Zywia o el cuarto nivel

Antonio Mora Vélez
amoravelez@yahoo.com

Capítulo primero

I

Zywia viajaba por el espacio cósmico en dirección al sistema doble de Guenopillán, como si fuera una nave monumental de roca, metal y agua con cien mil millones de seres pensantes encima.

Años atrás, cuando Garonia —el planeta más grande del sistema— iniciaba sus primeras erupciones de hidrógeno quemado y su estrella empezaba a variar de temperatura, los astrofísicos y cosmólogos de Zywia habían decidido aprovechar el momento de ruptura gravitacional con el sol para hacerlo salir de su órbita y lanzarlo hacia el sistema planetario más cercano. No obstante la creciente fuerza de atracción de Garonia, la extraña fuerza del campo exterior obligaba a Zywia a tomar la ruta del frío y negro espacio interestelar. Ni siquiera Chandra tomó la ruta que le demandaba Garonia; por causas aún no explicadas, el hermoso satélite natural de ayer tomó la ruta del viejo sol y se sumergió en sus aguas doradas, llevándose consigo los innumerables encantos de su parte oscura.

Cada millón de kilómetros que nos alejábamos del viejo sistema solar, las antenas de los sensores captaban menos cantidad de fotones y gravitones, y las plantas nucleares se resentían y se negaban a producir la energía que necesitaba el planeta viajero. Por tal motivo los sabios de Zywia discutían en la sala de sesiones de la Academia de Ciencias la mejor solución. Ray Arión, de Ciudad Luko, exponía su muy original plan. "Yo considero —decía— que la mejor alternativa es la construcción de un reactor xarvisty en órbita. Es mucho más fácil y menos peligroso que el sol artificial que proponen los físicos de Citérea". Estos imaginaban perfectamente posible la concentración de partículas de gas y polvo del espacio circundante hasta formar una nebulosa y luego, mediante el cosmotrón, acelerar la fusión del hidrógeno. La asamblea de sabios discutió las dos propuestas y se decidió por la de Arión, entre otras razones, porque el sol artificial de los citereanos implicaba un alto en el camino, un estacionamiento en ese fragmento del espacio, que no era justamente lo que el alto mando de la expedición y la población querían. También por las prevenciones de los ecólogos, para quienes el proyecto nebulosa traería innumerables daños a la salud de los zywianos si la temperatura del nuevo sol resultase superior a la prevista.

Cuando el reactor orbital de Arión inició operaciones y la luz rojiblanca que generaba barrió mares y continentes a la manera de un reflector gigantesco en movimiento, los más viejos recordarían los tiempos aquellos de los soles dorando sus cuerpos en las playas y en los que la noche había desaparecido del planeta porque cuando no era Garonia era la vieja estrella la que alumbraba. El día de la inauguración, Ray Arión recordó las agrias discusiones en la Academia de Ciencias luego de que muchos científicos llegaran a la conclusión de que Zywia perecería por el calor del viejo sol que se expandía y porque la incipiente fuerza de Garonia sería insuficiente para hacerlo escapar de ese molocht de fuego que se veía venir en el cenit de todos los lugares. Recordó que su tesis del "trasteo", como la llamaba, les pareció irrealizable a los demás científicos, una fantasía pueril incompatible con las ciencias. Y en verdad, la fórmula del despegue no era fácil de entender. Muchos siglos antes un escolar del Russ (Centro de alta tecnología) la había propuesto pero entonces no pasó de ser una demostración de ingenio con una alta dosis de imaginación y nada más. Con el correr del tiempo se sabría que no era solamente ingenio e imaginación sino que era perfectamente realizable en las nuevas condiciones de gravitación del planeta. Así lo comprendió Ray Arión y terminaron por aceptarlo sus colegas de la Academia de Ciencias. A grandes rasgos, se trataba de un mecanismo de impulsión que aprovechaba la energía volcánica del planeta y el paso de éste por el punto de libración entre Garonia y el viejo Sol. Era la única forma de abandonar la ya inestable órbita estelar y evitar la muerte segura del fuego o el destino incierto en torno a Garonia, planeta ardiente pero que no se desplegaba plenamente como estrella.

II

Los veinticinco conglomerados en que estaba dividido Zywia aguardaban el éxito del reactor de Arión. En cada distrito los habitantes se agruparon por sectores para libar copas de buen vino y danzar alegremente al compás de los nuevos ritmos. La televisión comunitaria había llevado a todos los rincones las palabras entusiastas y optimistas del presidente del Consejo Mundial. Este había dicho que no había porqué temerle al futuro, que Zywia podía estar seguro de arribar "con buen viento y buena mar" al sistema doble de Guenopillán.

