Conversaciones extrañas:
Poemas en prosa
Marco Antonio Valencia
1. Cuando la tristeza se disfraza
La muerte se disfraza de espectáculo y asiste a un carnaval. La muerte entre
ríos de licor y gritos de fiesta se mete a una batalla de flores. La muerte
se recupera de su mala fama y se deja acariciar, besar y gritar. La muerte
crea mundos con esencias vitales para premiar a los que sueñan, a los que
bailan a su lado en hilos de música, de sol, del sudor, de mar.
La muerte de fiesta no se mortifica ni cohabita con el dolor de nadie. No
quita esperanzas pero tampoco sirve de salvavidas. La muerte baila sus
alegrías y no interroga ni pacta, ni quema para el olvido de las desgracias,
ni engendra ilusiones en los desheredados. La muerte no hace promesas con
cantos ajenos, ni habla con nadie para que vuelva al latir el corazón de los
poetas.
2. Por estos lados del mundo
Por estos lados del mundo nos azota una extraña enfermedad. La otra cara de
la melancolía para sorprender a los desconocidos. Una larga nota musical que
no nos ayuda a descubrir la crueldad, a enrollar las angustias. Un puñado de
difuntos que nos tapiza el pánico y nos llena de brisa triste la sonrisa. El
idioma del abandono.
Todos andamos con la carne desgarrada, el corazón lapidado y las entrañas
sin misericordia. Con los ojos dorados después de haber visto todos los
horrores, los vértigos y desastres que se viven cuando hay una guerra.
3. Para vivir en el olvido
Extraños crímenes de guerra se develan por entero para vivir en el olvido.
No es la historia la que olvida las mentiras en flor, es la alquimia del
alma de este pueblo la que olvida los malos olores para sobrevivir a sus
defectos.
Cada olvido es un nuevo principio en los sembrados de hortalizas junto a los
cultivos del fracaso.
Hay lugares en el cuerpo de un hombre donde nadie puede llegar para
ayudarnos, darnos un consejo, rescatar los afectos, sobrevivir a las
alegrías perdidas; o regresarnos al instante previo de la desgracia que nos
enluta el alma, los días, y la rabia.
Entonces viene el olvido y de todo se encarga.
Conversaciones difíciles
1. El espanto de la ausencia:
Si mueres en la batalla para salvar la patria de los apátridas, me decía el
abuelo, una mujer de vuelo suave te llevará al más allá.
Una hada, una valquiria, un ángel, una hermosa princesa de ojos azules,
alzará tu espíritu y te guiará hasta tu nueva morada donde te prodigará
alimentos, besos y caricias; al borde de un jardín de melodiosas cascadas de
agua, que nunca olvidarás. Y si muero en la batalla, de forma tan perversa y
fantasiosa a nombre de la patria, seré el héroe amado de mi abuelo y de
todos mis antepasados. No sabe el abuelo que los miedos que me habitan no
necesito imaginarlos. Que ya sospecho la muerte, que ya he visto el horror
que dejan en el alma los que desaparecen. Que me he desnudado en las noches
para ensayar la experiencia, frente a la cama de mi madre.
Que puede más el espanto de la ausencia de mi vida en la vida de mi madre y
de las mujeres que amo, que los dones y los placeres que me ofrecen las
valquirias sobre la tierra sucia, negra, gusanienta y floreada de los
cementerios.
Ignora mi abuelo, que sospecho de la existencia de otras vidas y que no creo
que en esta guerra de hermanos idiotas, existan héroes diferentes a los
desplazados.
2. En este rompecabezas de país:
En este castillo donde he llorado la muerte de mis parientes. En este
rompecabezas de país donde todos los mortales por vanidad hemos asistido a
batir pañuelos blancos en la calle. Donde las arrogancias de clase se han
ido río abajo como los cadáveres sin rostro que anuncian en la radio como
si fueran muebles a la venta. Donde hemos besado con duda las ofertas de paz
como si fueran sueños a medio recordar. Donde todos los modos y formas del
miedo se han hecho presentes para mitigar el aburrimiento de los domingos.
Donde los vampiros y monstruos de ultratumba nos asuntan menos que los
terroristas o las elecciones populares. En este castillo donde he llorado la
muerte de mis parientes y aúllan las pesadillas de mis días, escribo con
sangre un puñado de cartas a los poetas en busca de la solidaridad perdida,
de la conciencia extraviada.
Conversaciones alucinadas
1. Somos víctimas más allá del rostro, de la noticia, del espejo, de lo
que parece. Víctimas de los espantos sin nombre, de los cantos del demonio,
de la curiosidad de los santos, de la incapacidad de las moscas, del horror
de la limosna, de la lluvia de consideraciones, de los juicios laberínticos.
Somos tragedia, relatos con olor a gladiolo y tierra podrida, nombres
indeseados en las noticias del almuerzo, un escándalo para unos, una suerte
de historia con subtítulos para otros. Somos víctimas más allá de la jungla
de mujeres desnudas que nos acosan en vallas y periódicos, de las
estadísticas fantasmales, el maquillaje de las desgracias, la salud de los
unicornios.
2. En un país donde la poesía no es tan esencial como el pan, ni tan
cotidiana como el ruido de las metrallas. En un país donde el hambre sale a
las calles en busca de un dolor más lírico y menos perfumado. Donde las
metáforas del malestar se olvidan con las imágenes de bellas mujeres en la
televisión. A uno le dan ganas de distraer el horror horadando batallas de
resistencia por la cacería de ballenas o la tala de árboles de guayacán.
Vivir en el extranjero, calmar a carne viva el miedo punzante con himnos de
iglesia, sembrar con cuidado las ilusiones en jardines estériles de un
poema. Ser menos metafísico, más esencial, menos oral, más valiente, menos
distante, más lúcido, menos palabra, más digno. Pero el miedo, el miedo que
no es fantasma y galopa entre nosotros como un ser de carne y hueso no deja
fluir, ni respirar, ni soñar, ni ser más.
3. El teatro de la vida mirado a través del espejo. Es el de un hombre
sentado que se aguanta la hediondez de las fosas comunes donde han enterrado
a sus vecinos y no espanta los buitres que le despeinan la indiferencia. La
sangre de los condenados a muerte y el grito horroroso de los inocentes
salpicándole el silencio cómplice, es la alfombra que lo transporta. Veo un
hombre que pinta fantasmas cuando pinta su autorretrato. El palpitar de un
corazón helado y descuartizado por la duda, sin fantasías para escapar. Un
tullido buscando un lugar en el mundo, una rueda suelta donde reina la
apatía, un poeta vacilante.
El autor:
Popayán, Colombia, 1967. Miembro Asociación Caucana de Escritores. Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, Temuco Chile, 2004.