1972-2002:
Treina años de poesía
en la vida de José Luis hereyra
(PARTE I)

José Luis Hereyra
jlhereyra@hotmail.com


ORACIÓN DE UN POETA

Dame, noche, tu silencio
para que mis palabras nunca se derramen,
para que no afloren inútiles,
sé tú mis años
y tus estrellas mis días.

Dame, río que naces de las nieves
y que siembras la vida,
tu transparencia primitiva,
tu poder vital,
tu más grande turbulencia,
para romper el sueño
de aquéllos que impiden que del agua
fluyan ondulantes
las sonrisas de los niños, las flores
y los cervatillos.

Inclíname, viento. 
Que mi voz y mi espalda se confundan
para que toda víctima del sufrimiento
pase por el puente de mi canto
hacia la vida.

Sol, caliéntame la sangre
hasta que mis ojos sean tú mismo:
quiero germinar el maíz, toda la primavera
de entre los ojos fríos.

Piedra perdida,
amenázame siempre
con tu olvido:
no quiero cambiar jamás
mi puesto de hombre,
razón total
por la que reparto a manos llenas
mi vida.

¡Mar, mar insondable!,
soporta mi canto,
serena mis anhelos,
calma con tu inmensidad
mi corazón ardiente,
dame tus peces,
que alimenten a través de mis palabras,
y la ola furiosa
para ahogar y desaparecer
a los mensajeros de la muerte.

Fuerza eterna
que yo no comprendo,
no me abandones nunca.

Lleva en tus cavidades de madre mi canto.

Lléname con tu amor,
nutre mis palabras para todos los hombres.

Danos a todos la fuerza para vivir en paz.


CANTO UNO

Hoy vengo a hablar, a cantar.
A estremecer con mi alma las almas de piedra.
Y también a los hombres que tienen en la vida
largas huellas, como dejadas en la arena.

Les hablo a los hombres que sondean las estrellas.
A los que nacieron sin las esperanzas.
A los que se rompen el cielo de adentro
con el tiempo todo, y sin tiempo alguno.

No busques en esto sabias decisiones:
no es voz de profeta, es de hombre cualquiera.
Los ojos de lejos, el cuerpo sediento.

Yo soy un perdido: mi único silencio ha sido el amor.
Mi único tesoro ha sido el hombre mismo.
Mi única tristeza, la tristeza toda.

Grito siempre al viento, canto a las almas libres.
A los que dejaron el miedo olvidado.
Enredado, tal vez, en un árbol del camino.

A los que tropiezan la tierra sembrando la vida.
A los llamados por todos los misterios.
A los que conocen el dolor de adentro
y enamoran con los ojos planetas lejanos.

A los que no se satisfacen nunca, ni tienen precio alguno.
A los que soportan la mentira, pues la conocen de siglos.
Y después del presente, de espinas o de nubes,
cabalgan el tiempo y no desaparecen nunca.

Pregúntale al poeta si compra la tierra, si trafica el aire.
Si mide con dinero las fuerzas del hombre.
Pregúntale, acaso, si el placer alcanza.
Si el agua podrida y los senos marchitos.
Si las mil mujeres que bailan el camino, y todas las luces
extrañas que el hombre derrama por evitar estrellas.

Pregunta por todas las bocas que ya se cerraron.
Por la angustia olvidada y la estrechez de las calles.
Y pregunta por la vida. Y suelta a tu alma.

Yo no busco a Dios.
Ni a aquél que otros ven como energía.
Ni al fuego que se lleva el aire.
Ni al que cierra el corazón y hace olvidar al otro hombre.
Yo no busco a nadie para echar las cartas de este lado.
Ni para rellenar antiguas cobardías.
Ni para asegurar descanso eterno.

No me interesa abrir la puerta, que ya noches llevo.
Por ahora sé del silencio de las flores.
Huelo el aire lavado por las noches. Me entierro
contra mil mujeres. Construyo en el vacío las palabras
que ahora te llegan a los ojos e interrogan a tu alma.

Yo no puedo alejarme de mi propia raza.
Del olor mojado de toda esta miseria.
Quiero que aquí se mire, con mirada del hombre entero,
el diálogo de la tierra con la lluvia, con el cielo.

No quiero ver al hombre de esta tierra
engañado por cruces y espejos.
“¡Para que sea feliz!”, los otros argumentan.
“¡Para ponerles sobre el taparrabos
un tapa-taparrabos!”, traduce el poeta.

¡No sean vanos!

¿Quién no necesitó cosas, cosas y más cosas?
¿Quién supo desde siempre las noches, el viento,
las luces, los pájaros perdidos?
¿Quién ha dado a su mujer un puñado de aire
y la luna temblorosa bañada entre los árboles?

Pero éstos son los que han sido perseguidos.
Los que han visto más lejos aún de los venenos del progreso.
La sabiduría es la vida misma.
Es un río que corre manoseando a las raíces.
Es el lucero a quien tantas veces le has pedido tres deseos.

Habrá quien desmienta con una sonrisa mis palabras.
Pero sus ojos no alcanzarán para su miedo nunca.
Ni para mirarme entero.

Si estas palabras te confunden, no me preguntes nada.
¿Dónde has estado? ¿Por qué patios cerrados anduviste?

Estas son  palabras de poeta
y son palabras que no las compra nadie.

Huelen a libertad: son fuego y son tristeza.

Algún día el hombre dejará de pisar
para contemplar el cielo diferente.

Verá a la mujer con esperanza.
Sin el tiquete de precio acostumbrado.

Buscará al hijo perdido en su vientre
desde antes de la historia.
Y no temerá a los caminos.

Cosidas las sombras de las manos.
Rellena la vida de poesía.
Buscará la música del fondo de los ríos.
De abajo de los árboles tranquilos.
Y murmurará poemas de brea entre el concreto
de la calle que transita y su amante oculto: el suelo.

¿Quién te borra, Sol, ni con las manos,
ni con los rebaños de destinos vomitados de la nada?

Esta es la voz de un poeta.
Es el dolor trepado de adentro del hombre.
Es el amor por la vida.
Es el amor por el mar y los otoños.
Por lo que está más allá de las luces azules
o de la descomposición de la materia.

¿A quién canto ahora sino a la vida, a la vida intensa?
A ese bulto de misterios que se ilumina a veces
y que me inunda el alma mientras miro,
con ojos pensativos, al hombre que camina.


