De las identidades de raza
en la cuentística del Caribe colombiano:
Constantes, énfasis, sentidos

Alfonso Rodríguez Manzano
alfrodriguezm@yahoo.es

Este artículo hace parte del informe final del proyecto Formas y sentidos de la cultura africana
en el cuento caribe colombiano, Pensar el Caribe II, 2005-2006, Universidad del Atlántico,
Grupo GILKARÍ, coordinado por Manuel Guillermo Ortega (Guillermo Tedio).
El trabajo fue presentado, como ponencia, en el XXIV Congreso de LIngüística,
Semiótica y Literatura efectuado en Valledupar (Colombia), en 2006.


Resumen:

La ponencia “De las identidades de raza en la cuentística del Caribe colombiano” consiste en un estudio acerca de la manera como aparecen las llamadas identidades de raza y/o etnia (blanca, india, negra) en el cuento caribe colombiano. El corpus lo constituyen cuentos publicados del siglo XIX al siglo XXI; autores reconocidos y menos reconocidos, nacidos en el Caribe en su gran mayoría; relatos cuyas acciones, también en su mayoría, suceden en el Caribe. El resultado muestra una gran diversidad de expresiones identitarias,  constantes, énfasis, tensiones y distensiones referidas a la prevalencia de lo blanco, pobreza, animalidad, sexualidad legendaria,  musicalidad y valores varios.  El proceso plantea sentidos, problemáticas y tareas que pueden contribuir a la comprensión de lo que se puede entender  por Caribe en nuestra cultura.


Abstract:

The work “On Race  Identities in Colombian Caribbean Short stories” consists of a cross study of the way race identities (black, Indian, white) in short stories written in Colombian Caribbean. The corpus includes short stories published from the end of the XIX century to the beginning of the XXI century. The results show the presence of a notable diversity, tensions of various nature and diverse meanings, which can contribute to the understanding of what we can perceive as Caribbean in our culture.

Palabras clave:

Identidad, blanco, negro, indio, pobreza, animalidad, música, valores


La bailarina negra regresó del paraíso con lentitud. Contempló al hombre blanco con ojos desapasionados, lo separó de su cuerpo. Volvió a sentir que estaba sola sobre la tierra y regresó al bar […]. Se acercó  a un hombre negro, grande y fuerte que fumaba, y le acarició la cabeza redonda y bella, luego le cantó al oído:

—Dios es una mujer negra.

Freda Mosquera,  “La bailarina negra”.

1. Constantes positivas y negativas, énfasis, ¿giro?

Una  vista general a la manera como aparecen las llamadas identidades de raza en la cuentística del Caribe colombiano nos permite vislumbrar ciertas constantes, negativas y positivas,  percibir lo que se puede llamar un énfasis o giro o evolución y apreciar ciertos sentidos con sus problemáticas y tareas. Observamos,  en primera instancia, un predominio de la llamada identidad de raza blanca  en personajes, narradores, títulos de los cuentos, sobre todo si asimilamos blanco a mestizo y a criollo, aunque en algún caso queda clara la denominación de “blanca pura” a la llamada raza antioqueña.  Son frecuentes, así mismo, las denominaciones recíprocas que muestran tensiones entre estas dos  identidades de raza, en el marco de una sociedad  que se ve como medieval y  esclavista, tensiones que en los relatos son sublimadas en escenas religiosas y de carnaval.

Esta preponderancia “textual” de lo blanco coincide con las valoraciones positivas en las profesiones desempeñadas,  en el estatus social y en las valoraciones morales o éticas. Sin embargo, hombres negros y mujeres negras aparecen  también asociados en la totalidad de los casos a valoraciones positivas, bien ponderadas, cuando se hace referencia al físico de ellos y ellas, a la música, a su  carácter.  

