Mi gato quiere ser poeta
y otros cuentos

Mario Meléndez
mariomelendez71@hotmail.com

Cuentos del libro Vuelo subterráneo.

Mi gato quiere ser poeta, y para ello revisa todos los días mis originales y los libros que tengo en casa. Él cree que no me doy cuenta, es demasiado orgulloso para dejar que le ayude. Lleva consigo unos borradores en los que anota con cuidado cada cosa que hago y que digo. Ayer no más, en uno de mis recitales, apareció de incógnito entre la gente; vestía camisa a cuadros y mis viejos zapatos rojos que no veía hace tiempo. Al terminar la función, se acercó con mi libro en la mano, quería que lo autografiara, y para ello me dio un nombre falso, un tal Silvestre Gatica. Yo le reconocí de inmediato por sus grandes bigotes y su cola peluda, pero no dije nada, y preferí seguirle la corriente. Luego me deslizó bajo el brazo uno de sus  manuscritos: “Léalos cuando pueda, Maestro”, me dijo, y se despidió entre elogios y parabienes. Y sucedió que anoche, y como no lograba dormir, levanté con desgano aquel obsequio para darle una mirada. Era un poema de amor, un hermoso poema de amor dedicado a Susana, la gatita siamés que vivía a los pies del sitio. Parecía un texto perfecto, tenía fuerza y ritmo e imaginación, y todos los elementos necesarios para decir que era un gran poema, y sin duda era un gran poema, un poema como pocas veces había leído. Entonces me entró la rabia y la envidia y la cólera, y me pilló la madrugada con el texto entre las manos sin atreverme a romperlo o hacerle correcciones. Que Dios me perdone por esto pero no veo otra salida, mañana echaré mi gato a la calle y publicaré el poema bajo mi nombre.


La otra

Caperucita nunca imaginó que El Lobo la dejaría por otra. Nunca hizo caso de los consejos que en materia amorosa le daba La Abuelita. Por lo que una mañana El Lobo le dijo: “Caperucita, quiero terminar contigo. Ya no me excita perseguirte por el bosque; ya no me agrada disfrazarme de abuelita para que tú me digas tus tonterías de siempre, que si tengo las orejas grandes y esos colmillos tan filudos, y yo, como un estúpido, responda que son para oírte, olerte y verte mejor. No, Caperucita, lo nuestro ya no tiene remedio”. Entonces Caperucita, desconcertada por aquella confesión, se echó a correr tan lejos como pudo pensando en la clase de mujer que había conquistado el corazón de su amante. “Es ella, tiene que ser ella”, repetía la niña, mientras buscaba desesperadamente la casa de la anciana. “Abuelita”, gritó al fin, cuando hubo contemplado la figura que yacía en el lecho, “¿cómo pudiste hacerme esto? Tú, la amiga en quien yo más confiaba”. “Lo siento”, dijo la otra, “nunca pensé quedar embarazada a mi edad, y menos de alguien tan poco inteligente e imaginativo. No obstante, él es un lobo responsable, que no dudó por un minuto en ofrecerme matrimonio al conocer la noticia. Lo siento, Caperucita, tendrás que buscarte otro. Después de todo, no es éste el único lobo en el mundo, ¿o no?”.


Auge y caída de un mito

Una paloma salió a la calle a protestar, y como es lógico en este tipo de situaciones, resultó mojada y apaleada sin compasión alguna. Pero la paloma no se desanimó, muy por el contrario, a la semana ya estaba marchando y gritando al frente de un puñado de estudiantes. Esta vez no sólo fue golpeada, sino que además se le detuvo junto a otros manifestantes mientras huía en dirección desconocida. Al poco rato quedó en libertad por falta de méritos. Y así la paloma se hizo habitual en las protestas de toda índole que fermentaban frente a la Casa de Gobierno. Cierto día, en que agitaba una marcha gremial, uno de los dirigentes le hizo la pregunta clave: “Dinos por qué protestas, si no eres estudiante, ni docente, ni trabajadora, ni perteneces a algún sindicato ni a nada que se le parezca”. “Muy simple”, respondió la emplumada, “estoy cansada de que me llamen la Paloma de la Paz, porque ya nadie me toma en cuenta”. Y dichas estas palabras, voló hasta los cables del alumbrado, para arrojar la primera piedra sobre los vidrios de la Casa de Gobierno.


