El difícil arte de llorar
Magnolia Rivera
Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima.
“Tus Ojos”, Octavio Paz.
A veces lloro. No precisamente por hacer caso a aquéllos que recomiendan llorar un rato todos los días, para que los ojos se limpien y las tensiones se vayan. No, ni siquiera lloro a diario, solamente cuando mi sensibilidad me lo pide ocasionalmente. Cuando estoy así, explayándome “a lágrima tendida” o, como decimos también comúnmente, cuando estoy “hecha un mar de lágrimas”, me acuerdo del poema de la escritora mexicana Rosario Castellanos, en aquella parte de su “Autorretrato” en el que dice:







El llanto es en mí un mecanismo descompuesto







y no lloro en la cámara mortuoria







ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.







Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo







el último recibo del impuesto predial.
Es frecuente leer en los medios de información que las universidades del mundo están dedicando parte de sus presupuestos a estudiar más a fondo esta expresión humana, el llanto. Sin embargo, aunque se han obtenido algunos resultados, aún no hay nada concluyente en esos estudios. Por ejemplo, no se sabe a ciencia cierta quiénes lloran más, si los hombres o las mujeres. Además, esto varía según las culturas y las regiones del mundo.
Lo que es evidente para cualquier observador es que en países como México sigue imperando la ancestral imposición cultural de que “los hombres no lloran”, a pesar de que desde hace centurias hay quienes han comprendido que el ejercicio de llorar no es privativo de un género.
En el siglo XIX el periodista y escritor español Don Severo Catarina explicaba la agonía masculina de resistirse al llanto:
Porque también los hombres lloran, y los de más valor lloran antes. Sucédeles alguna vez que las lágrimas no brotan de los ojos, no se exteriorizan. Entonces caen como una lluvia de plomo en el corazón. El llanto interior es horrible. (Mujer, 318)
A pesar de la gradual apertura y comprensión acerca de los mecanismos de la naturaleza humana, y no obstante la lucha de quienes persiguen una igualdad de géneros, en México, por lo general, siguen siendo las mujeres las que pueden expresar más abiertamente sus sentimientos. Por algo el famoso personaje legendario de La Llorona es mujer. La Llorona puede plañir todas las noches —según los relatos que aún cuentan en los pueblos mexicanos— y la reacción de los que conocen la historia es de pena, de compasión por la pobre señora. Digamos que, en este sentido, a la mujer se le perdona, se le justifica y hasta se le alaba la capacidad de llorar. El llanto sigue siendo pues, según un concepto culturalmente generalizado, imperio casi exclusivo de las mujeres. Sobre este concepto escribió el escritor francés Victor Hugo la idea de que:







El hombre es fuerte por la razón. La mujer es fuerte por las lágrimas.







La razón convence. Las lágrimas conmueven.
Algunos escritores de diversas épocas han explicado la mecánica del llanto. Ahí está el ejemplo de las “Instrucciones para llorar”, de Julio Cortázar.
También son interesantes las recomendaciones que daba en el siglo I antes de Cristo el latino Plubio Ovidio Nasón. Este autor aconsejaba a la mujer que usara su llanto como arma de simulación efectivísima, para “hacer creer que amáis a un amante”.
Mire la mujer con mucho amor a su joven y suspire desde lo más profundo y pregúntele por qué viene tan tarde; añádanse unas lágrimas y un fingido dolor por una rival y aráñele la cara con las uñas; enseguida quedará persuadido; espontáneamente se convencerá y dirá “ésa me ama locamente. (Arte, v, 669-684)
En medio de todo este panorama, las lágrimas más valiosas —nótese bien— serán siempre las más sinceras. Las mujeres lloramos a veces por causas pueriles, sí, pero también de alegría, de rabia, de pesar y de amor. Digo de amor y, en este preciso instante, al conjurar la palabra, vienen a mi mente los versos de Sor Juana Inés de la Cruz, una de las poetas que mejor pudo expresar la esencia y mecanismos de esta expresión en la mujer, a través de poderosos sonetos como “En que satisface un recelo con la retórica del llanto”, “En que describe racionalmente los efectos irracionales del amor”, “Discurre inevitable el llanto a vista de quien ama” y “Ya que para despedirme”, entre otros:







