Sobre cuentos póstumos
Prólogo:
José Francisco Socarrás,
cuentista
Jaime Mejía Duque
Los temas de estos cuentos de José Francisco Socarras Colina (1906-1995) son la violencia, la injusticia, la miseria y, en cierto caso excepcional, una leyenda indígena. Cuando se examina el conjunto se descubren las relaciones de contenido existentes entre ellos —como también aparecen en la serie de cuentos que conforman el libro Sol de trópico (1961), del mismo autor. Esta sociedad violenta y desequilibrada atrajo el interés científico y literario de Socarrás. Siquiatra de “profesión”, pero apasionado por la literatura, le sedujeron el dramatismo de las tensiones sociales y la variedad de tipos humanos sobredeterminados por ellas. Era persona sensible en alto grado e imaginativa, capaz de contar una historia en forma artística, como lo demuestran los textos de Sol de trópico, en los que pudo trabajar con el tiempo necesario, entre 1945 y 1960, para darles su forma definitiva.
Esto no ha ocurrido con los ocho cuentos que ahora se publican. Este es un libro póstumo, al que la muerte sorpresiva y accidental del autor no permitió someter a una última revisión de estilo. No es que se lean como obras “mal escritas”, por supuesto. Sino que se notan, aquí y allá, pasajes a los cuales ciertos cambios o retoques, ciertas supresiones, hubiesen favorecido, concentrando sin duda su expresión, refinando su eficacia. Porque lo que sí es seguro en Socarras como escritor, es su solvencia idiomática. Como todo escritor verdaderamente culto, Socarrás coincidía con los Clásicos en el respeto por la lengua que se usa y en la búsqueda de la necesaria destreza instrumental.
A tal punto sucede así con Socarrás, que Sol de trópico viene a quedar, junto con algunos otros libros de cuentos de la época, incluidos los de García Márquez, entre los mejores publicados en Colombia desde 1940 hasta 1970, por lo menos. Para lo cual no ha sido necesario ningún “realismo mágico” —expresión equívoca, por lo demás— en los cuentos que comentamos. Ninguna de esas publicitadas “magias”, más o menos mentirosas, aparece en Sol de trópico. Estos relatos son cortes practicados en la carne de un mundo primitivo y trágico, en donde todavía la vida vale menos que la muerte.
Hay que apreciar en lo justo Sol de trópico, aunque en su prólogo el autor se presentase como “aficionado”, e “invadiendo” campos que “no le pertenecen”. Esos veintitrés cuentos están escritos en prosa sobria, matizada y veraz. Se trata de una objetividad narrativa dentro del realismo tradicional hispanoamericano, que se hiciera algo más complejo desde Horacio Quiroga y, sobre todo, desde Cortázar. Sin embargo, la forma directa y relativamente sumaria —sin perjuicio de su efecto dramático— de la cuentística de Socarrás Colina, sigue suscitando nuestro interés, sigue conmoviéndonos, imponiendo a nuestra imaginación sus crudas verdades. Sin duda, en esta prosa hay frases líricas, pero su lirismo siempre revela alguna característica esencial del personaje:
[…] andaba siempre como acurrucado dentro de sí mismo.
Esta imagen forma parte de un pasaje netamente descriptivo:
El indio se le escapaba en la mirada maliciosa y recatada y en los dilatados silencios. Amigo de pocas palabras, permanecía horas enteras a ración de monosílabos. Frío, sobrio, indiferente, andaba siempre como acurrucado dentro de sí mismo. Cuando las reacciones íntimas lo sacudían, apretaba las fuertes mandíbulas, se mordía los labios y se tragaba la palabrota inconveniente, con visible movimiento de la abultada manzana de Adán, volviendo a la querencia de su mutismo. (“El Coronel”)
Para una evaluación más específica de Sol de Trópico, habría que analizar cada uno de los cuentos y relatos que lo integran; en cada caso el tema, la estructura, los valores estilísticos.
