Cielo pardo
Martiniano Acosta
El día en que la madre vio saltar a Luifer por primera vez del techo de la casa al suelo, estuvo a punto de un infarto. Sin embargo, no lo sufrió. Era una mujer a la que los duros golpes de la vida le habían forrado el corazón con fibras irrompibles.
— ¡Mira, muchacho, no repitas esa hazaña porque me vas a matar!
La madre corrió detrás de él para propinarle unos chancletazos pero Luifer se deslizó por entre los barrotes de una reja y brincó con rapidez hasta alcanzar la azotea de la casa vecina al tiempo que pronunciaba frases indescifrables y soltaba cierta risa en forma grosera:
—¡Ja ja! ¡Ji ji ji!
Los sonidos, diseminados por el aire oloroso a basura y a llantas quemadas, le dejaron a la madre un sinsabor que la mantuvo aturdida por varias semanas.
Luifer andaba casi por los doce años. Usaba un yin desteñido, bastante ancho y largo que le arrastraba por el suelo. Un holgado suéter de rayas negras y blancas, roto en las mangas. Usaba unos sucios zapatos de caucho que, según él, le permitían saltar y caer de pie, sin hacerse daño alguno.
Luifer nunca permanecía quieto en un sitio. Su cuerpo mostraba destreza para evadir cualquier situación. Y el sigilo, decían, era la mayor virtud. No faltaba quien afirmara que “ese muchacho es bastante raro.”
Una noche, persiguió a un ratón que, de repente, había salido debajo de la nevera para esconderse en cualquier rincón de la casa.
—Por favor, has removido toda la casa para encontrar a ese pobre animalito.
Y Luifer —tal vez para que la progenitora se enfureciera aún más —seguía en la búsqueda del roedor:
—¡No descansaré hasta verlo muerto!
Por fin lo encontró y lo machacó con la planta del pie y luego lo arrojó a una caneca pública, cercana a la avenida.
Luifer caminaba por los techos de las casas vecinas, eludiendo antenas y alambres, y atisbando el quehacer de los vecinos. También, después de un prolongado baño de mar, dejaba secar la ropa al sol en algunos solares enmontados que rodean a Bahía del Mar. Allí giraba una cabecita triangular, tratando de adivinar de dónde provenían algunos gritos que querían asustarlo o reprenderlo. Los pequeños ojos redondos y refulgentes escudriñaban casi todos los lugares, con cuidado se deslizaba por entre unos matorrales y desaparecía.
La madre sintió vergüenza la mañana en que le llegó la queja de la escuela. Luifer, en un acto de furia incontrolable, había golpeado y arañado el rostro de un compañero de clase porque éste le había derramado un raspao sobre el uniforme.
Ella, después de propinarle varios correazos, lo encerró en el cuarto. Luifer lloró allá dentro todo el día, sin descansar, razón suficiente para que la madre, condolida, le levantara el castigo. Y en cuanto él advirtió la puerta abierta, huyó perdiéndose en el horizonte de techos hasta llegar a la playa en donde buscaba refugio debajo de unas palmeras.
La primera vez que la madre lo vio acercarse adulón, riéndose y tirándosele a los brazos, le reprendió:
—Deja esa sobadera, algo hiciste y no quieres que te castigue. Seguro que cometiste algo malo en la calle o en la playa. Ya me tienes harta con tantas querellas.
Entonces él le manifestó al oído:
—Mamita, yo no hice nada. Te lo juro.
— Desde que vienes así todo zalamero, meloso y recostándote, es porque algo cometiste, yo te conozco, Luifer.
—Yo no molesto a nadie. Sólo me enojo cuando me tiran piedras los señores porque, según ellos, estoy viendo desnudas a sus mujeres.
—Luifer, por favor, yo no creo que tú te pongas en esas cosas como si fueras un muchacho morboso. Yo te he educado muy bien. ¿Dónde están los principios que te he inculcado?
—¿…?
Luifer respondió con una mueca en la boca y los hombros levantados. Por ello, la incertidumbre fue aumentando en el corazón de la madre.
—Te repito, ¡me molesta tu caminadera! El vecindario se ha quejado de ti porque andas trepado en los techos, espiando a la gente. Me tienes aburrida con tu actitud.
Luifer hundido en el silencio, se acurrucó a los pies de la madre enojada. En ese preciso instante, ella no pudo continuar con el resto del regaño porque él —de repente— saltó hacia la paredilla del patio de la casa vecina con agilidad increíble y caminó en cuatro patas por todo el borde tapizado de picos de botellas.
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja ja!
Escuchó muy lejanos, perdidos dentro de ella, los sonidos de una risa burlona como si le dijeran adiós y vio desaparecer la silueta ajedrezada de Luifer, debajo de un cielo pardo que presagiaba lluvia.
Santa Marta, cerca del mar.
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© Martiniano Acosta
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre- Noviembre-Diciembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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