Entre la lupa y el catalejo
Antonio Silvera
DE MOJICA, Sarah. Constelaciones y redes: Literatura y crítica cultural en tiempos de turbulencia.
Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2002, 258 pp.
“Algo le está sucediendo al modo en que pensamos sobre el modo en que pensamos”. Esta frase de Clifford Geertz, citada por Sarah de Mojica en el primero de los dieciocho trabajos que conforman su obra en referencia (p. 12), expresa con toda su barroca construcción el tema clave de ella. Se trata, en efecto, de un modelo alternativo para estudiar científicamente el complejo mundo contemporáneo. Mundo en que, al parecer, se han desbordado todas las fronteras físicas, lo cual exige, en consecuencia, un replanteamiento similar del intelecto.
Al caer los límites espaciales se evidencian las arbitrariedades con que tales límites fueron trazados y los fragmentos heteróclitos que nunca lograron encajar en el esquema homogéneo y racionalista impuesto por Occidente desde hace cerca de cinco siglos, fecha hacia la que dicha cultura emprendió la conquista ecuménica del planeta.
Así, la palabra fundamental del modelo en razón no es otra que cultura. Una palabra de origen latino que remite a la principal faena de la vida sedentaria en comunidad: la labranza (cultivo) de la tierra. Lo que evidencia, en la génesis de este término, elementos como la pluralidad o presencia de un grupo, el cuidado de materias básicas para la subsistencia y las necesarias, variadas, cambiantes y complejas relaciones sociales que se dan en el desarrollo de dicha faena.
No sé si en razón de su cuestionamiento de los paradigmas tradicionales con que se realizan los estudios concernientes a las ciencias sociales y humanas, la autora de este interesante libro omite la etimología de esta palabra nuclear para el modelo epistemológico que, junto a destacados intelectuales originarios, en forma diciente, de las llamadas, por ella misma, “periferias” de la cultura dominante, intenta consolidar; pero me parece importante tomarlo en cuenta incluso para bien de dicho modelo. Pues, si la palabra cultura remite a ese importante momento en que determinados grupos humanos se asentaron en un terreno para explotarlo de modo racional y empezaron a construir en sus márgenes ciudades y civilizaciones, es allí, así se trate de una hipótesis irremediable y, por su carácter fundacional, paradójicamente mítica ―es decir, interpretable―, donde se habrían gestado las particularidades de cada una de esas civilizaciones.
Si se quiere establecer, en efecto, diferencias específicas es necesario aislar, separar elementos, y el momento histórico en que tal vez las sociedades humanas fueron únicas sería ese en el cual carecían, por difícil que sea suponer tan peculiar situación, de contactos con las demás.
De todos modos, es incontrovertible que, pasados diez mil años de ese trascendental y, por lo expresado antes, mítico descubrimiento que fue la agricultura, aún ahora, cuando las fronteras territoriales y culturales se diluyen en la red cada vez más densa tejida a dos manos por las tecnocomunicaciones y la economía capitalista, existen diferencias notorias entre las etnias o sociedades de la tierra. Y estas diferencias justifican la empresa a la vez minimalista y cosmopolita de los estudios culturales.
Así, las preocupaciones recurrentes de este libro, organizado en cuatro partes que se hallan enmarcadas entre una breve introducción general y una específica adenda, reivindican y cuestionan al mismo tiempo asuntos tan polémicos como nación, identidad, marginalidad, hibridez y colonialismo. Pero, como se afirmó al comienzo, lo primero que los estudios culturales examinan es el modelo de estudio, la forma como se ha desarrollado la ciencia, en particular la social, prácticamente desde sus orígenes, lo cual lleva a reconocer el ángulo racional predominante en Occidente desde el cual se han enfocado sus asuntos y socava, de este modo, dos importantes principios del conocimiento formal: la objetividad y lo monodisciplinario.
Estos aspectos constituyen el tema de la primera parte del volumen, integrada por cuatro textos reunidos bajo el nombre de “mapas”, nombre con el que se quiere señalar el carácter esencialmente discursivo del conocimiento, esto es, su provisionalidad, su permanente situación crítica y cambiante que, por lo tanto, debe fundarse en convenciones y representaciones fascinantes como las constelaciones, pero, por su mismo carácter, limitadas, ambiguas y arbitrarias. Todo ello, a su vez, se corresponde con precisión en el nombre vasto y proteico del mismo objeto que ha propiciado tales textos: la ya referida cultura.
