Aguacero contra los árboles
José Luis Garcés González
Universidad de Córdoba
“Aguacero contra los árboles” es el cuento que da título al volumen (Bucaramanga, UIS, 2007) premiado con el Primer Puesto en el Concurso Nacional de Libros de Cuentos 2006, organizado por la Universidad Industrial de Santander. En palabras del Jurado, Aguacero contra los árboles “es un eficaz y flexible libro de cuentos donde se juega tanto con el diálogo como con la nostalgia de los mitos del deseo en torno a una figura magnética: Angélica Berilio, donde la aventura y el recuerdo incandescente de su paso por la memoria del narrador se desdobla en variados episodios, tan crapulosos como impregnados de humor; y donde el libro se mira a sí mismo desde el punto de vista de los personajes que cuestionan al propio autor. Es un logrado volumen que, con el recurrente motivo de la lluvia y la expectativa de las otras mujeres protagonistas en la mirada del escritor, configuran una notable galería de personajes en este trabajo narrativo”.

Afuera, el aguacero se desquitaba contra los árboles y la casa. Ellos habían llegado, lógicamente, mojados. Ella llevaba un sombrero de paja del cual, todavía, escurrían grandes gotas de agua. Él se había cubierto con una hoja doble de papel periódico, que ahora estaba casi desleída en el suelo, convertida en un pequeño charco de rubores negros: las noticias se habían disuelto, los avisos comerciales se habían disuelto, todo lo que mueve al mundo era ahora papel frágil, arrugado, montoncito sin grandeza.
Se sentaron a una mesa de roble sin cepillar y continuaron sacándose el agua de la cabeza. De pronto ella se levantó y fue a buscar café caliente para los dos. Pero en el termo apenas había la mitad de un pocillo. Y esa mitad trajo ella. Ambos sorbieron. Ambos se quedaron paladeando el gusto y la carencia.
—Tómate un whisky —dijo él.
—No, tú lo sabes: nunca tomo.
—Pero, uno solo...
—Ni uno.
—Te vas a enfermar. Te resfrías con mucha frecuencia.
—Ahora me tomo un agua de toronjil.
—Se me olvidó comprar toronjil.
—Me cubro con dos sábanas y me tomo una aspirina.
—No has debido inventar esa visita al cementerio.
—Había que hacerla.
—Otro día hubiera podido ser, mañana, por ejemplo.
—Mañana es martes, y no es el día apropiado.
—Ah, cualquier día es bueno.
—No, cualquier día no. Tiene que ser el lunes. El lunes es el día de las ánimas benditas del purgatorio. Y mamá así lo quería.
—Hablas como una campesina supersticiosa.
—De pronto lo soy. Todo el tiempo lo he oído y ya lo creo: el lunes el día de los difuntos.
—Por favor, Teresa, cualquier día es bueno para recordar o visitar a los muertos.
—A los muertos, no. A las ánimas del purgatorio. Los muertos no existen.
—Bueno, con más razón: otro día hubiéramos llevado flores a la tumba de tu madre. Ella está muerta, luego ella no existe.
—Por favor, Andrés, no seas cruel.
—Realista, Teresa, realista. Además, son tus palabras.
—Yo sería incapaz de hablar así de la tuya.
—Puedes hacerlo: ni la perjudicas a ella ni me martirizas a mí.
La mujer se quedó mirándolo a los ojos, fijamente. Él no despabiló. Una sonrisita intentó nacer en el labio de abajo del hombre. Unos ojos fijos. Cuatro ojos. Un rictus que se congela. ¿Rabia en los ojos de ella? No, rabia no, desconcierto.
—Tenemos casi cinco años de estar casi juntos y todavía no te conozco.
—Quiero usar un lugar común: nunca conocemos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.
—Sí, querido profesor —hay sorna en la voz de la mujer—: cada día me sorprende más.
—No es sorpresa, querida dama —hay algo de burla en la voz del profesor—: es la aplicación de una lógica que apenas estoy descubriendo. Yo, al menos.
—Una lógica que puede romper la ternura.
—Y la mentira, y todo. Una lógica que puede romper todo lo que se le oponga.
—Caramba, profesor: usted y su lógica.
—Sí, mi lógica y yo, sensible dama. Y hay más, quiero decirte algo. Tu madre no merece tu resfrío.
—Cómo... Cómo —dijo la mujer frunciendo el ceño.
