Rafael Casiani:
Yo soy dueño de mi música

Libardo Barros
libardo_barros@hotmail.com

A mi hijo Pablo.


Este texto hace parte de un libro inédito Versiones,
que son conversaciones con personas de por ahí,
que no se quieren hacer notar. Sólo el silencio y la soledad les son necesarias.

















Sexteto Tabalá
San Basilio de Palenque (Colombia)

Para Rafael Casiani la música no es más que gracia, porque a la postre eso es él, un hombre que siempre se quiere reír. Un entretenido con la vida que no pierde su tiempo en nada más. Vive sin muchas pretensiones y prefiere quedarse en su pueblo a cualquier otra cosa. “Me gusta vivir aquí en Palenque todo el tiempo y más ahora que pa’lla pa’fuera las cosas no están como tan buenas. Aquí en cambio me pongo a trabajar en mi rosa o me pongo a limpiar el monte, en eso me entretengo y paso tranquilo”. Enseguida sonríe como suele hacerlo al remate de sus intervenciones, porque todo lo que habla generalmente es una chanza o un comentario que él hace entretenido por los gestos de su cara o alguna que otra palabra chusca.

Es un vecino muy cercano, su casa está a una hora de Cartagena, pero de su música se conoce muy poco. Lo que no es ninguna molestia para él ni para sus compañeros músicos poco dados al exhibicionismo o a enredarse con la farándula. Hace algunos años unos franceses llegaron a su pueblo con equipos de grabación en mano y recogieron el testimonio sonoro de esa música un tanto exótica que los acompaña desde hace más de setenta años y que interpretan con maestría. El disco compacto, COLOMBIE, Sexteto Tabalá, poco se comercializó, pero fue recibido con curiosidad en Europa. Después se grabó otro para la serie Música del Mundo. A partir de entonces a Cassiani se le ha podido apreciar como la voz líder del Sexteto Tabalá. Y quienes han valorado la música de Tabalá reconocen en los sones de este grupo su pleno arraigo con la música cubana de comienzos del siglo XX cuando apenas ésta comenzaba a extenderse por el Caribe y el mundo entero. En su pura esencia aquellos ritmos llegaron a San Basilio de Palenque y se enriquecieron con los aportes de los cantos y la tímbrica instrumental de los pueblos negros y mestizos ribereños del río Magdalena.

En una de sus presentaciones, para unos carnavales de Barranquilla, luego de bailar con su música, me acerqué como otro más de la gente que los rodeaba, interesado por saber quienes eran esos músicos liderados por aquel hombre altivo y entusiasta. Preguntas y diálogos entrecortados animaban la improvisada conversación. Pasada la romería de los curiosos y con el espacio más despejado, saludé al resto de los músicos que con sus camisas abiertas escuchaban a los cubanos que interpretaban sobre la tarima la música representativa de su tierra. En un entretiempo, cuando el animador hacía varios anuncios, aproveché para acercármele al hombre que tomaba agua de una bolsita plástica con ansiedad y los ojos implorantes como pidiendo que por nada del mundo se acabara su contenido. Al final lanzó un suspiro de satisfacción. Después de un corto silencio, sin tantos rodeos, le pregunte:

—Maestro Casiani ¿Esa música, su música, de dónde la saca? —el hombre me miró con sorna y como si se estuviera dando respuesta a sí mismo, contestó con el ceño fruncido:

—De ahí mismo, de dónde viene su pregunta.

Se quedó callado un instante y sonrió como mirándose en un espejito que guardaba con celo entre sus manos. No había más qué decir. Me limité a escuchar lo que hablaba con sus compañeros músicos. Después le propuse que tuviéramos una conversación en la que habláramos ampliamente de su música y aceptó sólo con una condición:

—Tiene que ir a Palenque, allá hablamos de todo lo que quiera.