COLUMNA DE SANGRE

la gran columna de sangre   
larga y sostenida
genética espiritual
de hombre a hombre
dentro de la mujer
hacia la vida

la gran columna de sangre
todo mi pueblo
todo mi hermoso pueblo
mi gran total definitivo pueblo
que me dio esta voz
con la que vivo
la indestructible cadena de hombres
habitantes del huracán
y de los montes
–impenetrables–

la gran selva –mato grosso– quebrantada  
los gigantescos pulmones verdes de la tierra heridos
heridos por asfalto
la gran industria que se alimenta
de sangre de hombres
nuestros
y de los destinados a morir
los amantes del dinero
los que no comprenden ni una cicatriz
del cielo
los que han proliferado genocidios
rupturas de sí ante dioses de papel
los comedores catastróficos de ecologías
los últimos bastardos
destinados a los horribles gérmenes
que originan sus descuidadas y ciegas conquistas
de un día y tres dólares

los que han pretendido ensuciar
al verde transparente eterno océano
que les vomitará los desperdicios
en el alma
si la tienen
grandes charlatanes de teologías
los hijos
pero que pagarán la afrenta vil contra la vida
contra la dignidad del hombre
hombre que nace nace nace siempre
hombre que se repite en el amor
hombre de caricia magnética
para con lo creado:
las noches de sombra de agua y luna
la mujer tendida sin codicia de semen
el beso delicado o salvaje
tu ausencia convertida en este verso
el dolor en el pecho viril ante la injusticia diaria:

niños que he visto morir de hambre
óyelo bien
de un hambre roedora de intestinos
secadora de ojos
hambre que nace diariamente
de la codicia maldita
de la codicia maldita
de la codicia maldita  
hambre que es ácido al espíritu de los hombres
hambre que en mí es la fuerza con la que ahora escribo

en esta gran tierra
desde el país austral
al hielo norte
estrella bailarina
de cintura delgada entre los mares
densa de historia fresca
y palpitante

los malditos corrompidos
víctimas al norte
de las enormes producciones
se alejaron de las plantas
envenenaron ríos
secaron los ojos de los peces
el amor por el dinero
en mi gran tierra
de nevados que hunden
en las nubes
su mirada blanca
del cóndor sereno y poderoso
del musculoso y ronco jaguar
la tierra
de la implacable anaconda
la tierra
de los ríos más pesados
cruzada hasta abajo
por montes y montañas

mi tierra de la mujer caliente y ancha
paridora de hijos que rescatarán el canto perdido
entre el humo
paridora nacedora de hijos
ante los cuales morirán de vergüenza los malvados

no hay ley que indique muerte ante los ojos del hombre

el hombre tiene en el futuro
lo que tiene en el pecho
cuando a mirar empieza

nosotros los hombres totales de esta tierra
miramos de frente a la vida
lucharemos
caeremos muchos
hasta que todo dolor sea ahogado
en nuestra sangre espesa

habrá humo de carne de hombre pero limpiaremos esta tierra
sembraremos la vida doblemente:
la ley del hombre y de la tierra es la vida

nacerá el hombre final
abriendo los ojos
separando escombros con los brazos
de los escombros humeantes nacerá
el hombre nuevo y final:
delicado monumento a la especie
río fornido de ternura al semejante
sereno pensamiento de mental montaña

en el sueño el sonido duro
de los bisontes maltratados
y de los hombres que sembraron el maíz
y festejaron caminos de piedra
y midieron al sol sin los relojes japan-swiss-made
y cantaron al viento
que bendecía al cielo azul a los hijos y a sus mujeres

en el sueño los traeremos
a que nos den con su recuerdo
su presencia en nuestra sangre
que ahora es dolor hambre y miseria

nosotros crearemos la justicia y repartiremos
a la tierra entera este saludo
yo lo digo con mi sangre y contra el tiempo
yo lo afirmo contra los cobardes
con un profundo amor
por la verdad humana

he sido templado en el dolor
para iluminar la libertad


CANCIÓN DEL DÍA Y DE LA NOCHE

Hay un abismo de tiempo,
un olor de lava murmurando fuego
ante tus pies de barro vivo,
trémulos, tibios, traviesos.

Caída del hombre:
hundirse, hundirse
en un surtidor de infinito.

Bestia muda, enorme, abierta de piernas.
Carne anhelante de palpitaciones.

¿Dónde irás, ahora, a dormir tu tristeza?
¿Dónde sembrar esta materia calcinante
que nos devora el alma?

Los trillones de estrellas de la noche
duermen sobre tu angustia náufraga.

Has derrotado los incesantes y lentos
elefantes rojos de la tarde
mientras los tempestuosos caballos
de mi pensamiento
desangraban a cascos
el crepúsculo
de tu vientre destinado a piedra,
a nube.

En un momento apareciste.

Escamas de metal rosado pregonaban
tu eternidad de días.
Siniestras luces hacían de tu rostro
juego de ángulos en desventaja.

Y la leche prematura te invadía.
Y las palabras falsas eran enredaderas
entre tus pezones y tus ojos.

Y la luna de mis dientes condenaba tu futuro.
Y la profundidad de mis dedos
conducía, húmedos, tus labios
al océano del cansancio.

Yo mismo devoraba, monstruo infatigable, a mis propios sueños.

Quedaron las ciudades, los hombres, derruídos.
Se selló el fin de la esperanza.

Pero si te hundiste en el último rumor
de mi sangre
fue para amanecer, clara, en mis palabras.

Lejanos sonidos de puerto humedecido.
Hondos quejidos humanos cincelando
mi destino,
después que tu ausencia me dejó
sin dios y sin sentido.

Me descubrí doblado sobre las arenas
mientras mujeres de vientre duro y caderas de montaña
devoraban en mi pecho los últimos pájaros del cielo.

Llegué hasta el borde de la noche
a caer de bruces en el día.

Me acechaba un silencio más hondo
que las flores destruidas:
majestuoso, solitario, eterno.

Tal vez descifraba ya un dolor absurdo.

Vi mandíbulas mecánicas desgarrando al hombre.
Y las mandíbulas mecánicas eran construcción del hombre.

Vi cráteres vomitando mares,
devorando extensas y terribles ciudades.

Vi candentes selvas asfixiadas:
un humo negro, lánguido, pesado,
inutilizaba poros.

Y el cráter era la voz de la tierra.
Y el humo, la inconcebible respiración de algunos hombres.

Vi a la historia del hombre
avanzar enceguecida
a recobrar la inocencia mineral,
vegetal, animal, cósmica:
laberintos de metal conduciendo
a jardines
que se extendían más allá
de las estrellas.

Vi infinitas visiones que diluyeron
mis ojos 
y oscurecieron el resplandor
de mi alma:
ácido fueron a mi fe terrenal, ya temblorosa.

En muchos hombres los sueños eran bisontes
sedientos
y pumas agotados.

Sólo permanecía el único e interminable dolor
de ser hombre:
una tempestad, un punto.

Buscaba aún el olor a pan de tu sexo,
los peces de tus pies,
y el quejido de tu boca ido para siempre,
cuando el duro vacío me invadía
y el mundo caía a pedazos
en mi noche.


ENTRE LA SANGRE Y EL DESTINO

El tiempo doblando tus puertas,
doblegando el grito que nunca reventó
de tu garganta,
el tiempo amándote con lengua de felino
las caderas,
los flancos dolidos y prostituidos de tu rumbo.

