Editorial:
Lectura incompleta
de Salambó, de Flaubert [1]
Clinton Ramírez C.
Por lo general, Cartago cumplía sus promesas, pero en esta ocasión, el exceso de su avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los libios, toda África entera iba a caer sobre la ciudad. La amenaza se cernía sobre su próximo futuro de una manera harto concreta. Lo cierto es que Cartago, ante esta amenaza, no tenía más que una salida, el mar…Pero allí estaban también los romanos. Al igual que un hombre asaltado por asesinos, la república sentía rondar cerca de ella la muerte.
Gustave Flaubert, Salambó.
Eugenia de Montijo leyó en el transcurso de una tarde las cuatrocientas apretadas páginas de Salambó, la discutida novela de Gustave Flaubert en la que este cuenta el asedio de Cartago [2] a manos de los mercenarios del libio Matho. El hecho, que figura acaso en las biografías de la esposa de Napoleón III, ocurrió a finales de noviembre de 1862. Todavía comentan en las calles de París pormenores de la derrota del ejército francés en la Batalla de Puebla, en México. Sigue pendiente de resolver la absolución de Las flores del mal, el poemario de Baudelaire, condenado por atentar contra la moral pública, el mismo cargo que enfrentara meses atrás a Madame Bovary con la justicia, en 1857. Bella, elegante, la dignidad de la posición la obligada a estar al tanto de los vaivenes del arte, la ciencia y la literatura de su tiempo. Había intercedido a favor de Flaubert, su escritor de cabecera. Algo hizo o haría, a petición de Hugo, Gautier o Sainte-Beuve, por reducir la multa que el aislado Baudelaire fue obligado a pagar.
Sainte-Beuve, el primero en promocionar el fracaso creativo de la obra, tardó días en leerla sin saltarse un renglón, sufriendo cada párrafo, deletreando palabra a palabra. Es previsible, a parte de lícito, pensar en la clase de ojeada de Sainte-Beuve. Leía la obra con el propósito de emitir sobre ella un juicio. No para distraer la tarde de un agitado día. De ahí la documentada lectura suya, rica en punzantes anotaciones, de fructífero diálogo con el difícil arte de Flaubert.
Capta el objetivo de Flaubert. Resucitar con fe de vigilante fanático un mundo muerto, echando mano de nuevo al realismo que le permitió rescatar a Emma Bovary de la gris cotidianidad de la provincia. La valoración Sainte-Beuve es conocidísima. Lamenta que las desorbitadas descripciones de la novela aplasten a los personajes, que saquen de paso la plena vida ficticia que toda obra literaria debe a los lectores. Cincela el juicio lapidario que el mismo Flaubert se verá obligado a aceptar a regañadientes: “La antigüedad puede ser restituida, pero nunca resucitada”. Ilustra cómo en Salambó el milagroso empeño arqueológico de un esteta, la implacable máquina de construcción flaubertiana, hace que en lugar de integrar el mundo físico real de Cartago con el de los personajes recreados, estos tiendan a excluirse, a convivir sin tocarse sobre la superficie del trajinado mar de Cartago.
La lectura que cito de Sainte-Beuve de ninguna manera invalida el vistazo de Eugenia de Montijo. ¿A qué viene todo este rodeo? ¿Qué tiene de extraordinario que Eugenia de Montijo hubiera leído Salambó en una sola tarde y sin interrupción? Adentrarse en los primeros capítulos de la novela, sufrir sus extensas parrafadas, seguirle la pista al orden de causas que precipitaron el asedio de opulenta colonia fenicia del norte de África, constatar la división de mundos que descubriera Sainte-Beuve refuerza la pertinencia de la inquietud.
La lectura suya, empresa atacada en pocas horas, obliga a pensar sin suspicacias en la naturaleza del vínculo que la Montijo estableció con la novela. Mueve a interrogar la calidad de la atmósfera de esa tarde. Se alegará que es fácil ubicar el ambiente externo de ese favorecido día de noviembre. Bastará tomar retazos de algunos diarios para tener un aproximado párrafo del clima que rodeó la lectura. Difícil será, objetará algún tercero, recuperar las leves molestias, las pausas, las perplejidades que acompañaron a la Montijo en las pocas horas que empleó en desocupar Salambó, considerando la escasa información sobre este particular. Es posible suponer que el documentado asedio de Cartago la hubiera hecho pensar en la suerte del Segundo Imperio, sometido sin más al capricho de miles y miles de mercenarios desesperados o víctima del desembarco en las costas francesas de todas sus colonias de ultramar. Leyó la novela seguro porque el París importante la leía o la comentaba con enfrentadas opiniones. Recurrió a ella pensando en sortear una tarde más de silenciosa lectura en la antesala de una velada especial, hecho que ninguna mitología podrá alterar. El resultado que cuenta es el significado de su particular lectura.
