Remembranzas
de mis días de oscuridad
Cintia Vanesa Días
Allí estaba yo, en medio de esa tiniebla helada, de esa oscuridad abstracta e incomprensible. Desesperada tantee en busca de un fósforo, empujé el espacio sin forma... no encontré nada. Ni fósforo, ni linterna, ni bichito de luz, ni resquicio que excitara mis pupilas muertas.
Primero me moví de un lado a otro, enojada por la situación confusa de mi esclavitud obligada. Trataba de explicarme a mí misma cómo fue que caí en tal desgracia, si yo estaba en el campo, rodeada de flores, a punto de presenciar un amanecer.
Y ahora encerrada acá, entre estas mil paredes de quietud irrelevante, sin poder contemplar siquiera mis manos. Como una fiera encerrada giré y volteé sin punto fijo y terminé por marearme. Embriagada de oscuro me detuve un segundo, agite mis brazos pretendiendo ubicarme, imposible dilucidar una coordenada.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, me contuve un segundo, ¿y si alguien miraba? entonces tragué saliva dos, tres veces. De repente, sentí sobre mi hombro una mano de consuelo, y el llanto estalló como un volcán de lava salada.
Pronto esa mano se transformó en abrazo, y encontré en ese abrazo el calor que necesitaba mi cuerpo perforado por la escarcha del silencio.
Luego ese abrazo se convirtió en palabra, y mis oídos se regocijaron con esa voz dulce que brotaba de una boca transparente... quería suponer esa boca, ya que no podía verla, quería dibujarla con mi mente.
Entonces esa boca se convirtió en sonrisa. Y la risa tomó la forma de un hombre. Y creí amarlo, por su presencia oportuna, por su palabra correcta. Creí amarlo porque presentía que él me daba esas coordenadas que tanto anhelaba. Me dejé caer en sus brazos, me entregué a sus caricias, me hice adicta a sus besos... Súbitamente dejó de importarme la sombra; seguía en aquel espacio indescifrable del abstracto, pero estaba con él y aunque no sabía quién era, ni de dónde venia, me sentía segura, ya no soñaba fantasmas. Él era mi refugio en medio de la tempestad de aquel presente.
Un día desperté y ya no estaba. Nunca supe qué pasó, había tanta vacuidad a mi alrededor. Tanteé inútilmente dos, tres días, pero ni siquiera pude rastrear su calor; su aliento se evaporó como el rocío —del que no tenía ni siquiera recuerdos, habían transcurrido tantos años desde aquel último amanecer.
Así pasaron varias semanas, desde el tiempo universal la conciencia, o al menos eso creía: ¿Cómo calcular el tiempo en que acaba de pasar el último grano de arena si la oscuridad se empecinaba en devorar los anhelos de observar?
De pronto intuí su perfume, sentí su aroma confuso en una tarde de mayo y me quedé esperando tranquila, respirando pausado, disfrutando esos instantes de incertidumbre... Pero esos segundos se convirtieron en años. Él pasaba cerca, pero nunca me abrazaba; sentía su risa pero ya no era para mí. No se qué duró más, si su indiferencia o mi desconsuelo, si su crueldad o mi llanto.
Así que ahí estaba yo, en medio, al costado, arriba o abajo de la sombra proponiéndome buscar otra vez algún resquicio de luz. Caminé, salté, me arrastré, gateé, corrí —debo confesar— con un vértigo de muerte. Pero no descubrí ni la más mínima expresión de claridad.
Se me dio por escribir poemas, los dibujaba en el aire y trataba de imaginar sus colores. Al principio me divertía fantaseando cielos naranjas y árboles azules pero después de un tiempo, que fue infinito e indestructible, se me olvidaron las cosas de la vista, y comencé a olfatear la vida de una manera magistral. No obstante, como cada vez que olfateaba me invadía su aroma, sólo su aroma, sin nada de él acompañándolo, poco a poco anulé mi olfato para no sufrir y comencé a sentir la vida por el tacto.
De pronto me sentí más segura, me desplazaba por el espacio de la nada con una soltura inusitada. Tánto que me encontré con él, casi por casualidad. Fue como la primera vez: consoló mi llanto con sus brazos, descubrí en sus hombros mi refugio y en sus ojos hipotéticos la fuente de toda belleza. Anduvimos un tiempo vagando por los páramos de la penumbra pero una corriente de aire lo arrebató de mi lado, todavía me quedan las marcas de la separación.
Otra vez sola, lejos, cansada. Quise acabar con aquello, y en un acto ritualístico de desesperación estudiada, comencé a contorsionarme en busca de una salida. Pero la luz nunca vino.
Comprendí que sin esperanzas estaba perdida, y me inicié en el escuchar, los sonidos me transportaron a un mundo imaginario y pude —por un momento— ver mi bosque y mi cielo. Sin embargo, la oscuridad seguía siendo dueña y señora, y sólo permitía un sueño a colores y con formas definidas una vez cada 10 ó 15 años.
La existencia me atravesaba el alma como una corriente fría de indiferencia, y de pronto comprendí que quizas podría vivir mi vida por el oído. Fue entonces cuando me inicié en la percepción del canto de los pájaros y la risa de los niños.
Todo comenzó a tener sentido otra vez. Y mis días transcurrieron sin sobresaltos.
Hasta que, repentinamente, me entró una nostalgia de la vista. La nostalgia me recordó la lágrima, y la lágrima me restregó la ausencia; la ausencia me recordó el abandono, y el abandono me sugirió la nada; la nada me recordó la vista y la vista se anegó de nostalgia.
En ese momento me dejé caer, ya no me interesaba lo que me sucediera, ya no quería que nadie me consolara, ya no soportaba la ausencia. La caída fue inacabable, sentía el vértigo del aire sosteniendo mi cuerpo. Y así pasaron 10, 15, 20 minutos de vacío absoluto… y luego: el agua helada.
Me creí morir definitivamente, pero sentí unos brazos conocidos que me jalaban hacia arriba. No ofrecí resistencia, estaba demasiado aturdida. De pronto lo vi, estaba empapado, pero sonriente, con los ojos claros y una luz en su mirada.
Lo vi.
Ahí estaban la catarata, los pájaros, los niños jugando a las rondas, el bosque, las flores y el cielo. Súbitamente comprendí: nunca estuve sola.
Era tal mi regocijo que sólo atiné a llorar, y las lágrimas fueron la bendición de la alegría. Allí estaba él otra vez, enredándose en mi cuello, apretándome contra su pecho, despidiendo aquella angustia que se iba ese día para siempre.
Y comprendí que aquel hombre, de los ojos claros y la voz pausada, era mi ángel. Y descifré que esperando el milagro se me fue la vida.
Estaba equivocada, ahora lo sé. Por buscar la luz me olvide... Era más sencillo abrir los ojos.
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© Cintia Vanesa Días
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 28
Enero-Febrero-Marzo de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
Narrativa
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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