La canción vallenata como acto discursivo:
Una mirada distinta sobre la cultura popular
Armando Martínez Gutiérrez
Universidad del Atlántico
Miembro del Grupo de Investigación Literaria del Caribe —GILKARÍ—
(Categoría A en Colciencias)
Trabajo de Armando Martínez Gutiérrez sobre el libro La canción vallenata como acto discursivo,
de los profesores e investigadores Julio Escamilla Morales, Efraín Morales Escorcia y Grandfield Henry,
pertenecientes al Grupo de Investigación Círculo de Análisis del Discurso (CADIS).
El libro fue editado en Barranquilla, en el 2006, por la Universidad del Atlántico.
Los aires musicales vallenatos constituyen una de las expresiones de mayor arraigo en el panorama de la cultura popular colombiana. Luego de ser desdeñados durante mucho tiempo por la mal llamada cultura nacional, ocupan sitial de preferencia en los más variados ámbitos de la geografía patria. Son muchos los factores que han determinado el reconocimiento del vallenato al punto de considerársele actualmente como un género musical identitario del país. Entre esos factores destaco, además de la aparición del Festival Vallenato en 1968, la amplia difusión lograda a través de los medios masivos de comunicación social que descubrieron un objeto mercantil que producía incalculables ganancias, en una sociedad de consumo donde hasta el amor también tiene su precio. Con Carlos Vives y su Provincia la proyección internacional quedó patentizada, al punto de que hoy podríamos deberle a él, en un altísimo porcentaje, la reciente inclusión del vallenato dentro de los afamados Premios Grammy. Otro suceso, algo lejano en el tiempo, tiene que ver con el Premio Nóbel recibido por Gabriel García Márquez en aquel memorable Estocolmo de 1982. El laureado escritor llevó, entre los miembros de su delegación cultural, a los Hermanos Zuleta Díaz y al maestro Rafael Escalona, compositor emblemático que en un antológico merengue —El vallenato Nóbel— perpetuara después, la trascendencia del magno evento en el que García Márquez se propuso que los mismísimos reyes de Suecia conocieran el vallenato, allá, en la rigidez sico-social y climática de su hielo. Cito la estrofa final del aludido canto: “Gabo me ha invitado a su fiesta / y esto es para mí un gran honor / fui con los hermanos Zuleta / pa’ que el rey oyera acordeón”.
A partir de sucesos como los anteriores, se publican obras con importantes aportes teóricos sobre este controvertido genero musical, cuya sola denominación de “vallenatos” es motivo de interminables como admirables polémicas, algunas; y otras tantas, superfluas, improductivas y sin mayores soportes históricos, musicales, ni conceptuales, en las que ha sido más el afán de aparecer de ciertos autores que la suficiencia de sus criterios.
Dentro de las obras iniciáticas sobre el vallenato merecen recordarse hoy textos como Vallenatología (1973), de Consuelo Araújo Noguera, obra polémica cuyo gran mérito radica en que abrió el sendero de posteriores estudios gracias a sus imprecisiones y a una taxonomía de los aires por demás caprichosa y excluyente, por cuanto, entre otras cosas, las divisiones políticas de una geografía nacional jamás pueden hacerse corresponder con las posibles identidades y/o diferencias culturales de los agentes sociales que las conforman. Diez años después, en 1983, Ciro Quiroz Otero publica lo que en mi juicio constituye un valioso aporte sobre esta música: Vallenato, hombre y canto. En efecto, allí encontramos razones justicieras de corte socioeconómico y cultural sobre los posibles orígenes del vallenato a partir de los cantos de vaquería, además de una atractiva clasificación de ritmos ―un tanto menos controversial que la de Araújo Noguera―, y una semblanza sobre los instrumentos musicales con los cuales se ha venido interpretando en su historia este popular tipo de canción.