Traté de cumplir la cita, pero hubo algunos inconvenientes hasta que dos años después el encuentro fue posible. Sentí que no había pasado mucho tiempo desde aquella noche en Barranquilla, cuando muchos lo vimos por primera vez junto al Sexteto Tabalá, interpretando una música que nos pertenecía a todos y hasta ese momento nos había sido negada. Lo que bajaba de esa tarima al aire libre, nunca antes se había escuchado en el Paseo de Bolívar durante unos carnavales. Parecíamos un convite de huérfanos los allí reunidos. Los músicos cubanos y de otras agrupaciones que les alternaban estaban lelos. Contemplaban asombrados, como quien ve por una ventana cosas que el tiempo tenía detenidas en otro lugar. Abajo, casi todo el público iniciaba su espíritu en una nueva manera de sentir y bailar la música. Cada canción era la mezcla precisa entre la voz del solista acompañada por coros al compás de tambores, maracas y marímbula, que era para los pies otra forma de la alegría. Sí, la exótica marímbula, ese invento de negros, que le reavivaba al cuerpo sus bríos y su origen montaraz. Al final de la tanda vino el alborozo de los aplausos; y en agradecimiento, los músicos de Tabalá interpretaron dos canciones más. Y durante aquella larga hora, conocimos otra forma de la felicidad.

***
Hubo un día en que aquí en Palenque la gente seguramente fue libre. Se vivía de verdad ese furor cotidiano de sentir el orgullo de quien ya no depende de nadie y se declara en rebeldía contra todas las opresiones. Esa tenía que ser una vida de verdad.

Pero ahora no es así. Aunque se discuta si este fue el primer territorio libre de América, ese es un consuelo para bobos. No alienta a nadie, ni resuelve la actual situación de los palenqueros, quienes se dedican por todos los medios a salir en busca de mejores rumbos, otros a conseguir al menos una forma de subsistencia, así sea aliándose con los politiqueros de  turno; y mientras, los más pobres les cobran el saludo a los forasteros con el desparpajo de un mendigo, los más pretenciosos aprenden de memoria, y según corresponda, el discurso de las negritudes, que sirve para ganar el aplauso, la admiración oficial y el apoyo de ONGs, por lo que se ofrecen puestos o ayudas para conseguir nombramientos. Porque para esos simuladores, de los que ya hay de sobra, ser negro vale la pena sólo cuando se es jefe, funcionario o cualquier otra cosa, siempre y cuando sea rentable. Lo demás los tiene sin cuidado. No más es ver, cuando vienen con sus lujos, cómo le hablan a uno. Pero ¿acaso hay algo serio: cooperativas, empresas, o una cosa que uno vea funcionando con fundamento? Uno se pone a ver eso de la etnoeducación y es puro bla-bla. A eso le hace falta mucho todavía para que sea como dicen que es.

Es justo que se sepa también que aquí hay todavía una gente seria que conserva intacta su dignidad. Personas nacidas para hacer cosas que no avergüenzan, así tengan que pasar necesidades. Su honestidad se puede palpar y aflora tanto al momento de decir verdades como para asumir el trabajo diario sin afán, manteniendo el ánimo suficiente para hacer bien lo que sea preciso. En cada tarea que acometen, ponen toda su alma en las cosas; eso lo defienden ante cualquiera como la mejor herencia de nuestros antepasados africanos. Esa gente, casi siempre, es más bien callada, prudente y sobre todo poseedora de una voluntad tan ocupada en lo suyo, que le interesa poco aquello que la distraiga de sus asuntos. Con los forasteros son recelosos, prefieren mantenerlos a distancia. A esa gente no la verá usted nunca rogándole a nadie que los entienda o que los quieran. No, eso sí que no. El mundo nunca ha sido así. Uno debe aprender muy bien a no rebajarse. Aunque no lo parezca, ellos son los que mejor nos representan.

Debe saberse también que hace tres años y pocos meses un grupo armado entró al pueblo y mató a cuatro muchachos que estaban en el billar. La incertidumbre se apoderó de todo el mundo y muchos jóvenes se fueron y a otros les comenzó a importar poco lo que pudiera pasar con sus vidas. Las cosas para todos empezaron a ser distintas desde aquellos días. En últimas, el hecho quedó en la impunidad y ya nadie quiere hablar de lo sucedido. Este silencio encarna mucho temor, pero también una rabia contenida que irrumpe sin más, retadora. No es raro por eso escuchar en el parque a alguien que grite con insolencia: “A pesar de todo, en esta tierra se escribió una historia y eso pesa”. Y en seguida, sin reparo alguno, sus compañeros aprobarán lo dicho con frases cortas o monosílabos.

***
Siguiendo la Calle Principal, casi en el centro del pueblo hay una casa rosada, en donde vive Rafael Casiani con dos hermanas y una cuñada que lo acompañan desde la reciente muerte de su esposa. Sus paisanos lo llaman Marciano, para no confundirlo con su hermano mayor, quien tiene su mismo nombre.