Pero la  prevalencia de lo blanco en los aspectos señalados ha variado en el tiempo. Es ostensible en cuentos de autores como Madiedo, Socarrás,  García Márquez; se palpa en autores como Cepeda, Bacca, Álvarez; toma un matiz particular de denuncia abierta en Zapata Olivilla y Fanny Buitrago; y, en autores como Roberto Brugos Cantor,  Marvel Moreno y Lenito Robinson da un giro notable  de presencias, valoraciones y asociaciones en favor de lo negro.

2. Prevalencia blanca, pobreza, animalidad

En la mayor parte de los cuentos estudiados, los personajes de raza negra son jornaleros, bogas, cocineros, rateros y rateras, indigentes, putas, (falsos) profesores; y, cuando, después de los años 80, empiecen a ocupar lugares más centrales en los relatos, serán seres que,  pobres, alcanzan los ascensos sociales, siendo músicos, boxeadores, traficantes. Un caso paradigmático lo constituye un pasaje del cuento de Clinton Ramírez, “Doctor Baremo”  (Ramírez, 2001). Aquí  se nos narra en primera persona la historia de un blanco  o criollo (inferimos del texto), frustrado estudiante de leyes que tenía por oficio elaborar diplomas falsos de todas las profesiones. Un día llega a su oficina alguien a quien llama negrito en el transcurso del relato. Este personaje había hecho unos semestres de medicina y quería un diploma de matemático y físico. Baremo no concibe que un negro pueda aspirar a esta profesión. “El negrito —leemos en la p. 137 del cuento— por mucho que lo reparó no encajaba.  «¡Mírese! —le  dijo— a lo mejor le hago un diploma de licenciado en matemáticas”. La aceptación de este diploma por parte de quien llama negrito lleva a Baremo a decirse que con esta solicitud el aspirante se ha tirado su profesión de falsificador, lo que le impide recoger los billetes de las manos del nuevo profesor de matemáticas.

Este cuento repite una constante de cuentos anteriores como “Al otro lado del deseo”, de José Francisco Socarrás,   en donde a un negro se le dice: “Tú no sirve sino pa oficio de hacha y machete” (Socarrás, 1961). Un punto así mismo significativo para mostrar la tensión entre blancos y negros que atraviesa varios pasajes de la cuentística a la que nos referimos, lo constituye un aparte del cuento de Fanny Buitrago,  “De luto en luto”,   del libro Bahía sonora, con el ingrediente de la tensión de identidades regionales como las del isleño  y el continental:

“Tuvo numerosas mujeres —leemos aquí— isleñas, pañas, indias, extranjeras, pero se casó con una robusta antioqueña tan blanca como el fruto del pan e igualmente fecunda. Miss Mabel nunca logró acostumbrarse a una madre tan blanca, tan diferente de las personas que amaba. Sabía que los pañamanes eran aves de paso. Tarde o temprano se marchaban. (Buitrago, 1976, p. 61) 

Un cuento de Manuel María Madiedo, que remite al espacio rural del Caribe continental de la segunda mitad del siglo XIX,  “El boga del Magdalena”, nos relata la lucha cuerpo a cuerpo de dos bogas zambos en una especie de duelo con padrinos “blancos”. Ambos terminan con los ojos ensangrentados, en un pasaje que puede ser considerado como emblemático para mostrar la relación de estas dos identidades en su contexto económico, político y social. (Madiedo, en Luque, 1976)

A las constantes de oficios y profesiones degradadas sumamos las valoraciones axiológicas: asocios notables a animalidad, salvajismo, pereza, volubilidad, fatalismo, condición humana no asumida, rasgos que en la mayoría comparten, según personajes y narradores, con sus otros pares de identidad de raza, los indios.  El asocio a salvajismo lo vemos, por ejemplo, en un pasaje del cuento de Guillermo Henríquez, “Historia de un piano de cola”: “Ya lo sé —leemos aquí— fueron esos ignorantes bogas del Magdalena los que habían utilizado las cuerdas del piano para arrastrarlo río arriba. Esos zambos, esos ’tentempiés’, esos ‘cuarterones’, esos salvajes a medio hacer, que debió haber exterminado mi abuelo. Le quitaron las cuerdas de acero, al piano de cola. ¡Ay!, ¡tan atrevidos los negros! (Henríquez, en Jiménez, 1988, p.192).

