Trilogía de silencios

Andrea Visbal
andreavisbal@hotmail.com


Me gustaba el canto de tus ojos a las seis,
parecías desmenuzarme los poros
con tan frágil enredadera de acentos.

Creías dormida mi piel morena;
naufragabas en ella
acallando el verbo rebelde,
fluido inconstante de un cauce de grana.

Te me hacías perpetuo
como al pincel el lienzo,
sumido en el aire de un topacio en verso,
aletargado,
mi árbol de menudos espejos.

Rociaba de vez en cuando besos al viento;
venían los alcaravanes a beber del cielo;
tú, sólo mirabas…
Me gustaba el canto de tu mirada a las seis.

Veía la humedad de tus pupilas
mientras retoñaba en mis pies descalzos
algún sembrado de sueños viejos.
En la orilla de tus manos
bailaba con el cántaro vacío al hombro;
parpadeabas, corría el agua;
sonreías,
recogía de tu frente hortensias.

Me gustaba la ausencia de tus voces bicéfalas:
habrían sido cadena
para estas sangrantes alas.
Amaba la trilogía de tus silencios,
aquella canción muda en tus ojos,
el matiz de tus mejillas
cuando tallabas mi nombre en la arena.


A la sombra del manzano

¿Recuerdas, cielo mío,
cuando éramos peces fundidos en velos de agua?
Dormíamos arrullados por el canto de las sirenas
vestidas de oro blanco debajo de la cama.
De madrugada, las caracolas avivaban el fuego
y nos escondían en los zapatos de alguna estrella.

Teníamos tornasolados los ojos y doradas las escamas;
las algas se mecían en la ventana
y, vigilantes, los pulpos gigantes
con una red perdida nos tejían la cortina.

¿Recuerdas nuestra canción de aurora?
Sacudíamos las almohadas sin abrir las puertas de nácar.
Le temías a esos monstruos de dientes de metal;
yo, a la profundidad.

Volví, en la turbulencia de un sueño,
a divisarnos en la oscuridad del mar.
¿Será que extraña mi boca ese aire húmedo,
de perlas y coral?

Dime si, mojados de ayer, dejaremos la pradera,
las espigas, el sol.
Evoca en silencio rincones sin telarañas,
los paseos en caballos de escarcha por el balsamero;
yo cierro los ojos y espero,
mientras nos miran aquellos a la sombra del manzano
rodeados de mariposas.


Tócame y espera que cierre los ojos

Tócame y espera que cierre los ojos,
amansa en tu roce mi alma vagabunda,
toca el ayer que pisotea mis hombros,
renueva desde lo profundo
la tierra árida que dejó el dolor.
Toca mi nariz con el dedo más pequeño;
de tu nombre, traza la primera letra.
Acaricia mis labios con respiros,
dame tu aire, el perfume,
el bálsamo que guardas dentro.
Baña los girasoles que han nacido en mi cuello,
humedece uno a uno sus pétalos;
dueño eres de su color,
mías las gotas que se siembran en ellos,
mía la lluvia que reverdece el jardín,
mío el néctar,
mío el sudor,
la savia, la sangre que corre en ti.
Desata con besos los nudos del miedo
que parió tu ausencia y me apresan el pecho.
Tócame y espera que cierre los ojos...
En ese segundo de impaciencia
te apareces bajo su manto, desnudo,
sin disfraz alguno.
Afuera juegas como niño pequeño,
me empapas de cielo,
me adornas con estelas de luz el cuerpo,
escondes el rostro tras una máscara de deseo
y estoy ahí, sonriendo,
palpándote entero,
del lado de tu brazo abandonando secretos,
recobrando la fuerza después de caer.
Tócame y espera que cierre los ojos,
que sea mi espalda, ruta de tus manos,
tu voz, madrugada vestida de canción,
mi sexo, tu refugio tibio.


Mutación callejera

Sus ojos contemplaban un nuevo cielo,
le palpitaba en las manos fuerza de viento,
podían sus pies, sin tocar la tierra,
llevarle lejos de sus voces,
sombría esquina donde habitaban los sueños.
Se abría paso su cuerpo en vuelo,
eran blancas alas sus brazos;
la oscuridad del tiempo,
la soledad de su pecho,
fulgurante luz que le chocaba en el rostro,
escudo de hierro que le alejaba del miedo.
Sobre árboles reposaba;
mariposa, fruta,
flor no hubo que en su belleza le fuere igual.