Se rebasa con esto el “cerco del lenguaje” en el que cayó ese principal acontecimiento del siglo veinte en las ciencias sociales que fue el estructuralismo, pero se abren al mismo tiempo demasiadas esclusas en ellas. Los mismos estudiosos de la cultura son conscientes de este problema, como queda plasmado en la sugerencia de Hans Ulrich Gumbrecht: “Lo que me parece peligroso de una expresión como Cultural studies es que alimenta una tolerancia que va a acabar pareciendo un cementerio”. (p. 66)
A mi juicio, junto al exagerado afán de pretender que sólo en la literatura del siglo veinte, con la emergencia y posicionamiento de las obras maestras concebidas por los autores de las periferias del mundo occidental (Latinoamérica, África, Oriente) se evidencia la conciencia de la hibridez cultural, se percibe, ciertamente, la paradójica limitación que constituye el vasto asunto de los ensayos que forman las siguientes tres partes de esta obra, precedidas todas de títulos indicativos: “Para una crítica cultural”, “En el Caribe: la música” y “Narradores del Caribe colombiano”. Esto porque, de un lado, se insiste a lo largo de ellos en una lectura que, como en el efecto producido por una lupa, pretende ver de manera expansiva en los diminutos caracteres de un texto todo el acervo de una cultura y, al mismo tiempo, se busca realizar, de otro, una exégesis que, mediada por la interdisciplinariedad y la transdiciplinariedad, resulta tan vasta que, como en la mirada al través de un catalejo, corre el riesgo de explayarse en el panorama abarcador de la cultura, simplificando o ignorando las distintas partes que la forman.
No estoy diciendo con esto que los ensayos de Sarah de Mojica ni mucho menos los estudios culturales sean en sí inocuos. Todo lo contrario: resulta grato develar, mediante la conjunción de ambas “herramientas” —el catalejo, la lupa—, las virtudes del Caribe en el libro que examino. En particular de sus escritores (Marvel Moreno, García Márquez, Ramón Bacca, Luis Rafael Sánchez, Derek Walcott), a quienes sin duda les cuadra el modelo de los estudios culturales en razón de su indudable y explícito desenfado plural que acoge en forma idónea la música popular de la región transnacional y plurilingüe.
Habría que decir, sin embargo, que no es necesario tanto énfasis en el problema de la cultura para que un texto asuma con propiedad dicho tema. Bajtín, por ejemplo, no abusa de esta palabra ni de sus conceptos satelitales y, sin embargo, es innegable que sus investigaciones sobre la novela asumen a fondo este problema y lo llevaron, por ejemplo, no a los autores precisamente periféricos ni postmodernos, a pesar de que su teoría le permitía asumirlos con facilidad, sino al mundo medieval de Rabelais o al de la Rusia decimonónica y romántica de Dostoievski y de Gogol.
Matricularse en un partido, esto es, casarse con una posición, por muy democrática que esta resulte, como parece suceder con los estudios culturales, puede llevar a la negación de otros puntos de vista que más tarde se pueden necesitar y a los que por razones éticas o incluso de orgullo no se podría acceder. Valioso y valeroso resulta por ello su énfasis en el develamiento de la compleja forma como se construyen los distintos elementos de la cultura: el conocimiento, la ética y el arte.
No obstante, tal vez el problema radica en eso, en su ambicioso procedimiento: en que si tuviéramos ojos de lupa viviríamos preocupados por las minucias, por evitar el contacto con tantos gérmenes destructivos que se percibirían a simple vista y, al contrario, con el catalejo todo se resolvería en el horizonte de la distancia. Una y otra son, sin embargo, necesarias: para asombrarnos con las lejanas estrellas o con los átomos invisibles, mas, a lo mejor, no tanto para mirar, precisamente, al ser cultural. Digamos, entonces, que entre la lupa y el catalejo se halla el justo medio de la vista a escala humana, engañosa pero irremediablemente fatal.
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© Antonio Silvera Arenas
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 28
Enero-Febrero-Marzo de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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