El rasgo de animalidad o semi-animalidad para calificar a los negros  se da también en cuentos de Gabriel García Márquez, Germán Espinosa, Guillermo Henríquez, lo que los lleva a vivir un papel positivo, bien ponderado, incluso trascendental en el caso de Germán Espinosa y Márvel Moreno. En “Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles”, de Gabriel García Márquez, se habla de “enorme negro bestial”, de “negra fuerza desencadenada”, (García Márquez, 1997);  de “negro bestial” (“En este pueblo no hay ladrones”). Igualmente en  el cuento “En casa ha muerto un negro”, publicado en 1976, de Germán Espinosa (Espinosa, 1998). Sólo en un cuento de Marvel Moreno, “La noche feliz de la Madame Ivonne”, publicado en 1980/1981,  se nos dice que el negro del relato, en un ambiente citadino, burgués, de élite, “había asumido la condición de negro” (Moreno, 2001). Aunque sabemos que en el mundo caribeño descrito por esta autora, las llamadas sirvientas son todas negras o mulatas,  como en “Barlovento”.

Los rasgos considerados como degradados que comparten negros e indios se encuentran en varios de los cuentos de los autores estudiados: García Márquez, Espinosa, Henríquez. En el cuento de Guillermo Henríquez citado, encontramos la alusión al “salvaje país”,  en donde, lo que es increíble para un dependiente de la casa musical parisina, “ya los indios tocan piano”. En el caso de los cuentos de García Márquez,  en “Muerte constante más allá del amor”, por ejemplo, se habla de  las “recuas de indios” que, de alquiler, se llevan por los pueblos para completar las multitudes de los actos públicos (García Márquez, 1997, p. 284). El cuento mencionado de Germán Espinosa, “En casa  ha muerto un negro”,  finalmente, contiene un   pasaje muy diciente de cómo pueden ser percibidas  estas dos identidades, india y negra, con su enorme carga de valores negativos.  Se trata del diálogo entre Leonor, quien por despecho ha asesinado al negro con un cuchillo de cocina después de haber “gozado su condición inferior”.  “Desde muy pequeña —leemos aquí— aprendí a temerles a indios y negros. A los unos por ladinos y a los otros por obscenos.  Mi madre decía que los negros eran violadores de niñas y que niña violada por negro jamás llegaría a desarrollarse ni a ser mujer […]. Los miraba como animales pero no como se mira a un perro”. (Espinosa, 1998,  p.137)

3. Sexualidad legendaria, musicalidad, lealtad familiar

Pero frente a las anteriores constantes de profesiones, valoraciones, asociaciones negativas en narradores, personajes y focalizadores presentes en la cuentística que analizamos, encontramos, así mismo, descripciones, valoraciones, asociaciones constantes de tipo positivo, bien ponderado en el caso de negros y negras, aunque no en el caso de los indios.

Estos rasgos de tipo positivo tienen que ver con el físico del negro, con la música a la que frecuentemente se lo asocia y con ciertas actitudes de su carácter. Esta óptica se ampliará en los cuentos en los que se produce lo que podemos llamar un giro con autores como Burgos Cantor, Manuel Zapata Olivilla, Leopoldo Berdella, incluso Marvel Moreno.

Es constante que los negros y negras que aparecen en los cuentos sean seres de un físico descomunal, como si en ellos no pasara la edad, con una enorme potencia sexual. Ya mencionábamos el caso del “enorme negro bestial”, constante en la cuentística de García Márquez.  Los casos de Germán Espinosa y Marvel Moreno van más allá en todo sentido, en presencialidad, en valoración, en signifcaciones.