Una cortina de humo bajó del cielo;
se precipitó al suelo,
perdió las alas,
el vuelo.
Sobre piedras cayó
cuando en sus manos no soplaba el viento.
Quiso correr;
se le desgarraban las carnes,
un puñal le rompía el pecho.
Fue presa de fieras,
llamó su sangre las garras que pedazos le hicieron,
la mirada turbia que la piel le ennegreció,
los dientes que su cuerpo devoraron,
los labios que se regodearon en su dolor.

Muerte en primavera con gritos azulados.
Hálito de silencio,
hoy con letras de mujer.


Con un beso de jazmín

No me basta inventar estrategias tras cortinas y a puerta cerrada;
más valdría descarar mi alma y parir espasmos sobre tu piel.
Los amarres en mis pies siguen sangrantes
y un sollozo azulado se cuela en mi voz.

Como la selva ansiosa a la lluvia espera,
mis contornos en celo por tu respiro aguardan.

En este pálido atardecer me someto al antojo de tus manos,
expuesta a tu mirada
sin aires de dama,
sin buen nombre ni pudor.

Te ofrezco mi gama de besos cristalinos,
color rosa,
perfumados y de naranja,
de sol, de luna
y los que como látigo laceran mi espalda.

Rozando tus brazos con mis labios,
mis pezones, sin querer, en tu pecho han buscado descanso.

Cuánta delicia ver de tus poros brotar sudores casi místicos
cuando de golpe caes y sacrificas,
te pierdes y yo te busco en mis segundos,
entre gemido y gemido.
Mis piernas encarcelan tu cintura,
centinelas de un duelo a muerte,
barrotes de una celda
en la que con libertad entras y escapas,
cadenas que claudican al calor de tu sexo firme bañado en deseo.

Al ritmo de mi cuerpo abierto desgarro tus venas y te recibo,
te derramas cuesta abajo,
mientras escribo en mis ojos cerrados
tu nombre adornado con un beso de jazmín.


Despedida
                                                             
                  En memoria de las víctimas, abril 28 de 2004.

No cantes, lirio blanco,
se fueron, ya no están.
Volaron los gorriones aterciopelados,
el agua, la cometa.
Enmudeció el viento cuando arribaron al cielo,
llovió en mis ojos;
zafiros de muerte, violetas de adiós.

No llores, mi niña pequeña,
sé perfume de manzanilla y victoria,
retorno de agua,
vuelo de cometa, terciopelo de gorrión.
No cantes, lirio blanco,
campanilla de abril y silencio,
cierra tus ojos, ángel de pétalos menudos;

Es hora de dormir.


Espectador

No taladres mis ojos con los tuyos,
no me mires así;
podrías arrebatarme la poca valentía
y hasta el aire que he de respirar.

La luna me ha despojado de la vergüenza
y ahora estoy aquí
tendida sobre tu cuerpo,
derramando mis cabellos cual manantial de terciopelo.

No hagas trizas mis ojos con los tuyos,
no me mires así;
es en tu pecho donde  mis labios quieren dibujar el cielo,
en tu costado, crepúsculos dorados inventar.

Deja que tus piernas amarren las mías,
serán como la hierba,
fresca y húmeda.

Quiero llegar hasta tus pies
rebordeando con besos tus líneas desnudas,
y como a las flores poderlos deshojar,
con mi boca, arrancar sus diez pétalos.

No me mires así,
porque clavas dardos de angustia en mis senos,
porque remueves el espacio,
el tiempo,
porque en tu curiosidad inundas mi sexo
y no hay voluntad,
no hay control ni miedo.

Déjame buscar entre tus brazos
la sombra del roble que de niña me guarecía,
libre de esperas,
déjame penetrar con tu piel mi esencia.

Mírame,
escucha en silencio
la música que nos regala este momento.

Déjame contemplarte
y repetir que solamente mío quiero
al hombre que en su nombre lleva marcado el deseo.
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©   Andrea Visbal

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 27
Octubre- Noviembre-Diciembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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