Epicárides Gutiérrez:
Mañana no estaré para nadie
Clinton Ramírez C.
Han pasado
algunos años
y tornado heme
callado y huraño.
Epicárides Gutiérrez
Epicárides llegó a Ciénaga a principios de los 80. Vino trasladado de San Diego (Cesar) para ocupar una plaza docente en el colegio de señoritas Virginia Gómez. Había vivido en Montebonito, en Santander de Quilichao, en el puerto de Buenaventura y en la salsómana Cali, donde estudió Ingeniería Química o Economía en la Universidad del Valle.
Resultó el cachaco caldense de la mochila arhuaca y la motocicleta 80, fumador empedernido, mamador de gallo, poeta sarcástico, pronto integrado al exclusivo grupo de escritores comandado por Rafael Caneva Palomino y Pablo Torregroza Pérez. A la vuelta de dos o tres años, publicó un libro fuera de todo canon: El verso disperso (1986), que suscitó desiguales miradas y, en ciertos círculos de amigos, sería motivo de las más hilarantes carcajadas. Un solo ejemplo ilustra por qué el poemario causó perplejidad, duro silencio, compasivas sonrisas, la más abierta risa:







El proceso histórico colombiano







tiene las tres velocidades del burro:







Despacio, más despacio y parao.
Ya entonces empezó a tener arranques de agresividad con los colegas de oficio, quienes no tuvieron otra opción de defensa que sacarle el cuerpo y retirarle la palabra. Aunque siguió escribiendo con intensidad y sin orden, cada vez le fue más difícil ejercer la docencia. Ni los medicamentos de control ni los períodos de reclusión que siguieron en los años 90 sosegaron la mente de un hombre que como bien lo dijo el escritor cordobés José Luis Garcés, “siempre anduvo de camorra con la vida y la poesía”.
Amigo suyo de muchos años, lector de sus poemas de puño y letra, asistí, de cerca o a la distancia, a la fijeza de una angustia y la multiplicación de una desesperación intraducibles que le minaron las ganas de vivir, mas no de escribir, a un hombre de intratable mechón, reacio a ser considerado poeta.
Alguna vez le planteé el punto en una banca del Parque Centenario de Ciénaga. Me miró de reojo, echándome a la cara la masa del humo de un infaltable cigarro:
—¡Qué poeta ni qué carajo, huevón! Yo lo que soy es un pobre pendejo que se las tira de poeta.
Mamó gallo intensa y desesperadamente en los tres o cuatro libros de poemas que publicó y en los manuscritos —una caligrafía enorme, de largos y retorcidos trazos— que repartió entre amigos, desconocidos y malquerientes este rabioso y tierno hombre de letras al que sus alumnas del colegio "Virginia Gómez" catalogaron de escriba metáforo y el mejor poetario del mundo, ocurrencias que Epicárides compartió sin ruborizarse, feliz quizá de haber encontrado un centro, una ruta cierta.
Imagino que al encuentro con la muerte llevó colgada del cuello la piedra que dicen de la locura, de un entendimiento incómodo para quienes, a salvo con sus versos, no supimos casi nunca defendernos de la presencia de ese estrafalario y entrañable poetario que hoy nos vendía un libro que le habíamos firmado y obsequiado y mañana, sin más, tocaba a nuestra puerta a exigirnos que le devolviéramos alguno suyo.
Jamás, que recuerde, dije no a estas transacciones y muchas veces compré mis propios libros o le vendí los suyos que me había regalado.
—Ve, huevón, vendeme Poemas para cuando llegue el olvido (2000), que ya no tengo ejemplares y se lo quiero regalar a una chica. Toma mil pesos.
Las chicas, reales, imaginarias, inventadas, colegialas, putas, devotas, mamasantas, hijas, madres, esposas, siempre hicieron parte de sus deseos, sus nostalgias y sus divertimentos.







O tal vez sollao del todo.
Hubo en él, sé ahora, una colisión de competencias, una fricción que lo obligó a cuestionar todo lo creído, lo establecido y defendido, una manera de hacer fe a la inversa, ofendiendo y maltratando a las palabras que amaba, tan conformes con los arreglos sabidos, el brillo soez, la sonoridad vacía que hipnotiza incautos.
La poesía, la entendió como vehículo de rechazos y condenas, también la única tabla en el mar, muy en la afiliación morelliana —o cortazariana— de destruir la literatura prefabricada, única vía de poner la escritura en la orilla segura, ligera de espasmos y seca a la belleza hecha. Así, pues, escribió condenando, tomando el pelo, desfijando el orden de una estética que vació en poemas como “Sueño hiálico”, “Nosotros poetas vacíos”, “Reflexiones del agente Bueno Díaz”, “El proceso histórico”, “Frente a estos montes”, “Chupando rueda”, “Capullo”, “Mañana no estaré para nadie”, “Una postura” […] en que además de fustigar, quiso y volvió a aspirar a la más pura desnudez y sinceridad de la palabra.







la palabra y solo la palabra







y que a la última palabra







Poemas para cuando llegue el olvido, 2000.
Poesía, insisto, que se hacía burlas y dejaba resbalar entonces con la sevicia del que sabe revolcarse con la vida, los más conmovedores lugares comunes para, a la vuelta de página, rumiar sueños escondidos y trazar la ruta invisible de un mañana sin esperanzas, una especie de saldo de cuentas, de memoria anticipada, del niño que desanda pasos hacia el esquivo juego en el que a ratos gana.







La soledad… la ira… el odio







La incomprensión… el rencor… el tedio







La nostalgia… la autonegación… la self destrucción… la rebeldía







Los corceles del Apocalipsis de la cólera







a) los atardeceres violetas de la nostalgia y del hastío.







b) las auroras boreales de un azul opalino,







de un verde racórico, de un rojo carmesino







c) las noches estrelladas, de luceros titilando a lo lejos,







entenebreciendo la sombra de mis noches desoladas,







de un negro subido, de un negro rakínico.







Y continúo rumiando sueños que salen de mi canto







construyendo el mañana sin esperanza







tú estás allí con tu uniforme de colegiala







al mirar tus ojos negros:







Y mi ser se sigue esparciendo en el viento







Y camino hacia el infinito







hacia las playas de la muerte.., la quietud y el silencio.
Igual la tabla de los signos y los astros estaba condenada a desaparecer en el mar de una realidad ciega, estancada, perdida de antemano, o él, caballero sin deudo distinto, la dejó ir algún día en el que al despertar contempló auroras boreales y noches de un negro rakínico, fuera de toda mirada, para quedarse, rendida la espada, solo, sin palabras que inventar y oponer, en medio de siempre.
Mañana no estaré para nadie.
Apuntó por ahí, en algún otro poema suyo, definitivo.
Queda su poseía, anticanónica y desigual, hilarante y triste, de simples e inventadas palabras, superficial y plena de vacíos metafísicos, cielos e infiernos —¿en donde la diferencia?— que imaginó en noches de insomnios, en textos que muestran por dentro y por fuera a Epicárides Gutiérrez, la actitud (actuar, pensar, crear, imaginar…) de una existencia concreta frente al mundo que le tocó padecer, amar y vivir. Cada quien y cada cual sabrá escarbar en ella lo que quiera y lo que no quiera también.
Epicárides Gutiérrez: Manzanares (Caldas), 1941 - Ciénaga (Magdalena), 2006.
Santa Marta, julio 19 de 2006.
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© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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