El remero del cuento “El boga del Magdalena”, de Manuel María Madiedo, por ejemplo, tiene “el pecho del ancho de una piedra de lavar ropa, cada mano como un oso y la voz como el ronquido de un toro” (p. 265). En el cuento de Alfonso Bonilla Naar “El negrito de la ventana”, en el cadáver de una negra de unos 40 años, aun en su morbidez, los senos conservaban “líneas firmes, aun desafiantes” (Bonilla Naar, 1981, p. 84).  La llamada mulata Penélope en el cuento de Vinyes es “opulenta, otoñalmente florecida: miel y aroma”.

En el caso del cuento de Germán Espinoza mencionado (“En casa ha muerto un negro”), Leonor confiesa que cuando encontró al negro  en la caballeriza,  la tentación fue superior a ella. Embriagada quizás por la música triste que cantaba el negro, por el vaho de las bestias y el olor del estiércol, Leonor lo gozó sobre el heno en una especie de “delirio legendario”. Se trató para ella de una realización personal, de una valoración de su ser, de un reconocimiento, pero, además, “su piel negra, su condición inferior no dejaban lugar a dudas” (p. 138).

Parecida función vital, trascendente, se da en un pasaje del cuento de Marvel Moreno “Barlovento”.  Se trata, también, de un hombre esbelto, “sin edad”, “de músculos trenzados en elástica firmeza bajo una piel brillante de color cacao”, “férreo, tranquilo”, que trata a la blanca Isabel “muy dulcemente”. En el ambiente del mandinga ella se siente “como una ninfa, frágil, feliz”, su cuerpo “despreciado, maltratado cobraba vida”. Cuando el mandinga “entró” en ella —nos cuenta— un ímpetu diestro, fulgurante,  la encuentra “en el centro mismo de su ser” y supo que se había renovado el pacto con su lejana bisabuela: allí volvería con la muerte, pues “el mandinga  la estaría esperando por la eternidad” (p.344).

Una similar ponderación positiva, bien valorada, la encontramos en el caso de la música con los personajes de raza negra. Llama la atención que de Madiedo a Socarrás, y de este a Burgos Cantor, pasando por García Márquez, Germán Espinosa y Leopoldo Berdella, los negros son, constantemente,  músicos, cantantes, compositores; a veces sin decirnos si saben leer y escribir sabemos que interpretan partituras musicales; la música es también en estos cuentos un punto en el que pueden coincidir blancos y negros, un punto de distensión, como en ceremonias religiosas y en carnaval, con el saxofón  como instrumento común en las dos identidades.

Para Milesio, por ejemplo, el personaje “de piel casi negra” del cuento de José Félix Fuenmayor; “tocar música suave calma el dolor”. El negro a quien visita Nabo, en el cuento de García Márquez, tocaba el saxófono en una banda (García Márquez, 1997, p. 85).  Nicomedes —nos dice el narrador de “Réquiem para un violín solo”, de Lenito Robinson-Benton—, descendiente en línea directa de esclavos africanos, era violinista de playa y fiesta”.

Sabemos que a José Raquel, personaje de “Estas frases de amor que se repiten tanto”, de Roberto Burgos Cantor, cuento de 1981, algunos le traían cuadernos de música y ron de las Antillas y que,  cuando murió,  no se supo si en la cárcel tocara el saxofón (Burgos Cantor).  El sueño del negro boxeador de “En esta noche de siempre”,  también de Burgos Cantor, es el de “ser como ese negro parecido a nosotros, Nat King Cole que andaba por las emisoras con su “Adelita” y esa  “Noche de ronda” (Burgos Cantor, en Pachón, 1985, p. 27). Suponemos que en la banda de música que tocó tres días en “Los funerales de la Mamá Grande”, hubo varios negros. También en García Márquez, tenemos el único personaje blanco que toca saxofón en los relatos que hemos estudiado, La Nena Daconte (“El rastro de tu sangre en la nieve”).