El asunto de la novela la emocionó. Algo de Salambó, la hija que Flaubert le inventa al histórico sufete cartaginés Amílcar Barca [3], atinó en ella, si bien pudo encontrar irritante, subido de tono, el misticismo de la muchacha, indecisa entre el amor a Cartago, la fidelidad a Tanit —la deidad sideral de la ciudad— o el amor a Matho, el dubitativo o despiadado comandante de los sublevados, cuyo corazón, luego de ser derrotado, es ofrecido al sol en una cuchara, en las postrimerías de la novela (pp. 441-442). Acaso lamentaría que la muchacha hubiera pasado, en un mismo capítulo, en el lapso de pocas páginas, de vivir una noche de placer inicial en la tienda [4] de Matho a ser desposada en el campamento de Amílcar con el joven rey Narr-Havas. Boda cartaginesa [5] que el cercado Amílcar efectúa para sellar la calculada traición que el rey númida hace de la causa mercenaria. Improvisada alianza a la que los tiempos no dejaban de acudir, pensaría la Montijo. ¿No disfrutaba acaso ella de un matrimonio conveniente? Los hombres no hacían más que cazar y luchar. A las mujeres en cambio, del otro lado de la moneda o de la luna, les correspondía intrigar o soñar [6]. La reconfortó comprobar, de cualquier forma, que Flaubert, el energúmeno autor de Madame Bovary, a pesar del desatado esfuerzo arqueológico suyo de restituir un mundo sepultado bajo siglos de arenas [7], proveía aún buenas horas de lectura, más allá de los incontables párrafos de granito de Salambó sobre los cuales pasó con los ojos cerrados o leyera a saltos. Ella no pediría más a un autor. Hasta debía de asistirle razón a Baudelaire, a quien convenía leer a la distancia debida, en declarar que nadie distinto a Flaubert podía hacer algo igual.
Imaginando la lectura de Eugenia de Montijo cedo a la tentación de pensar —nada más— que Flaubert es el verdadero personaje tras bambalina de Salambó. A los reyes les fascinaba elevar pirámides en medio de nada, construir palacios sobre pantanos, transformar conventos en museos, ganar batallas, establecer sustanciosas alianzas. Nadie estaría en condiciones de acusar al solitario señor Flaubert de pretender con Salambó atravesar a caballos los siglos.
Algo es rotundo. La historia de esa tarde le ofreció a la Montijo la oportunidad de unir su memoria a la de su apreciado Flaubert, cuya Madame Bovary leyó varias veces, la primera vez incluso a escondidas. Con algo de más ambición, pudo haber escrito algo así:
Dejé el libro en mis piernas. Negada a regresar a mi tiempo. Temerosa o feliz —¿existe diferencia?— de hacer parte de una lectura sobre la que no tenía ni tengo ningún medio de control al alcance.
Le concedo o le atribuyo estas palabras que la emoción no le impidió rasgar en la perfumada página de algún diario. Sería excesivo apoyarla en la conmoción que la acompaña en el transcurso de la velada de esa noche. Es disculpable pensar que durante un intermedio, empolvando las mejillas, ajustando las vértebras del corsé, al mirarse en la pureza líquida de algún espejo haya experimentado el raro privilegio de sentir que su vida de allí en adelante estaría trabada a la lectura de un libro aún sin escribir.
En esto no erró sospechas. Los libros escritos sobre ella han obrado el milagro de hacer de Eugenia de Montijo, la última emperatriz de Francia, el personaje de una novela sin desenlace. Algo similar sucede con Salambó, la discutida obra de Flaubert, sobre la que es difícil firmar un conclusivo veredicto. La polémica es la fuente de su vigente inmortalidad. Son muchas las páginas admirables, plenas de emoción, de fuerza creativa, de total verosimilitud. Aunque son muchas sobre las que conviene pasar con los ojos cerrados: siguiendo el eficaz método de la Montijo.