Humanidad, mujer desaforada y triste,
ciega del desamor oscuro.
No sé en qué oscuras callejuelas perdiste la seda
de tus hombros.
No sé ni para qué tantas palabras.
No sé si ideales y cascadas al vacío.
No sé si ojos solitarios también sangrando en el espacio.

A veces estoy tan lejos, y a veces tan adentro.
Invento, por supuesto, las distancias.

Soy el duro buscador
que olvidó la flor marchita
entre el hombre y el misterio.

Por sólo ver a cada grano de tierra vibrar,
estremecer de amor,
subir por los tubos verdes de las plantas
hasta la carne de los animales,
todas las sustancias vitales siguiendo la ruta
del hombre hacia el Hombre,
daría este silencio
que presiento fugarse
de entre las piernas
de la desesperanza.

Yo no quiero de ti nada.
Yo conozco el origen de este poema
en la enfermedad del ser humano.

He cambiado cuchilladas en el rostro
por piel de mares dormidos.

Antes de mí,
enormes hombres entregaron los pies
y las manos y la frente al metal hambriento,
y suavizaron las selvas y las rocas afiladas
de la mente
para construir senderos.

Uno mismo nace, y muere si quiere.

Tengo en mí la dulce claridad de las mañanas.
Me bastan el sol y los pulmones.

Me dieron el mar profundo
y el dolor de los ojos abiertos
socavando el útero
en donde se revuelven, pasajeras, las nubes.

En mí mismo me basto y me detengo.

Pero siento las manos de la tristeza
desgarrándome en la penumbra
las inciertas mariposas del alma.

Los diente del animal que nos acompaña
desde el primer temblor
en mí son sangrientos puñales de dental metal
al rojo vivo
en el humo primigenio de mi sangre.

Mas no es por mí, mi dolor.

La vida es mujer caliente, dormida en mis pasiones.

Es porque no hemos destinado
los dados del destino
al único Uno del Amor.

Es porque no hemos destinado
los dados del destino
al único Uno del Amor.


PRINCIPIO

Me iré siempre cantando.
Hecho de borrascas, de sangre y de palpitaciones eternas.

No me nutro nunca de otra voz
sino de la respiración del universo.

Seré juzgado de alguna manera descuidada.

Porque olvidarán en este correr despeñado
que es mi vida
la salida del sol, las leches humeantes
por donde yo, hecho de fuego, he caminado.

Las sonrisas que he convertido en arena preñada.
Las hondas y salvajes praderas que he abierto con mi canto.

Nunca temí a nada.
Ni a mí mismo.

Odié sobre todos los ojos, los ojos escondidos
que se abren a veces para engendrar dolores.

Soy hijo de la soledad.
De esta vida que no me alcanza nunca.

No creo sino en el hombre.
Y en la mujer que se abre
como flor de fuego
para engendrar más hombres.


GARRINCHA

Migratorio de este espacio,
desperdigador de descendencia,
agotador de estaciones hechas aro de fuego encendido
a traspasar por tus gambetas.
Prestidigitador de grama en cielo.
Payaso doloroso, jubiloso,
que te atreviste a atreverte,
mutando constante de cuero esfera
en magia irrepetible.
Arte sangre de un balón
que por ti hizo de un pueblo la alegría.
Dejaste la grandeza de revistas
a los mercaderes que se portan bien
y son cacarear ejemplo a la juventud.
La increíblemente santa inquisición del no atreverse a amar
le disputó tu felácica cabeza
al hondo lago de la cabaretera.
Pájaro de pobres, Garrincha, del suelo fumigador tres cuartas.
Cintura rota al otro fue el secreto, y no supiste,
de tanto engañar a los demás, dónde tú estabas.
Un oscuro instinto en ti delimitaba el juego a juego.
Eras un ansia que no se soluciona, una rodilla hinchada,
anestesiada, cuando querían que fueras circo de rombos
en la rectangular llanura
que es callejón centrado en cueva red.
Dios por noventa metros limitado,
mismo muchachito que herías con tu hambre
el hambriento firmamento de Pau Grande.
Después vino la gloria, y no sabías contar.
Dicen que a la mujer el hombre come el vientre,
mas el tuyo
en tormenta de caderas y embrujo
bien comido fue.
Cómplice de ella, mientras en ella licuabas el olvido.
Ni aún siendo fuiste más que el pájaro que birla,
al ser mañana, en los demás la tarde.
Nadie jamás pudo pararte.
Fuiste el más profundo dolor de comprender
la jaula que desde que nacemos nos rodea
y que se abre como neblina en la muerte.
Barco herido, de torcidas piernas,
por los pólipos de la desgracia
imperfectas curvas paralelas.
Violaciones dos de carne samba en geometría.
De allí tu dinámica magia
de un ajedrez de sólo alfiles,
continuidad de caídas enemigas a tu paso.
Porque fuiste aserradero de cinturas,
luego a ras de suelo impotencia de miradas.
Al quedar solo duplicaste en brujo, y las favelas,
con su encendido corazón de iluminada vela,
murmuraban tu nombre, Manoel.
La tierra no supo ser tan larga como tu tristeza.
Sería inconsecuente, por lo tanto, deportar de ti
la sola soledad que te talló cuando nos tallan;
exacto puente de abismo de carne y caderas
que en ella fue de primitivo amor presente ser.
La grandeza, en una incierta escala,
brumosa colina, niebla inexistente es.
Pero tu pueblo, desde antes de tu ausencia vela.
Cuando antes del morir
eras la olvidada garganta por el licor quemada,
sabías que nada toca al hombre,
al inevitable ser de su ser;
menos a un fulgor que fue hombre,
gambeta,
sudor que como todos pasa y sin sol seca,
arte sin querer.
Del estadio de la muerte finta
de mediodía sin anochecer.
Del estadio de la muerte finta
de mediodía sin anochecer,
Garrincha.


PRADERA DE CADERAS

Caderona tú, donde no es posible la cesárea.
Amplitud tú, que conviertes ochenta kilos de hombre
en frágil indefensión acurrucada.

Al aprisionarme, voy creciéndote por dentro
como un sol palpitante al que no le alcanza
tu húmedo, callado, interno, cóncavo horizonte.

Te gusta tu inventor de íntimas cosmologías.

Tienes las caderas de mi abuela Julia.
Tienes su estatura.
Tienes la cascada de indio pelo
amenazando tu monumental pradera de caderas.

Así ella tuvo sus caderas con el par de hoyitos
coronando el fin de su espalda,
donde encallaron sus amores,
donde enceguecieron sus olvidos.

Mi abuela Julia no perdonó a sus hombres:
a todos amarró.
Igual yo, como un perro de la carne eterna,
cambio las estafas celestiales por tu olor.

Pasamos hambre:
mi abuela, mi hermano Gustavo y yo,
después de la orfandad.