La religión y el carnaval son dos universos en los que negros y blancos se confunden, coinciden,  aparecen en los mismos niveles. “Aleluya, aleluya —nos dicen que gritan unos feligreses en el cuento de Manuel Zapata Olivella,  “Un extraño bajo mi piel” de 1967—. Los tambores electrizaban el ritmo” —continúa el narrador—.  “No había uno solo de los feligreses, blancos y negros, que no bailaran al son del jazz. El reverendo, en su túnica azul, decía en la prédica: Dios no es ni blanco ni negro porque no tiene piel”.  Elder, cansado de lo que llama esa monserga, exclama: “Estoy harto de ser negro.” (Zapata Olivella, 1967, p. 60)

En el cuento de Rafael Canela, “Carmona”, de 1983, se relata esta simbiosis que se produce también en carnaval, en este caso, en un pueblo del Caribe colombiano. “Ya desfilaron las multitudinarias farotas y chimilas —leemos aquí—. El gurrufero pasó estornudando estrepitosamente, sonando su «vejiga» y repartiendo latigazos con su largo perrero. Blancos tiznados y negros emblanquecidos de albayalde. Y todos al principio untados de alcohol y, después, sumergidos en estruendos de ron.” (Caneva, 1983, p. 67)

Un tercer grupo de  situaciones, valores, asociaciones  que se pondera positivamente en los cuentos está relacionado  con el carácter, el arte de vivir de negros y negras, relatado sobre todo en los cuentos publicados a  partir de los años 80. Los negros de estos relatos son, en la mayoría de casos, grandes trabajadores, pacíficos, leales familiarmente.

Del negro del cuento de García Márquez, “En este pueblo no hay ladrones”, y después de que lo llevaron por la plaza, las muñecas amarradas a la espalda con una soga tirada por un agente de la policía, el narrador nos dice que “esquivaba las miradas de la multitud con una dignidad pasiva” (p. 151). En Ebenecer, personaje del cuento de Guillermo Tedio, “No han visto el mar mis ojos”, aquella humanidad de dos metros de altura “se escondía el hombre más pacífico del mundo” (Tedio, 1984, p. 48). El que puede ser el personaje presentado con valores considerados positivos en mayor abundancia en los cuentos que hemos estudiado puede ser José Raquel, del autor Burgos Cantor: generoso, solidario, leído. “Es un burro para el trabajo —leemos en este cuento— y si hay que reemplazar a alguien allí está” (“Estas frases de amor que se repiten tanto”, p. 34). Sabemos que en el personaje del cuento de Pedro Badrán, Joe Domínguez, quien asciende económicamente después de viajar a los Estados Unidos, “la única debilidad de su vida era su familia.” (Badrán, en Mercado y Montes, 2003)  

4. ¿Énfasis literario, ascenso económico, asunción de identidad de raza?

En Roberto Burgos Cantor, Pedro Badrán, Leopoldo Berdella, Fanny Buitrago, Lenito Robinson–Bent, encontramos las mayores focalizaciones en personajes negros, sobre todo relacionadas con el boxeo, la dirigencia sindical y el ascenso desde la marginalidad. Aquí aparecen ya con voces de narradores.

El ascenso económico o enriquecimiento de un personaje como Joe Domínguez, en el cuento publicado en 2003, se da a la par de un aumento de la “presencia textual” de los negros que “irrumpe” en los cuentos publicados por Burgos Cantor en 1981. Curiosamente, el mágico Joe es el único de los personajes encontrados que según se dice en el relato, trata de blanquearse en Los Ángeles,  ponerse ojos verdes en Alemania e intentar que una negra fuera representante de Colombia en Miss Universo. Pero,  a pesar de toda la plata del mundo, Joe Domínguez, según el narrador, negro también, seguirá siendo negro: el  papá de María Clara, su blanco amor frustrado, al final le volvió a decir  “que era un negro hijueputa.” (p. 473)

Los personajes indios son escasos en el corpus de cuentos referenciados, ninguno aparece como narrador, están ahí, a veces como punto de referencia de los personajes negros para denominar valores negativos, en la mayor parte  de los casos como seres instrumentalizados, con prácticas consideradas fetichistas, talanqueras de una considerada civilización.