Ciudad Luko era uno de los distritos más famosos no sólo por su hermosura, por su privilegiada situación geográfica y su gran potencial agrícola, sino porque en su centro de investigaciones trabajaba Ray Arión. El distrito estaba formado por las provincias de Xin, Elfis, Panzenú y Ertha. El día señalado para la operación despegue o "trasteo", todo el mundo se quedó en sus casas, más exactamente en los refugios construidos en los sótanos, para eludir una posible onda térmica residual. En San Jerónimo de Leuka, ciudad acogedora de la provincia Panzenú, esperaron el instante del despegue junto con Ray Arión, sus amigos Irvin Berrocal, filósofo; el poeta Ronto y la actriz Dzoara.  Mientras ellos y los demás amigos reunidos en todos los refugios del mundo esperaban y se divertían para paliar la tensión, los perforadores de broca nuclear canalizaban el fuego interno del planeta por el cráter del volcán Fatu Cron del océano meridional. La detonación controlada apenas tiñó de rojo esa parte de la atmósfera situada encima del cráter, movió discretamente a Zywia hacia arriba de la eclíptica, determinó la parábola de la fuga en dirección hacia Markán y empezó a dejar una estela gigantesca que convirtió a Zywia en un cometa durante gran parte de su recorrido inicial.

Cuando las estaciones de radio y TV diseminaron la noticia por todos los distritos, Irvin dijo: "¡Y no hemos sentido un carajo. Es como si continuáramos flotando en el mismo cielo!" Los contertulios de Ray y de su esposa soltaron la carcajada. Ray dijo entonces: "Es una consecuencia de la relatividad del movimiento" y trató de explicar los fundamentos científicos del fenómeno descrito pícaramente por Irvin, pero éste, con la complicidad del poeta Ronto, lo detuvo y le pidió que destapara más bien otra botella de vino lukinense de frutas y pusiera otro videoform de música panzenú para iniciar el baile. 

—¡Sí, Sí, claro! —agregó Dzoara, quien se bailaba solita moviendo su escultural cuerpo de vampiresa del cine y siguiendo los compases imaginarios de un ritmo a todas luces excitante.


En la ciudad académica de Abadira, entretanto, pasaban registro a las últimas informaciones transmitidas por la sonda exploradora. Esta, orientada hacia la misma trayectoria prevista para Zywia, informaba todo lo relacionado con densidad, campos magnéticos, radiación y grado de complejidad de la materia. La raza zywiana se encontraba a la sazón a más de cinco mil millones de kilómetros de Garonia, casi bordeando la órbita de Triguel, el último de los planetas del sistema.
                   
Zywia llevaba el curso normal de un planeta habitado por seres racionales que luchan por arrancarle a la naturaleza los recursos para la vida. Los técnicos continuaban trabajando para crear la riqueza material que la sociedad necesitaba. Los científicos aceleraban el ritmo de las investigaciones de punta. Los niños y los jóvenes estudiaban con ahínco, fijas las miradas en el futuro de Zywia orbitando la estrella hacia la cual se dirigían. Hombres y mujeres tributando al amor la ofrenda deliciosa del rito ideado para la conservación de la especie. Todos los días surgían nuevas usinas y nuevos distritos con todos sus servicios. La humanidad marchaba sin detenerse hacia un tipo de sociedad armónica con una unidad de principios y aspiraciones que lindaban con la perfección nirvánica de la cual hablaron los expedicionarios de Dzhin a su paso por Zywia, luego de recorrer el espacio de la estrella amarilla de segunda generación en la que encontraron una raza de seres inteligentes con la misma estructura anatómica zywiana.

III

"Seguramente que nosotros no vamos a presenciar el feliz momento de llegada al nuevo Sol; son cuatro años luz que nos separan de ese acontecimiento. Cuando la Academia eligió la operación despegue todos sabíamos que con ello no salvábamos el escollo del tiempo. Pero ¿es que acaso la humanidad tenía prisa en llegar? Pues no. No había prisa. Además, el tiempo transcurría del mismo modo para todos y serían las nuevas generaciones las encargadas de resolver los problemas del orbitamiento alrededor de Guenopillán", dijo Ray Arión a sus contertulios en su casa de campo situada en las afueras de San Jerónimo de Leuka. Jugaban una partida de sicopuntas y charlaban animadamente acerca de las posibilidades de la gran aventura cósmica de Zywia, que ya iba por su tercer lustro.

—¿Y si todo eso que afirman los escritores de ciencia ficción es verdad y nos topamos con un agujero negro capaz de hacernos llegar en menor tiempo? —preguntó Dzoara.

—Es bien difícil que eso ocurra ya que el agujero negro conocido más cerca está bastante lejos de esta zona del universo —le respondió Arión.

—O lo que es igual —terció Irvin— que nuestro viaje se desarrollará normalmente, con la misma velocidad de salida...

—Así es —respondió Ray. Consumió entonces su turno en el juego.

