De la ciudad
y sus amores ajenos
(Versión completa)
Tito Mejía Sarmiento
MEJÍA SARMIENTO, Tito. De la ciudad y sus amores ajenos. Barranquilla, Ediciones La Casa de Asterión, 2009.
EL POETA FLACO
DE LA ESQUINA AZUL
Soy el poeta flaco de la esquina azul,
el mismo ciudadano que en el alma
se le maduran los deseos,
amante de la soledad que bellamente
germina en todo su cuerpo.
Estoy a un metro con 87 centímetros
sobre el nivel del mar.(Soy una ola que se levanta a las cuatro de la mañana).
Escribo versos de contenido erótico
que me hacen encontrar
el lado luminoso de la vida,
un poco más allá de la oleada de tejados o del escarnio público,
esa máscara que se porta con delicia
y que pierde hasta el último vestigio de la ira.
Soy el poeta flaco de la esquina azul,
la bestia perfecta que secretamente
se sumerge en el espejo bien temprano sin herirle
antes de irse a intercambiar memorias de mediodía
con los amigos de cátedra que fieles
a sus dogmas terminan haciendo el trágico papel
de hombres sabios.
Soy el poeta flaco de la esquina azul,
amo a mis padres más que a nadie,
amo a mis hijos más que a nadie,
amo a mis hermanos más que a nadie,
el mismo que ha amado a más de mil mujeres
y las ha sabido olfatear más allá de su ropa interior.
Soy también el que ríe, sufre y llora,
y sabe perfectamente que sólo somos
un préstamo del tiempo atado a los semáforos de la vida.
Amo a las urbes, no sé de donde me viene esa costumbre,
y sus noches pobladas de versos que transitan por las alcobas,
esas alcobas donde precisamente no se pierde ni un detalle
del orgullo inconcebible
y se crea el cauce perfecto
que se amolda a la piel de los amantes.
Soy el poeta flaco de la esquina azul,
el que tiene los pies bien puesto sobre la tierra
(a pesar de que muchas veces hablo sólo)
y además, gran amigo de los perros
que defienden su territorio alrededor de la bazofia.
Quiero decirles que me cuesta mucho separar
la vigilia de los sueños de colosal memoria
mientras mutilo la luz de los primeros retazos del día.
Vivo en la cima del ahora
sin mentiras
sin miedos transparentes
y sin olvidar el pasado
que me ha ayudado a vivir,
a sentir que existo y lo que soy,
el poeta flaco de la esquina azul.
CIUDAD HOY
(Parte I)
Me asomo por la ventana
a las seis de la tarde
y veo la ciudad
derrumbarse tras las horas.
Nadie conoce
del espectro que sigue
el ritmo incansable
como rayo de hielo
que en su sexo
aloja sus propias astillas.
CIUDAD HOY
(Parte II)
A veces es mejor quedarse en casa
una noche de estas
e inventarse citas improbables
tras la puerta del miedo,
que ver allá afuera
como los dementes van punzando
hasta arañarse de dudas pendientes
su propia sentencia,
y comiéndose de paso el hambre
hacia al precipicio mudo.
MOMENTOS EN LA URBE
Cuando el Metro pasa
dejando su metálica rabia.
Cuando la vida continúa
recitando de memoria la rutina,
pegada a la argamasa de las calles.
Cuando el mendigo
extrae de la basura,
en medio del aullido de los perros cimarrones,
un pedazo de pan duro
y lo remoja en el agua
para mitigar la hambruna.
Cuando la breve lluvia
regala a los pescadores
pequeños trozos de luna facetada.
Cuando la alcoba
en la hora azul de la ventana
delata pesados suspiros y silencio,
tú te quitas el vestido rojo que tanto juego
hace con tu boca,
y tu piel
se abre como la noche
de un solo tajo
empañando mis sentidos.
ASESINO
Soy aquel
que cuenta los pasos
y se redime al destino
mientras el silencio se despliega
en las fisuras de la oscuridad.
Soy aquel
que construye el aposento
de los elegidos de turno
mientras ondulan las hojas ebrias
del tiempo.
Soy aquel
que por su alma vuela un pájaro herido
desde cuando era un chaval
y ahora quiere recobrar memoria y sueños
maltratando las rosas
para la última velada.
Soy aquel
que aunque sigo restando vidas,
le tengo temor al animal consolador
de hipocresías que llevo dentro.
