadie a  quien pudiera comunicar ese cúmulo de sensaciones de incompetencia imposibles de controlar. Pequeño, minúsculo y diminuto como se sintió, creyó entender que todo lo que le rodeaba era un solo objeto, un solo conjunto de objetos que le arrebataban la esperanza de volar, de caminar o tan siquiera de respirar.

  Todo le ahogaba ahora como en aquella ocasión en que presintiendo que el agua le iba a penetrar, quiso llorar, quiso gritar, pero entonces su grito se tornaría pequeño, inútil, sería silencio entre la magnanimidad de esa realidad. Débil ya, como en aquella ocasión en que la gravedad le podía gobernar, se encogió de brazos y manos, y en esa posición en la que se encontró alguna vez en el vientre de su madre, se dejó abrigar por el aire que merodeaba aquel lugar. Impotente como era, incapaz de caminar, se sintió extranjero en aquel lugar.

  Todo le dominaba, todo le impactaba como si frente a una multitud de seres desconocidos, no fuera nadie o fuera algo a quien todos deseaban eliminar. Todos ellos que le señalaban y con las manos arriba querían atacar, herirlo por completo hasta no dejar de él, ni sus ojos, ni su piel, ni sus labios, y menos aún los latidos de su corazón, que falsamente creyó dominar.

  Miró sus dedos. Sí, pequeños, casi invisibles pero en verdad existentes como todo lo demás. Miró sus pies, un poco más grandes que sus dedos, pero al fin y al cabo, pequeños, aunque con existencia propia, con unicidad. Miró… miró. Sí frente a él, como de una forma sorprendente encontró una flor, no grande como los árboles, las montañas de arena o el cielo abierto que ya comenzaba a olvidar. Su grandeza se reveló distinta. Halló en medio de su pequeñez (podría jurar) que era hermosa, más que las grandes realidades que hace un momento le señalaban.

  Extendió aquel dedo que acababa de observar, palpó sus pétalos, acarició su tallo y le alabó, pequeño, diminuto más que la flor que ante sus ojos se había abierto. Sintió vergüenza y separando sus manos de aquella belleza, durmió en silencio, durmió profundamente por largo tiempo.


V
 
  ¡Oh nuevo mundo este! ¡Cuánta belleza se reveló entonces a sus ojos! Flores de mil colores, aves posando en cada árbol de los mejores. Fuentes de agua mineral fluyendo por cada rincón, como alimentando aquellos sedientos paisajes. Bellas luces, verdes hojas, ruiseñores sedientos del néctar, del azul celeste.

  ¡Oh nuevo mundo! ¿Cómo es que te tornas diminuto?
  No fue frase que saliera de sus labios, sencillamente atravesó sus pensamientos cual ráfaga de viento. Pero ¿qué significado podía tener una pregunta como ésta que le conducía fuera de sí para concentrar su mirada sorprendida una y hasta tres veces, frotar sus ojos suavemente y cada vez incluso más fuerte? Era cierto, un mundo llano, abandonado por las montañas y los mares. Ante él, sumido en microscópicas magnitudes, se abalanzó el paisaje como declarándose su siervo.

  No habría existido momento más fantasioso que éste: ni la gravedad, ni el agua, ni mucho menos las enormes montañas se le habían presentado en tal medida, figuradas, fingidas, extrañas. Se sentó y tras esta acción la tierra tembló. Y allí sentado, sintió la sensación de haber tomado posesión de un trono.

  ¿Cuánto importaba el sonido de ese sonido leve que venía de las aves? ¿Cuánto importaba el agua, aquellas gotas de agua que fluían de una fuente al parecer secreta? ¿Cuánto importaba el tronco del árbol, no más grande que el índice de sus manos?
 
  Al preguntarse esto, sonrío, separó sus labios sutilmente y sus dientes destellaron sobre el paisaje, en un ambiente de soberanía natural. Pareció tonta aquella reflexión, pero en breve su verdadero sentido se reveló. Gobernaría ahora todas las cosas, que creía sin él no poseían sentido, orden, ni significado. Entonces de sus labios brotaron estas palabras…

  “Llueve. Y seguramente hubiese llovido ayer si así lo hubiese deseado, porque cada palabra que suele nacer de mis labios tiende a constituirse en una orden exterior a la naturaleza misma, que a su vez pareciera caminar ininterrumpidamente, tal como sus propias leyes se lo indicasen.

  No es así, no es libre ni autónoma la naturaleza, ni son inviolables sus leyes. Hay una voz, un movimiento, un sonido que le gobierna y no es que sea supremo en medida alguna, simplemente existe, y no existe imperiosamente. Qué importa eso, si nada ni nadie lo ha cuestionado alguna vez. Y nadie no es un hombre o una mujer con ese nombre, nadie somos todos en ese esfuerzo diario por ser alguien o tan siquiera algo que posea significado.