Pero en esta ocasión se trata de los ocho cuentos póstumos, cuya última revisión, según hemos dicho, el autor no pudo hacer. El lector deberá tener en cuenta dicha circunstancia y, de serle posible, conocer los cuentos anteriores, del referido libro de 1961, para justipreciar en aquellos y en éstos los dones narrativos de Socarrás. Sus aptitudes literarias permanecieron aplazadas por los compromisos de la profesión médica, que se extendieron a la docencia y al periodismo. Ni siquiera la política partidaria le fue ajena. Este compromiso, negativo con frecuencia en personas de su formación científica y humanística, fue muy común entre los intelectuales colombianos de su generación. También incursionó en la historiografía general y en la investigación literaria. Ambas actividades colaterales le fueron siempre placenteras y encontró para ellas algún tiempo en las márgenes de su congestionada agenda. Fue así como realizó la versión, del francés, de la poesía escrita en esa lengua por los colombianos Hernando y Alfredo de Bengoechea; y además quiso presentarla al público nacional con un extenso y pormenorizado estudio crítico e histórico-biográfico de incuestionable valor. La edición colombiana es de 1994. En este ensayo introductorio Socarrás exhibe un completo dominio de su tema, expuesto en una prosa ensayística tan objetiva como la de sus cuentos. Y, por lo que hace a las respectivas versiones poéticas, cabe considerarlas dentro del nivel profesional en esta clase de trabajos, por lo selecto de su lenguaje y por la sensibilidad lírica del traductor.
Estos ocho cuentos fueron escritos con intermitencias durante los años posteriores a Sol de trópico. Debieron de ser muy distanciados entre sí, puesto que, hasta la fecha de la muerte de su autor, trascurrieron más de tres décadas. Las inclinaciones literarias de Socarrás Colina, que cedieron casi todo su espacio virtual a la profesión médica, la academia, el periodismo y aún a la política, han dejado por lo menos esos treinta y un cuentos —sumándolos todos— que, considerados sin prevenciones seudocríticas, nos entregan la imagen de un narrador genuino. Y como tal hay que reconocerle.
Su vivo interés por la historia, las tradiciones populares, el folclor y los hechos y personajes legendarios de su región nativa —el antiguo Magdalena Grande—, nutre los temas de sus ficciones. El presente libro contiene, inclusive, dos versiones de un mismo acontecimiento. Los títulos de estos dos cuentos crueles son irónicos: “La noche no llegó a tiempo”, y “La ley de fuga”. Pero el sarcasmo, en ambos textos, asoma en el diálogo final entre los uniformados criminales. Su brutal cinismo nos agobia. El autor refleja allí sobriamente la crueldad sin atenuaciones de los agentes de una sociedad envilecida y en perpetuo desequilibrio.
Como pieza singular entre estos cuentos, encontramos el titulado “Duranduba se volvió de piedra”, recreación de una extraña leyenda indígena. Es un texto algo farragoso, según suele suceder con las narraciones “indigenistas” que hemos conocido. Estas páginas son como el tributo que el autor rindiera al viejo indigenismo americano, sin que su laborioso tratamiento alcance a salvar lo anacrónico de tales exotismos. No obstante lo cual, siempre queda ahí el suspenso crítico de lo que habría podido pasar, estéticamente hablando, si el autor hubiera tenido la oportunidad de someter también esas páginas a la revisión final. Su creatividad operaba, al parecer, por etapas sucesivas, y no en forma repentista. Su autocrítica literaria era hija de su parsimonia científica.
Lo que de todos modos queda claro es que, dado el conjunto de su obra cuentística, Socarrás Colina merece el reconocimiento pleno entre los autores colombianos de narrativa breve surgidos durante la segunda mitad del siglo XX, y desde un poco antes, que lograron mayor equilibrio en el cultivo del género, gracias a un fino sentido de lo sicológico y lo dramático, al justo manejo del idioma y a la sinceridad de sus visiones.
Valledupar, Noviembre 2002.
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© Jaime Mejía Duque
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 28
Enero-Febrero-Marzo de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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