¿Qué quedaría de la novela si se le mutila aquí y allá el exotismo, el lirismo, la documentación? ¿Una novelita de aventuras? La perspectiva debió de repugnar a Flaubert. Insisto. No me apresuraría a votar su fracaso habiendo poderosas razones para ello. Estaría dispuesto, sin remordimientos, a respaldar con el debido cálculo el arrojo de Flaubert. ¿Alguna forma de hacerlo? La única que conozco es someterse a la pasión de revisarla sin saltarse un renglón. Es, por otra parte, el modo más legítimo de aprovisionarse de armas contra las supersticiones de la crítica.
A Flaubert es difícil darle la espalda. Es de esos escasos autores a los que se acompaña incluso en sus magníficos extravíos. La novela no solo es un arte exorbitante, generoso en personajes excepcionales, al que poco o nada le importa la acumulación de excrecencias. Goza de la irresponsable libertad de servirse de auténticas aves raras. Sobra citar a Kafka. Piénsese nada más en el titánico capricho del Truman Capote de A sangre fría. “Hey, Perry, pásame la cerilla”.
Notas:
[1] Adquirí el ejemplar un par de días atrás en el puesto de Miguel Maury, viejo librero barranquillero que, además, es músico, antiguo cantante de sones y guarachas. Maury atiende hace treinta y ocho años su puesto de libros, localizado al final de la avenida Quinta de Santa Marta, en los límites de la aún licenciosa calle de Las Piedras, célebre o mitificada zona de tolerancia de la ciudad. El libro me costó dos mil pesos, que cancelé sin chistar.
[2]La novela tiene lugar en el año 241 a de J.C. La rebelión de los soldados mercenarios tuvo como motivación el reiterado incumplimiento de la ladina y explotadora Cartago de pagarles sus soldadas correspondientes a los servicios prestados en las guerras contra Roma en Sicilia y otros puntos del Mediterráneo. Libios, númidas, griegos, baleares, iberos, ligures, galos, cretenses, entre otras especies. Amílcar Barca, en su disputa con el consejo de Cartago, ofrece un excelente compendio de este cínico proceder: “¡Bonita ética para un pueblo que quiere ser grande entre los grandes…! Se desean las conquistas, pero se desprecia a los soldados con que forman los ejércitos que han de ganar las batallas” (Cap. VII, p.180)
[3] El soberbio, sarcástico, colérico y astuto Amílcar hacía parte de la Asamblea de poderosos de Cartago. El militar es llamado a la ciudad para repeler la sublevación de los mercenarios. Remito a los lectores curiosos a poner los ojos en el capítulo VII de la novela. Vale la pena distraer en él un retazo de tarde. En este apartado aparece con pleno vigor este personaje con motivo de la vibrante discusión del aristocrático senado que define la suerte de la factoría. La sesión tiene lugar en el amplio salón consagrado a una estatua de hierro de Moloch o Baal, dios del fuego purificador de los fenicios de Cartago, que algunos identifican con Cronos y Saturno. Es el tramo de Salambó en donde la voz humana alcanza sus más altos tonos en sus enemistades, recelos, recriminaciones, injurias, amenazas y tropeles, que recuerdan, por cierto, el alboroto o las grescas de los cuerpos legislativos actuales. En el mismo sobran, sin duda, el lirismo, el exotismo y la rica despensa de piedras, ungüentos, telas, papiros, perfumes, especies, ceras y miles con la que Flaubert se aprovisionó al acometer la obra y que un siglo después el realismo mágico arrumó hasta tocar los cielo. Es un capitulito astuto en chantajes o crueldades como cuando Amílcar llora al revisar las mutilaciones a que los bárbaros sometieron a los tres elefantes que sobrevivieron al ataque inicial del palacio de Megara.
[4] Los interesado en pormenores favor consultar la página 290.
[5] Las mujeres son sensibles estas ceremonias. A Salambó le fue colocada una lanza en la mano que ella pasó a Narr-Havas. Los pulgares les fueron atados con corteza de buey, dice Flaubert, para a continuación derramar sobre la pareja una abundante provisión de granos de trigo (p.302).
[6] Jules de Michelet, otro entusiasta de Salambó, acababa de publicar La bruja, libro en el aparece la cita que pongo en cabeza de la Montijo. Véase Jules de Michelet, La bruja, Barcelona, Editorial Labor, 1984.
[7] Mi relectura de Salambó es el único fundamento que pongo en la base de esta conjetura. Revisión impensada al momento de efectuar una compra que hice solo por el puro impulso de volver a tener conmigo la edición de Bruguera de Salambó. Sello en el que leí, a principios de los años setentas, Éxodo de León de Uris y El Misterio de los Templarios de Louis Carpentier.
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© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 28
Enero-Febrero-Marzo de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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