Mi noble padre cayó de corazón
contra el piso, hundiendo en su caída
todo nuestro cielo.

Ese amanecer, la desgracia se acercó
a mi cama de once años.

Después en nuestro hogar guitarra rota,
el luto de mi madre, mis desorientadas manos
queriendo ya crecer, bastar, parecerse a las de él.

Mi madre partió también, demasiado pronto
como todo lo que amamos.

Me parecía intuirla detrás del gran escaparate
donde se desnudó siempre para él,
inflamado su vientre operado otrora sano,
ya sin destino de entrega sin él.

El cielo devino llanura sin límites y sin respuesta.

Se me engendró una incurable rebeldía,
aprendí a despreciar aquello
ante lo cual los cobardes se arrodillan.

No pude más temer, a fin de cuentas conocía la muerte.
¿Qué más podría perder?

Mi abuela persistió.
Fue antes, porque el amanecer fue ella:
como una fecha ignorada en el tiempo moreno de su piel.

Profecía que nos traía a nuestras seis de la tarde
de huérfanos los humildes espaghetti con achiote.

Mientras el perro Dog ladraba a los carros vespertinos
como un fantasma de pelo, ladrido y garrapatas.

Yo fui llevado hacia el frío, hacia el agua helada de castigo
que me endureció la piel… y el corazón tal vez.

Me robé en venganza el aire de los eucaliptos
y los lagos de páramo por donde salpica color entre gris
la trucha arco iris.

Regresé al salitre, a mi casa donde respiraban
los cocuyos y las salamanquejas, solos además de mí.

Allí fuíste mi más mío milagro que hoy aquí perdura.
Tu dulce inocencia ida, tus pétalos de fuego nuevo
tras el ventarrón que huyó después de ti.

Fue que tuve miedo de tus senos ya no virginales,
mas tus pezones crecieron hasta ajustarse a la boca
del hombre que hoy soy yo.

La fatal fortuna nos sabría secretos vectores
que interceptarían el asombro,
cinco años de creído olvido
y el combate de la luz de cuatro con un árbol en tu rostro.

Ahora es tan posible tu cuerpo,
que mis pulmones te miden a punta de aliento.

Yo, tan indefenso;
espejo del primer hombre y los demás.

Insaciable rastreador de la carne cielo de tus nalgas.


MEMORIA NO INICIAL

La mujer, una de esas reinas sin otra corona
que un marido elemental y taciturno: alguna dolencia
mental, tres familiares desaparecidos, quién sabe,
el peso de los años, hijos varones, más de dos, creciendo.

Era una tarde; el mar golpeaba las piedras.
El lugar era muy solo. Como inaccesible a la ciudad.
Era la muralla. Ya con un temblor de frío.
Miraron: los troncos de diversos tamaños: húmedos,
reposando sobre la húmeda arena.

El hombre recordó una serpiente marina, babosa, oscura.
Se había hundido en el agua deslizándose.
A lo lejos, adivinándose a voluntad, el puerto.
Manchas de aceite. El presentido bailoteo, enhebrarse
en el agua de los tiburones. Delfines.
Alguien los había visto saltando.
El hombre creyó verlos un día.
Lo contó orgulloso. Quizá exageró detalles.

En esas casas silenciosas sepultadas por la fina arena…
¿Recuerdas? Se la comieron los perros. Una historia.
Una ciudad desaparece llevándose su gente.
Cronistas de un tiempo que ya jamás regresa.
Se perdió un tren, se fueron las fiestas. Si regresan
serán reencarnación de fantasmas ya olvidados.
Comedia sin sentido.

La mujer temblaba. Se imponía una fuga, un escape.
¿A dónde? Parecía brotar cariño.
De la mano, su piel sonrosada, sus ojos claros, su lunar…
Una puerta; al fondo, una cama que recordaba parejas.
El consabido calentamiento. La tarde derramándose.
Con la luz fugitiva se agudizaban los chillidos de las gaviotas.
El hombre sudoroso, pálido; sobra decir “despeinado”.
La ingle enjabonada. La miró a los ojos.
Vio los senos que se marchitaban. Medio él dentro de ella.
Más de media vida comunicada sangre a sangre.
Ósmosis vaginal.

La imaginó dando explicaciones. O sufriendo un atroz silencio.
El sacerdote le había preguntado –el sacerdote
buscado por la familia–: “¿Cómo lo hacen?”
Ella había respondido: “¡Fabuloso!”,
soñándose como la heroína de Flaubert.
Algunas lágrimas en sus ojos claros.
Y el sacerdote la había mirado con calor.
Ella sentía cómo sufría bajo su vestido de preceptos morales,
su cuello duro. Esos mensajes de la sangre. La mortificación de la carne.

Ella se había sentido feliz: había demostrado que todos
buscaban lo mismo, bajo muchos rostros y justificaciones. Eso.
Que no podían culparla: sabiendo que ya estaba condenada.
El tiempo que la condenaba. Envejeciendo.
Sus hijos, que con el tiempo llegarían a ser puñales.
Su esposo muriéndose de sangre débil.
Los demás no importaban tanto.
El derecho, los deberes. Rehén de sus indecisiones.

Otra vez la horadaron, muchas veces.
Era un golpetear, un retumbar de caballos.
El sol moría. Sus manos de luz hiriéndose
entre las piedras mientras resbalaban al mar.

Pidieron ron, hielo, limón. Bebieron la bebida helada.
Comieron un pescado blanco, firme, tibio. Desnudos,
los sexos colgando. Ningún futuro, pero la dignidad
de la vida dándoles apoyo. Momentáneamente
lejos de los peligros. Aún desubicados, quién sabe.

Sobre su vientre vio claro que las soluciones
eran esquivas. Sobre esos ojos claros vio sombras.
Se vistieron con alguna caricia cansada, satisfecha.
Se despidieron del cubano dueño del motel, y alcanzaron
en toda su extensión al mar cuando el disco fuego naranja,
imperceptible, se le hundía.

Ella manejaba. Él puso su mano sobre el muslo tibio.
Dejaron atrás el mar. Dejaron atrás la laguna.
Dejaron atrás la tarde. La ciudad despertaba a la noche.
El hombre vio el penetrar de las calles:
laberíntico final de posibilidades indeterminadas.
Nuevo aplazamiento de una partida de peones,
reinas, reyes, torres, alfiles humanos y caballos,
movidos por una mano invisible y sin rostro,
o con infinitos rostros.

La mujer vio el lecho inmenso, frío; el agudo lamento
del viento en los cristales; un hombre envejecido, arrugado,
despreciado queriendo poseerla.
Pensó, tal vez, en la señora Bovary.
Doncellas, ogros, fortalezas. Suspiró.
Puso su mejor sonrisa, su mirada más límpida
cuando entró el vehículo al parqueadero del edificio.
Él, de seguro, ya estaba en su casa, amplia y solitaria:
desnudo entre el rumor de los árboles, bajo la luz oscilante,
contemplando las escoriaciones de sus órganos.


