Una mosca que no deja dormir

Carlos de la Hoz
cdelahozalbor@hotmail.com

El puente

Estos tres cuentos hacen parte del libro de cuentos
Una mosca que no deja dormir.

Desde hace mucho tiempo he deseado contar el hecho del que fui cercano testigo, ocurrido una de las  tardes de mi juventud en que, como era habitual en esos años,  me  hallaba sin nada que hacer, y entonces echaba a andar sin rumbo ni propósito definidos.

¿Seré capaz de revivir con mis palabras aquella desazón que experimenté  cuando los hilos de la existencia se entrelazaban  ante mis ojos y me revelaban una verdad que aún hoy me asombra? He ahí el interrogante que ha hostigado mi memoria desde aquel día. Sea como fuere, de aquello no pretendo ser más que un asombrado amanuense. Tan solo eso, que es mucho para alguien  que da un enorme valor a los recuerdos. Entonces, soy el fiel y obligado escribano de cuanto sigue, pues quizá los mismos seres que le dieron vida ni siquiera se hubiesen percatado de ello.

*
Por uno de los extremos del Puente Bolívar, agarrándose penosamente de sus barandas, llorando de manera desconsolada, subía esa tarde un hombre. Su rostro delataba un hondo sufrimiento, y hasta el alma más insensible se habría inclinado por un cierto sentimiento de lástima al contemplarle. Rumiaba una queja inaudible y tropezaba, sin caer, cada tanto. Mis ojos le siguieron hasta que hubo llegado a la parte media del puente y comenzado, entonces, un paso menos azaroso, más firme y confiado, gracias a la cuesta. Formaban su indumentaria, su rostro y su cuerpo un lóbrego conjunto que hería la vista, sobre todo a esa hora  en que el paisaje  y la abundante y traviesa brisa parecían  empeñados en convencernos de que existir era una circunstancia grata, de la que no tenían que esperarse sucesos adversos. No intenté palabra, ni el más mínimo ademán, y ahora que lo medito, concluyo que nada hubiera sido tan vano ante el cuadro de irremediable tristeza que esa imagen ofrecía.

Lo que aún recuerdo con honda intensidad es el estremecimiento que su desolada presencia me provocó. Era como si la encarnación misma de la pena transitara (con forzado paso lento) frente a mí, en un insólito ejercicio de desprecio para quienes todavía viven aferrados  a la quimera de la felicidad.

Tal vez sea duro decirlo, mas en seguida agradecí a Dios que hubiese sido el alma de aquel pobre ser y no la mía la escogida para mostrar con cuánta saña y severidad podían las brasas del dolor llegar a arder en una sola persona. ¡Tan grande eran el desconsuelo y la angustia que reflejaban sus ojos! Se diría Sísifo cargando su pesado lastre, y con el que de repente me tocara compartir espacio, por obra y gracia del destino.

Ese destino, sin embargo, mantenía intactas las reservas de maravillas de las que yo sería depositario aquella mañana. Pues sucedió que, casi de modo simultáneo y en dirección contraria, pude divisar en el horizonte a un sujeto que entonaba a voz en cuello una feliz melodía y, sonriente, saludaba a los transeúntes que por allí circulan en buen número cada jornada. Todos le miraban, no pudiendo hacer menos que reír con gracia ante el ejemplar de dicha con que se topaban. Aquello parecía ser interpretado por él como un gesto de aprobación a su conducta, que ayudaba a que su voz y su risa fueran aumentando en intensidad, tanto que al pasar junto a mí eran ya un solo grito de rabiosa algarabía, que me ofendió en igual medida que la anterior visión.

Irrelevante o memorable, esta anécdota recibe su punto final en el instante que dejé de ver la espalda de quienes habían pasado muy cerca de mí y ahora comenzaban a perderse en la distancia. Yo hubiese querido que también lo fueran por el olvido, pero no pude evitar en seguida ceder a la conjetura y terminé por preguntarme qué ocurriría si aquellos dos hombres se encontraran en algún lugar del puente que, por supuesto y dada mi ubicación, se escapaba de mi vista. ¿Qué sentimientos despertaría en cada uno de ellos levantar la mirada y hallarse frente a su antípoda? Tal vez ninguno de los dos espíritus lo aceptaría, ya que sabido es que el alma humana es propensa a negar cuanto le es extraño. Es probable que ningún recuerdo quedara en la memoria de ninguno de ellos después de sorprenderse en la mirada de su contrario.

A pesar de la certeza que me brindaba esa idea, la imagen de los dos hombres cruzándose en aquel puente ha ocupado mi mente todo este tiempo. En alguna de mis febriles lucubraciones veía cómo se fundían en un solo cuerpo frente a mis atónitos ojos, y éste comenzaba a convulsionar y entre espasmos sucumbía. En otra, se me daba por pensar que eran las dos mitades de un mismo ser que vagaban eternamente sin ninguna posibilidad de encontrarse y reconocerse. Ambas posibilidades ––lo confieso–– me inquietaban en grado sumo.

