Poesía perdida

Gabriel Mendoza
gavito21@hotmail.com
Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico

A estas horas les anteceden
horas quebradizas de luz artificial.
Rostros sin nombre ruedan sobre 
las pupilas de los siglos.

En el costado de la desidia
hay una sombra sentada en una silla
que cuenta la historia de la sangre y de la espada
y en sus pequeñas manos
ya no cabe la vida.

A veces disfraza las palabras,
las despoja de obtusos ornamentos.

No hay cuerpos extraños que posibiliten
su proyección en la pared real
y cada movimiento hostil suyo,
no pensado,
delata nuestra caída

Y en el terror de su historia,
ella misma sangra
la sombra,
la palabra.


Peregrina

Ves cómo la mentirosa revelación te empujó
a otros cielos,
a caminar por lugares
en donde los pies ardían
y los parpados no dejaban de maldecir.

Gigantes aletargados fueron tu amuleto
mientras tirabas piedras al azar
desangrando la arena antigua.

Y con esa sangre hacías cruces
que soñaban nuevas mitologías.

En tus casas había huecos llenos de amor
y orgías que fecundaban palabras finales.
Olían a profecía gastada,
a reiteración metódica
de paraísos fugaces.

Peregrina,
llevas tu cielo
en la fábula del pecho
y ahora tus ángeles de la guarda
habitan otros días
donde ya no te esperan
las nubes de ceniza.


Excepción

¿Qué sabe el dios de ahora
sobre el tiempo de antes?
Teñidas de rojo
están las viejas cruces de metal.
El sudor descansa en cualquier tumba,
la ciudad se llena de polvo
y nosotros también.

Pienso medio dormido en los secretos
de la mismidad
y en que somos minúsculas historias
indignas de poseer
el aroma de un libro virgen.
Extraños sacrificios nos libraron
una vez de la muerte
pero ya la niñez es una excepción.
Son ellos
los que permanecen
como una vieja piedra.


Muerte en la tarde

Estuviste mirándola con una canción de fondo
que más parecía un acorde de añoranza.
Vino por ti, te lo dije ayer.
Vendría con el sol declinado
a robarte las miradas y las maldades secretas.

En el exilio de tus visiones constantes,
la imaginaste dentro de ti
recomenzando la historia:
Adán de brillantes cicatrices,
cada una de ellas pareciendo un dolor tuyo irreal,
diáfana grieta que te enajena,
herida pasada que no será redención
a tu sola presencia.

Pronto llegara la misma noche antes de ti.


Comprensión tardía

Te percibí como siempre,
en la simpleza de un sueño reiterado,
con un sudor frío en tus manos,
con un montón de días fáciles
debajo de tu sombra.

Jamás me miraste,
abstraída estabas entre dios
y tu sonrisa disminuida,
coleccionando ocasos virginales
y sucios sonidos de campanas.

Ignoraste que el tiempo
se encargó de dibujar
niños muertos en el parque
con pinceles, dagas y horas macilentas.
Tú fraguabas quizá
besos finales para otros niños.
Hiriente como bala de lluvia fue eso para mí.
Accedí entonces a la absurda frecuencia
del dolor en forma de nuevo concepto.

Niña, no tan frágil,
alucinante ensueño de parpados gastados,
transeunte soy de tu noche descalza.
Me dueles como vidrio en los pies


Venganza

A oscuras,
pocas veces destellos que se
junten de una luz fugitiva.
Comprendo que dejarse absorber
por el terror diurno
es situarse en un punto invisible.
Algunas muertes oscilan en cada parpadeo
mientras se desborda el maullido de un gato
en la calle de un sueño caluroso

Sé que nos acecha una libertad y un deseo
cuando detener el tiempo es una venganza,
que jugar con estatuas móviles
y morder sus conciencias
apacigua el apetito.
Entonces nos ahogamos
en una fracción de ira.


Letras frías

Suben, bajan, siempre desgastan.
Descubres que eres vulnerable,
te parten la risa
y en esa letra inicial todo termina.

Ahora hay días y ayeres consumidos
por el  maldito crujido,
ese que ya conociste.
No te fugas,
te quedas a ver las caras blancas
de aquellos que estuvieron antes,
de aquellos que besaron bocas ya besadas.

Tengo los ojos llenos de arena infinita,
demonios y bolsillos vacíos.
Suben, ya no descienden,
te queman,
te odian con paciencia.


Salvación momentánea

Ayer vi un relámpago
de luz rápida y muerte precoz.
Seguramente dejará su brillo
en la memoria del agua lluvia.
Una calle duele adentro,
en el confín de las lágrimas,
donde se ahogan pájaros fantásticos.
Viejas paredes de olvidos no tan antiguos
rescatan palabras inaudibles.

Como si todo fuera
prolongación de instantes discontinuos,
miré la caída de un reloj hecho de sangre
mientras su manecilla intacta me devolvía
esa manera dulce del caos,
ese largo recuerdo de otra orilla.
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©   Gabriel Mendoza

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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