LOS AMANTES

Ella es dulce y tierna; él, usualmente racional.
A veces son crueles, dolorosamente alucinados.

Su amor les quedó pequeño: él se habitó a escrutar
el Universo, a tratar de oír en su silencio.

Han implorado en noches de tormento.
Han bebido amargura cuando su pasión
ha herido seres inocentes.

Insiste en amarla: en ella ama a los demás hombres.
A lo trágico y a lo sublime de la condición humana.

Él ha deseado también otros vientres.
Otros pezones, otros ojos, otras palabras.
Ella, quizás, otros hombres.
Y regresan vacíos, deshechos, ebrios,
buscándose entre la niebla.

Se aman con cuerpo, con ojos, con todo.

Ella ya no sueña. Mira, se estremece, nada más.
Su hermosa piel ya se aja como las hojas en el atardecer.

Él la lame, la huele, la estruja. La hace temblar, le murmura.
Sostiene una lucha secreta contra el tiempo.

Desea rescatarla del olvido.
Le llueve chorros de vida por dentro.
La nutre y se nutre de ella para hacerla eterna.
Se revienta la sangre para permanecer y permanecerla.

A ella misma, a veces, él le parece sin sentido.
Pero ella lo ama, lo ama.
Sabe que es por ella, por todos, aunque no entiende el camino.

Ella no entiende la palabra perdón, porque ella ama.
Ni juramentos, ni promesas, ni triunfos.
Su esperanza es como un ave que se pierde en la tiniebla.

No conciben la muerte. Su tormento es hondo
como el mundo, y viene desde el mundo.

Saben del vino, de los tigres, del agua de la fuente.
Saben del pan, del movimiento, del ajedrez y de la luna.

El ama en ella ese valor temerario
además de su vello y de sus labios.
Sus muslos ansiosos y tiernos, y también su voz.

Han visto las estrellas en sus mutuos rostros.
Las personas los han acosado sin saberlo.

Cada semana juntan sus cuerpos seis horas.
Siete horas. Nueve, cuando están en celo.
Diez u once cuando él está enfermo.
Y ella lo mima y se ríen de esto.

Han visto los árboles desnudarse, florecer.
A la lluvia caer. Se han bañado en la lluvia.

Han visto ciertos hombres robar, matar, destruir.
Ciudades enteras han visto desaparecer en nombre de la justicia.

Él le ha regalado el mar una vez, un cangrejo
rosado disecado al sol, piedras, libros, lágrimas,
canciones. El cielo también.
Ella le ha dado la ternura, las delicias, el agua
y los inmensos frutos de la tierra.

Se conocen por dentro y por fuera.
No ven diferencia entre cuerpo e inmortalidad.
No entienden por qué si Dios existe ha permitido
las guerras, la “ley”, el crimen, la moral.

Saben el lenguaje del corazón humano: han sufrido.
De placeres permanecen sedientos el uno en el otro.

No esperan el fruto de lo que sembraron.

Son proscritos, parias de una sociedad
que esperan ver desnudarse y nacer, humana al fin.

Hay días en que no saben lo que esperan.
Ni si esperan.


VALS DEL HASTÍO

traigo
el corazón
vacío
y los ojos
llenos
de cicatrices

he recostado
mi cabeza
sobre una constelación
a masticar
la espera
de mi muerte

si veinte soles
muriesen
no me importaría

me es indiferente
el curso
de los astros
o cuatro
terroristas
agazapados
entre las piernas
de una catedral
tísica

si me dijeses
que las leyes del dinero
saltaron
hechas pedacitos
mearía
en los fragmentos
como sobre brasas
potencialmente peligrosas
y aspiraría
mi propio humo
de toro uretral
inmolado

si me dieses
el cuerpo más tierno
del mundo
y su olor me hiriese
dentro del pecho
tal vez accedería
a apretarlo
con dedos de alambre

no sé a dónde voy
me declaro
solemnemente
enfermo
del mal
del siglo:
las ganas de luchar
por la justicia
me han abandonado
con vuelo
de pterodáctilo

en la asombrosa
mañana del mundo
antes del tiempo
y de los mares
bebí del fuego
que impide la paz
y muchas veces
la fe

heredero
soy
de los delitos
directos

mi corazón
ha creído
en varias oportunidades
flotar
en el frasco
de culpa
de mi cuerpo

claro
que esta concepción
de la carne
pecadora
afectó más a tres
moralistas
sifilíticos
que a mí


LA ESPERA DE ODÍN

Dios hombre buscando justificación de historia
Negros caballos de la noche
Pensamientos oscuros
Rompiendo a la luna
Hechicera perdida en mil cuerpos de mujeres
El hombre agobiado
Despedazado
Confundido
Hombre en ano
Gigante en las profundidades
Manzanas perfumadas del jardín de la diosa
El mal es una serpiente que acecha
Mientras el tiempo constriñe nuestras arterias
Y devoran nuestro cerebro
Fauces de estrellas
Bocas de tinieblas
Sed de paz
Hostigada por el conocimiento
Guerras traen profundo cansancio
Desamparo
Irracionalidad
Ojos gritando entre las ruinas y los bombardeos
El árbol que une a la tierra con el cielo
Tiene el tronco roto


ZOO

Desenclavado firmemente de una fiera distancia
aspiro a un lugar resguardado del “nos van a ver”.
Instantes. Juegos erigidos a la especie.
Cadencia embellecida en la desgracia.
Ver pasar los días impunemente
viendo claro al final sólo el resbalón hacia la muerte.
Es muy fácil ser juzgado. Soportar a más de tres
imbéciles bailar y escupir sobre la vida de uno.
Se alegran los desgraciados de la desgracia ajena.
Hay momentos en que hay que aguantarse
para no ceder a la utilización de un lenguaje similar.
Uno piensa: “Pon la otra mejilla”. Pero, honestamente,
es casi antinatural hacerlo. Otra posibilidad
es hacerles ejecutar el ciego ballet del olvido.
Mas el intento de olvido se confunde con la cobardía.
Y todos queremos sentirnos valientes. Dos más dos
ya no son cuatro. No es cierto que el espacio
sea una dimensión más. Los leones cohabitan al mediodía
y luego el león se tiende como león en mitad de la llanura.
Una vez la gente se multiplicó frente a la jaula
de los chimpancés; ellos esperaron pacientemente
a que hubiese un número cada vez mayor. Luego el macho
defecó sobre su mano tranquilamente y los bañó de mierda.
Para cuando eso yo estaba viendo los osos. Después vi que
es cierto que las llamas son princesas indígenas prendidas
bajo un oscuro sortilegio. Enriquece tu mente
hasta cuando te olvides de ella. A través de la historia
han quemado a tipos vivos por testarudos. Claro que en los
libros aparecen en el capítulo de lo excelso.
Cuando uno está en la verdad, me imagino, no se da cuenta.
La muerte es el toque final del destino.
Uno termina acostumbrándose a ella.
Como esas parejas que envejecen resignadamente.
Sé alegre, pero que la carcajada no sea encubrimiento
de otra cosa. Oye los ruidos de tu corazón: es un reloj
que marca un tiempo finito.
Confundir al amor con los paisajes o con los estereotipos
previstos conduce a la soledad.
Pero es cotidiano ver parejas jugando a las parejas.
Eso de escoger un destino es un asunto bastante trascendental.
La propia amargura no es aconsejable.
Por la tarde se oyen las risas de los niños.
Los barrios se cambian, se transmutan.
Las ciudades, los países…


