Rencor,
novela de Óscar Collazos,
o la legitimidad de la sordidez y la miseria
(Crónica de una presentación)

Ariel Castillo Mier
facasil@metrotel.net.co
Universidad del Atlántico

COLLAZOS, Óscar. Rencor. Bogotá, Planeta, 2006, 241 págs.

La presentación en Barranquilla, de la novela Rencor, de Óscar Collazos, se produjo en la antigua librería La Barda, hoy Forum, en un ambiente casi familiar de libertad para el acercamiento a los libros y el ojeo y el hojeo, sin esa sensación de persecución o acoso policial de otras librerías donde desde la entrada se siente la incómoda presencia de un par de ojos saltones de batracio posados pesada y abusivamente sobre los hombros.

La gente fue llegando, poco a poco, con la puntualidad barranquillera, aunque antes de la hora ya estaba el escritor con una guayabera ocre, amarilla o beigecita, sentado en una mesita rodeado de fans felices. Al tiempo que los visitantes curioseaban las novedades editoriales, se les aparecía un mesero elegantemente vestido ofreciendo una bandeja con una copa de champaña y al ratico se presentaba otro, con unos canapés orientales y caseros —deliciosos, por cierto— de queso con aceitunas y un deep de pesto de albahaca con nueces de macadamia. Y poco después, llegó el presentador, alto y delgado, acompañado de la mamá, a quien los años, según me comentó una periodista en uso de buen retiro, no le pasan ni pesan, a pesar de los emperadores tropicales y su teso trato tenso y desastroso.

Periodista en retiro, siquiatra, la joven dueña del local, lectora impenitente, un ex senador ex gobernador ex embajador y representante de los gremios de la ciudad, profesoras de literatura de bachillerato y de universidad,  escritores principiantes que acaban de publicar su primera novela, lectores leales, señoras que venían de la compra en algún almacén estrato seis, con su bolsa respectiva, sonora,  brillante y perfumada, en fin, un grupo heterogéneo con la sola afinidad de la pasión por las letras. En medio de los estantes, cerca de la gravitación de los libros y de los ventanales que miran hacia la calle 76, un tanto distantes de los cds, se instaló una mesa con mantel blanco y sin flores, con las sillas gemelas de los protagonistas y, en frente, sillas y sillas que salían del depósito en la medida en que la gente se aparecía, formando fáciles filas escolares.

Más que una típica presentación, el encuentro se acercó a un diálogo público entre el escritor y los lectores, con la moderación de un periodista veterano pese a su juventud,  que también ha escrito novelas, Ernesto MacCausland, quien para comenzar se refirió a la paradoja que enfrentan los periodistas en relación con la ciudad de Cartagena de Indias y Mulatas, el varias veces centenario “Corralito de Piedra”, del que se proyecta siempre a través de la prensa media imagen (la de la bella, no la de la bestia), la de tarjeta postal, con sus miamenses edificios de puro vidrio frente a las olas orladas de nieve salada y palmeras sin peinar y negras vestidas de bolitas que se confunden con las frutas tropicales y apetitosas que expenden en medio de los turistas tirados al sol en las playas multitudinarias. MacCausland destacó la otra Cartagena, oscura y amenazante, la de los desplazados que no pueden subirse en los  ascensores (para ellos son las escaleras coloniales) y se concentran en ciertos barrios, padeciendo toda clase de necesidades que con paciencia se condensan y combustionan en la espesa lava de un vertiginoso volcán social. MacCausland no sólo aludió  a esa zona oscura y turbia en la que se gesta la historia nada épica de Keyla Rencor, sino que leyó (paladeó) fragmentos para resaltar el equilibrio narrativo que hace tolerable esta historia tétrica y deprimente, gracias a la certera elección de un personaje, el documentalista, quien consigue (o construye) una distancia saludable entre los sórdidos hechos y el indefenso lector. Ciertas páginas del libro sombreadas por palos de mango permiten un oasis de frescura y orientan el relato hacia espacios estelares que lindan con la trascendencia y redimen de tanta atrocidad cartagenera y colombiana.

