Tiempo de espera
José Manuel Palacios
La mujer salió del baño y pasó a través del cuarto. Tenía el pelo recogido sobre la cabeza, un panty blanco y una bata blanca de toalla.
—¿Porqué no te has vestido? —preguntó el hombre impaciente—. Hace veinte minutos nos bañamos.
—¡Ya voy a estar lista! No seas desesperado.
El hombre se paró a orinar. Sobre el mesón del lavamanos había tres neceseres de cosméticos y cremas, y al rededor, cepillos, peinillas, gel, cremas, polvos, aceite para el cuerpo... El hombre llegó hasta el sanitario, levantó la tapa y meó. Antes de terminar, entró la mujer.
—Flaco, ¿has visto mi falda azul? —preguntó ella.
—No, no sé dónde está. ¡Apúrate!
El hombre volvió al cuarto, se sentó en la cama y prendió el televisor. Con el control en las manos, cambiaba canales sin atenderlos y miraba de reojo hacia el baño. La mujer salió poniéndose el sostén.
—Flaco. ¡La falda azul!
—No sé. ¿No está sucia o secándose? —respondió desesperado el hombre.
—No flaco, tiene que estar aquí.
La mujer abrió la puerta del closet y revolcó como una avestruz. El hombre salió del cuarto, bajó las escaleras y llegó hasta la cocina. Abrió la nevera para servirse un vaso de agua pero vio una botella de vino abierta y bebió del pico de la botella. Salió de la cocina al balcón y encendió un cigarrillo. El humo en los pulmones lo tranquilizaba. El día estaba caliente pero la brisa fresca llegaba hasta allí. En una esquina del balcón había una cuerda para secar la ropa y en la cuerda estaba colgada y asegurada con ganchos la falda azul.
—¡Aquí está la falda azul! —gritó el hombre hacia dentro del apartamento.
—¿Dónde? —gritó la mujer desde el mezanine.
—¡Secándose!
—¿Está seca?
El hombre se acercó y la tocó.
—¡Sí!
—¡Súbemela! —pidió la mujer.
El hombre terminó el cigarrillo y subió hasta el cuarto con la falda.
—Me imagino que sólo te falta la falda, por lo demás, ya estás lista —dijo irónicamente el hombre.
—¡Ya casi! No te desesperes.
La mujer entró al baño con la falda en la mano. El hombre buscó el control del televisor para cambiar el canal y no lo encontró.
—¿Tú tienes el control? —preguntó el hombre asomándose al baño.
—Sí. Toma —la mujer lo tenía sobre el desorden del mesón del lavamanos.
—¡Rápido! Vamos a llegar tarde —apuró el hombre juntando las cejas y contrayendo los cachetes.
La mujer se había soltado la parte baja del pelo y el resto lo tenía cogido con un gancho azul. Se había puesto la falda y se había desabrochado el brassier. El hombre volvió al cuarto y se acostó sobre la cama. Pasó canales y se detuvo en un programa de animales y se distrajo con él. Sonó el teléfono.
—¡Aló! —escuchó qué le decían—. No, señor. Ésta no es la oficina de esa empresa de transportes.
El número de teléfono del apartamento había pertenecido a una empresa de transportes intermunicipal y cerca de las vacaciones siempre llamaban a preguntar por los buses de las 6 AM, 8 AM, 12 PM y 2 PM. El hombre volvió a concentrarse en el programa. Del baño se escuchaba un ruido como de un gallinero.
Al rato salió la mujer vestida.
—¡Ya! —se anticipó a decir.
La mujer se quitó la blusa, la dejó sobre la cama y volvió al baño.
—¿Y ahora? ¿Por qué carajos te quitas la blusa? preguntó el hombre fuertemente para que la mujer lo escuchara en el baño.
—¡Espérate! ¡Es sólo un segundo! —respondió ella.
El programa se había acabado y había empezado otro. La mujer encendió el secador de pelo y la bulla se mezcló con las voces del televisor.
—¿Apenas te vas a peinar? —preguntó el hombre asomándose al baño.
—Me peino y me maquillo en un segundo. ¡No me demoro! —respondió la mujer sin voltear.
—¡Vamos a llegar tarde!
—No seas exagerado, tenemos tiempo.
—Teníamos tiempo, ya te lo gastaste.
Volvió al televisor, acostado en la cama. Empezaba un programa en el que un hombre convivía con una madre jaguar y sus dos cachorros. El hombre era robusto y rubio, con la mirada transparente y la boca fina. Se había encontrado a la madre jaguar en la selva, al otro lado del río. Estaba herida y embarazada cuando la encontró y la llevó a su casa. La casa del hombre estaba en un bosque sin grandes predadores, separado de la selva por el río. La casa eran dos construcciones enfrentadas. Una, como un bloque con plataformas salientes, la otra era dos pisos de salones grandes sin puertas ni ventanas, también con plataformas hacia afuera. La madre había empezado a criar a sus cachorros en uno de los salones del segundo piso. Había estado débil y el hombre la había hecho sentir confianza en él. Ahora estaba fuerte y recuperada, el hombre salía en la pantalla contando que iban juntos al otro lado del río y que, cuando llegaban, ella salía corriendo y se perdía, pero que, al tercer o cuarto día, volvía al salón sin puerta.