  Esa orden gobernante anuncia la lluvia, previene las olas fuertes del mar, atrae los vientos suaves y los temibles huracanes, invita a la nieve cualquier noche, duerme con ella, vierte su semilla  en ella y a la mañana siguiente la despide porque verano ha llegado y debiera atenderlo con la suavidad de un beso, un abrazo o un hasta luego.

  Esa orden que ha exiliado durante mil y una noches la luz de occidente para habitar suavemente en las oscuridades de oriente, es quien dirige magistralmente a la naturaleza que erróneamente se ha creído, posee leyes dominantes. No hay tales, no existe libro ni documento alguno que las contenga, no han sido escritas en las rocas ni en el viento, ni conviven con el silencio, simplemente no existen, como lo hace la orden, la sublime orden que brota diaria y caprichosamente de mis labios.”

  Éste que parecía ser su discurso de gobierno y de dominio supremo, no fue otra cosa más que su propia sentencia de muerte. Una vez pronunciada la última palabra, cayó fuertemente de espalda sobre el suelo, y temblando, su cabeza pareció quebrarse en un segundo. Adolorido en gran medida, rozó su rostro con sus manos y al volver la vista hacia su derecha se encontró nuevamente con una flor, esta vez igual de pequeña a la que hubiese visto en otra vida, en otro tiempo. La encontró nuevamente bella, pero esta vez intocable, como recordándole la miseria de su cuerpo que aunque grande, ante ella no era más que un insecto. Y sonriendo aquella flor en medio de fulminantes rayos de luz, pareció elevarse hasta un punto en que la creación entera pudo exaltarle.


VI

  Poco valdría relatar su paso por un nuevo mundo, un mundo donde las distancias son más grandes, y las montañas, una más y más lejos de la otra, se comunican con gritos extendidos en el eco de los días y las noches.

  Kilómetros y kilómetros distancian la salida del sol de su ocaso. Horas y horas distancian un latido del siguiente, años y años distancian una estación de otra, así invierno goza en medio de la nieve esperando el paso lento de una navidad eterna. No se alcanza a divisar de una orilla el otro lado de cualquier río, ni importa si los caminos son escabrosos o amables ante el paso del transeúnte. Da lo mismo atravesar el desierto o la sabana o la llanura, todos los caminos implican un largo recorrido.

  Poco importa el preguntar dónde comienza el sur y dónde se agota el norte, la sola pregunta ya se extiende tanto en el tiempo que pareciera llevar implícita la respuesta a la ironía de semejante pregunta.

  ¿Dónde está el amado? Allí donde la amada nunca podrá alcanzarle. ¿Dónde está la fuente de agua anhelada por el viajero? Allí donde no imaginaría poder llegar ni en sus sueños. ¿En que lugar del alfabeto se encuentra aquella letra que sucede a delta? Seguro más allá de omega, incluso más allá del mismo alfabeto.

  Y allí ni él mismo se atrevería a escribir una letra, porque buscando la que le sigue se tardaría lo que la vuelta al mundo en la Edad Media. Sumergido en el tiempo, se encontró eterno y a la vez muerto, se encontró extraviado en la agobiante melodía que hacía de un sonido de corchea el equivalente a una obra completa en cualquier concierto.

  En aquel lugar, sintiéndose pesado, liviano, pequeño, grande y perdido en el tiempo, supo que no existía un pensamiento más interesante que el primero. Todos finalmente se derribaban, se inundaban, se aplastaban, se hacían nada. Ese espiral de problemas que le condujo por las distancias más inciertas, volvió a hundirle fuertemente en su lecho, y allí resultó ser el mismo, el que otrora estando vivo decidiera arrojarse por una ventana a un mundo de descuidos.


APÉNDICE

     Diario El tiempo, Bogotá – Colombia, 19 de noviembre de 1988.

  En días pasados un programa especial de la policía metropolitana de Bogotá en convenio con la Universidad Nacional adelantó investigaciones en torno a las motivaciones generacionales del 68. Sorprendentemente en el día de ayer, cuando la policía habría de revelar los resultados de dicha investigación, alrededor de las cuatro de la tarde fue hallado el cuerpo de un joven identificado con el nombre de Syrak Still, quien a un día de celebrar sus veinte años, decidió acabar con su vida arrojándose por la ventana de un edificio que daba a la Avenida Camilo Torres.    

  La policía continúa investigando y según palabras del comandante local, “más que revelarse el mamotreto de memorias que resultaron de la investigación Generación 68, se harán públicas las páginas de un texto encontrado en las manos del joven suicida, que según fuentes confiables, lleva por título: Seis pasos al borde de sí mismo”.

  Los Editores
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©   Jhonattan Andrés Benavides jurado

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre- Noviembre-Diciembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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