La mirada de espera se borra de su cara. Se pone de pie y con un breve saludo ofrece su bienvenida. Todo en él sigue igual, chusco con la gente y serio con su trabajo. Lo tenía en frente, disponible para contarme todo lo que quisiera como lo prometió aquella vez y que ahora lo ratificaba con su mano firme y su palabra sincera. Hace menos de un mes su esposa murió y aún se percibe luto en su casa. Tiene puesto un pantalón de lino gris, una camisa blanca bordada con figuras de pavos reales en hilo muy delgado, casi invisibles; calza unas abarcas de rejo, hechas en la sabana para hombres de monte. Está recostado en un taburete de cuero, tiene sobre sus piernas un sombrero riano que acaricia dulcemente como lo haría con un animal manso y cariñoso. Nos trasladamos a la sombra del quiosco de palma que tiene en el patio de su casa. Se instala en la sombra con su risa, recuesta a un horcón el taburete y se dispone a conversar:

—Yo soy del treinta y cuatro. Lo que quiere decir que llevo puesto tres muchachos de veinte y un niño de ocho.

No se puede eludir esta carcajada. La ejecuta a plenitud, luciendo en el centro del labio superior un pequeño promontorio como el de un trompetista, el cual desaparece cuando habla. Serena un poco los gestos y calla. Siempre está leyendo cosas en el cielo y con la brisa tímida que ahora sopla ratifica sus presagios.

—¿Usted cree que llueva? —le pregunto.

—Es posible. Ahora no se sabe tanto. Algo ha pasado, antes uno era más preciso —mientras habla, sigue observando a su alrededor.

Se siente en él que algo le impide hablar como quiere. No ocupa la mirada en cosas diferentes al paisaje. Y como sin quererlo, a veces, se queda inmóvil con los ojos perdidos y el cuerpo abandonado, todo deslucido, como si fuera el peor retrato de sí mismo. Si Cassiani no desperdicia momentos para dejar de reír, tampoco desprecia las tristezas y los dolores que le han correspondido. Su luto es inmenso. No hace falta preguntarle para saberlo. 

En Palenque a los muertos se les entierra en medio de cantos y bailes. Pero esos cantos y esos bailes expresan luto, dolor por la inoportuna partida de un familiar. Los músicos de Tabalá estaban en Medellín, cuando por la noche, después del toque, supo la mala noticia. Enseguida regresó a Palenque. Llegó azorado, como un loco, al medio día. Por la tarde acompañó el entierro de su esposa hasta el cementerio y allí cantó hasta perder la voz. En cada canción abría los brazos como buscando entre el humo de la muerte una claridad que le permitiera ver la cara de Narcisa Cañate para despedirla. ¡Qué dolor había en ese rostro! Todo lo que hacía y decía era muy triste y desgarrador. Los llantos de los otros parientes se juntaban en un solo sollozo. No cesaban las voces de reclamo al culpable de tan inconsolable dolor. Y muchos lamentos entre los que se escuchaba uno que, doliéndose de su orfandad, repetía sin cesar:

—¡Ay, mi madre... la cercanía es lo que hace al sufrimiento!

Enseguida una voz se empinaba enlutada y sobria. El tiempo se detuvo en las cinco de la tarde. Se estaba como a la deriva y nada en ese momento era más que una sensación de total angustia y suplicio, como seguramente es el limbo del dolor. Entonces lo que salía de la garganta de Cassiani era más padecimiento que canto:

Micaria, amores de mis ensueños,
te quiero y te adoro con pasión
bajo la luz del olvido.
Adiós, mi pobre corazón.

Micaria, me voy mañana,
Adios, Micaria, muero.
Contigo me voy, Micaria.
Adios, Micaria, muero.
Adiós, Micaria querida.
Adios, Micaria, muero.
Contigo me voy mañana.
Adios, Micaria, muero.

Todos apretaban las mandíbulas, viendo a aquel hombre presidir la última ceremonia que podía ofrecer a su esposa. Esa voz mortificada ganaba nuevos arrestos y señalando el féretro advertía a los músicos el comienzo de otro canto:

Tengo momentos que no sé
lo que me pasa.
Ay, con el sí
mi alma te imagina,
si tú adivinas
que estoy enamorado,
si tú adivinas
que estoy enamorado...

Cambia la vista
porque tu vida se acaba.
La vida es muy bonita
pero al fin siempre se acaba.

La vida es muy bonita
pero al fin, ay, madre linda...


