Miguel Falquez-Certain,
el río irrevocable de la conversación
Ariel Castillo Mier
Miguel Falquez-Certain llega a Barranquilla, de los Estados Unidos. En un encuentro, donde también está Guillermo Tedio, conversamos. Miguel toma la palabra y es un río irrevocable pero cargado de vocablos de todo calibre, con una memoria de elefante que retiene hasta el mínimo detalle, aunque como narrador certero destaca o selecciona los detalles reveladores, sobre todo de ciertas facetas perversas de la condición humana. Es un hombre sin rencores, que viene de vuelta, que pareciera no haber conocido el sufrimiento.
No bebe. Completa ya años de sobriedad, después de una época de temibles peas de largo aliento. Nos dice que está dedicado, gracias a su amiga Silvana Paternostro, a la traducción del guión de una película cubano-norteamericana sobre el Che en la cual fue extra dos veces: cónsul dominicano y activista anticomunista y antiargentino.
Con picardía nos cuenta las anécdotas de un periodista colombiano que posaba de culto y en su programa lo que hacía era mal traducir del inglés, de tal manera que un pianista no tocaba el piano sino que lo jugaba (play). Experto en cine, ese mismo periodista confundía, en su pronunciación, al cineasta Pontecorvo, que resultaba unas veces Guilio y otras Guillo, no obstante, el periodista supo despertar en un grupo de jóvenes la pasión por Cortázar.

Según Miguel, su padre fue un personaje de novela que hizo de todo, desde realizar montajes teatrales hasta vender joyas. A los setenta y dos años, cuando Miguel cumplía dieciséis y terminaba el bachillerato, el padre montó un espectáculo. Miguel es familiar de la poetisa Flavia Falquez, quien, en su pasión por García Lorca, desarrolló una Tesis e incluso se fue a vivir a Granada.
Fue o es amigo de los Albertos: Sierra, Llerena y Vides, no tanto de Duque. Igual, de los Álvaros: Medina, Ayazo, Ramos y Herazo (el último, fallecido).
Siendo buen estudiante de anatomía en el bachillerato, la lógica era que estudiara medicina; por ello se fue a Cartagena, a los dieciseis años, con Braulio de Castro. Un día definió en público que era homosexual pero los curas jesuitas no pudieron echarlo porque siendo el mejor declamador del colegio en los actos cívicos, les era imprescindible, además, hacía trucos de magia que había aprendido con su padre.
Esta vez, llegó a Barranquilla de Nueva York, casi sin dormir, alrededor de la doce de la noche. Antes, en la madrugada, a las cinco, debían recogerlo para llevarlo al aeropuerto de Nueva York y, de ahí, traerlo en vuelo directo, a Barranquilla. El vuelo salió a las diez, duró tres horas, así que por el cambio de horario, arribó a las doce. La llegada fue alborotosa, con comité de recepción porque, a diferencia del último viaje, que hizo de incógnito y lleno de temores por las informaciones de la prensa sobre la inseguridad en Barranquilla, esta vez puso correos electrónicos a todos los amigos, anunciando su visita.

Así, no termina una atención, un agasajo, cuando ya aparece el otro. No ha podido nadar en la piscina ni hacer ejercicios y el estómago ha empezado a pasarle cuenta de cobro por el desorden de tantos platos típicos con que quieren agasajarlo y a los que ya no está acostumbrado. Por lo mismo, casi bajándose del avión, fue a un recital en que le tocó leer sus poemas y cuentos al aire libre, casi en la mitad de la calle, de modo que a veces leía un poema y se le volaba la hoja y no sabía qué agarrar, si la hoja o el micrófono, y los taxistas pasaban y se paraban a escuchar y hasta los vecinos que acostumbran a buscar el fresco de la noche, se acercaron a escuchar en aquel acto programado en una sui generis caza de poesía.
Cuenta Miguel que participó en un concurso literario y ganó. Los jurados eran todos gays, lo que a lo mejor incidió en su casi triunfo, porque a pesar de ser un concurso nacional, al final se lo dieron a un cubano varado en la capital de Colombia.
Falquez-Certain ha sido corrector de novelas y “coautor”. Hace unos años le tocó reescribir una obra cuya acción se desarrolla en Barranquilla y se apoya en sucesos reales traspuestos, con la violencia del rencor amargo y el deseo de venganza. Le mamó gallo al autor en su propia casa.
Dice Miguel: “El viernes y el sábado, donde Rafael Salcedo, igual el domingo; en fin, una tras otra vienen las invitaciones, los paseos para mostrarme la nueva Barranquilla y ponerme al día.” Cuenta un chiste: “Alguien le dice al esposo gringo de una amiga, que hablaba como barranquillero puro: Préstame el carro que voy para un entierro. ¿Y quién se murió? No, no se murió nadie, a mí me la entierran hoy.”
El cuento “Vedados de ilusiones”fue incluido en una antología. El editor —no el antologista— decidió suprimir la dedicatoria a uno de los personajes, cuando es ésta la que inspira la historia. Hubiera sido mejor que corrigiera las erratas que se le señalaron.
Sobre el famoso cuento “¿Cómo es parada, padre Infante?, dice: La película de que se habla en esta historia no se proyectó en el Cine Rex. Marvel lo leyó y le gustó, incluso se admiró de cómo había cambiado la ciudad y el país cuando hasta premiaban un cuento donde se mostraba el acose sexual de un cura empolvado, mamasanto, mariquita y machista en un salón de cine.
Miguel es un conversador nato, no se detiene, no se interrumpe, no pierde el hilo. Es un río que fluye pero no arrastra de todo, separa la escoria de los elementos reveladores.
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© Ariel Castillo Mier
© Miguel falquez-Certain
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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