RELATO DE LA AUSENCIA

Solo estoy
en medio de la noche.
Como un pájaro que perdió la ruta
a su nido
y no podrá entrar jamás.
Aquí estoy: vigía de soledades.
Hundido mi corazón en cieno
de amargura.
Como una torre abandonada
en un promontorio junto al mar.
Lleno de residuos, de hierba, de recuerdos.
Herido de sal y de sol, de noche y de estrellas,
como un faro abandonado.
De frente al tiempo espero
con ojos ausentes
el desmoronar de mis cimientos.
Soy un lobo que aúlla erizado de frío.
Soy el recuerdo de un naufragio
contado por gaviotas hambrientas.
No siento amor, ni ausencia.
Me siento solo, simplemente.
Como quien regresa, testigo
de la plena destrucción de la tierra
y ha visto morir a sus padres,
a la familia entera
y entra a la casa vacía, y se sienta.
No tengo a nadie, pero tampoco siento
la ausencia de nadie.
Me he roto en mil pedazos
que hoy se reparten mis enemigos.
Ni el día ni la noche me son ajenos.
Son rostros con los que me embriago.
Tengo al mundo por delante
como una caja de mago de donde sacar
sorpresas planeadas.
No sé a dónde fue mi sufrimiento.
Es tan parte de mí, que ni lo siento.


PARTING

Construirás aún tu amor
entre los dedos del placer
deshaciendo la aparente paz de las mañanas
cuando la ausencia se haya convertido en roedor
sobre la piel de tus pasos

Te quitarás los ojos
colgándolos sobre lo cotidiano
para sobrevivir
a los terribles signos
donde la razón naufraga

El árbol no será ya por ti sentido
y lo urbano sólo constituirá un decorado
de ese crepúsculo que siempre te habita

Es posible que la ignorada nave del odio
te haya abandonado lejos
entre los mortales arrecifes del futuro

De tu vientre
cantado
bendecido
persiste absurdo olor de pintura fresca
a las puertas de nuestro hogar en ruinas

Esa selva de tus nervios
donde se ahogaron sueños
quizá aún recuerde la faz
de una armonía nunca lograda
empujándote a una horrible calle
de ojos hambrientos
en una ciudad de vitrinas vacías

Quizá para entonces
el rumor de las palabras
aún arrastre tu orgasmo
como una quebrada afilada
por las piedras del olvido


ABANDONO

Al irte te llevaste el aire
dormido en la sala y anclado por las sillas,
donde navegaba lo que fuimos, sin respirarse, quieto;
como aviso encontrado demasiado tarde
nombrando lo que pudimos ser y nunca fuimos.
Pergamino ajado y en el tiempo ido
de los rostros del amor
que pudimos tener y no tuvimos.
Un día entramos a la sala y nada vimos.
Era otra vez el seco monte, la cabeza rocosa
que emerge del caliche y algún día será caliche,
la rastrera flor de sol del mancatigre
que esconde la espina y acecha los pies ciegos
del camino, el moreno suelo fosforecido de lagartos.
Los que fueron muebles marchitaron
hacia el marrón olvido de pétalos
que alguna vez también fueron capullos.
El piso se encogió, las paredes se acercaron.
Pared se unió a pared y fueron muros.
Todo desapareció contigo.
Me encontrarás al frente de lo que fue la casa,
buscando tu rostro
en  la maleza que suplanta
a las baldosas que fueron romboidales geometrías,
donde aún siento tu cuerpo mecerse en el olvido,
acechando el horizonte que guarda
la posibilidad de aparición de tu silueta
traspasando leve esta puerta que hoy soy yo,
hueso partido y descarnado
en el cuerpo que un día fuimos,
inútil esperanza del vivir.


LORICA

Ya no hubo charcas
para el croar de las ranas.

No hubo finos ramazos
contra el cielo.

La gente crecía.
El puente, más estrecho.

La mujer fue quedándose
más viuda.

Hambriento de vientres,
su hijo
no supo de ella.


TIMELESS

La rosa y el tiempo
son regalo
del universo que aguarda
sin descanso.

La rosa en el tiempo
se marchita;
el tiempo sin rosa
es sólo un paso.


HOMBRE

Planeta
coronado de esperanzas
siempre.

Aún
dentro del misterio
de los
ríos sin fin.

Aún dentro de la ruta
incierta del lucero taciturno
y de las palabras.

Se te van,
se te van de las manos
los sueños
cuando haces de la cueva
de cielo
tu morada;
cuando besas,
cuando amas
y no puedes apretar
el alma
entre tus brazos.

¿Adónde te diriges?

Si te dices árbol
solitario
de la tierra
solitaria.

Si persigues
del aire que te llena
densidad de humo.

¿Quién eres tú, hombre?

¿Por qué
si un día es tu mano
de hermano
para el hombre
como un pan,
como flor en soledad,
como mar lleno...

Después eres
un filo de machete
con los ojos,
con el pecho,
con tu cortante alma.

Para el hombre mismo?
Óyelo bien.

¿Por qué
al mismo hombre
que habita
un cuerpo y unos ojos
semejantes
llamas ‘gente’?

Vives convives
desnudo
como un brazo de agua.

Te pegas
a la puerta de la noche
buscando
los sonidos que tal vez
nadie murmure.

Y si te llenan
después
los ojos de silencio.

Entonces,
arrimas tu alma
de cachorro
al calor más próximo.

O alzas
la mirada
buscando la estrella
de un recuerdo.

Y te vives
respirando el aire
como una travesura.


LAS ESTACIONES

El amigo teje el cuerpo
del amigo con palabras.

Dice verde y le da primavera.

Dice gris / con tonos blancos /
constituyendo sobre los hombros
del amigo las escarchas
del invierno.

El amigo habla del mar
–que arremete una planicie similar,
pero en arena– y sobreviene el desierto.
Como temblorosas,
cálidas e ínfimas unidades
del verano.

Creo que un amigo
sí no sabe pronunciar
el otoño.

La naturaleza entera cae:
en algunas latitudes
las hojas cubren como mejillas temblorosas,
aterciopeladamente, el suelo.