—Pero la vida es a veces más rica en sorpresas que la mejor de las fantasías y no sería raro que encontráramos algo desconocido que nos haga cambiar de trayectoria. Todavía recuerdo la crónica que narra la historia del científico que inventó el sicofilme y puso en escena sobre el tablado de energía, sin saber cómo, a los dos astronautas que habían salido hacia Barnard y que debían encontrarse a varios pársecs de distancia —anotó Adonai mientras Dzoara jugaba.

—¿Estás seguro que se trata de una crónica? ¿No sería más bien un relato de ciencia ficción? —preguntó Lunnys.

—Sí. Es posible que sea esto último —dijo Irvin. —Soy un gran lector de ciencia ficción y conozco un relato de la ciencia ficción antigua titulado "Ejercicios fílmicos" que trata un tema similar al que señala Adonai, pero es un relato, no una crónica.

Dzoara presintió la discusión y como ella y las demás mujeres estaban en otra tónica, salió al quite diciendo: "Bueno, bueno, no es hora de polémicas. Mejor pongamos música y bailemos".

IV

La sala de sesiones de la Asamblea de Conglomerados estaba abarrotada de delegados que escuchaban el informe del presidente del Consejo Mundial. "Hemos superado los principales escollos del viaje. Tenemos energía suficiente para poner a funcionar nuestra industria, hemos desterrado las enfermedades virales y hemos construido una cultura floreciente que testimonia el nivel alcanzado por nuestros pueblos. Ya es hora de elaborar la estrategia de entrada al sistema doble de Guenopillán. Sabemos que allí existen condiciones que hacen posible la existencia humana pero no hemos definido el mecanismo de frenada que evite que la fuerza de atracción de la estrella nos ubique donde no nos conviene. La noticia que les traigo es que ya estamos en condiciones de hacerlo. Nuestros astroingenieros han elaborado una estupenda propuesta que han denominado "Paracaídas fotónico", que aprovecha las ondas de proa generadas por el viento solar de Guenopillán y las velas plasmáticas de nuestra capa de reflexión. Es una buena propuesta, así me lo han manifestado mis consejeros, pero estimo que pueden surgir más y que todo el planeta debe convertir en suya esta tarea que complementa la gran jornada épica de nuestros abuelos, cincuenta años atrás..."


Capítulo Segundo

I

Zywia avanzaba, señora, digna en su deslizar de mole consentida, como si su ritmo fuera el preludio del éxtasis y allá en el confín de su trayecto la aguardaran los brazos fuertes y tiernos de un dios apuesto. Atrás había quedado, convertido en un fulgor azul, rodeado de pequeños puntos apiñados, el sistema de los doce planetas, que ahora eran once. Pero el movimiento señala no solo el sentido del viaje del planeta sino también el desgaste de las cosas y seres que lo pueblan. Los hombres que iniciaron el fabuloso despegue de la salvación ya eran figuras de la historia. Otros, con juventud y mayores conocimientos, tomaban las riendas del brioso corcel y se enfrentaban a las nuevas situaciones, a peligros diferentes. Zywia había cambiado de figura y de vestido gracias a la ciencia y a la tecnología. El inmenso océano que envolvía la gran masa continental tenía ahora el color de la turmalina. Las nubes eran de color rojizo. Los picos nevados de las montañas tenían color frambuesa. Para cualquiera que hubiera conocido Zywia antes del despegue, el planeta de ahora era bien distinto. Aunque no del todo, porque aún quedaba el sentido del optimismo y la confianza casi ilimitada en la inteligencia que tuvieron sus antepasados, hombres como Ray Arión, y sin los cuales no hubiera sido posible contemplar las cercanías de Guenopillán.

Arión había sido eternizado en el museo de las grandes personalidades de la ciencia construido en una de las siete lunas artificiales de Zywia. Ciudad Luko era un lejano mundo de recuerdos en la memoria de Antuko Ul y en el de la hermosa cadete de nombre Ulrika que lo acompañaba. Ambos eran descendientes remotos de aquellos hombres y mujeres que ofrendaron sus vidas y pensamientos a la causa de la supervivencia y que se divertían en los ratos de descanso en las playas del viejo mar Luko. Aquel día de luz, Antuko y Ulrika conversaban animadamente acerca de sus planes en el futuro inmediato. Asistían a un concierto  en la concha acústica del distrito.

—¿ Te parece lógica nuestra decisión? —le preguntó él a ella minutos antes del inicio del concierto.

Discutían el traslado de Antuko al Centro Espacial del subcontinente Aljak. Ulrika debía quedarse en Lonjana, trabajando en la estación de TV-orbe de la cual era cronista estrella.

—En el distrito costero del norte de Aljak hay una estación de la cadena. Puedo pedir que me trasladen allí y reportar para Lonjana ¿No te parece?

