Recordando
a Marilyn Monroe
Jaime Cabrera González

Más allá del sistema de estrellas que la creó; de la década que la entronizó, explotó y finalmente, abandonó; del personaje cinematográfico inadaptado de la mirada lánguida y el cabello platinado y los labios sugerentes; de ese pertenecer a todos y a la vez, no pertenecer a nadie en concreto, está la figura inolvidable, siempre querida de Marilyn Monroe.
Para mí no hay una fecha exacta para tener en cuenta de cuándo empecé a fijarme en Marilyn. Como no hay un día y una hora para cuando vi por vez primera el mar. Tal vez, como dijo Borges para referirse al lance aventurero de ciertas lecturas, tuvo que ocurrir en la adolescencia.
Sólo recuerdo que tras la inicial Brigitte Bardot, por el lado de las rubias, y Sofía Loren, por el otro lado, siguió una lista de estrellas que ha incluido a Claudia Cardinale, Nastassja Kinski, Ingrid Bergman, Laura Antonelli, Michaelle Pfeifer, Irene Jacob, entre otras.
Marilyn siempre estuvo ahí, en un sitio especial, en alguna pared de mi alcoba de juventud, entre los recortes de periódicos y revistas, en un álbum no tan secreto, en una camiseta dominguera, en la cartera junto a la foto de una novia, en el forro de un cuaderno escolar, en un vaso para la cerveza, en la pantalla de mi computador, en la carátula de un libro y de un disco, en tantas partes tan cercanas a mi vida cotidiana que se fue haciendo cada vez más parte de mis días.
He leído cuanto se ha escrito sobre su historia. He visto sus películas en más de una oportunidad, en diferentes circunstancias, en distintos momentos. He coleccionado su imagen en todo tipo de fotografías. He recogido una anécdota por aquí y otra por allá. Y no he querido dejar pasar la fecha que marca estos cuarenta y cuatro años de su ausencia física y ochenta del personaje que terminó inventándose Norma Jean Baker bajo el nombre de Marilyn Monroe, sin repetir esas contradicciones que en el fondo son las que la siguen haciendo tan humana y tan amable.
Marilyn Monroe nació como Norma Jean, que no fue más que un homenaje que su madre —una modesta obrera de la industria cinematográfica— quiso hacerle a la actriz del cine mudo Norma Talmadge, protagonista de La Dama de las Camelias. Marilyn, a la hora de un nombre para la pantalla, tampoco se escapó a la suerte de prestarle la fama a una renombrada estrella musical del Broadway de los años 20, Marilyn Miller y un apellido que estaba entre el de su madre y el del presidente norteamericano James Monroe. ¡Qué sabía ella que muchos años después habría otro Miller en su vida!
Según cuentan sus biógrafos y los que han pasado por tales, su infancia transcurrió entre orfelinatos para una niña que no era huérfana y hogares adoptivos en donde la seguridad y el afecto dormían en el último cuarto de la casa. Ni siquiera el Van Nuys High School, en donde fue rechazada de la Sociedad Dramática, se sintió orgulloso de haberla tenido como alumna, en cambio, se vanagloriaba de la presencia de actrices como Jane Russell.
La falta de cariño llevó a Marilyn de un matrimonio a otro. De los brazos del irlandés Dougherty en un tiempo en que fue ama de casa y luego, empleada en una fábrica de paracaídas, a engrosar la fama del héroe nacional y "puritano" Joe Di Maggio, del pigmalión Arthur Miller, ganador del tan ansiado premio Pulitzer, a una boda en secreto cuya duración se dice duró lo que se extiende una semana, con el guionista Robert Slatzer. Sin que dejara pasar algunos romances que tocan linderos míticos y hasta trágicos.
"Pertenezco al público; él es mi único hogar", cuentan que dijo una vez.
Y así fue desde el afortunado encuentro con el fotógrafo de la Armada de EEUU que la descubrió nada rubia entre esas mujeres que el reportaje denominó "la defensa pacífica" en tiempos de guerra. Luego su paso transformador por la agencia de modelos Blue Book que la llevó a cientos de carátulas de revistas y, por supuesto, mucho después, la foto desnuda sobre una tela de damasco rojo que le tomó Tom Nelly, o el retrato para siempre de Bert Stern.Y el salto a la pantalla en donde la contrataron para no actuar, para no saber qué hacer, por tratarse de lo que Truman Capote llama en Retratos, "Una criatura encantadora". Era una rubia en un mundo de rubias.
Y si su filmografía va desde Dangerous Years en 1947 a la inconclusa Something's Got to Give en 1962, lo cierto fue que en muchas de las cintas de los primeros tiempos ni siquiera aparece su crédito. Sin embargo, no hay que olvidar algunas apariciones después de aquella prueba en que la Fox la hace pasear, sentarse, encender un cigarrillo y mirar a la cámara.
Qué decir del papel episódico en Love Happy, en una breve aparición, en un paso fugaz en que sus caderas y su figura de rubia sexy, "encantaron" a Groucho Marx. O su presencia en una película de John Huston y en otra de Joseph Mankiewicz... Pero sólo sería hasta entrados los años cincuenta, la fecha que marcaría su verdadero comienzo y asentamiento en el mundo cinematográfico como mujer soñada.
Pienso en su traje rojo ceñido al cuerpo y los tacones altos de Niágara; en que "los diamantes son los mejores amigos de una chica" que canta en la película de Howard Hawks, Gentleman Prefer Blondes; en su miopía de How to Marry a Millonaire junto a Bette Grable y Lauren Bacall; en la vecina volcánica en que la convirtió Billy Wilder en The Seven Year Itch; en esa bailarina americana enamorada en Londres de un príncipe europeo en The Prince and the Showgirl; en Sugar Cane de Some Like It Hot con los travestidos Tony Curtis y Jack Lemmon en la que no paro de reirme; en The Misfits, que relaciono con un poema del poeta nadaísta colombiano Jotamario Arbeláez o con el de Ernesto Cardenal; y finalmente, la reconstrucción de su última pieza que hace un tiempo pasó un canal de TV.
Pero también pienso en aquella tarde en Nueva York en que mientras comía un pizza, me puse a mirar por una ventana del establecimiento y vi al otro lado del vidrio, a una niña de escasos cinco o seis años caminar hasta la parrilla del subway y pararse allí para que el aire le levantara la falda, quizás sin saber de la existencia de Marilyn, sin saber que su acto confirmaba que Marilyn Monroe no ha muerto.
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© Jaime cabrera González
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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