El  presentador (que conocía la obra, por haberla leído a fondo) tuvo el mérito de provocar un diálogo fluido con el escritor, de generar el clima de confianza propicio incluso para provocar el parto público, a la manera socrática, de la confesión,  de la cual salimos ganando todos los asistentes porque entonces Oscar Collazos, narrador curtido en el trato continuo con autores de las ligas mayores (García Márquez, Cepeda, Walcott, Jelinek, Vila-Matas), desplegó sin reticencias ni egoísmos, toda una sabiduría acumulada en sus ya numerosos años de lidia intelectual y de creación, de polémicas y lecturas, que lo erigen, hoy por hoy, como un clásico vivo, al lado de un grupo de narradores adultos desde sus comienzos (Darío Ruiz, Ricardo Cano, Fanny Buitrago, Fernando Cruz, Policarpo Varón, Germán Espinosa, Humberto Valverde y Roberto Burgos, entre otros) cuya obra valiosa no ha contado con la atención que merece.

A los pocos minutos, y después del primer celular impertinente y de melodía guapachosa, el público también se animó y la palabra empezó a saltar, alegre y chispeante como las burbujas de la champaña, de la mesa principal a las sillas menores y como quien no quiere la cosa se fueron tratando temas interesantes que iban desde la génesis de la obra en un trabajo periodístico con niños desplazados en el que Collazos descubrió a la niña protagonista (quien, por cierto, no fue tan franca que digamos, y jugó con las tijeras de la autocensura hasta ocultar más de lo que decía) hasta la última escritura de la obra en la que el autor optó por el cambio en la perspectiva narrativa y en vez de contar la historia desde la distancia de la tercera persona, acercó al lector a la intimidad del personaje mediante el artificio de la primera persona en un monólogo que nunca es la cháchara aburridora de la infante casi difunta en su vida triste de tigresa sin garras, sino el camuflado diálogo ante la cámara del documentalista revelador de su complejo y lastimado mundo interior, pasando por el encuentro providencial con la novela Desgracia de Coetze que afirmó al autor en lo relativo a la legitimidad de narrar sucesos sórdidos y la lectura inicial por parte de la hija catalana de Collazos, un mujer ajena al entorno de las champetas que, no obstante, leyó el manuscrito con una mano en el libro y otra en el corazón sollozante, y el posible parecido de la novela, según un lector paramuno, con el rencor vivo y el parricidio no simbólico sino real de Abundio Martínez al padre violador en Pedro Páramo o los vínculos exteriores, según un siquiatra local de ancestros italianos, con Rosario Tijeras y la importancia del oído del escritor para hallar la voz singular, el tono propio del personaje, que le confiriera dignidad de individuo y lo salvara de ser un simple títere del autor y los cuidados con la invención de un lenguaje que sin ser regionalista se afincara en el ámbito del protagonista y le confiriera credibilidad (para lo cual fue clave la hija de una empleada doméstica que supo aclarar cómo en la costa se juega a la casita y no al papá y a la mamá) y la clara ambición de escribir una obra de ficción que se empinara hasta las alturas del mito y no un testimonio periodístico perecedero como la crónica roja de ayer y la manera de transferir al personaje central la vieja vivencia de un enfrentamiento malaventurado en Buenaventura con una rata peluda y acuática del Chocó a la que sólo pudieron aplacar los palazos  mortales.

Sin pose, sosegado, como el boxeador que viene de vuelta de los arduos combates que han probado con creces la eficacia del oficio, Collazos supo sortear los interrogantes (en ocasiones certeros jabs disparados por la periodista veterana, experta en provocar orianescamente al entrevistado) y tuvo una respuesta para cada pregunta, pero en un instante fugaz no pudo impedir la irrupción del rubor adolescente cuando la siquiatra poeta conjeturó que él cuando niño debió ser un mirón minucioso, un insaciable cogedor de punta y que ese menester indiscreto debió incidir positivamente en esa captación tan convincente del universo femenino que tanto ha elogiado Florence Thomas.

La aparición de Rencor, en un momento en el que está sobre el tapete la discusión sobre la violencia intrafamiliar, los desplazados y el aborto no es coincidencial ni exige hermenéuticas malaley: la incursión de Collazos como un bisturí en el tejido más íntimo de la piel de un país de siete vidas que, pese a la aparente parálisis en que lo sume la permanencia sin solución de un conflicto secular, se mueve y sobrevive, no es sino la prueba de la fatalidad (es decir, de la autenticidad) de una vocación literaria que desde sus comienzos ha estado con sus antenas atentas para detectar las fisuras de la realidad, alérgica por principio a toda evasión, por muy refinada que sea, y estimulada desde siempre por la voluntad de cambio.
________________________________________
©   Óscar Collazos

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v7n27rencor.html
PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 27