La música interrumpió el diálogo. Sobre la platea el director de la orquesta agitó su batuta y pulsó el tablero de intensidades y entradas. El sonido comenzó a ganar altura y tensión. Pequeñas ráfagas de cuerdas simulaban la bravura del viento. Saliendo de un fondo oscuro, el oleaje del theremín le prestaba al paisaje instrumental la contrapartida del suspenso. Era una lucha entre la luz y las tinieblas en un paraje desértico. "Sin duda un arreglo hermoso", comentó Antuko. Enseguida y antes de que Ulrika dijese algo, los flugerhorns produjeron unos alfilerazos brillantes que eran la expresión sonora del amanecer, y luego los chelos, in crescendo, complementaron el fragmento con unos compases de cielo encapotado. Y no había necesidad de ver, bastaba escuchar para imaginar el cuadro de esa mañana amenazada por los elementos. La magia del arreglo había dejado al descubierto esa otra frontera de la percepción que no requiere de los sentidos.

II

Los astrónomos de Zywia habían avistado el misterioso punto que se agrandaba cada vez más y que parecía venir en dirección suya. Las conjeturas no se hicieron esperar: Que se trataba de una mole planetaria a la deriva; que podría ser una gran astronave de dimensiones colosales y hasta un posible ser vivo devorador de cuerpos celestes que nos había escogido como bocado. Desde hacía varios años el mentado punto luminoso inquietaba a los hombres de ciencia de Ciudad Arión. Por si resultaba lo mejor, un encuentro con otra civilización, los astroingenieros iniciaron la construcción de un estatorreactor con toda la información de Zywia montada en varios tridivisores. Ya en el pasado habían recibido pruebas de la existencia de seres racionales en otros mundos lejanos. La sonda de Epsilom del Kar, enviada apenas veinte años atrás, había sido descifrada y gracias a ella se pudo conocer el mensaje proveniente de la galaxia Omega, en el que se describía la existencia de una civilización múltiple en una de las estrellas binarias del cuarto brazo espiral. Se trataba de un mensaje que debió haber salido un millón de años antes a juzgar por la distancia y que era una advertencia a todos los seres pensantes del universo. "Aten las manos a los militares que lleguen a poseer el manejo de las fuerzas del átomo", decía al final, al tiempo que las imágenes mostraban la acción destructora de los temibles hongos de fuego. De modo que no era de extrañar un encuentro con otras inteligencias del cosmos. Por ello la brigada escogida para conducir el estatorreactor, entre quienes se encontraba Antuko Ul, no sentía mayor temor y viajaba con una buena dosis de optimismo y seguridad. Tan solo Ulrika sentía el grueso de la angustia por esta segunda separación, mucho más preocupante que la laboral anterior porque su amado no estaría a unos cuantos kilómetros por monorraíl sino a muchos miles de kilómetros arriba surcando el cosmos predial de Zywia.

III

La nave de contacto, un crucero Lukonov de propulsión fotónica, parecía un cortante rayo de luz en el negro espacio visible. Ulrika lo miraba desde su pequeño observatorio familiar situado en la buhardilla de su casa. Presentía que su novio no regresaría de la misión, que la sonda exploradora enviaba un mensaje de muerte ya que pulsaba de un modo irregular en la banda de los siete metros. En la cosmonave, entretanto, estudiaban los puntos y rayas de la emisión y dibujaban los gráficos que resultaban del enramado de líneas formado por el mensaje radial de la sonda. "No tiene tripulantes--dijo Antuko-- de otro modo no usaría ese tipo de comunicación". Más allá de la sonda, una inmensa mancha roja borraba del pizarrón celeste las figuras de Onomá y de Colosó, nuestras galaxias vecinas. Los tripulantes del crucero Lukonov no se enteraron inmediatamente del fenómeno pero los radioastrónomos de Zywia sí.

—Es como si hubieran chocado con una galaxia de antimateria —afirmó Erg Mol, uno de los comandantes de la operación, en la sala de radio.

En la sala de ingeniería de la astronave

—¡ Lo tengo! —exclamó el radiointérprete. Se encontraba inclinado sobre la pantalla horizontal de su computador, rectificando líneas y ecuaciones que eran enviadas directamente al comando de Ciudad Arión.

—¡ Una membrana roja! —exclamó agitado Erg Mol al contemplar en la pared de recepción la información del radiointérprete.

—¡Y del tamaño de una metagalaxia! ¡No puede ser! —complementó el presidente del Consejo, visiblemente alterado. Se dirigió a una de las escotillas de la burbuja en donde funcionaba el comando, miró hacia el indefinible horizonte y agregó: "Aquí se acaban todas nuestras esperanzas..."