Voces del jardín

Un par de versos le bastaron a la hormiga para ganarse el respeto del auditorio. Eran versos alegres, regados con vino y miel, con avellanas y risas de niños. La mosca no corrió la misma suerte. Su acto fue silbado por la multitud en una suerte de complot bochornoso y malintencionado. La pausa y el romanticismo brillaron por cuenta del grillo, cuya voz melodiosa y gastada hizo evocar lejanas canciones de tiempos no menos lejanos. Por su parte el matapiojos, haciendo gala de un histrionismo digno de imitar, arrancó gritos y aplausos, y uno que otro suspiro de entre sus fieles admiradoras. La nota extraña del día estuvo a cargo de la pulga, que entre salto y salto murmuraba un sólo coro interminable: Cada perro es mi hogar. Cada perro es mi hogar. Y así contaron su historia los unos y los otros. Y a la pulga siguió la abeja, y a la abeja el gusano, y al gusano el ciempiés, con versos lentos y embarrados. Y visto al último concursante y finalizado el certamen, el jurado declaró como vencedor a la hormiga. Entre las razones del fallo resaltaron la voluntad, el oficio e imaginación en la construcción de artesanías verbales y juegos de palabras. Un viaje a Isla Negra coronó la actuación de la ganadora. Y qué decir del gusano, quien obtuvo la única mención honrosa y dos pasajes para visitar la tumba de su poeta preferido. Vaya premio. Pero la cosa no se detuvo allí, porque una hermosa fiesta puso la guinda de la torta. Y el zancudo tomó la guitarra, y la hormiga sacó a bailar, y la araña corrió con los tragos, y la abeja pidió recitar el poema premiado. Y hubo risas y lágrimas e infidencias de los más habladores, y todo fue de amanecida y sin censura. Hasta que alguien dio la voz de alerta: Van a regar el jardín, gritó a todo pulmón. Y cada cual buscó un refugio para escapar del diluvio, o mejor aún, para escribir un nuevo poema y así volver por la revancha.

 
Bajo amenaza de vida

Una mañana salí de mi tumba y grité: “No escribiré otra línea jamás”, y las palabras saltaron de sus asientos a protestar por lo que ellas creían injusto. Viendo que no obtenían respuesta, se juntaron en secreto durante largas horas resolviendo por fin declararme la guerra. Como primera medida, se tomaron mi casa, echaron llave a mi pieza y a mis muebles, se apoderaron de mis juguetes, mis libros, mis papeles, rayaron las murallas acusándome de cobarde y firmaron una larga lista para expulsarme del gremio. Viendo que tampoco obtenían respuesta, acordaron una huelga de hambre y de sed, y me advirtieron que sería hasta las últimas consecuencias, no sin antes, por supuesto, pedirme algunas frazadas para cubrirse del frío y del viento, y el antiguo tocadiscos de mi padre para escuchar sus temas preferidos. Yo, mientras tanto, me divertía a más no poder con las travesuras de la Pantera Rosa, y bebía cerveza y fumaba a destajo, recostado sobre el sofá más cómodo del planeta. Pero de vez en cuando echaba un vistazo a mis queridas compañeras de ruta, y las oía hablar en voz baja, las oía llorar y reír entre ellas, recordar lejanos lugares, lejanos objetos, recordar algunos rostros, una mujer, un beso, una mirada, una sonrisa que se apagó para siempre. Entonces yo también lloré y reí y volví a llorar, y quise amigarme con ellas llevándoles algunas disculpas y uno que otro refrigerio. Grave error, las malditas me dijeron de todo. Probé suerte de nuevo unos días más tarde, les hablé sobre mi vida, sobre mis dudas, mis temores, sobre la fija idea de dedicarme a otra cosa, en fin, de arrojar la toalla. Entonces las palabras más viejas, las más usadas, las más escritas, aquéllas que abrazaron mi causa a ojos cerrados, se sentaron en mis rodillas y en voz alta, casi entre lágrimas, comenzaron a decir mis poemas a los cuatro vientos. Y allí me quedé en silencio escuchando aquel murmullo, aquel sonido de hojas que jamás tocó la tierra. Allí me quedé en silencio, y me vi por primera vez, en esos versos desnudos, en esos versos hambrientos, en los publicados, los inéditos, los incompletos, los que ya no recordaba o no quería recordar. Allí me vi por primera vez, cuando ellos me miraron a los ojos y me mostraron sus alas para volar por el mundo.

El autor:

Mario Meléndez (Linares, Chile, 1971). Estudió Periodismo y Comunicación Social. Entre sus libros figuran: Autocultura y juicio (con prólogo del Premio Nacional de Literatura, Roque Esteban Scarpa), Apuntes para una leyenda y Vuelo subterráneo. En 1993 obtiene el Premio Municipal de Literatura en el Bicentenario de Linares. Sus poemas aparecen en diversas revistas de literatura hispanoamericana y en antologías nacionales y extranjeras. Ha sido invitado a numerosos encuentros literarios entre los que destacan el Primer Encuentro Internacional de Amnistía y Solidaridad con el Pueblo, Roma, Italia, 2003, donde es nombrado miembro de honor de la Academia de la Cultura Europea. A comienzos del 2005, es publicado en las prestigiosas revistas Other Voices PoetryLiterati Magazine. Durante el mismo año obtiene el premio "Harvest International" al mejor poema en español otorgado por la University of California Polytechnic, en Estados Unidos. Parte de su obra se encuentra traducida al italiano, inglés, francés, portugués, holandés, alemán, rumano, persa y catalán. Actualmente trabaja en el proyecto “Fiestas del Libro Itinerante”.
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©   Mario Meléndez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VIII - NÚMERO 29