Y los ojos con nostalgia devienen lágrimas.


BALADA DE ESTE FUEGO

Un hombre sin hogar
es el que se queda mirando
extrañado
un desayuno.

Un hombre sin hogar
es el que paga rentas
como un hombre con hogar.

Un hombre sin hogar
descubre cuerpos
después de galopar sobre ellos.
Y logra acordarse
de algún nombre.

Un hombre sin hogar
bendice el azul de todos los cielos
que verá,
porque no necesitan nombres.

Si un hombre, naturalmente
sin hogar, ama
algo o alguien
ese amor es sospechoso.

Porque una de las floridas
cuentas
que en la vida se ejercerá
sobre un hombre sin hogar
es no tener derecho a los puros
colores.

Antes el miedo.

Y ya lo dije: a la sospecha
de los ojos con los que mira
al Universo
un hombre sin hogar.

El hombre sin hogar
se pasará la vida
tratando de ser digno
de los hombres que tienen
hogar.

Hogar viene de llama,
que viene de leño,
que fue puesto, por supuesto,
por las manos
de los hombres con hogar.

El hombre sin hogar
es el único que se consume
en el fuego,
tratando de encontrar
a los hombres que puedan
nombrar
el fuego del hogar.


DANZAS CON LAS QUE SIEMPRE RETORNARÁN LAS ESTACIONES

¿Será que siempre debemos renunciar
a los profundos llamados de la naturaleza,
los que fluyen desde siempre
como un camino palpable y mutuo
entre dos seres?

¿Serán pasajeras las estaciones
formadas de paredes de ecos de trenes
que preguntan por un destino borrado
y luego desaparecido
de la que un día fue parada oficial
de itinerario
en la ruta donde además transitaron
con los pasajeros
el agua de sumadas lluvias,
los vientos inevitables aciagos,
las piedras de las fundaciones humanas
y hasta los ángeles desorientados
inclinados en desvío
por el peso inflamado de sus alas heridas?

¿Será cierto que alguien que nos hiere
todos los instantes,
oficiando en altares de sangre saturnales
atávicos rencores que más parecen ya devenidas traiciones,
deba creerse inocente
porque las evidencias
jamás las mostraré ante nadie?

Porque por cuenta mía no habrá nunca jueces,
ni jurados, ni partes, ni cortes, ni testigos.
Porque de tanto no aceptar acogernos a nadie
ni a nada de todo lo existente
olvidaremos que pudimos ser felices.

No sabemos si pierde el que recuerde al otro,
o si gana quien más pronto olvide.

Sólo un bufón soñaría que levantando su morada
–sus paredes, sus sombras,
sus aguas, sus espejos, sus jardines–
un dios generoso le encimaría la mujer de su vida.

Creada para ser un sólo ser con él
como supuesto corazón del infinito:
creada para susurrarle y abrazarle a él,
por fin,
y a su vez ser por él abrazada y susurrada.

Dueña con él
de los amaneceres que no duran,
de los crepúsculos de sangre,
de los violentos y mutantes antifaces
de colores del cielo
que pueden hacernos olvidar
que un hermoso rostro puede guardar
tras el carnaval inofensivo
el oscuro y hondo abismo.

Algo no me ha dejado dejarte:
una fuerza de arrepentimiento
que mantiene invadido mi solo corazón
se mantiene de tu parte.

Y su voz habla en mí como si hablara de mi ser:
justificando las laceraciones sucesivas,
viéndote siempre dormida e indefensa,
náufraga sacrificada en el altar de mis tormentas,
obligada a navegar el oscuro mar de mi sangre
sin saber por qué, y acaso sin amarme.

Tan leal a mí
como brújula sobornada hacia arrecifes
que harán pedazos nuestro maderamen
quién sabe hasta qué playa
para ser alimento de fuegos ajenos
con los que puedan calentarse
las entrañas los extraños.

Difícil que si todo está en el infinito
puedan nuestros sueños segregarse
hasta favorecernos al soñar
otro tiempo,
otros mares profundos,
otros fértiles valles
u otro cielo
para la esperanza de lo humano
que se nos ha pasado cayendo de las manos.

¿Será que tendremos que renunciar siempre
a los llamados profundos de la vida,
los que fluyen desde siempre
haciendo temblar y muchas veces sufrir
a dos seres?

Los que no necesitan bendiciones falsas
ni templos de hombres para ser Uno en lo sagrado.

Los destinados a una morada de magnificencia
con sus cuatro paredes de luz ancladas
en los cuatro confines.

Los que serán abrigados con la serenidad
del cielo y sus nubes movibles.

Los que recibirán el agua elemental del génesis
para la sed de sus seres amados:
para que –al crecer– todo follaje que siembre
dialogue –más cercano– con el cielo.

Para darle espejos de agua a la noche
de la tierra
donde reflejar
–en medio de tanta oscuridad–
la luz de las estrellas.

Para los escogidos como depositarios finales
del poder del silencio
con el cual cumplir más vida
en el tiempo finito que nos fue otorgado
y así lograr migrar
con alas que se fundirán en la altura
y no dejar ya nunca de estar juntos,
danzando en las danzas
con las que siempre retornarán las estaciones.


VIENTO QUE CORRE DESDE EL SUR SOBREVIVIENTE

En cualquier aula de high school
–no offense–
brotaban sus labios hinchados y rojísimos
anticipando desde la oscuridad
un mother-fucker cargado no de odios
contra nadie
sino de miedos ancestrales
–vestíbulos silábicos de automaldiciones
para recordar o comprobar que estaban vivos–
traducidos en navajas aún pre-púberes
o en bull-dogs 44 de fuego en las oscuras
esquinas de su miseria obligada,
o en sus desesperados asaltos a gasolineras,
o en sus huelgas que más parecían
hit the fucking negro, man
o en sus grandes congregaciones cristianas.

Por esto último, los gospels en sus iglesias
sonaban más como llantos quemados
sobre cruces de fuego
y el soul posterior nadaría en gemidos
que utilizarían los mercaderes.
Les prometerían un despertar sin transición
–desde las putrefactas alcantarillas de Harlem
hasta el esplendor de Beverly Hills–
donde algún día filmarían los gemidos
de las violaciones desgarradas
de sus novias o esposas, de sus madres y de sus hermanas
y les darían a cambio
coches flamantes y mansiones monumentales
y trajes de repugnantes colores
y oro, mucho oro, man,
con el cual, las cacerías de sus cuerpos y las violaciones
de sus novias o esposas, de sus madres y de sus hermanas
sólo serían un sueño olvidado,
olvidado como los capuchones blancos
y las cruces de fuego llameantes y  los gritos desgarrados
y las tres K del Ku Klux Klan
que alguna vez llamearon en la noche
como una pesadilla.

Unos creyeron en la otra mejilla
para  rescatar
junto con el rostro del corazón
en otro cielo
su alma mutilada.