IV

La inmensa mancha roja se acercaba con la velocidad de los taquiones beta. Zywia estaba resignada a perecer en sus fauces sombrías del mismo modo que Onomá y Colosó. La hermosa Vía Espiral de los poetas estaba condenada a quedar borrada del firmamento, a no ser más luz, ni torbellino, ni cuna del pensamiento. No obstante el desconcierto inicial, las ilusiones que el hombre almacena en algún lugar de su cerebro le dieron a los zywianos fuerzas para seguir pensando en el futuro pródigo que soñaron al abandonar Garonia. Los escritores dijeron que se podía eludir la acción devoradora de la membrana roja utilizando uno de los atajos cósmicos descubiertos en la Vía Espiral o que en caso de no poder hacerlo, el planeta pasaría a través de la membrana como se pensó durante algún tiempo que se podía hacer por los agujeros negros.

Cuando la membrana estuvo a las puertas de la Vía Espiral, Antuko volvía a las cabañas de descanso de Ciudad Arión y se encontraba con Ulrika, quien había ido a recibirlo.

—¡Antuko! —le gritó al verlo llegar, enfundado todavía en su traje espacial. Este la vio y corrió a su encuentro, dejando regados sobre el piso sus objetos de mano. "¡Ulrika, mi amor!", exclamó. Luego se confundieron en un prolongado abrazo que fue presenciado por los operarios del helipuerto que se disponían a irse hacia sus chabolas para esperar el final. La mayoría de los zywianos estaban resignados a la muerte y la aguardaban, como se decía antes, con dignidad.

—Cariño ¿Estás bien? —le preguntó Antuko, al tiempo que le estampaba un tierno beso en la frente.

—Feliz de tenerte cerca, aunque sólo sea por los pocos días que nos quedan de vida —le respondió Ulrika y estrechó más fuerte el cuerpo de su amado.

La mañana no era el fondo ideal de la escena. Las baterías estelares funcionaban a media carga y más de un rayo de luz del universo se desvíaba y tomaba el rumbo hacia la membrana roja.

V

Mientras Zywia sentía los primeros efectos de la poderosa fuerza de atracción —ligeras vibraciones en todos los cuerpos— Antuko y Ulrika jugaban una partida de sicoajedrez. Ulrika movía con la energía de su pensamiento la figurilla de luz tridimensional que hacía las veces de Duque y la avanzaba dos escaños hacia adelante. Antuko se preparaba para defender su fortaleza con las piezas disponibles; hizo el ademán de colocar a uno de sus caballeros en posición de toque y miró sonriente a su compañera.

Bruscamente Zywia sintió que entraba en un remolino de fuego y que todos sus seres y enseres se empequeñecían y se aplastaban sobre la superficie, como si una mole de piedra machacara granos sin tocarlos. Las sonrisas de Antuko y de Ulrika devinieron en muecas con la deformación de sus rostros y quedaron así, como detenidos en el tiempo, simbolizando el candor de la raza zywiana hasta ese instante del encuentro con lo desconocido. Zywia y toda la galaxia pasaban por entre los pliegues de fuerza de la membrana roja, y el paso semejaba la aventura juvenil de los toboganes pero, a diferencia del temor que paraliza en esas máquinas de diversión, la parálisis de los zywianos era una consecuencia de la acción biofísica de los campos de fuerza que interactuaban en el interior del poderoso sistema. Los hombres parecían estatuas de piedra pómez y los edificios, maquetas de arcilla cuarteada en trance de derrumbarse. La superficie del planeta, también cuarteada, parecía un valle erosionado y muerto. En compensación, una densa masa gaseosa lo recubrió protegiéndolo del calor y de las radiaciones.

El tiempo pasó tan rápido como el cruce mismo de Zywia por entre la membrana roja; el tiempo en estrecha relación con esa alfombra roja que parecía absorber toda la materia del mundo y determinar con su vaho la quietud de las cosas vivas. Todo el espacio visible contraído y reseco, con las arrugas y las cuencas efecto de la deshidratación y ese contraste del inmovilismo de todos los seres vivientes en medio de la velocidad a que se veían sometida todas las cosas de planeta. Muchos años después, la masa de la Vía Espiral, regazo de Zywia,  cayó en un medio viscoso, en un espacio diferente que no era de partículas, ni de gases, ni de plasma, sino como un protoide en vías de fecundación. La anterior cobertura infrarroja empezaba a desaparecer en la medida en que un baño de luz gen saludaba la otra cara del destino de Zywia. Y toda la humanidad se vio de pronto en medio de un brillo fulgurante diseminado, como si no hubiera regresado  al mismo espacio negro de Erídano o de Vesta y estuviera más bien transitando en un mar de luz pródiga que no se desviaba ni se contraía.

Las muecas de Antuko y de Ulrika se trocaron en sonrisas y luego en sonoras carcajadas porque con esa jugada Antuko le daba mate a su hermosa contrincante. Había movido su reina hacia la entrada del castillo y dejado su rey en posición de ataque combinado con Duque y Alfil.

—Ganaste —dijo Ulrika, levantándose de su butaca y dirigiéndose al lugar en donde estaba sentado Antuko.