***

En los años veinte, grandes extensiones de tierras de toda esta zona se cultivaron con caña de azúcar. En terrenos que hoy pertenecen a Malagana y Mahates se construyeron varios ingenios. Para su montaje, llegaron de Cuba expertos en esta clase de trabajos, quienes trajeron, además, una música que gustaba a los obreros y los nativos; entre estos últimos, estaban los Casiani, quienes la aprendieron rápidamente. Aquellos ritmos les gustaron tanto que después los interpretaban con instrumentos tradicionales, lo cual le dio un sonido muy propio. En fiestas y entierros, la música que ya no era sólo de los cubanos, fue haciendo parte de la vida del palenquero. Los Casiani y otros músicos crearon un sexteto allá en 1930. Incluyeron tambores, maracas, guacharaca y en remplazo del contrabajo incorporaron la marímbula, la misma que trajeron los cubanos, que consiste en un cuadrado de madera con un orificio redondo en el centro atravesado por dos cintas de metal colocadas una paralela a la otra, las que van atornilladas en los extremos del orificio redondo y de ellas penden siete hojas de acero templado, colocadas como si fueran la dentadura del orificio. Su vibración produce un temblor grave y prolongado “que azoca el cuerpo sabroso, brincándolo después como si le dieran corrientazos”, dice Paito, músico de Tabalá.

Desde que era un niño, Rafael Casiani era llevado por sus tíos a fiestas, entierros y velorios, donde la música de sus descendientes africanos empezaba a ser desplazada por esta otra de los cubanos. Cuenta que desde la edad de ocho años, se iba con ellos y amanecía en su cama sin saber cómo había regresado. A los doce años, su inquietud no le permitió más espera. En una fiesta, aferró fuertemente unas maracas. Tenía ganas de acompañar la música y uno de sus tíos lo animó. Se las ayudó a sostener tomándolo de las muñecas para que su peso no le doblara las manos. Con eso fue suficiente. Tan pronto amaneció, se fue para el monte y cortó dos calabacitos con los que se hizo unas maracas menos pesadas. Para esa época, había empezado a descubrir que ya tenía mucha habilidad para las cosas de niño. Sus juguetes los hacía con demasiada facilidad y mejor pulimento. Eso le llevó también a enfrentar otra verdad: que ya no los disfrutaba como antes y los mirara con poco interés porque mucho dentro de él no era igual. Empezaba a sentir también que era algo más serio y habilidoso que sus compañeros. Y que algunas cosas que hacía antes con naturalidad, ahora le empezaban a dar pena. Descubrió que las miradas de las mujeres le provocaban alegría y temor a la vez. Sentía el impulso de buscar su compañía, de decirles alguna cosa, de entretenerlas y convencerlas, para que estuvieran cerca de él.

Entonces hablar esto le da mucha pena y se restriega las manos por el rostro como tratando de revolver su cabeza para ocuparse de otros recuerdos. No es preciso ahora encaminar la conversación por allí. Pero él quiere seguir hablando así sea de otra cosa. El diálogo está en su punto y darlo por terminado le resulta imposible. Se yergue en actitud profesoral y continúa:

“Aquí viene mucha gente de afuera en busca de nosotros para que les toquemos nuestros soncitos. Casi siempre vienen muy animados, hablando maravillas de nosotros. Uno ya sabe cómo son las cosas, y los deja. Por lo general, yo no tengo mucha prisa porque estoy en mi casa. Además, a nosotros nos conocen y saben qué es lo que hacemos. Hemos tocado en Jamaica, Estados Unidos, Cartagena, Medellín, Barranquilla... y casi todos los pueblos de por aquí. Nos hemos presentado en teatros famosos y en casetas; hemos estado en hoteles cinco estrellas y en otros de menos. Por eso, cuando salimos de aquí, tenemos pendiente la gente que se queda en la casa y el trabajo que perdemos si estamos tocando. Entonces uno hace la cuenta de todo eso y sabe ya cuál es el precio de los toques. En últimas, cuando los que vienen no quieren pagar la tarifa, no pasa nada. Los otros días vinieron unos tipos de Santa Marta y hablaron y hablaron, que íbamos a tocar allá y acá; eso se oía muy bien. A la hora de arreglar el precio, salieron con unas largas y otras cortas. Los tipos se fueron. Sepa bien una cosa que sí la tengo bien clara, nosotros cobramos muy barato, pero no regalamos nada. Yo no canto por cualquier cosa, no ve que yo soy el dueño de mi música”.
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©   Libardo Barros

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 27