Presencia

Yurina de Alba
campesinoemasculado@hotmail.com

Al Mago de Manos, quien me inventó una razón para ser. 


Ella está allí, peinándose el cabello antes de entrar a la ducha, el cuerpo envuelto en una toalla azul que deja ver sus blancos muslos, apenas tomando vigor en el exaltación de la pubertad. ¿Cuántos años podría tener Juana? ¿Acaso nueve o diez? La tía Beatriz nunca ha hablado de los chicos conmigo desde que me hospedo en su casa, y eso que ya van varias semanas. Yo no soy muy amigable con ellos, incluso, creo que me ven como un intruso, sospecho que no les inspiro confianza. Pero el otro día quise ganarme su afecto, quería acercarme a ellos para…

Para hacer felices a los niños, salí con ellos a jugar en el patio. Era sencillo, sólo tenía que parecérmeles: saltar, tirarme en el piso hasta hacer doler la panza, comer galletas, dejarme crecer el bigote de leche. No debía ser tan complicado. Esa mañana, al salir de mi habitación (que sólo contiene una hamaca y otras boberías de aseo personal), encontré junto a la tía al Negro y a Juana, pelando las papas del almuerzo, mientras Chabela y Hugo compraban los víveres en la tienda de la esquina. Todos colaboraban en el oficio, así que muy pronto nos encontramos comiendo y tirándonos el puré en las caras, creo que fue un mazacote muy divertido. Pensé que hacía mucho tiempo que no venía por acá. Cuando era niño tuve la curiosidad de saber por qué la única hermana mujer de mi padre estaba tan sola y era tan indiferente a la familia. Ahora entendía que no era como todos nosotros.

A decir verdad, Juana acompaña a mi tía, oficio que le es bien remunerado. He notado que Juana acepta el dinero porque su familia lo necesita. Sus obligaciones se limitan a acompañar a la tía, ayudarla en el quehacer doméstico y abastecerla de sus medicinas a la hora adecuada; por lo demás, son buenas amigas y se soportan una a la otra de manera admirable. Por las tardes va a la escuela, pero antes de dormir llega a despedirse de la tía. Los demás chicos casi me son indiferentes, en cambio Juana… Juana… Juana...

El Negro es muy perezoso y juega muy bien al fútbol; no es tan listo en la escuela pero se esmera por mantener a sus familiares orgullosos. Hugo es glotón, de piel muy blanca, y sagaz en la música; toca la lira o la flauta, qué se yo. Chabela es rebelde, graciosa, bromista pero muy lista en las matemáticas, nos imita a todos con exactitud tremenda (sí, incluso a mí que recién he llegado) y he notado que los hace felices; y Juana, Juana es algo retraída, casi nunca habla, a los demás les molesta intentar inútilmente sacarle palabras sin ningún resultado favorable, pues ella casi siempre responde con monosílabos. Conmigo es lo mismo; pero yo si sé desentrañar su mirada.

He venido a esta ciudad porque mis viejos amigos de la universidad me hablaron ansiosos de las oportunidades de trabajo. Yo necesito un empleo urgente. No tengo familia pero el dinero no alcanza para nada. La tía Beatriz es una vieja solterona, vive en esta casa grande, blanca y llena de niños. De cuando en cuando también arriban jóvenes drogadictos, a ellos la tía les ofrece comida. Cuando le dije que vendría a vivir a esta ciudad, me propuso, casi sin pensarlo, que me albergara en su casa. Mi respuesta fue inmediata: en este lugar no tengo obligación de pagar alquiler, tengo suficiente comida gratis y me atienden muy bien.

La tía Beatriz es tan diligente en el oficio. Cocina para todos estos niños y ahora para mí también. Los chicos son su única compañía; creo que sus padres no se atreverían a prohibirles las visitas diarias a esta anciana tan simpática, incluso algunos duermen acá; claro está, no todas las noches, pero he notado que tienen turnos. La otra noche le tocó a Juana y…

Jugamos béisbol (yo nunca lo había intentado),  de niño rechacé siempre este juego, me parecía tan absurdo y aburrido. Pero ahora me sabía diferente, era el sabor de lo que nos llega tarde, lejano, eso que nunca imaginábamos latente y que se despedazaba conforme el tiempo y la edad. Y fue divertido batear la pelota con un tronco. Evidentemente éramos dos equipos, aunque ya no recuerde cómo estábamos distribuidos. Yo sólo miraba a Juana y la seguía. Rompí el vidrio de la señora Margot, la vecina de la otra calle y cuya casa da justo con el patio. No presté atención al pequeño incidente —eso lo hacen miles de niños cada día y sus padres terminan pagando por los daños—, así que sólo quedó esperar la ceremonia de rutina en estos casos tan particulares. La señora que sale enojadísima, luego de la estampida, con muchos tubos sobrantes del papel higiénico puestos en su cabecita, dando alaridos de rabia, diciendo que Dios castiga a los niños desobedientes y agujerando la pelota seguramente con algún instrumento punzante de cocina.

Juana no me ve desde donde está. Creo que ni siquiera me presiente. Aún no ha entrado a la ducha y sigue allí en la habitación de la anciana; experta en cada paso del cepillo por  su largo cabello negro y preparándose para ir a la escuela. Caminaré hacia ella, le acariciaré el pelo, le besaré el escote.
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©   Yurina de Alba

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre- Noviembre-Diciembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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