Beberé mi infancia
y otros poemas

Augusto Rodríguez
elfrancotirador79@hotmail.com


La ciudad y Dios duermen
y yo solo soy un vagabundo
con horas extras que vive moribundo
en su quinta guerra mundial.
Soy un demonio de cuerpo invisible
que se sumerge en el dolor de sus asesinatos,
de sus heridas profundas, de sus úlceras.
Solo estoy en compañía de mis fantasmas
donde sólo beberé mi infancia.
Los muertos duermen, descansan en sus guaridas,
con hambre se vuelven cazadores violentos.
Lo sé porque yo también soy otro muerto,
que en cada estación va dejando un amor falso,
un hijo mal parido,
un muerto más para los obituarios.
La ciudad y Dios duermen
y yo solo soy un vagabundo
que tiene miedo de seguir viviendo
y que solo pretende cerrar los ojos
y descansar a orillas del río X.
Me dicen que estoy muerto
pero que debo seguir viviendo.
Solo sé que beberé mi infancia
y desapareceré ante los millones de ojos
de buitres de esta ciudad.


Mipadre

Mi padre murió en invierno,
sólo sé que al fin descansó en la estrecha
cama de todos los días.
Ya no hay ruido, ni ceremonias,
ni pañuelos, ni rosas blancas.
Al fin, dije yo, descansó de las deudas,
de los vicios, de la burocracia.
Mi padre murió en una pequeña alcoba
donde sólo quedan remedios, jeringuillas,
alcohol, drogas,
sus manos frías, abiertas
y vacías que me tocan con ternura.
Unos ojos blancos y amarillos
inyectados de muerte.
Un cáncer que no silencia
su victoria de sangre, de carne,
de vejez inconclusa.
Todos los relojes dan la misma hora
y retroceden el tiempo,
cuando mi padre no era mi padre
y simplemente era un hombre
lleno de energía
que se abría paso ante esta vida.
Mi padre murió en una alcoba de hielo
y su cuerpo cada vez se adelgaza,
se empequeñece, se evapora,
se disuelve en el aire vacío de la nada,
la lámpara de la alcoba
juega con la materia de su piel.
Sus dientes amarillos
llenos de cáncer me sonríen,
yo le sonrío
temblando de miedo
aunque de a poco
se convierta en polvo fugaz.
Mi padre murió en invierno,
solo sé que al fin descansó en la estrecha
cama de todos los días.


Mi madre

Mi madre llora
en un rincón de la cocina,
su cuerpo se hace pequeño,
muy pequeño,
casi diminuto,
sus manos tiemblan
sobre su mismo eje.
Su voz suena envenenada
por las palabras verdes de mi padre,
yo trato de consolarla
pero no hay consuelo.
Mi madre desea marcharse de casa,
yo trato de detenerla
pero no tengo resultados.
Mi madre es un río caudaloso
que no tendrá nunca
salida al mar.


El regreso

Yo soy el hombre
que se entregó con furia
y placer a sus amantes.
Donde ofrecí mis dones,
mis desequilibrios y mis locuras.
Si solo pudiera escribir un poema
que me devolviera a la infancia
y pudiera sumergirme hasta los huesos
y no regresar nunca.
Y volviera a ser un niño
esperando la hora de jugar,
de reír o de bailar,
esperando la gloria de este mundo.
Pero aquí estoy enfermo
y solo caigo en este mar de la vejez.
Solo te pido, infancia, que llegues pronto.
Te prometo que hoy,
sí escaparé contigo.


Esqueletos enterrados

Ellos no llegarán a la cita
seguramente porque se fugaron
de la fiesta con la puta más barata.
Encontrarán alguna mesa
y beberán aguardiente
e intentarán cruzar al otro mundo.
Sé que no se escaparán
porque todavía les falta mucho por beber
por amar por copular por escribir.
Siempre los recordaré
como los pequeños magos de la miseria
que inventaron con su cuerpo desnudo
el mejor poema para ganar la victoria
como nuestros héroes,
para no quitarse las máscaras
ante los monstruos de cinco cabezas.
Pero un día no volverán
y yo tampoco volveré a verlos
como los he visto.
Sólo serán decenas
de esqueletos enterrados en este mundo.
Algun día se sentarán a la orilla del mar
a leer sus mejores poemas.
No seremos nosotros.


Decadente descenso

Este andar de los huesos
este andar de la carne
este escalar los siglos
y venir de tan lejos en abuelos perdidos.

Vicente Huidobro

Vagaremos sin rumbo
sin señas sin recuerdos sin infancias
por esta ciudad abierta de piernas
como mujer ninfómana o enloquecida por amor
con nuestros cansados soliloquios
para libertinos o yeguas del Apocalipsis.
Vagabundear por esta ciudad
que nos mira con los ojos en llamas
y nosotros locos o ebrios
seguiremos prematuros
sin nervios sin párpados sin riñones
solo para seguir en nuestro decadente descenso
y seguir naufragantes dispersos fantasmales
para tan solo caer de cabeza y sin entrañas
perdidos golondrinos abandonados
suplicantes por seguir este viaje a ninguna parte
sin rumbo sin brújula sin mapa territorial
en busca tal vez del abuelo fallecido
del padre canceroso o de una puta asesina
en esta ciudad muerta o de muerte.
Tan solo seguiremos como un soldado moribundo
o un apostador sin su as bajo la manga
ante el crudo aguacero que nos odia
o de la tormenta de acero que nos decapita.
El autor:

Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) es Licenciado en Comunicación social. Ha publicado los poemarios Mientras ella mata mosquitos (2004), Animales salvajes (2005) y La bestia que me habita (2005). Sus textos aparecen en varias antologías locales y en países como España, Uruguay y Argentina. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vásquez (2005), el Premio Nacional Universitario de Poesía Efraín Jara Idrovo (2005) y Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía César Dávila Andrade (2005). Es miembro fundador del grupo cultural guayaquileño Buseta de papel. Ha sido invitado a varios encuentros de literatura en el Ecuador y el extranjero. Parte de su obra poética está traducida al inglés, al catalán y al francés. Poemas suyos han salido en importantes periódicos y en revistas impresas o virtuales de Ecuador, México, Argentina, España, Canadá, Perú, EE. UU. y Uruguay. Editor de la revista literaria El quirófano.
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©   Augusto Rodríguez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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