Soy aquel
que al regresar a casa
después del acto cumplido
suele decirse a modo de crítica
—Seguirás asesinando al extraño
que eres tú mismo.
MOTIVOS DE FONDO
Nuevamente me visita Ícaro, el payaso de un viejo circo de la ciudad,
y esta vez está molesto conmigo.
No quiere decirme los motivos, pero creo intuir que, en su afán por subir más arriba del sol, sus alas jueguen siempre a derretirse. Y más abajo, inocentemente, mi risa, tu risa, la risa.
ESE PAYASO YA NO ES EL MISMO
Ese payaso ya no es el mismo.
Cuando la gente lo ve,
es él quien se ríe como si estuviese
refugiado en el colectivo del pasado.
A ese payaso
le han medido sus heridas
y lo han condenado
al exilio de toda gracia, aquí, precisamente
sobre esta carpa donde tantas veces
el destino trazó sus coordenadas
y orientó el desasosiego de su miedo
hasta la doble hora
del vuelo nocturno.
Ese payaso ya no es el mismo,
es la ausencia de un hombre y su sonrisa
en una ciudad
que se perfuma con la rosa al otro lado de la puerta.
LOS HIJOS DE LA CALLE
Los hijos de la calle,
los mismos de miradas rotas
en el piso,
se levantan con el hambre
y se acuestan con las estrellas.
Muy a pesar de todo,
danzan alegres como el dragón
que lanza fuego
de presagios despiertos
por las escalinatas del día.
RETRATO
A la memoria de la negra Petra, una mujer de arco iris.
Hace días
que no veo a la negra Petra
vendiendo bollos de maíz
en la esquina del mercado público
de la ciudad.
Qué sátira
sentir que de un día para otro
todo se esfuma.
Solo me queda su cara redonda,
su pelo quieto,
su pecho frondoso,
su risa de oro
adornando el estribillo. A mil pesitos, mi cielo!
¡A mil pesitos!
Me queda su fortaleza
para cargar el pesado platón,
y la sabrosura envuelta en un pedazo de tusa.
Además, me parece oír su voz anaranjada
incendiando
las trampas de la tarde con su: ¡Bollo! ¡Bollo!
Y con preocupación hoy
sigo tejiendo su ausencia,
tratando de hallar un color similar
al de la negra Petra
mientras se quiebra el cristal de mi vigilia,
y el dolor no tiene salida
por donde escapar entre el límite del tiempo.
CONJURO DEL ENCIERRO
Estoy de vuelta a la calle
después de estar encerrado
en mi propia casa por un año,
acompañado de Soledad,
esa que engulle las ansias
y que muchos llaman mala consejera.
Confieso que aprendí
de memoria casi todos mis poemas
para evitar ser blanco fácil
de la locura que Cronos
se iba tragando en el itinerario de los días.
No había manera de ver las estrellas
ni sentir los besos de la mujer amada
en plena vigilia,
y mucho menos saber, si afuera,
se callaban las súplicas de los mendicantes
o si aceleraba el paso el transeúnte
de variante cara y propietario
de su propia palabra.
Estoy de vuelta a la calle,
sintiendo ahora la libertad hurtada
del silencio homicida de mi habla
en el verano de una urbe habitada de fantasmas,
y cuando precisamente una golondrina
volaba de mi alma a tus manos.
A veces cogía de la cava una botella
y tomaba un trago de vino
para brindar por yo no sé quién
enrareciendo el ambiente
con una ferocidad alucinante.
Además, confieso
que sostenía conversaciones profundas
conmigo mismo acerca
de muchachas adheridas
a la fascinación de los placeres.
Observando la tevé
“hijueputeaba” varias veces
a presidentes mal pensantes.
De golpe,
la calle me sorprende en una estación perenne
a las cinco de la mañana,
a pesar de los consejos de mi confidente, la Soledad.
METAMORFOSIS
Amanecí extrañamente
convertido en ave migratoria,
y decidí en el acto, la travesía
por todos los océanos
como esclavo orgulloso de los vientos.
Desde arriba la vida es un milagro abierto:
La fruta madura, el hombre enfrentado al propio hombre,
una pareja haciendo el amor
en pleno parque, un campesino caído
en su fracaso, niños abandonados,
casas sangrando a puro dolor
y dejando oscuras y densas cicatrices en el alma,
y por supuesto, la sonrisa bajo el sol donde tú brillas.