Otros –los Soledad Brothers, por ejemplo–
sabiendo perdido para siempre
el afro amado de Angela Davis,
vieron pudrirse en oscuras y asfixiantes celdas
sus ojos grandes, brillantes y asustados;
sus pieles oscuras sin verse en las tinieblas;
sus sueños cercenados de una inmensa llanura amarilla
entre un norte de desierto y un sur de diamantes.
Es posible que todavía no se hubiese acordado
teológicamente
que los negros también poseen alma.
Pero sus carceleros blancos no perdonaron
sus cantos negros en un infinito negro con dios blanco,
ni su olor fórmico,
ni la cachetada de Jesse Owens a Hitler
en Berlín, en 1936,
ni lo siempre ritual de sus instantes bailados,
ni su menos de 10 segundos
en la prueba reina de los 100 metros planos,
ni que pudieran leer
–y mucho menos orar–
y hasta preñar sus hijas rubias.

Ni que muchos blancos se arrastraban
de noche hacia las barracas
de las plantaciones
–desafiando al sermón reiterativo
de infierno a los fornicadores y adúlteros–
para buscar un safari de vulvas moradas,
babosas, rabiosas, gimientes y calientes
para casi morir entre las palpitaciones
convulsiones y estrangulaciones
de esas vulvas moradas
por dentro más salvajemente rojas.

Quizá sus mujeres de olor fórmico
con sus oscuras y deliciosas nalgonas
atrasaron o desviaron del cielo
a sus verdugos blancos
–ya tan agotados por su propia saña
y más débiles aún bajo ese embrujo caliente–
hacia un purgatorio mulato
que nunca ha llegado al infierno todavía
sino que aún lacera oscilando
en los vergonzosos anhelos
de ese su amor que se hunde en la muerte.


KILIMANJARO, CORAZÓN HELADO

Descubre la blancura de tus piernas
para los profanos.

Sé que a pesar de tus virtudes
no hay venganza completa
sino al dejar profanar.

Como dice la vieja canción
de Kenya
cuando el fuego acompaña
los relatos que los ancianos
han guardado a los niños
para frente al fuego,
cuando invocan los miedos
y el bosque trepida solo
todavía sin fuego forestal.

La hiena es,
en la palabra del anciano,
el profanador natural
de cadáveres.

Solo falta para la risa
completa de la hiena
–cuya risa hiende la amarilla llanura–
el cadáver que la hiena busca.

De malas, como dice mi hija,
si han faltado depredadores
para matárselo primero
y dejárselo listo e inerme.

Porque la hiena, cliente
de la muerte por encargo,
sigue el orín y la sangre del ser anhelado
aún después del Serenghetti,
leonado y peinado
por la seca brisa
que aún no carga lluvia.

Mas una hiena clásica
nunca ascenderá
a las nieves del macizo
cuadrado del Kilimanjaro.

Ella no expondrá
a congelarse su esqueleto
seco entre las nieves perpetuas
donde no hay carroña.

Su risa corroerá los viejos enfriadores
de los antiguos campamentos
donde el agua es muy fría aún
frente al desierto.

Pero un gran macho herido
buscará sentir su corazón
congelado hundirse
entre la blancura fría
perpetua
y un azul de cielo que no alcanzó.


BOSQUEJO INICIAL PARA UNA NUEVA ARCA FINAL

Proveer a la imaginación de un lugar de la imaginación nacido de la convergencia esencial de todo lo existido –así sea una vez–, o de lo que habría de existir –dicho esto para la necesidad de los apenas navegantes del tiempo–, es una tarea que necesitaba el enclavar algunas conciencias –interpolarlas, hacer sus necesarios injertos de espigas o retoños en otras aguas de sensaciones–, dimensiones, luces curvas siempre incesantes, regiones donde las palabras nos someten a apremio y nos demuestran lo no por creídas sean tan abundantes.

En algún lugar de la humedad de miel del dátil, que no sólo captura la lengua del insecto sediento y moribundo, aún más cautivo en ella en la ciega llamada para traspasar el umbral de lo que llaman –no sé si perciben su sutil fluir– umbral de la vida y la muerte, en la cópula o eyaculación salvadora, está también la finísima tanto como igual de poderosa gota del rocío del desierto, o el ritual de cirio perdido en una de las catedrales armonizadas según el ver euclidiano, desde donde Fulcanelli quizá ambicionó descansar o hacer descansar a la especie en un ritual de mutación alquímica espacial, legando la idea –quizá sólo eso– de un arca sagrada que copulase intermitentemente desde su iniciación de piedras totémico-célticas hasta sus cubiertas de vitrales y cruces con secretos y exactos lugares de orificios, donde recibir hasta su profundo y entonces vivo corazón ciertos rayos de equinoccio o solsticio.    

Esas son las arcas que esencialmente conozco. Pero en mi corazón de barro y agua primigenios, de fuego abrasante o frío infinito, ha resultado extraño el buscar forma de barca a lo que esencialmente navega en todo y fluye desde siempre buscando alimentarse de lo que esos timoneles suyos, que de algún modo terminaremos siendo fantasmas por encima de las más elevadas magnitudes, o en el centro enceguecedor de las más vertiginosas revelaciones, o en el ojo de las vorágines más inasibles o irrepresentables o inimaginables, podemos lograr dejarlas como prehistorias oníricas frente a un nuevo orden de sueños, a los cuales llamemos así sólo por honrar el recuerdo, los ancestros, a los que sí nunca podríamos dejar de amar los que no hemos nacido ni para pretender nada, ni aún menos para falsamente honrar nada.

Las mezquitas, los igloos, las pagodas, las cuevas penumbradas de venados rupestres, los chinchorros, los refugios bosquimanos… al igual que las torres gemelas del World Trade Center o la zafírica estructura  Pompidou o the Metropolitan House of the Opera en Sidney ¿qué albergan en su fondo?

Creo que no solo al mismo hombre sometido a distintas inclemencias que han madurado de su piel en ocres o uvas o duraznos, sino todo el anhelo aún no cumplido de hacer un solo arca elemental con piel de tigre de Bengala, sudores de mustangs o bisontes trepidando en las praderas bajo los rifles de los buffalo bills de turno, con los ojos suaves de la gacela de Thompson o con el letárgico ondular dual mamatorio de una sirénida mecida en un estuario tibio, mientras sangra la llanura desgarrada de zarpas y hondos colmillos, bajo el relato profundo de los tambores lamidos por los fuegos y baritan de celo los paquidermos desde el barro índico hasta Tanzania: todo lo nombrable en lo vivo pero sin nombrar nada.

Esa sería la piel bosquejada con la cual flotaría ya por fin un arca final, la cual, por supuesto, deberá incluir un gran archivo sensible de todo lo que ha vivido, y un lugar especialmente sagrado para todos los seres que hemos destruido.                    
___________________________
©   José Luis hereyra

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS
FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 27