Cuando el negro califica al blanco lo tilda de melindroso, farto, afeminado.  Pero, así mismo, ambas identidades aparecen cruzadas por valores considerados como negativos, como la ambición, la vanidad, los celos (M. M. Madiedo), la inseguridad, el machismo, la venganza (Burgos Cantor), “ser todos unos  hijueputas”  (Pedro Badrán).

5. Sentidos, problemáticas, tareas

La forma como aparecen las identidades de raza en la cuentística del Caribe colombiano muestra un universo de discriminación racial que coincide con una enorme inequidad económico-social. Esta discriminación recoge, se habrá visto, ideologemas transmitidos desde Europa, desde la colonia, desde el catolicismo, en un orden social que se autocalifica en los cuentos como medieval, esclavista y al filo expreso de la barbarie y la civilización, próximo, más, decimos nosotros, al estado de naturaleza hobbsiano que al de una democracia participativa postmoderna.  Zapata Olivella, en sus cuetos del 60; Burgos Cantor, con su “centramiento” en lo negro desde el 81, prefigurarían, desde los 80, el papel  protagónico que la Constitución del 91, en reconocimiento,  en teoría, legalmente, consagra al país como multiétnico y multilingüe, lo que ve crecer en protagonismos, narradores y personajes, lo negro, lo indígena, lo étnico. Tal “centramiento” no  se ve aún en el caso del indio.

Más allá del desempeño discriminado con el que aparece el negro,  llama la atención el papel de alter ego realizado o idealizado  que cumple, que satisface para el hombre blanco o criollo o mestizo: el negro aparece como el semental potente, el hombre sin edad, con quien las mujeres (sobre todo blancas) regresan a un origen ancestral de satisfacción sensual, sexual y afectivo; de reconocimiento como persona y de alcance logrado de un tiempo sin tiempo que se anhela. El negro aquí, en términos freudianos, realiza el “sueño despierto” de los blancos, pero, quizás, también, de todo ser humano.

Literariamente, de una manera general, se trata de cuentos “canónicos”, que incluyen a veces fonetismos regionales, a menudo con pasajes de efectiva elaboración poética,  en la línea de los considerados grandes maestros, según los casos, como Maupassant, Quiroga,  Borges, Rulfo, Faulkner. Un caso fuera de lo común, por el grado notable de experimentación lograda con diversos tipos de textos que fusionan  teatro y cuento, cine y relato, guión cinematográfico y narración, lo constituye la obra cuentística de Álvaro Cepeda Samudio. También es destacable, desde este punto de vista, la irrupción en varios autores de un tipo de texto que fusiona narración de un combate de boxeo con diálogos de entrenador y boxeador y monólogos de personajes, como en el caso de autores como Burgos Cantor y Leopoldo Berdella.

Las anteriores descripciones, significados y sentidos reposan sobre ciertas problemáticas relacionadas con la función que les estamos atribuyendo a estos textos literarios. Estamos leyendo los textos como si sus narradores, personajes y focalizadores fueran seres de carne y hueso y no “seres de ficción”, “seres de papel”, “actores y actantes”,  lo que puede plantear una problemática de tipo epistemológico a los sentidos encontrados aquí. Además, lo que hemos llamado aquí cuentos pueden ser considerados, según otros  criterios,  como una noveleta, o novela corta o crónica que fusiona varios tipos de textos. Así mismo, hemos atribuido marcas ideológicas a los autores implícitos o enunciadores de los relatos, lo que plantea la problemática de la dicotomía entre los que se vive o piensa y lo que se escribe o relata, a lo que debemos agregar la dificultad de establecer los tonos de denuncia o aceptación o complacencia frente a lo relatado cuando se recurre, como en la cuentística estudiada, tan frecuentemente a la ironía, al humor, a lo burlesco.