Allí lo tomó de las manos, le dio un beso y le indicó el camino del balcón. Antuko la siguió y en el camino la tomó del talle. Ulrika estaba más hermosa que nunca. Vestía el usual pantalón corto ceñido, la ligera blusa de trycón que le dejaba la cintura al descubierto, y las botas de cuero negro que le hacían resaltar la blancura de sus bien torneadas piernas. Mirando al cielo, desde el pasamanos del balcón, Antuko exclamó: "Este es un brillo excepcional. No se parece al encendido de nuestras baterías. Algo raro ocurre". Ulrika, como siempre, trató de desvanecerle los temores y le dijo que posiblemente el Alto Mando ensayaba algún nuevo sistema de alumbrado general. Pero Antuko no le dio crédito a su versión y se quedó un rato pensativo. "—Observa" —le señaló a Ulrika las paredes exteriores de la burbuja. “—Es como si este material hubiera envejecido cien años". Ulrika pasó sus manos sobre las barandas y paredes del balcón y notó que, en efecto, éstas acusaban la erosión del tiempo.

—¡Pero cómo —exclamó— Si hace apenas media hora nos sentamos a jugar la partida de sicoajedrez y entonces todo era normal!

VI

Al día siguiente, en la sala de comando de la Academia de Ciencias, Erg Mol, Rob Tal y diez científicos más, se reunían para estudiar el fenómeno de la desaparición de la membrana roja, el no menos enigmático de las erosiones que testimoniaban el envejecimiento de todo lo existente y el fantástico rumbo que parecía seguir Zywia en un medio espacial extraño, lleno de luz y totalmente despoblado de estrellas.

—Que no exista un sistema solar en varios millones de años luz, pase. Pero ese fulgor como de mil soles enlazados que inunda todo el espacio sí que es inverosímil —dijo Mol.

—Cuando sentimos las primeras vibraciones íbamos en ruta hacia Guenopillán, y de pronto aparecemos en otro lugar del cosmos, totalmente distinto, como si hubiéramos pasado a otra dimensión —agregó Tal. Erg Mol dio un salto de su sillón al escuchar la palabra dimensión pronunciada por Tal.

—¡Eso es! —exclamó. —Hemos entrado a otro universo de propiedades simétricas; seguramente entramos a él por el vórtice de la membrana roja y por eso no nos dimos cuenta.

Tal repasó entonces en la memoria una de sus lecturas de ficción.

—Alguna vez leí en un relato de ciencia ficción que el tiempo se contrae en el punto de convergencia de las fuerzas axiales de las membranas rojas —dijo.

El espacio fulgurante que desconcertaba a los zywianos continuaba alumbrando la superficie del planeta y hacía innecesario el encendido de las baterías de Arión.

Capítulo tercero

I

Hemos entrado en un nuevo universo que es copia casi simétrica del nuestro; las estrellas no se ven porque todas son negras, pero no como las neutrónicas que atrapan la luz y no la dejan vagabundear por el cosmos, sino del tipo de las imaginadas por Orz según las tesis de Boltzman. El espacio que cruzamos es tan poco denso que parece un recipiente de la física clásica. Cada mil kilómetros descubrimos la presencia de una partícula fugaz o de un isótopo en un ambiente de absoluta libertad y fiesta, como si gozaran la ausencia del freno que se supone padecen en la materia densa.

Lo que más impresiona es el brillo inusitado del cielo, completamente difuso, compacto y homogéneo, que no deja lugar alguno para el recurso del negro, que no permite se le divida o se le abra una grieta de sombras por algún resquicio y que conserva la misma intensidad de luz en todos sus planos.

Ahora todos somos seres acostumbrados al destino del brillo, biológicamente adaptados a ese medio de luz continua, viajando por un cosmos que no parece albergar sustancia alguna distinta de la nuestra y cabalgando sobre un planeta que ha perdido la noción del rumbo y que se debate entre la duda del sueño y la inquietante realidad del camino. Más allá, cientos de millones de kilómetros hacia el final aparente del trayecto, unas ráfagas lacerantes que fragmentaban el tablero del firmamento, nos hicieron pensar en una señal de tránsito en ese océano inmenso de energía luminosa diseminada. Y pensamos entonces en navegar hacia ellas, tratando de encontrar la ruta perdida.

Una generación después, las ráfagas aparecían coquetas ante nuestros ojos y nos invitaban a pasar, a romper una gigantesca membrana de luz gen para pasar al siguiente compartimento en el cual el reinado de la monotonía anterior se vería reemplazado por un hermoso filme en el que se nos mostraba la historia natural que conocimos en las escuelas pero en vivo, viéndola transcurrir en las imágenes del cielo a la manera de un sencillo holograma dominical de aventuras.

