La sirena viene hacia mí…
Martiniano Acosta
Canta, sirena, por ti misma, y yo te adoraré.
William Shakespeare
Desde pequeño las sirenas han sido mi delirio y mi debilidad tanto que he coleccionado fotos, afiches, dibujos e historias fabulosas. Ese talón de Aquiles surgió desde el momento en que leí con profunda admiración el capítulo en que Homero relata en la Odisea, que un tal Ulises se vio en la necesidad de taponarse los oídos y ordenar a la tripulación que lo amarraran al mástil de la embarcación para no sucumbir al canto melodioso de las sirenas. Yo hago todo lo contrario: abro mis oídos para que me vuelvan loco con su cálida voz.
La belleza y la figura de su cuerpo de pez me han obsesionado. Me han dicho que son peligrosas e infernales. En realidad, rechazo tal acusación. Para mí, son muy atractivas y sirenamente seductoras. Nunca he visto una sirena enojada. El rostro siempre está matizado por una sonrisa tentadora, lo cual me hace pensar que ellas parecen ser el símbolo del amor, de la sensualidad y de la placidez. Son inobjetablemente dotadas de una hermosura avasalladora que haría temblar de envidia a cualquier mujer. Por esa razón cuando decidí instalar un negocio a la entrada de la ciudad de Bahía del Mar, pensé que debería ser un sitio para el relax de los turistas en donde se expendería toda clase de bebidas y se presentarían espectáculos musicales y eventos sorprendentes.
De inmediato tuve la maravillosa idea de construir un inmenso acuario, adornarlo con luces multicolores y, por supuesto, que tuviera una sirena. Los avisos en la prensa que anunciaban la búsqueda de una sirena para trabajar en el acuario y cuya presencia se convirtiera en la gran atracción de los visitantes, formaron tanto revuelo que vinieron mujeres a montones e incluso —numerosas— con cartas de recomendación de altas personalidades. Pero, obviamente solo ganó una. Una pelirroja, cara de muñeca feliz, piel morena y una cola hermosísima que salió de no sé qué lugar de la tierra, capaz de provocar el suicidio de muchos hombres.
Lo que me impresionó de aquella mujer —además de la irresistible belleza— fue la disposición para trabajar a cualquier hora de la noche, haciendo la exhibición de sirena dentro del acuario iluminado, junto con otros peces pequeños y algunas piedras y plantas marinas que aparentaban ser el fondo del mar. No objetó ninguna de mis peticiones.
Debajo de unas luces rojizas y verde mar, un grupo de músicos animaba el lugar con el embrujante latin jazz. Ella inició la labor con entusiasmo, con responsabilidad y con tanta seriedad que entraba al acuario siete veces en la misma noche. Dentro de su mundo de agua, era la mujer más feliz de la tierra. Se contorsionaba y nadaba con tanta agilidad que, en realidad, la idea de una sirena en el acuario se convirtió en el entretenimiento único y portentoso de Bahía del Mar y sus alrededores. Llegaron miles y miles de personas de todas partes del planeta a observar la mujer-sirena que vivía dentro de un acuario.
Yo la observaba desde mi puesto de dueño y administrador, la veía con los ojos del deseo. Entonces, me creía un Ulises, sin los oídos taponados, naturalmente. Sentía que ella ondulaba su cuerpo para mí, no para los clientes. No sé qué sortilegio poseía: Tú eres imán y yo limadura de hierro, le dije en cierta ocasión. La música de Bebo Valdez y de Paquito de Rivera compaginaba con las contorsiones del cuerpo que parecía un elástico. Cuerpo esbelto, de piel morena. El cabello coposo, largo y sedoso flotaba en el agua transparente y por entre las hebras del cabello le aleteaban los pececitos.
Un día, en un breve descanso del trabajo, frente a mi mostrador, me dijo sin rodeos que se quedaría viviendo dentro del acuario, que jamás volvería a salir y cantaría siempre para mí. Yo no creí en la decisión tomada. Pensé más en una forma de exigir un aumento de salario que en una declaración de amor. Sin embargo, debo reconocer la estupenda actuación y que, gracias a ese espectáculo, el establecimiento había triplicado las ganancias. Para acabar con mi escepticismo, ella así lo cumplió.
Entonces, me sentí más atraído que nunca por ella y por la voz cálida que salía de la garganta, voz sedosa, mimosa, tierna que entonaba los cantos dulces todas las noches desde la superficie del agua, cuando ya el sitio se encontraba cerrado. Yo me fascinaba mirándola. Y ella me invitaba a la impresionante pecera de vidrio, con besitos de agua y con gestos sensuales. Vencido frente a los atributos voluptuosos de aquella sirena, cancelé todos los contratos y cerré el negocio de manera irreversible, no pensé en cómo vivir dentro de un acuario, simplemente, me sumergí y me fui con ella a compartir aquel mundo de agua.
Ha pasado el tiempo y la felicidad líquida nos ha bañado. En este lugar, hemos visto crecer a la familia: un par de sirenitas doradas que juegan en la superficie y en lo profundo del gran acuario y sueltan también por las noches un canto de dulzura que está extraviando a los niños y jóvenes que se acercan por estos contornos, porque hemos escuchado golpes tan violentos en la puerta principal del establecimiento que hasta han tratado de derribarla.
Santa Marta, cerca del mar.
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© Martiniano Acosta
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 29
Abril-Mayo-Junio de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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