Río adentro
Ricardo Pacheco
No se tome la vida demasiado en serio;
nunca saldrá usted vivo de ella.
Elbert Hubbard
Todavía horrorizado, atenazado a la rama que asomaba invadiendo la carretera, pensaba o más bien sentía en su estado más puro, la punzante inminencia de la muerte, no como la pudo haber pensado luego, fea, pobre, sino en la muerte, fin de los días de los hombres no preparados.
“Empiezo a las ocho, termino a las doce, a veces se pasan las doce y no puedo reposar el almuerzo por mucho tiempo, pero hoy, presionándome un poco más, alcancé a adelantar algo de la tarde, y en la tarde pues…”
“Esto me gusta, el clima y el cielo nublado, poder ceder el paso sin problemas mientras escucho a Maelo, paranpapaparanpapá, porque ya no tengo que revisar la lista en el portapapeles sobre la silla de al lado para buscar la siguiente dirección, alternando la mirada hacia la calle, que no se ve tan congestionada después de todo.”
Frenó en el restaurante chino de la treinta y ocho para comprar la sorpresa de la tarde. Su esposa y sus dos hijos esperaban su oportuna respuesta a ese chance diario de comer, la primera, para también ahorrarse el trabajo de preparar, y ellos, por puras niñerías.
Aún recordaba los días de bonanza en que podía brindarles todo sin el menor reparo, sintiéndose colmado de satisfacción, el marido apetecido, el papá celebrado, el mismo roble que el abuelo, que no debía despertar quejas ni despertarlas jamás, “jamás”, una palabra irresponsable, no pensada de gancho en las ramas, pero irresponsable pensándolo bien.
Que la ciudad de hierro: “A la ciudad de hierro”. Que barbie profesora: “Barbie profesora y con Kent”. Que el cable de los de allá arriba: “Aló, cable, por favor”. Que el paseo a San Andrés: “Empaque, pues”, “los niños con plata a donde la tía”. Que estamos hartos de carne: “¿Has probado la cazuela de mariscos?”, “Qué bueno mi amor”. Que la ropita y el maletín y los zapatitos con el mismo perendengue famoso: “Aquí está, aquí está y aquí está”, “¿te costó mucho?”, “no, solo buscarlo”, “jajaja”. Risita ahora inclemente con el agua jalándole las piernas.
El chino y la china y la pueblerina que trabajaba para ellos, andaban por todos lados sin darle cuenta de su pedido y obligado a esperar para llevar algo a sus criaturas que no hubiesen soportado la idea de esperar después de su llegada la diligencia de su madre para comprar y preparar una cenita común tan distinta, tan ligerita, que no ayudaba a olvidar los banquetes caseros y grasas de colores y postres de leche y pedidos pero a los snack bar y templos del pollo y la pizza y habrían de llorar la escasez y la pena de manera tan sincera como mil puños en la potencia y esperanza que daban en su desayuno tajadas de plátano con café y en el almuerzo la corriente de dos mil, esperó.
Un relámpago lo sobresaltó, entonces se asomó a la calle, casi en la acera, y vio con fingida emoción a Marisol, vecina de trabajo, quien emocionada al ver el auto, no dudó en acercarse a pedirle al que debía estar dentro del restaurante, un precisado aventón hasta las oficinas de la setenta y dos.
“Estúpida, siempre crees que tengo tiempo para tus urgencias, ¿por qué no te presionas un poco y compras tu propio auto y gastas tu propio gas y hasta sales un poco temprano a comprar arroz chino especial?”
“Y luego subirías a tus oficinas, sí.”
“Te miento y te vas, no puedes resolverlo tú misma, pero tu sonrisa es siempre de esas de conformidad, que no ambicionan, claro que para eso tendrías que sentir primero rabia e insatisfacción, y ganas de resplandecer.”
Comenzó la lluvia y una ojeada indiferente hacia afuera lo distrajo, luego lo sorprendió la pueblerina ya en la mesa con dos cajas atiborradas de arroz para llevar.
Para llegar a casa debía bajar hasta la cuarenta y cinco pero la lluvia que arreciaba alimentaba progresivamente el arroyo de la cincuenta y una que su lata cuadrúpeda parecía mirar temerosa. No se veía tan caudaloso, además lo comenzaba a invadir un deseo apremiante de estar en casa, de alardear con las cajas en la bolsa, de que su esposa suspirara dócilmente de alivio, de que sus hijos asomaran sus lenguas malcriadas para ensoparse los labios.
Observando que aún no era tarde para que las camionetas de doble tracción que circulaban a su lado y los camperos de expedición, salvajes en los comerciales, atravesaran, supuso un fallecimiento para su dignidad tener él en cambio que esperar, después de tanta carrera con las listas, después del almuerzo sin reposo y de la acción rápida y eficiente de sus entregas; creyó que ese pequeño plan de aparecer temprano y con la sorpresa iba a quedar reducido a una sufrida y rabiosa espera de su familia de ojos hundidos.
“Nublado simplemente estaba bien. Hijueputa ciudad. ¿Cómo es posible que tengamos que ver esto? ¿Ahora pues por qué no lo promocionan como atracción turística? Parece bajito. Está bajito todavía.”
Siguió que el nivel estaba más alto de lo pensado y que la corriente en contra pegando de lado era aterradora, entre marrón y morada, que el rugido del auto fue un propio grito de humano desesperado, que cierto, se apagó el motor por el carburador ahogado, que el auto dejaba de darle el lado a la corriente para hacerse a la voluntad de las aguas entre marrones y moradas, que alguien sugirió desde las orillas largamente remotas un ejercicio acostumbrado de no dejarse morir, que el tapizado y el tablero y la guantera eran marrón y morado también, que ahogaba el susto.
“Dios mío. Hijueputa. Dios mío. Hijueputa. Dios mío. Hijueputa, ¿qué es esto?”
Luego de treparse en el techo y parecer un aprendiz de surf, cayó en la cuenta de que estaba en otro tramo de la calle lejano al inicial y todo el mundo lo seguía con la mirada y los gritos. Algunos hombres le alargaron barras y palos pero no lo alcanzaban. Solo justo, próximo el desvío del arroyo hacia una carrera, saltó con más temblor que fuerzas y tocó tierra firme con las piernas pero sus rodillas flaquearon y se resbalaron sus pies de nuevo hacia el cauce. Aferrándose a la orilla escurridiza que le raspaba, se topó adelante con la rama que le salvó la vida.
Los que llegaron al lugar se treparon con habilidad y precaución al pequeño árbol, le tendieron los brazos y tiraron de él, con su camisa desmayada y su puerco triste lino, sin sus zapatos, con unos vellos en el pecho llenos de pobreza y fealdad, y una mano cuya rigidez empuñaba milagrosamente la bolsa de la sorpresa.
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© Ricardo Pacheco
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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