PAMBELÉ,
A GOLPES DE BUEN PERIODISMO
Luis Germán Sierra J.
Crítico literario - Universidad de Antioquia.
La crónica periodística tiene en Colombia excelentes exponentes, aunque no sean muchos. Muy probablemente serían más si los periódicos y los medios escritos en general no hubieran comportado por largos años una actitud avara y reservada frente al reportaje y a la crónica hechas con holgura, con tiempo y con espacio suficientes para que pasaran de ser la mediocre información que se conforma con decir, sólo un poco más ampliamente, lo que nos anuncian las escuetas noticias.
De ese redil han escapado quienes han ido en procura de una información con rostros, con palabras, apasionada, que habla por la boca y por los ojos y por los gestos de protagonistas mirados de muy cerca, tanto por el periodista como por el lector.
Alberto Lleras Camargo, Luis Tejada, Hernando Téllez, Gabriel García Márquez, Daniel Samper, Alfredo Iriarte y Juan José Hoyos son nombres imprescindibles, en épocas recientes, cuando pensamos en quienes han hecho de la crónica en nuestro país un género de gran vitalidad gracias al cual los lectores han podido entender mucho mejor acontecimientos trascendentales como los largos períodos de violencia partidista y el Bogotazo, por ejemplo, así como el verdadero transcurrir, aparentemente apacible, de pueblos y calles que conforman la vida de nuestro día a día. Y personajes incógnitos que surgen con sus señales particulares, con sus gracias y sus taras, con sus frustraciones y sus hazañas, que se convierten a veces en símbolos de una época o de un gran acontecimiento, héroes que el tiempo ya no borrará de la memoria de los lectores.
Es por ello que la crónica necesita de quien la escriba con reciedumbre, con una objetividad absoluta que no desvirtúe el valioso calado de la realidad, con un lenguaje directo y preciso que describa con certeza y que muestre, como ante un espejo, lo que ocurre a los personajes y sus circunstancias. Pero también requiere la crónica un lenguaje que goce de buen humor, que sepa aprovechar cada momento y cada palabra que den pie para reír un poco y para entrar en la intimidad de quienes están en frente de nosotros, obedientes lectores. Esas condiciones, sin los devaneos y ambigüedades —legítimas— de la literatura, son las que nos muestran realidades a veces asombrosas, insospechadas y llenas de misterio, como si hubieran salido más bien de la invención de un escritor o como si se tratara de un mundo que no existe más que allí, en el papel. Una crónica escrita bajo el entendimiento conciso y sabio del lenguaje, y bajo el conocimiento escrupuloso de la realidad que es objeto periodístico, tiene la virtud de comprometernos más eficazmente con una verdad que si ésta fuera simplemente denunciada, o analizada bajo parámetros sociales, culturales o científicos.
Y es por todo ello, para entrar ya en materia en este texto, que un libro como El oro y la oscuridad (Editorial Rondom House Mondadori, 2005), de Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963), una extensa crónica sobre la vida del boxeador cartagenero campeón del mundo, Antonio Cervantes, Kid Pambelé, es un claro ejemplo de cómo el periodismo puede sacudirse las secuelas que le han dejado el inmediatismo, el culto a la primicia, la impericia en la escritura y, por qué no decirlo, el afán del negocio por encima del interés de la verdad.
En la infancia misma del periodista Alberto Salcedo, Pambelé se constituyó en una figura emblemática, como lo fue para casi todo un país. El boxeador se convirtió, para el niño, en un héroe que, además, y ello tendrá mucho que ver después, era vitoreado y alabado por su abuelo, quien le enseñaba ante el televisor de la casa, a veces en horas de la madrugada porque eran trasmisiones internacionales, la grandeza y la imbatibilidad del campeón. Salcedo escribió y publicó por lo menos dos crónicas extensas de Kid Pambelé, después de ser ya un periodista de quilates, premiado adentro y afuera del país por sus trabajos en prensa escrita y en televisión. Es decir, cuando ya el oficio de cronista era para él una enfermedad bien recibida y la escritura se le había convertido en una pasión sin reversa.
Las dos crónicas se convirtieron en un tema obsesivo y maduro que pedía del escritor un nuevo aliento, un empleo a fondo para una carrera larga. Consulta de archivos de prensa, viajes, muchas conversaciones, entrevistas con quienes componen el círculo más cercano del ex boxeador y con él mismo, visitas a expertos y entrenadores. El inventario creció y la carrera ya no se detuvo hasta llegar a este libro donde Salcedo Ramos despliega las dotes que exhibía en varios extensos reportajes de De un hombre obligado a levantarse con pie derecho (Editorial Aurora, 1999), en el cual personajes de complicada composición física, mental y social logran entrar a casa del lector sin artificios y sí con la ductilidad de la obra que poco a poco va configurando una realidad a veces sobrecogedora y otras entramada en el humor y la fragilidad. En estos textos la destreza del periodista radica en saber desencadenar las palabras de quien tiene en frente, y hacer que él mismo, sin casi ninguna otra intervención, nos muestre la desnudez de sus mundos, sus miedos, sus mentiras, la delgada tela de sus abismos. Un ex proxeneta en Cartagena lleno de humor, de malicia y de sueños imposibles que le ayudan a llevar su maltrecha vida de lustrabotas y de quien hace años vio desaparecer su pierna izquierda bajo las aspas de un barco; la patética historia de un basuquero en el barrio Santa Fe (Bogotá), dueño de un chorro de palabras que cuentan con una lógica cortante la mala y peligrosa vida que llevan él y muchos más le rodean y que resumen, a un buen entendedor, el oprobio a que son llevados tantos hombres y mujeres reducidos al abandono, a los oídos sordos de autoridades y poderes, y que encarnan el lado más oscuro del ser humano reducido al vicio irracional y escapista, pero no exento de un sentimiento muy parecido al amor; y la historia de Ana Cecilia Vargas, una de las poquísimas personas que salió con vida de la catástrofe de Armero en 1985, quien le cuenta a Salcedo sus peripecias desde los 13 años, una vida de picardías, de humor y de fortaleza que la hicieron apta para largos periodos de trashumancia y de vicisitudes económicas, un ser humano extraordinario a través del cual entendemos mejor el dolor y la desgracia que, como también queda claro en esta crónica, contó con la impiedad de la naturaleza y con el caso omiso de un gobierno avisado.
