Memorias ficticias
y otros poemas
Gabriel Mendoza
Has buscado lo extraño en otros alientos
donde entonces jugaban
las extintas inconsciencias.
Y siguen lloviendo piedras
sobre los techos solitarios de las casas,
en una ciudad que se pudre
sin más hechizos
porque ya se han roto los vidrios
y las virutas se desprenden
del lado de la ficción.
Buscas entre tanto
algún despojo de compañía
que atestigüe la caída de las piedras
pero tú no estás
y las piedras ignoran el tiempo
que les costó caer.
Entretanto
De las lejanías temporales
te han hablado desde siglos.
Perfumes de más
y más ausencias has ignorado
pero siguen en el aire,
como el polvo,
como ayeres podridos.
Entretanto la vida nos muere.
Incansable parpadeo,
como un fuego fatuo,
como cualquier tarde,
llega desde la quietud
a sangrarte las promesas
y a agonizar en cada una de tus partes.
Tal vez la vida parpadea
y por eso somos otros
en cada imperceptible movimiento,
en cada retorno de sí mismo.
Destino
—o no destino de invisible permanencia—,
con ojos invariables,
en una casi tierna espera,
sin divinos afanes,
a su espada nos rendimos.
Entretanto la muerte nos vive.
Lejos
Lejos de todo,
la voz de la conciencia,
junto a la ventana,
es una luminosa lejanía.
Ansias cansadas y fríos reflejos
que disimulan las cortinas.
Otro día se acerca,
otro día que oculta su masacre.
Poesía disuelta en la tierra de nadie,
lejos de la sangre retenida.
Lejos lo que nos dejó
la madrugada que no transita.
Indefinido su color,
cenicienta su rutina,
deshecha en cada soledad,
su centro se envuelve en nubes sin forma,
distante de toda supremacía.
Básico
Espero aquí un poco sin tiempo,
atrapado entre máscaras sin ojos, estáticas,
sospechando la brisa en una costera ciudad
de sonrisas soleadas.
No vendrán ya desde otros sueños
las voces apagadas,
los antiguos deseos de no dejarme ver.
Entran en mi otro espacio
de luna y reflejo,
aguardan en la orilla
y lentamente me esperan
con sus risas inéditas.
Caminata inconexa
Sobre los pasos andados
del camino repetido,
hallé rostros en el suelo
habitando el pánico del asfalto.
Ah, y escapaban
sus alaridos hinchados del medio día y su sol,
del amor de su dios
que no cayó sobre ellos
Amor, amor, amor,
todo es amor,
desde el piso
a
b
i
r
r
a
hacia
Ciudad adentro
Definiendo el olor de un retorno,
no comprendí el misterio de la calle oscura.
Azules noches arañaban secretos que podían
ser poesía perfecta.
Me acosa un vértigo
de sonrisas distantes.
Atraigo a la ciudad con la crudeza de la fe.
Soy un animal extraño
que gime cerca del principio del norte.
Allí en la ciudad está la herida y la grandeza
de otros tiempos
en donde el sur ya no cuenta.
Adentro, la ciudad envejece
de tanto tragar horas enfurecidas.
Ciudad de dolor colorido,
soberbia desde su edén,
cede su caída a cada mundo en ella dormido.
Risueña,
se entrega a los ojos de ventanas andantes.
Drama
Con tu canto parsimonioso
como el recuerdo del olor de mi calle,
irradias el poder de tu sangre en el subsuelo.
Miras el drama correr con su carne lúcida,
su velocidad desfigurada
que te deja sin tregua,
acariciando las esquinas
sedientas de amparo.
La tontedad del drama
y sus ventanas sucias,
del polvo que ya no eres,
te devuelven la creencia
acaso en otra soledad,
en nombres y semblantes diversos
como serenas irrealidades.
Anhelos de luz
Huimos con el sudor de nuestra última guerra,
cazando sucios fantasmas del tiempo,
cuando a veces palpamos
la soledad en inmediaciones egocéntricas.
A la realidad que finge ser real
le resultamos groseros, impunes,
pero ignora que somos animales cansados,
preñados de luz.
Y a media claridad,
soñamos calles en donde transitamos
en orbitas silenciosas,
olfateando —tal vez—
vagas imágenes de un nirvana.
Nadie nos mira besando un engaño,
nadie sabe de la monstruosidad luminosa,
esencia informe que nos ha parido.
Nadie sabe.
Seguro que ninguno de nosotros
aparta de sí los anhelos de la luz.
Soliloquio nocturno
Afuera,
van las palabras,
pacientes como nieve desconocida,
sin la sombra que te finge despacio,
sin la sombra inconstantemente muerta
en sus sonoras oscuridades.
Las palabras esperan tu cansancio,
el retorno sobre tus pasos,
el fuego y el artificio.
Recuerdan el azul
y las paredes soñadas, corroídas.
Aspira las palabras ahora,
ofrece el pecado
y recibe la fabula ardiente y dulce
de las manos mojadas.
Ebrias e ingenuas,
las palabras encarnan tu historia inventada
mientras las calles gritan
su contradictoria intimidad
y se disuelven en aromas
de antiguos jardines.
Vengador absurdo
Los escombros de mi vida
se deslizan con la lluvia.
Olvidando a Penélope
Llueve mi instinto asesino
sobre el lado más olvidado
de tu desacompañada vida.
En el claroscuro
se sitúa mi memoria de pájaro
que no cuenta los días.
Tu sangre era confusión
y melodía que bañaba
mi cuchillo taciturno.
Y siguen los muertos
en las horas caídas
y el sentimiento terreno de abrirte los ojos
que me devuelven
a mi soledad de ángel.
Hay un tiempo de quemarse
en la desmedida sed del desamparo.