Alma y corazón a un tiempo,







Aquél se convierte en agua







Y ésta se resuelve en viento.
Así, los poetas han comprendido la característica fundamental que tiene el llanto auténtico, sobre todo en cuestiones del corazón. El acto de llorar conlleva un poderoso lenguaje capaz de expresar los más hondos sentimientos. Mientras más genuino es el llanto, más directo y profundo se vuelve el mensaje.
Debo aclarar que, si bien las mujeres somos —según la tradición— libres de llorar a la hora que nos plazca, lo cierto es que también solemos ser la causa de las lágrimas de otros. Las canciones populares dan claro testimonio de ello.
Recuerdo, al respecto de lo que acabo de decir, que un gran número de melodías mexicanas evocan el dolor del amante despechado que llora su pena en una cantina. Las lágrimas son el tema central de muchos amores y desamores. Para afirmar esta idea tengo fresca en mi memoria la canción de Oscar Chávez titulada “Por ti”:







[…] por ti, me ha dado por llorar como el mar,







me he puesto a sollozar como el cielo,
O, en el mismo tenor, está aquel bolero de Alberto Domínguez, “Mala Noche”:







Si te dicen que he llorado por ti,







no lo he de negar, pues no sé mentir,







y si te hablan de mi amargo pesar,







escucha, mi bien, que todo es por ti.
Y así como “el llanto es una llaga de celos”, puede ser también un desahogo para la tristeza, un alivio para el alma y, en ocasiones, hasta un disfrute. Las mujeres lloramos por la telenovela, o porque comienza a llover, o porque ya no tenemos 20 años, o simplemente porque queremos relajarnos. Lloramos “porque sí”, sin que por ello seamos vulnerables o débiles.
Ojalá las mujeres no sollozáramos a causa de desgracias como la violencia intrafamiliar, el desamor o la angustia existencial. Ojalá externáramos más lágrimas de alegría y menos de impotencia.
Ojalá que los hombres pudieran también llorar de una forma más libre, menos condicionada. Un poema de la argentina Alfonsina Storni —que, por cierto, se llama Peso Ancestral— dice justamente:







Tú me dijiste: no lloró mi padre,







tú me dijiste: no lloró mi abuelo,







no han llorado los hombres de mi raza.
Los hombres y las mujeres somos de carne, de huesos, de sangre y de sentimientos. Para estar completamente vivos, debemos tener la capacidad y la libertad para expresar nuestras hondas y sinceras emociones cuando así nos plazca.
Menos mal que estamos en el siglo XXI, para darnos cuenta de que las lágrimas no deben —no pueden— ser ornamentales, sino sanadoras y liberadoras, para los hombres y para las mujeres, en todo lo posible.
Bibliografía:
JIMÉNEZ, Armando (Selección). Cancionero mexicano ilustrado, Tomo III. México, Editores Mexicanos Unidos, 1982.
CASTELLANOS, Rosario. Poemas. México, Departamento de Bellas Artes del Gobierno de Jalisco, 1985.
CATALINA DEL AMO, Severo. La mujer: Apuntes para un libro. Madrid, G. y R. Mille, 1920.
CORTÁZAR, Julio. “Instrucciones para llorar”. En: [http://www.juliocortazar.com.ar/cuentos/inllorar.htm]
DE LA CRUZ, Sor Juana Inés. [http://palabravirtual.com/]
OVIDIO NASON, Plubio. El arte de amar. Barcelona, Ramón Sopena, 1974.
PAZ, Octavio. Lo mejor de Octavio Paz: El fuego de cada día. Barcelona, Seix Barral, 1989.
STORNI, Alfonsina. [http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Alfonsina/supoesia.shtml]
VICTOR HUGO. “El Hombre y la mujer”. En: [http://www.unet.edu.ve/~frey/varios/poesias/hommuj.htm]
La autora:
Magnolia Rivera (Sinaloa, México. 1962). Escritora y pintora. Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI 2004 por su libro Trampantojos: El vírculo en la obra de Remedios Varo (Siglo XXI Editores, 2005). Es Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas (Universidad Autónoma de Guadalajara, México). Ha publicado ensayos, poemas y viñetas en revistas y periódicos de su país, entre ellos Tierra Adentro del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Posee el Grado de Maestría en Artes Visuales con Mención Honorífica (Academia de San Carlos, Escuela Nacional de Artes Plásticas, Universidad Nacional Autónoma de México). Su obra plástica se ha expuesto en México, Estados Unidos y Centroamérica. Pinta y escribe de tiempo completo.
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© Magnolia Rivera
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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