En 1985, bajo el sello editorial de la Universidad de Antioquia, se publica Memoria Cultural en el Vallenato, de Rito Llerena Villalobos, obra con perfil académico que aborda las canciones desde una perspectiva de la sociocultura y la semiótica-literaria. Un año después, en 1986, la misma editorial da a la luz el interesantísimo estudio Canción Vallenata y Tradición Oral, de la profesora Consuelo Posada, donde los cantos reciben un tratamiento cuyo fundamento es la oralidad desde los legados hispánicos y su adaptación y reformulación permanentes en consonancia con las distintos espacios geo-culturales donde se han gestado.
El transcurrir de los años dará paso a otras publicaciones entre las que me permito citar la de Tomás Darío Gutiérrez, Cultura vallenata: origen, teoría y pruebas (1992) y la de Julio Oñate Martínez, El abc del vallenato (2003). Ambos trabajos, con algunos fundamentos en los estudios culturales, como antes lo había sido el de Quiroz Otero. Estas dos últimas obras tuvieron como punto de partida, me atrevo a pensar, la seriedad investigativa de lo propuesto en Vallenato, hombre y canto, del nombrado Ciro Quiroz Otero. Tales publicaciones —como tantas otras— han pretendido esclarecer el origen, la esencia de las composiciones y los instrumentos musicales que las han identificado en las distintas etapas de su desarrollo. Además, es conveniente anotarlo, se han prodigado en minuciosas clasificaciones de escuelas y tendencias de la más variada tipología. Otro rasgo destacable en dichas publicaciones es su carácter anecdótico, mediante el cual se busca imprimirle verosimilitud a los sucesos como forma de lograr la aceptación de los lectores sobre los temas tratados.
La investigación llevada a cabo por los profesores Julio Escamilla Morales, Efraín Morales Escorcia y Grandfield Henry ―pertenecientes al Círculo de Análisis del Discurso (CADIS)― comporta un logro trascendental sobre los denominados cantos vallenatos. A diferencia de los trabajos anteriores, por primera vez las letras de las canciones se valoran a partir de los más avanzados estudios lingüísticos del momento, más exactamente a la teoría de la corriente conocida como Análisis del discurso, que concibe los actos comunicativos del ser humano, incluidas las manifestaciones artísticas, como eventos reales de comunicación y sentido, en situaciones concretas e indispensables de las relaciones interpersonales. Esto es, en circunstancias de auténticas necesidades que requieran de un propósito o intención comunicativa por parte del hablante. El discurso, entonces, constituye una práctica de carácter social y, al mismo tiempo, se considera un instrumento que propicia la vida social entre los participantes de una comunidad de habla. Por lo mismo han dicho Helena Calsamiglia y Amparo Tusón que “las lenguas viven en el discurso y a través de él. Y los discursos nos convierten en seres sociales y nos caracterizan como tales” [1]. Huelga recordar, que los cantos vallenatos son auténticos discursos sociales de amplísima circulación. En ese sentido, el perfil académico del presente estudio, fundamentado en más de diez años de búsquedas, ha dado como resultado una obra seria, definida sobre las bases de la sapiencia lingüística de sus gestores y la paciente organización y racionalización de los materiales del corpus obtenido en la primera etapa de la fructífera investigación.