En fin, un libro, De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, que contiene algunos de los mejores reportajes del periodismo colombiano, unos dramáticos, otros jocosos.
El libro El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé se adentra sin reservas en los meandros de la existencia de quien, en un momento determinado, vivió la gloria de ser un campeón del mundo imbatible, y gozó una fortuna que jamás imaginó en sus tiempos de penuria, pobreza y hambre. La vida elemental de un hombre nacido en San Basilio de Palenque y criado en la Cartagena más pobre, muy lejos de la que ven y disfrutan los turistas y de la que sale en los plegables promocionales. El cronista reconstruye , paso a paso, desde la infancia infortunada que sólo supo de trabajos, abstinencias y molicie, hasta el ascenso y la gloria increíbles de un campeón admirado en todo el mundo, y su posterior derrota, esta vez a manos de un destino atroz que lo llevó a la humillante condición de drogadicto, de hombre violento y temible incluso para sus seres más queridos, de despilfarrador de una fortuna hasta el punto de quedar casi reducido a ser un mendigo, quien pide con qué paliar el hambre, la sed, o las mezquinas ansias que provocan la falta de un bazuco.
El seguimiento del periodista en torno a la vida de Pambelé, la estrecha amistad que se forjó al tenor del proyecto del libro, y la admiración por el boxeador que nunca ha decaído, muestran al lector la figura de un protagonista muy cercano a sus sentimientos, un protagonista sicológicamente definido y entendible. En un momento, incluso, el periodista admite ser objeto de una especie de síndrome por el cual se siente atado a su personaje, a aquel hombre que en los meses que duró el trabajo periodístico se convirtió en una sombra que le acompañaba noche y día.
Pambelé hoy, y desde hace varios años (¿desde el momento mismo en que dejó de ser campeón mundial de las ciento cuarenta libras?) sufre la terrible enfermedad de una dependencia irrecusable de su pasado glorioso. Ello lo llevó a las drogas y al alcohol y lo llevó a que, bajo sus efectos, se transforma en una persona muy distinta a la que comúnmente es. De un ser apacible y de trato amable y caballeresco pasa a convertirse en un ser violento que necesita demostrar con sus puños frente a quién se está, además de sostener sin fin la cantinela de que él es el campeón del mundo, el campeón imbatible. Arruinó su salud, arruinó a su familia y se ha convertido en un ser indeseable y bochornoso, cuando no en el hazmerreír hasta de lustrabotas y prostitutas. Ha desaprovechado tratamientos médicos y psicológicos que le han proporcionado desde instancias gubernamentales porque huye, escapa como si de la peste se tratara. Sobre todo debido a que en dichos procesos médicos se le trata como a un anónimo, uno más de los enfermos que allí se encuentran. Y Pambelé no soporta el anonimato. Su doble condición (bipolaridad le llama la ciencia médica) psicológica se debe a una malhadada herencia genética, comprobada científicamente en estos casos. Pero su violencia y su infortunado comportamiento se ven acicateados por el consumo de drogas y alcohol, en lo cual tienen mucho que ver quienes se hacen expertos en explotar fortunas ajenas y voluntades débiles.
Este libro de Alberto Salcedo cumple una cita cabal con el buen periodismo y se convierte en una de las joyas de este género en Colombia por su hondura, por la maravillosa ductilidad con la cual maneja los ritmos y los tiempos, por la frescura de un lenguaje que ya se le reconoce en sus textos a su autor. Puede hablarse, claro, de la influencia y del gusto por el denominado periodismo literario, tal como lo hace el prologuista de este libro, Daniel Samper Ospina, con mucha razón y con mucha emoción.
Salcedo escribe un libro de una gran sinceridad. No trata de “dorar la píldora” respecto al dramático caso Pambelé. Tampoco lo trata con conmiseración ni justifica la perversa insistencia del boxeador en sus errores y manías. No censura. Con la habilidad y la convicción que le proporcionan su oficio de escritor y su capacidad natural para manejar un lenguaje suelto y dinámico donde los certeros apuntes y un humor dado con justeza y oportunidad sostienen la lectura atenta, el escritor barranquillero entrega una biografía apasionante, respetuosa y no libre de dolor del ex boxeador, ex campeón mundial, ex esposo, ex papá, ex amigo, ex hijo y, casi, ex ser humano Antonio Cervantes, Kid Pambelé.
El mérito infinito de los textos de Alberto Salcedo, creo, se debe a una condición natural de narrador que le acompaña y que hace que todo lo suyo termine siendo normal y cotidiano, contado con un lenguaje entretenido y sin amarras. Sorprendente, como sorprende la libertad.
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© Luis Germán Sierra J.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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