La membrana se rompió tan suavemente que más parecía una pompa de jabón que el enrejado de fuerzas magnéticas que en verdad era. Zywia abandonó el imperio de la luz y se encontró de nuevo en la selva azabache de esa otra región del gran universo que se viste de estrellas y que sin embargo esconde sus rayos de luz durante el viaje hasta el momento maravilloso del reflejo. Entonces dedujimos que regresábamos a nuestra morada, a nuestra zona cósmica, a nuestra galaxia, y nos emborrachamos de júbilo no obstante el retorno del frío y pusimos a funcionar la nube refractaria y la energía de nuevo signo, y todo volvió a ser como antes. Al menos así lo creímos durante algún tiempo muy a pesar de las palabras desconcertantes de los astrónomos, quienes insistían en la tesis del otro universo, del universo alterno  y entrópico que estaba a la espera de que la gran computadora cósmica volviera a decir, cono en el viejo cuento de ciencia ficción: "¡Hágase la luz!".

II

Las ráfagas llenaron la bóveda celeste de figuras y ante nosotros surgió la silueta de una protonebulosa extrañamente diminuta y pudimos contemplar el choque de las partículas de gas y polvo, los inicios del torbellino generador y la fascinante diferenciación de las capas concéntricas en lo que parecía ser la filmación del nacimiento de un sistema planetario.

Más adelante apareció, perfectamente acabado, un planeta tan hermosamente azul como Zywia visto desde una estación orbital anacrónica. El planeta descorrió el velo de nubes que cubría sus aguas y su epidermis humeante y nos dejó ver en toda su plenitud el proceso de formación de las primeras moléculas orgánicas. Por nuestra gran pantalla desfilaron, simulando una danza, el agua, el amoníaco, el formaldehído, el ácido cianhídrico, y más adelante, los aminoácidos y los nucleótidos, esas partecitas esenciales en la arquitectura de la vida, hasta llegar a la aparición del Prometeo que le robó el fuego a los dioses: La Planta. Luego presenciamos el parto de los primeros animales y Zywia se llenó de plantas y el mar se pobló con los primeros vertebrados hasta llegar a los cinocéfalos y la materia viva se puso en la ruta del pensamiento.

Nuestros sabios no salían de su asombro. Era la evolución de la protohistoria en las imágenes fugaces de una pantalla celeste que parecía jugar con el tiempo, como si alguien nos quisiera mostrar, con ese despliegue de técnica cinerámica, el humilde origen de todas nuestras pretensiones, y se propusiera hacernos saber que nuestro pensamiento es apenas la captación momentánea de una realidad infinita; que no es, por lo consiguiente, capaz de abarcarlo todo.

III

El hombre apareció erguido en una llanura asolada. Su piel cubierta de vellos y la cabeza inclinada hacia adelante le daban un aspecto animal pero ya era el hombre. Manejaba un madero con su mano derecha y corría por la pradera tras un cervatillo herido que se había rezagado de la manada. El hombre alcanzó finalmente al animal con la ayuda de sus compañeros y le partió el cráneo con el madero; la sangre manó rauda por el surco de la tierra y el gesto primitivo de la alegría inflamó el rostro de los demás cazadores. Después agarraría la presa por una de sus patas y la  llevaría a rastras hacia un recodo rocoso en donde tenía instalada la solución del fuego.

La superficie del cielo continuaba proyectando las imágenes del planeta distante. Zywia contemplaba en ellas su pasado y el hombre sus ancestros y primeras aventuras, como si presenciáramos en verdad una proyección holográfica de nuestra historia transmitida por algún sistema material en el cual las siliconas graban las imágenes de los cuerpos ubicados en el universo oscuro y las reproducen cuando otro cuerpo celeste, abundante en campos magnéticos, sintoniza la resonancia del cristal.

Un brillo fugaz anunció el cambio de escena. Apareció la sociedad industrial con sus chimeneas contaminantes y el hombre tratando de sobrevivir en medio de esa naturaleza degradada por él que se cobraba la ofensa. Vimos el triunfo de la sociedad basada en los chips que eran como células, y el surgimiento de la inteligencia artificial; la explosión de Ciudad Ladón, la primera nave que cursó el espacio alrededor de Zywia, el desenganche del sol, los rostros de Ray Arión y de Erg Mol y finalmente la entrada en esa membrana roja semejante a una tumba cósmica, que nos apartó del rumbo. Un fresco hermoso de toda la historia humana gracias a la cual pudimos repasar los triunfos y derrotas de Zywia desde los tiempos en que sus pobladores adquirieron conciencia del poder de los instrumentos. Faltaba apenas el paso al nuevo universo y nos quedamos a la espera del centellear de las ráfagas de luz que nos anunciaba el filme de la nueva era en esa fastuosa holografía que nos encantaba. Pero no. Zywia permanecía en el mismo lugar luminoso como si fuera una pelota de ping pong inmóvil en medio de un espacio brillante que se curvaba hacia adentro, y ese era, según los cosmólogos, un indicador de la suspensión del tiempo.