Ahora que escribo estas líneas he pensado con un poco más de calma que el origen de mi asombro estriba en que aquella mañana me fue dado ver de cerca las dos caras, cercanas e irreconciliables, de una misma moneda que es la vida.

Y tenía que ocurrir justo en ese puente, que sigue ahí para la llegada de unos y la despedida de otros, y cuyas desgastadas barandas empiezan ya a acusar el paso de los años.


El cuarto del olvido


––Un cuarto en el que al entrar todos nuestros recuerdos quedan abolidos de manera definitiva…

––Es decir que al salir de allí sería como volver a comenzar la vida, pero sin la carga de la memoria.

––Ahora caigo en la cuenta…

––¿A qué te refieres?

––Cada vez que nuestros mayores se refieren a ese lugar lo hacen con mucha discreción, bajando la voz como si hablaran de una penosa enfermedad.

––En una ocasión, llegué a creer que tan solo se trataba de aquel rincón adonde iban a parar los trastos inservibles…

(Cuarto de san Alejo es como le llaman en algunas partes a esas habitaciones que nadie ocupa, y en las que se suelen amontonar los objetos más disímiles: un libro y un colador desfondado, unas chancletas gastadas y un descascarado jarrón. Pero no viene al caso para esta historia, así que sigamos el hilo de la conversación de los dos personajes.)

––Pues bien, ahora ya sabes que existe, y es el que permanece siempre con la luz apagada.

––Claro, porque el olvido es eso: una luz que se apaga y nos deja en tinieblas

––Debe ser por eso que la tía Bertha siempre sale de allí con el rostro manso, tranquilo, como aquel que está condenado a muerte y de repente le dicen que no, que su pena ha sido levantada y mañana mismo va a regresar a su casa.

––Deja de estar leyendo tanto a Truman Capote…

Hubo sonrisas. Encendieron los cigarros, algo húmedos por el sudor, que llevaban desde hacía rato en las manos. Los fumaron con fruición y prosiguieron su charla pausada, lenta, de quienes no tienen ningún apuro ni creen en lo trascendental.

––¿Te acuerdas de Isabel, aquella muchacha sobrina de nuestro profesor de Historia Patria que únicamente veíamos en vacaciones de diciembre?

La pregunta había brotado con algo de soterrada ingenuidad, pero fue aceptada sin reticencia pues parecía inevitable entre los dos.

––Sabes bien que la amé como no he vuelto a hacerlo con nadie y que sufrí su absurda muerte. Pero, ¿por qué la mencionas?

––Lo has dicho: sufriste mucho cuando ella murió y todos en casa estuvimos muy preocupados por tu salud. Si por aquellos días hubiéramos sabido la existencia de ese cuarto…

La idea le pareció sencillamente abominable, pero no lo manifestó. Al fin y al cabo, él desde muy joven había asumido que las heridas que inflinge la vida son el único patrimonio con el que se cuenta. El resto (y el resto en él no eran más que libros, cuadernos, botellas de licor) lo iba recogiendo y dejando uno por el simple azar de la vida.

––Ten en cuenta que también se corre el riesgo de olvidar las cosas buenas, las canciones y poemas que hemos atesorado desde que aprendimos a leer, el color de los paisajes que amamos.

––Como sea, sabes que son más los recuerdos que nos duelen. Así que al entrar a ese cuarto la balanza se iba a inclinar siempre a favor. Admite que son pocas las ocasiones en que se es plenamente feliz.

––No lo discuto, pero aún así siento que olvidarse de lo que uno ha sido es, más o menos, como morirse en vida.

Habían dado con el lugar casi por azar, después de ir atando pequeños cabos sueltos que sus familiares iban dejando en la hermética cotidianidad de una familia en la que la mayoría vivía por fuera gran parte del día y las normas eran inflexibles. Una era: los niños no hacen preguntas.

Pero ellos habían dejado de ser niños, sin que los demás se percataran y sin que eso constituyera un motivo de asombro para ellos mismos. Fumaban a escondidas, leían revistas prohibidas, conocían la dulzura y la hiel de enamorarse, en fin.

––… si te digo que no quiero entrar, no es porque tenga miedo. Simplemente, no me interesa esta aventura.

––Pues no creo que vaya a tener mayor efecto, si sólo tardamos unos segundos. Además, no creo que tengamos otra oportunidad, pues ayer vi cuando papá y el tipo del otro día firmaban los papeles de la venta de la casa. Papá recibirá el dinero en cuestión de días y para el próximo fin de semana tal vez volvamos a estar solos, pero no en este lugar.

