En 1773 había en Cereté más emberas que tikunas, pero el jesuita Agustín los atosigó tanto que huyeron hacia el Alto Sinú. El barro se les apretó a los Tikunas, así que quedaron en el blanco del apóstol. Nakorí hizo compinchería con Nakoré, su primo, para sacarle el quite al problema. Se inventaron la historia de que cuando tomaban ron, del mismo que tomaban los blancos, eran poseídos por la ira. "Aquí le torcemos el rabo a la puerca", se dijeron.
—Esa es mucha fartedad la del pecado —dijo Nakoré.
—Eso lo dicen para ellos gozar la cabuya y dejarnos el canto —argumentó Nakorí.
—Vea, primo, no nos vamos a dejar aguar la fiesta —propuso Nakoré.
—Nos toca aguárselas a ellos, hoy mismo —afirmó Nakorí.
Desde la casa de Nakorí, mandaron a comprar dos botellas de ron. Por ahí andaban los hijos.
—Vaya usted —mandó Nakorí.
Cuando trajeron las botellas, Nakorí le pasó una a Nakoré y le dijo:
—Cuando yo tome, usted tomará, y cuando es usted el que toma, yo tomaré.


En el rancho del patio se instalaron, cada uno en una hamaca. Fueron hablando y fueron tomando.
—¿Qué es lo que dicen ahora los tacunais?
—Les oí decir que hay un Dios que castiga la maldad.
— Ajá, ¿y qué más?
— Que el tikuna nace malo y se hace cada vez más malo.
—Eso no es nuevo, vamos a demostrárselo, hoy mismo se lo demostraremos.
—La maldad está en la botella, no habrá sino que tragársela.
—Vamos a despertarla a ver qué pasa, primo.
—¿Qué tal? Ahí le iremos haciendo.
—Nada de ir haciendo, vamos a hacer.
Nakorí mandó a buscar dos libras de carne, tenía hambre. Mandó con uno de los hijos a donde el tendero, que fiara. El muchacho trajo una libra pues el tendero no le fiaba sino una. Se acordó de inmediato Nakorí de que el diablo de la ira lo tenía adentro.
—Ese tendero no sabe en lo que se ha metido —se dijo.
Además, se acordó de que el tendero era uno de esos españoles pobres que se estaban enriqueciendo con el sudor de los indios.
—Vamos —convidó a Nakoré.
El par de tikunas se fueron armados a montarle la guazabera al español, con lanza y macana. Se acordó a la vez Nakorí de que su padre había quemado más de un pueblo español, tratando de expulsarlos de las tierras del Sinú, que los Zenúes habían perdido. Así que con razón, se volvió a envalentonar. Era grande, se sintió inmenso. Iban entre las gentes que tenían populosa la calle. Los tikunas sabían a lo que iban. Los demás sospecharon, los miraban asombrados. Era mucho el atrevimiento. Los demás estaban domesticados; ellos, no. Llegaron. Desde afuera, abiertos, en mitad de la calle, tronó primero Nakorí.
—Te vengo a notificar, Manolete de los mil demonios, que si no me das las dos libras, eres hombre muerto.
El español asomó el pico y proyectó la trifulca que se le armaría en su tienda, adivinó el escenario deprimente.
—¡Qué bueno que hayas venido tú mismo, como no! —convino.
—Si te parece muy bueno, entonces dame cuatro, porque dos me como yo y otras dos mi primo.
El atemorizado les entregó las cuatro libras. Nakorí y Nakoré regresaron riéndose, y la gente, admirada, abría camino.
—En la próxima, comen todos ustedes —les dijo.
—Éste es el primer pecado que hemos cometido —dijo Nakorí cuando llegaron. —Vamos a comer pecado.
La mujer les fritó la carne, media libra a cada uno, y ellos se sintieron satisfechos, no quisieron más pecado, siguieron tomando ron. Nakorí no aguantó el tren y se adormitó. Nakoré se sintió necio, se levantó y regresó a casa. Cuando salió a la calle, había revuelo por la acción que habían cometido. Nakoré se sintió engrandecido. Llegó a la casa y la mujer, advertida de su participación, vino y le reclamó:
—¡Ah, con que gallito con el gallego!
No debió decir nada, sobre todo, no debió retarlo, porque Nakoré se acordó de que tenía la maldad adentro. Embravecido, jaló de la macana y, de un solo golpe, tumbó una pared de la casa. La mujer, furiosa, volvió a reclamar.
—¡Ah, con qué éstas tenemos!
Nakoré, ya enceguecido, tomó un canto de cabuya, lo mojó y le dio un lapo por la espalda. Ella no sabía que el otro tenía la maldad por dentro y, cuando sintió el pencazo, se dobló, giró la cabeza y miró a su marido con tristeza. Nakoré recogió esa mirada, sintió que lo atravesaba, expulsándole la maldad, dejándolo solo con la conciencia. Esa noche durmieron separados, pero al día siguiente, Nakoré amaneció guindando de una de las varetas de la casa.
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© Alexis Zapata Meza
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre- Noviembre-Diciembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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