Los científicos se preguntaban una y mil veces: ¿Para qué ese recorrido imaginario? ¿Qué querían decirnos con eso? ¿Quiénes? Y siempre las mismas respuestas: La filmadora cósmica de silicona, el hombre multidimensional, Dios, el pensamiento puro, una advertencia para que otras civilizaciones no cometan el mismo error de Zywia, el cosmos que se cobra la afrenta y trata de restablecer la armonía perturbada. Pero los hombres de Zywia, esos eternos fabuladores y optimistas de siempre, seguíamos jugando en los campos y en las playas los días de descanso, haciendo el amor en las horas del sueño, girando en ese torbellino de realizaciones que es la vida, sin pensar en el fin; seguros de que tarde o temprano, en esta o en las futuras generaciones, el planeta volvería a su ritmo habitual y el sino de la destrucción jamás pendería sobre nuestras cabezas como ahora.

Epílogo


Un joven sabio de nombre Ever Evans, quien parecía ser la síntesis de la sabiduría de Ray Arión con la audacia de Antuko Ul, se decidió a estudiar, siglos después, los llamados libros premonitorios de la segunda civilización, encontrados en la caja negra de la gran pirámide de Altair. En ellos se vaticinaba, en forma de mensajes literarios, el futuro de los pueblos. Sus autores, entonces llamados escritores de ciencia ficción, no parecían pensar con la lógica de sus contemporáneos y poseían un raro sentido de la percepción del tiempo que los colocaba más hacia el futuro que sus demás congéneres. Ever supuso que algo de lo que ocurría a Zywia y que ni siquiera el holograma del gran arquitecto del universo les había revelado, había sido planteado por uno de esos autores, y se dispuso a buscar en los laberintos del cerebro padre de todas las computadoras pensantes, en dónde estaban grabados los citados libros.

Al poco rato de búsqueda encontró la novela "El cuarto nivel" y se enteró de que en ella se cuenta la historia de un planeta llamado Zywia cuando intentó alcanzar de un gran salto por el universo otra estrella para evadir el fuego abrazador de la suya original. Su asombro no pudo ser mayor. Se puso de pie y se dirigió hacia la sala de proyecciones. En ella pulsó el código correspondiente y enseguida la computadora le montó el filme y dio inicio a la función solicitada.

"Zywia viajaba por el espacio cósmico en dirección al sistema doble de Guenopillán, como si fuera una nave monumental de metal, roca y agua con cien mil millones de seres humanos encima..." escuchó de una voz grave, al tiempo que contemplaba la mole azul balanceándose en una línea de navegación hiperbólica.

—¡Es la misma historia! —exclamó, alterado. Tomó aire para sosegarse y dijo para sí: "Lo importante es el final. Pondré esa parte del libro para saber qué ocurrió". Así lo hizo. La computadora obedeció sus órdenes y aceleró las imágenes hasta el final del libro. Entonces se extasió con el cielo brillante de la pantalla y escuchó la descripción del mismo en estos términos: "Lo que más impresiona es el brillo inusitado del cielo, completamente difuso, compacto y homogéneo, que no deja lugar alguno para el recurso del negro..."

—¡Es como el fulgor de ahora! —dijo. —Pero ¿Y el final? ¿Es ese el final?

Ever esperó en vano que éste apareciera. Parecía que el libro acababa cuando Zywia llegaba a ese universo en el que los soles no eran amarillos, ni azules ni rojos, sino perfectos soles negros que a esa temperatura radiaban energía como cualquier radiador ideal.

De repente surgieron en la pantalla un par de imágenes borrosas que se superponían una a otra, como si el autor hubiera dudado en escoger una u otra para el desenlace de la obra. "Es extraño", murmuró. Y observó la primera que mostraba un planeta calcinado que seguía existiendo como recuerdo de carbón en polvo en la memoria de un ser ideal como el del Kybalión. La segunda mostraba el mismo planeta pero en otro universo compuesto de materia sublimada que fluía sin cesar y que no toleraba el reposo diferenciador de los cuerpos.

—¿Qué somos por Dios? —se preguntó. —¿Espectros? ¿Simples corrientes de pensamiento? ¿Espíritus moradores de la octava esfera?

La voz del computador le proporcionó la respuesta.

—¡Somos, el hombre! —le respondió. Ever comprendió entonces que era igual: espectro, energía sublimada, espíritu o alma liberada, el hombre seguía existiendo en su verdad: el pensamiento. Y Zywia podía continuar navegando hacia el Guenopillán de sus sueños, olvidando el pasado natural que dejó en el universo de átomos y estrellas que lo vio nacer y encarando el futuro de la vida en otro universo que estaba a punto de cambiarle la dirección a la flecha del tiempo.

Sincelejo 1996.
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©   Antonio Mora Vélez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 28
Enero-Febrero-Marzo de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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Narrativa

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