Pudiera pensarse que una empresa de tal magnitud tendría como destinatarios a otros lingüistas y demás especialistas de la lengua; es decir, a estudiosos de lo que yo llamo “las intimidades del lenguaje”. No es cierto. El libro ha sido concebido para ser abordado tanto por lectores conocedores de las teorías aplicadas como por lectores legos en el asunto. Asumo el riesgo de creer que el propósito apuntó más hacia estos últimos. Así lo sugieren las constantes y oportunas aclaraciones cada vez que aparecen términos técnicos de la semiótica y la lingüística. De esta forma, los autores, dada su condición de docentes, imprimieron a su discurso un carácter sencillo, pero elocuente. Muy cuidadoso en su retórica; proyectado didácticamente y desprovisto de poses intelectuales. No obstante la cientificidad requerida en la concepción de un trabajo tan riguroso, el tono conseguido por los escritores da cuenta del dominio que han logrado cimentar, después de tantos años de metódico estudio y dedicación profunda, en el campo de la semiolingüística y su aplicación en la docencia. El verdadero profesor es ese que hace fácil y aprehensible lo que de por sí es difícil y/o complejo. Los autores del libro son legítimos portadores de esta cada vez más escasa condición en el plano de la comunicación académica: la modestia en la expresión. Así pues, nos encontramos frente a un sesudo tratado de las letras de la música vallenata. En consonancia con lo expuesto, La canción vallenata como acto discursivo marca una ruptura en las tendencias investigativas hasta ahora exploradas en el campo de la vallenatología, cuyos aportes ya he señalado antes.
La obra se encuentra estructurada en tres capítulos. En el primero, "La enunciación en la canción vallenata", se explicitan las peculiaridades de los cantos, teniendo en cuenta tanto el papel que cumplen los compositores (sujetos comunicantes) y los oyentes (sujetos interpretantes), denominados seres reales porque pertenecen a un contexto socio-histórico específico, como también el de los enunciantes y los destinatarios de las canciones, llamados seres discursivos porque son sujetos construidos mediante palabras. Para ilustrar con un ejemplo, recurramos a la siguiente estrofa de El viejo Miguel, merengue de Adolfo Pacheco:
Luis Felipe Rojas, Yola y Peyo, a mí me emociona
el tener que darles ahora mi más triste despedida.
Adiós, San Andrés, tu animador te abandona.
Adiós, dieciséis de agosto. Adiós, alegría.
Ya no tocará la banda ‘El perro e’ Petrona’.
Adiós, Paco Lara, me voy de la tierra mía.
Sujeto comunicante: Adolfo Pacheco, en su condición de compositor.
Sujeto interpretante: los oyentes.
Enunciante: el viejo Miguel, voz construida por el compositor con una finalidad discursiva.
Destinatarios: Luis Felipe Rojas, Yola y Peyo, San Andrés, el dieciséis de agosto, la alegría y Paco Lara. Todos ellos, aunque existan en la realidad, son producto ahora de un proyecto discursivo diseñado por el compositor Adolfo Pacheco.
También para destacar en este primer capítulo el exhaustivo análisis de las actitudes de los compositores frente a otras personas, su relación con las canciones, sus relaciones sentimentales, el paso del tiempo y sus consecuencias, los problemas sociales y sentimentales, etcétera.
Otro aspecto relevante de este mismo apartado está relacionado con las estrategias y procedimientos discursivos puestos en marcha por los compositores con la finalidad de conseguir la adhesión del sujeto interpretante de las canciones, es decir, del público. Entre esas estrategias se encuentran la verosimilitud, la confesión, la justificación, la comparación, el cuestionamiento a otras personas, la provocación, la citación y el empleo de dichos, refranes y máximas universales.
Al segundo capítulo, "Aspectos narrativos y descriptivos en la canción vallenata", pertenece una de de las posturas críticas más polémicas del libro: la canción vallenata no se caracteriza por ser narrativa, como se cree comúnmente. Aquí los investigadores postulan un carácter descriptivo, lírico, en el discurso de las composiciones ya que lo narrativo no puede depender de que se mencionen en las canciones personajes y lugares de la vida cotidiana o vivencias personales de los autores, sino a una estructura específica de este género discursivo donde lo fundamental son las acciones pragmáticas de los actantes y no las actitudes asumidas por esos actantes frente a tales acciones. En este caso, plantean los autores, aunque los cantos presenten núcleos narrativos, las acciones están unidas a un decir del cual es imposible separarlas. En tal sentido, los escritores echan mano de algunas estrofas de La gota fría para dar soporte a su planteamiento, demostrando que los únicos núcleos narrativos de la canción son dos, ya que las demás estrofas siempre están marcadas por el “recado grosero” de Morales al “tratar de embustero” a su interlocutor Emiliano Zuleta. Dichas expresiones no señalan acciones sino actitudes provocadoras del contrincante. He aquí esas estrofas citadas como solitarios núcleos narrativos de la famosa composición:
Acordate, Moralito, de aquel día
que estuviste en Urumita
y no quisiste hacer parada.