—Como te dije: tú eres una gran mujer, pero tu madre no merece que cojas por ella un resfriado.
—Mi madre... mi madre —dijo la mujer, como si deletreara en el pensamiento ese nombre.
—Bueno, tu madre no: el cadáver de tu madre.
—Tienes una enorme facilidad para irrespetar a cualquiera —dijo Teresa y daba la impresión de hablar y reflexionar al mismo tiempo.
—No es irrespeto, querida: ¿qué le debes a tu madre?
—Por favor, Andrés: siempre le deberemos algo a nuestra madre.
—Hablas como personaje de Corín Tellado, o, mejor: como actriz de telenovela lacrimosa.
—No, nada de eso. Hablo como hija.
—Nunca viviste con ella. Desde pequeña te dio a una tía política y creo que nunca te consideró su hija.
—Pero yo la considero mi madre.
—¿Y de qué vale que la consideres tu madre? Además, ya está muerta.
—Muerta o viva, la madre es madre.
—Ah, señora actriz, qué mezcla entre El Derecho de Nacer, Cristal, Leonela y Los Ricos También Lloran. Querida dama: ¡qué coctel!
—Andrés: creo que además de profanar la memoria de los muertos, irrespetas a los vivos.
—No, nada de eso. Es lo contrario: no me gusta que los muertos sigan chantajeando a los vivos.
—No exageres —la voz de la mujer delataba fastidio.
—No exagero. Casos se han visto y ante mí tengo un caso concreto.
—No estoy chantajeada por nadie. Hago lo que me nace.
—Tu madre no merece un resfriado tuyo. Rectifico: el cadáver de tu madre.
—Bueno, que sea la última mención.
—No te alteres, mi lógica me dice algo muy claro: hasta los muertos tienen que merecer nuestro amor.
—¿Ahora le vas a exigir amor a los muertos?
—¿Te burlas? Por favor, Teresa...
—No me burlo: esa cualidad es sólo tuya.
—En vida debemos ganarnos el amor que nos tendrán después de muertos. En la vida se siembra lo que se cosecha en la muerte.
—Eso qué es: ¿telenovela o filosofía?
—Lógica, querida, lógica.
—Tu lógica, Andrés.
—Sí, mi lógica, y no me avergüenzo.
La mujer se levantó y fue a la nevera. Buscó arriba y abajo. Al fin encontró.
Al sacar la botella golpeó la puerta y el vidrio se agrietó en una esquina del fondo. La fractura no se partió: fractura cerrada, diría un traumatólogo. El hombre volteó a mirar pero nada dijo. La mujer siguió a la cocina y buscó un vaso. Regresaron mujer, botella y vaso.
—Un whisky para el señor —dijo Teresa con cierta sonrisa, levantando el mentón.
—El whisky para la señora —dijo Andrés.
—Pero ahora la señora se lo brinda al señor —dijo Teresa.
—Bueno, el señor acepta.
—Muy bien —dijo Teresa.
—Y el señor da las gracias —dijo Andrés.
Ambos rieron. Así eran ellos: podían pasar de la felicidad a la tristeza, o de la rabia a la tolerancia. Él trataba de convencerla. Ella se resistía. Él podía acudir al insulto. Ella se enconchaba en el capricho. En ocasiones se golpeaban ásperamente con las palabras.
—Quiero hielo —dijo él.
—Hielo tendrá el señor.
Ella salió hacia la cocina. El vestido empezaba a secársele en el cuerpo, especialmente en las caderas, que eran anchas pero les faltaba carne. Caminó rápido y las nalgas, aún mojadas, le temblaron, dígase, como peces atrapados. Andrés acudió a la memoria. Aunque él no era Nessim ni ella era Justine, la había conocido siete años atrás, en una invitación que le formuló su amigo el abogado Corredor. Ella estaba porque era una amiga de escuela de la esposa del anfitrión. Andrés la vio como una mujer de pelo liso hasta los hombros, dueña de un rostro en donde se destacaban una mandíbula fuerte y unos ojos demasiado tiernos que atenuaban la dureza del paisaje facial. No era bella. Pero poseía la naturalidad de un misterio que la tornaba atractiva. Hablaba poco, y eso le hacía interesante. Estaba algo gordita y los brazos le parecieron seductores, más que para la caricia leve, para el mordisco de marca, sangre y recuerdo.