Pero más allá de esta problemática, parece que la lectura de estas ficciones literarias puede arrojar luces, cuestionamientos y tareas. El establecimiento de constantes, giros y sentidos puede contribuir, parece, a (auto) identificarnos como miembros de una raza o etnia o cultura. Esto puede llevar al afianzamiento, cuestionamiento, volcamiento de los valores que voluntaria o involuntariamente reproducimos.   Y de ahí surge la necesidad de trabajar por un territorio —no sin conflictos, lo que parece imposible en la convivencia humana—  sin ignominiosas discriminaciones, sin abismales jerarquías, con la meta de una “equidad diferenciada”.

El autor:

Docente adscrito a la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad del Atlántico y al Instituto de Estudios Superiores en Educación de la Universidad del Norte. Es miembro de  los grupos de investigación “GILKARÍ” (categoría A) y  “Lenguaje y Educación” (categoría A); Magíster en letras de la Universidad de Paris III y Magíster en Filosofía de la Universidad del Valle. Ha publicado, solo o en co-autoría, entre otros: Comprensión y competencia lectora en estudiantes universitarios, Humano amor Humana circunstancia,  “De lo caribe en la cuentística del caribe colombiano: ¿Rasgos de identidad?”, “De la tension entre mondialisation et cultures regionales”, “El ensayo como forma en T. W. Adorno”, “Argumentación, escuela y ciudadanía”, “Globalización e identidad en el Caribe”.    

Bibliografía:

Burgos Cantor, R. “Esta noche de siempre”, en: E. Pachón (1985). El cuento colombiano contemporáneo. v. III. Generación 1970. Bogotá: Plaza & Janés.

Badrán, P. “El mágico Joe Domínguez”, en: J. Mercado y R. Montes, comp. (2003). Antología del cuento caribeño. Santa Marta: Universidad del Magdalena.

Bonilla, A. “El negrito de la ventana”, en: Obra literaria: Narrativa. Cuentos impresionantes (1981). Bogotá: Biblioteca Banco Popular.

Buitrago, F. (1976). Bahía sonora. Bogotá: Instituto de Cultura, 1976.

Burgos Cantor, R. (1985). Lo amador y otros cuentos. Bogotá: Editorial Oveja Negra, No. 23.

Caneva, R. (1983). Monopolio de ataúdes y otros cuentos. Ciénaga: Ediciones Mediodía.

Espinosa, G. (1998). Cuentos  completos. Bogotá: Arango Editores.

García Márquez, G.  (1997). Cuentos. 1947-1992. Bogotá: Norma.

Henríquez, G. “Historia de un piano de cola (Cuento cachaco)”. En: R. Jiménez, comp. (1988). Cuentos del Magdalena. Antología. Santa Marta: Instituto de Cultura del Magdalena.

Madiedo, M. “El boga del Magdalena”, en: H. Luque, comp. (1976) Narradores colombianos del siglo XIX. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura.

Moreno, M. (2001). Cuentos completos. Bogotá: Norma.

Ramírez, C., comp. (2001). La aldea invisible. Ciénaga: Casa de Cultura de Ciénaga. 

Socarrás, J. (1961). Viento de trópico. Bogotá: Ediciones Antares.

Tedio, G.  (1984). También la oscuridad tiene su sombra. Barranquilla: Ediciones El Gallo Capón.

Zapata  Olivella, M.  (1967). ¿Quién dio el fusil a Oswald? Bogotá: Ediciones Revista Colombiana.
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©   Alfonso Rodríguez manzano

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VII - NÚMERO 27