Te fuiste de mañanita,
sería de la misma rabia.
Moralito se creía
que él a mí me iba a llevar,
y cuando me oyó tocar,
le cayó la gota fría.
Y al cabo’e la compartí’a,
el tiro le salió mal.
Otro tema destacado es el relativo a la construcción subjetiva de la realidad en la canción vallenata. En un minucioso proceso demostrativo los autores concluyen que en los cantos están presentes los siguientes imaginarios:
—La felicidad del hombre costeño está ligada a la bondad, sencillez y amabilidad de la mujer.
—El hombre costeño es, por naturaleza, parrandero y mujeriego. La mujer, celosa.
—El hombre costeño es quien manda en la casa y en la relación de pareja.
—La protección divina puede hacer más llevaderos los conflictos sentimentales.
—Los valores culturales y humanos de la Costa caribe colombiana representan el más grande orgullo para los costeños.
—La evocación de las costumbres ancestrales preserva el pasado y ayuda a asimilar los cambios de la vida contemporánea.
—La amistad es un sentimiento sincero e incondicional que ni siquiera la muerte puede acabar.
—El hombre costeño no se deja vencer por las penas.
En el tercero de los capítulos, titulado "La argumentación en la canción vallenata", se postula un interesante despliegue de los modos de razonamiento llevados a escena por los compositores con el fin de darle validez o demostrar con razones una verdad. Como en los capítulos precedentes, los autores fundamentan sus planteamientos en la teoría semiolingüística propuesta por el semiólogo francés Patrick Charaudeau. En lo referente a la argumentación, se propone una búsqueda de racionalidad que, en procura de la verdad, permita que el argumentador influya y logre persuadir a su interlocutor o destinatario. Este es uno de los capítulos más complejos del libro, por cuanto la teoría de la argumentación también lo es en sí misma, y porque, además, como se deja establecido, se pone en balanza la trascendencia o banalidad de las letras de este tipo de canciones, aspecto sobre el cual no existe consenso. No obstante, los profesores Escamilla, Morales y Henry logran aterrizar en las canciones los principios teóricos sobre los cuales han fijado la descripción y el análisis del corpus escogido. No hay duda de que asistimos como lectores a un magistral proceso de ilustración sobre los modos de razonamiento de los compositores y sobre los procedimientos semánticos y discursivos que entran en juego en el andamiaje argumentativo de ciertas canciones vallenatas.
Por todo lo anteriormente expuesto, este trabajo investigativo de los profesores del CADIS adquiere un mérito extraordinario, pues, como ya quedó planteado, entraña una nueva mirada en el estudio de las canciones vallenatas que, con base en un admirable corpus de cien canciones, escudriña el universo subjetivo de los cantos y la forma como los sujetos destinatarios se articulan a ese universo construido por los compositores. De esta manera, la obra se constituye, además, en una singular antología de los valores y sentimientos que junto con las creencias e ideologías determinan comportamientos y acciones identitarias en los agentes sociales del Caribe colombiano. Que este logro editorial de la Universidad del Atlántico no se quede entre las bambalinas de la desidia y la falta de promoción, como ha ocurrido con otras importantes publicaciones.
Nota:
Helena Calsamiglia y Amparo Tusón. Las cosas del decir. Manual de análisis del discurso. Barcelona, Ariel Lingüística, 1999. p. 17.
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© Armando Martínez Gutiérrez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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