Se habían conocido, se habían mirado a los ojos y habían intercambiado algunas palabras. Ella para aprobar lo que él decía. Era tan distante del tipo de mujer conflictiva y contestona que él había conocido en los últimos tiempos. Pero la suya no era una amabilidad endeble. Por el contrario, el ser amable le confería una especial fortaleza. Una particularidad que a ojos de Andrés le pareció atrayente. Y por allí se le filtró el amor. No la amistad, como sostienen algunos. Lo de ellos no empezó por amistad. Para ellos el amor no tuvo prólogos o anticipos.
—Su hielo, seflor —dijo ella, un poco risueña.
—Gracias —dijo él, de súbito serio.
—¡Snif! ¡Achis! ¡ Achis! —estornudó ella y se llevó la hielera a la nariz.
—Estás resfriada, y tu mamá, o el cadáver de tu mamá no va a venir a curarte.
—Te dije que ese tema se había acabado... ¡Achis! —dijo y volvió a estornudar.
—No entiendo por qué... —empezó a decir él.
—¡Achisss! —interrumpió ella.
—¿Me dejas hablar?
—¡Achisss! ¡Achisss!
—No entiendo por qué las madres son intocables.
—¡Achisss! ¡Achisss!
—Ese es uno de los mitos que aún subsisten en el siglo XX, en las postrimerías del siglo XX, sería mejor decir.
—¡Aaaachisss!
—Es una verdadera vergüenza para un siglo que no ha dejado ídolo con cabeza ni cadera sin profanación. Si todo es…
—¡Achisss!
—Si todo es susceptible de crítica y desacralización, las madres también deben serlo. Toda mujer que pare no es madre; también se puede ser madre sin parir.
—¿Lo quiere fuerte o suave? ¿Hielo menudito o hielo en terrón? ¡Achisss!
—Como quieras. Has convertido a la madre en un fetiche y esa es una postura hipócrita. La madre antes de ser madre es mujer, y como mujer pudo cometer todas las barbaridades posibles. Como mujer no tiene nada malo. ¿O sí?
Teresa se quedó mirándolo. Un paño le tapaba la nariz. Miró hacia al patio. Allí estaba esa extraña conjunción de pinos y almendros revolcándose con la furia de la lluvia. Él la observó con los ojos entornados. Le vio la piel delgada y mayor fortaleza en las mandíbulas. El rostro se le había afilado. La humedad del traje le dibujaba los senos. Eran unos pechos abundantes con pezones canela. Ah, los pezones estaban erectos, invitaban al beso.
—Te vas a tomar un whisky y de inmediato voy a buscarlo.
—Andrés... nunca tomo.
—Pero ahora vas a tomarte uno.
—Andrés, no.
—Sí, corazón, sí, y es por tu salud.
El hombre se dirigió a la nevera. Regresó, no con un trago sino con la botella con una esquina del fondo fracturada. Botó el hielo que tenía su vaso y allí le sirvió a la mujer.
—No quiero, Andrés.
—Te lo tomas o te lo hago tragar a la fuerza. Es tu salud.
—No es por mi salud. Lo que quieres es que se cumpla tu orden.
—Bueno, sí, pero mezcla el procedimiento: salud y orden.
—Como el escudo.
—No, el escudo proclama "libertad y orden".
—Bueno, tómalo, el trago no es micrófono.
—Pero, Andrés...
—Con lenguaje más preciso: ¡bébelo, carajo!
La mujer se empinó el vaso, arrugó el rostro y pasó el líquido. Luego, carraspeó. Frunció la cara y abrió la boca como para airear algo que la quemaba por dentro. El hombre se le acercó y de súbito le metió la lengua dentro de la boca abierta. La mujer quiso decir algo pero sólo le salió un murmullo mudo. Él la mantuvo adherida: boca a boca; luego, le pasó las manos por la espalda y arribó a sus nalgas húmedas. Las masajeó y la mujer empezó a retorcerse. El hombre extrajo su lengua y bajó hacia los senos. La mujer le colocó las manos sobre la cabeza y comenzó a desordenarle el cabello. Suspiros y respiración atropellada: la mujer se aflojó. Cayeron en la alfombra de la sala y Andrés buscó todas las profundidades de ella. Afuera, continuaba la lluvia. Los cuerpos húmedos se restregaban buscando calor. El retrato de la madre, vieja y con un exótico peinado alto a lo gitano, los observaba desde la izquierda.
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© José Luis Garcés González
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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