Había llegado el monzón y la madre estaba inquieta. El instinto se le mezclaba con la sangre. La madre sacaba a sus crías en los primeros días de lluvia y le enseñaba juegos de caza. Cuando volvían de practicar, la madre levantaba a una de sus crías con la boca y saltaba de las plataformas de uno de los bloques a las plataformas del otro, hasta llegar al salón donde vivía. Los saltos eran largos y con agilidad; en la caída del salto, el cuerpo de la jaguar se replegaba haciendo un arco y amortiguando el golpe. Era un espectáculo. Volvía abajo y recogía a la otra cría con la boca. Volvía brincar de una plataforma a otra. Sus músculos se estiraban impulsándola. En el aire el cuerpo se expandía al máximo, el abdomen se estiraba, el dorso hacía un arco suave y rompía el viento y las patas delanteras ajustaban las manos para preparar el aterrizaje. Otra vez en el aterrizaje, el cuerpo se volvía diminuto para amortiguar la caída.
Un día sin lluvia, el hombre entró al salón a jugar con la madre y sus crías. Después de jugar la madre, las crías y el hombre, se tendieron en el piso. La madre acariciaba al hombre con el pelaje de su cachete. Los comerciales interrumpieron la historia. La lluvia era fuertísima después de comerciales y el río se estaba desbordando. El hombre entró de nuevo al salón pero la madre no estaba. El hombre salió diciendo en la pantalla que sospechó que la madre se había llevado a sus crías a la selva, del otro lado del río. También dijo que le preocupaba que se hubieran ahogado. Volvieron a mostrarlo en el salón donde no había encontrado a la madre y sus crías. Salió corriendo y llegó al río. Encendió el motor diesel de una lancha y cruzó el río a punto de desbordase. Del lado de la selva, buscó a la madre y a sus crías un buen rato. Por fin encontró a la madre intentando liberar a sus crías de un refugio que les había conseguido y que se estaba inundando. Era una raíz gigante y vieja que formaba una cueva y estaba oculta entre dos árboles. Parecía un lugar seguro pero la lluvia había arrastrado residuos y palos y piedras que no dejaban a la madre salvar sus crías. El hombre pudo liberar a las crías y la madre cogió una con la boca y salió corriendo. El hombre cogió la otra y corrió hasta la lancha. Pasó el río con dificultad por la fuerza de la corriente pero llegó al otro lado sano y salvo. Buscó a la madre sin éxito por los alrededores del río y volvió a la casa triste. La voz en off decía que creía que el la madre con la cría se habían ahogado. Después de los comerciales mostraron al hombre volviendo a su casa, triste y pensativo. Cargó a la cría como a un bebé para llevarlo al salón donde había curado a su madre. Subió por las escaleras y al entrar al salón vio a la madre con la otra cría, dormidas. El hombre celebró y habló de lo contento que se sentía. Otro día, soleado y caluroso, el hombre no encontró a la madre y a sus crías en el salón y se dirigió directamente al río. En la proa de la lancha estaba la madre con su pose imponente de animal felino y las crías debajo de los asientos. El hombre comprendió inmediatamente lo que pasaba y encendió el motor. Pasaron el río, él en la popa, sentado al lado del motor, y la madre, erguida en proa con una pose de absoluta dignidad. El hombre habló de la confusión entre tristeza, por saber que no volvería a ver a la madre y a sus crías, y felicidad, porque habían encontrado su rumbo y su destino. Por fin venció el instinto, decía el hombre. La madre bajó de la lancha y caminó con las crías a su lado sin mirar atrás.
—¡Ya se acabó este programa y tú no estás lista?
La mujer pasó vestida, peinada y maquillada.
—¡Ya! Estoy lista. Sólo que no encuentro la pinza para las cejas y tengo unos pelitos aquí —dijo ella señalándose entre los ojos.
—¡Vamos así! —sentenció el hombre.
—¡Espérate! ¡Deja el mal genio!
La mujer entró al baño otra vez. El hombre bajó las escaleras y fue a la cocina a servirse un poco de vino. Abrió la nevera pero le dio pereza servirse, de modo que tomó de la botella un trago largo. Cerró la nevera y se fue al balcón a fumar un cigarrillo. Estaba por prenderlo...
—¡Ya estoy lista! —dijo la mujer bajando las escaleras—. ¡Vamos!
Medellín, abril de 2002.
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© José Manuel Palacios
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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