¿Le mentía? Por momentos así lo pensó. Ese apremio por entrar a un cuarto vacío, del cual hacía poco habían retirado sus últimos atractivos ––un viejo piano y una colección de revistas sobre animales––, ese afán inocultable en la voz que parecía encubrir otras motivaciones que él no alcanzaba a descifrar… Por momentos olvidó que el que le hablaba era su hermano y se resistió a dar el paso hasta que, por su propia iniciativa, tomó en las manos el pomo de la cerradura y dijo:

––Está bien, entremos. No se te vaya a dar por decir que tuve miedo y que por mi culpa nos quedamos sin averiguar algo muy importante. Pero en seguida te digo que voy a estar únicamente un rato, pues ya es casi la hora de mi clase de pintura.

La respuesta a aquel requerimiento fue una sonrisa amplia y unos ojos que se iluminaron como nunca antes los había visto hacerlo. Entonces, abrieron con mucho cuidado la puerta y entraron en la penumbra de la amplia habitación que estaba en la parte final de la casa y colindaba con el patio de los Gómez Fernández. Las paredes estaban vacías y en el ambiente no se sentía ningún olor, ni siquiera el que despiden los lugares encerrados y llenos de trastos herrumbrosos. Cada uno empezó a andar con parsimonia por su lado y con los brazos extendidos, como si temiera tropezarse.

––¿Marcos? ––se escuchó, débil, una voz––. Marcos, ¿sigues ahí?

El otro no respondió. Y no tenía por qué hacerlo, pues aquélla no se le parecía ni remotamente a una voz familiar. ¿Y quién era ese Marcos por el que se indagaba? Más bien, pensó, debía salir cuanto antes de allí. El lugar, sin duda, se le hacía peligroso, sobre todo con aquel desconocido que no dejaba de mirarle mientras se afanaba en ocultar entre las manos el brillo opaco de un metal.


Un lector
Los dioses tejen desdichas para
que a las futuras generaciones
no les falte algo que cantar.
  
Homero, La Odisea, canto VII.
                                                                                                                      
     Sucedió el otro día a un minucioso lector de periódicos esto que me dispongo a relatar, y que quizás, si se le medita bien, se salve de ir a dar en el saco roto de la intrascendencia.

Dicho sujeto había estado hojeando sin entusiasmo las páginas de un vespertino local, cuando de pronto halló ––oculto entre las noticias de interés general–– un titular que le llamó la atención sobremanera, en el que concentró la mirada y que al cabo le dejaría un motivo para reflexionar: “Turbamulta toma por asalto casa de un escritor.”

Los detalles de la noticia informaban de una enfurecida multitud que, tras derribar puertas y ventanas, llegó al modesto cuarto que servía de habitación al autor (el nombre de éste no se revela; el redactor se limita tan solo a decir que se trata de un “desconocido escritor de cuentos fantásticos”) y, procediendo con inexplicable saña, ante los rostros atónitos de algunos testigos, prendió fuego a cuanto encontró. Después, de la misma manera imprevista como había llegado, la turbamulta abandonó el lugar dejándolo reducido a cenizas y envuelto en una sombría atmósfera de desolación.

Cerrando el diario, el lector de periódicos comenzó a cavilar: “¡Ah, de modo que es un escritor! Como Stevenson tal vez, de quien leí la otra vez que creyó siempre que, mientras dormía, unos duendes le “dictaban” sus historias. Me pregunto: ¿Con cuánta vehemencia  no habría quizás anhelado que, de súbito, algún terrible hecho sacudiera los cimientos de su vida?, ¿cuántos serán los días en la espera inútil de ese oscuro suceso, alimento para la obra que le mantiene a merced de la vigilia? Y he aquí que el destino se muestra generoso y le ofrece uno. La Providencia, de la que suele renegar, pues le hace vivir en medio de la más insufrible monotonía, ésa a la que, entre improperios, ha llamado “fastidiosa dama”, mueve de manera tal sus hilos que le convierte a él mismo en objeto de su probable fabulación.”

El lector recuerda ahora que la imagen de un escritor que ve arder su casa en llamas no tiene antecedentes en las letras, o por lo menos él no conoce ninguno. Y puesto que no es perspicacia ni lucidez lo que le falta, concluye feliz: “Habrá que esperar que el espíritu de este autor merezca en verdad esta dádiva del destino y que, en lugar de sentarse a escribir, no empiece a lamentar su suerte, a llorar amargamente el dolor de ser un hombre sin fortuna.”

Dobla el diario y lo pone sobre la mesa, al tiempo que comienza a tararear una festiva melodía y, sintiéndose ingrávido, va de un extremo a otro de la estancia. Su corazón es una campana que tañe de alegría ante la certeza de haber sido partícipe de esta revelación.

Y con una sonrisa y la mano quemada comienza a escribir.
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©   Carlos de la Hoz

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VII - NÚMERO 27