Desde arriba se palpa todo,
excepto la bala que atravesó mi corazón
y quebró para siempre mis alas,
convirtiéndome ahora en parte
de un exquisito plato
del más famoso restaurante de Nueva York.
LIBRE
Supe que te volaste del manicomio
y ahora eres libre.
¿Dime cómo lo hiciste
para yo hacer lo mismo?
EL LOCO SOY YO
Lo veo
por avenidas y calles
con su costal repleto
de emociones errantes,
echándoselo al hombro izquierdo.
Lo veo
encerrado en su cosmos
con un lucero de rabia en el corazón,
mentándole la madre al presidente.
Lo veo
con su trepidar dejando huellas entre aplausos
de la gente que oye
sus peroratas sobre la realidad
que se asoma para abrigarlo todo.
Lo veo
en los moteles imaginarios,
esperando un amor
que no llega
con sus vestidos desnudos
aunque el deseo sea solo un gesto.
Lo veo
de andén en andén,
quebrando los sueños
de las noches en mil pedazos
que entre otras cosas, se le despiertan bien temprano
sobre el cansancio de sus ojos negros.
Lo veo
por avenidas y calles
con su costal a cuestas
donde el peso del mundo le cae,
mirándome a los ojos,
y nos sumergimos el uno al otro
para luego absorbernos.
LO HAREMOS, MUJER,
LO HAREMOS
En la hamaca del último cuarto,
lo haremos, mujer.
Cuando la noche abrace
completamente el silencio, lo haremos, mujer.
Con las ventanas abiertas de par en par
y con el resplandor de la luna directo
a nuestros cuerpos, lo haremos, mujer.
Lo haremos, mujer, sin prisa,
todas las veces que se nos antoje,
cuando el espejo nos acuse
al margen de los inevitables impulsos
como dos guerreros pensantes
que juegan a matarse por amor.
En la hamaca del último cuarto
sumisos al clamor y al embeleso
porque el deseo
es tuyo y mío,
Lo haremos, mujer, lo haremos.
TU PRIMERA VEZ
Recuerdo que llegaste
a la cita muy puntual (ocho de la noche)
Demasiado nerviosa por cierto,
con la humedad imprevista de tu pelo corto
(huyendo de la lluvia sabatina, creo yo)
Te dije que el amor necesitaba de un hermoso paisaje,
y entonces, abrimos las ventanas del balcón : la luna
era mitad gris y mitad roja
sobre su lecho de nubes algodonadas.
Bailamos el conocido “Danubio azul”.
Recuerdo que me mirabas seriamente de frente
varias veces, insinuándome tal vez,
la inédita entrega de tu cuerpo
mientras yo te regalaba un beso sonoro
con un deseo azul como el del viento sosegado.
Hablamos del dolor de los horarios
y del tierno y dulce amor que escogen las urbes
cuando duermen.
Estabas hermosamente vestida
de otro tiempo bajo el perfume confuso
de las flores de invierno.
Inesperadamente me ofreciste
varios besos prolongados
detrás de una serie de abrazos,
y empezamos a descubrir desnudos fantasmas
por la acondicionada alcoba de la casa.
En la profundidad de la madrugada
y con la luna ya color de viejo saxofón,
al mismo tiempo que se apagaban lentos
los últimos luceros en lontananza,
la doncella que tenía yo al frente mío,
le apostaba al amor con el mundo a sus espaldas
por vez primera en sus 15 años.
Con el frío abisal
que cabe sólo detrás de una palabra,
caímos profundamente dormidos
hasta cuando el ruido de una motocicleta al día siguiente,
cruzó la calle abajo a toda prisa.
Nos asomamos al balcón
y el cielo daba la impresión
de una bandera viva en el mástil
de aquel hermoso octubre.
Luego te fuiste
y mis ojos de batalla se quedaron fijos
en las sombras muertas de las llaves.
PRIMERA GOTA
CON UNA MILLARADA DE LLUVIAS
En tardes como estas
cuando la lluvia cae,
me lleno de desolación
al ver como se alargan las gotas
en los vitrales de las ventanas.
Avanzo raudo al fondo de los recuerdos
que trae consigo palabras y deseos
de la tierra que me vio crecer:
Las niñas y los niños corriendo
por las calles de légamo alegre
con unas varas
largas puyando nubes
para que el agua del cielo no cese.
Y yo, escoltando a la locura
le doy dicha más a mi alma
pensando en ti con unos ojos
que esperan encontrarte
con voz y con nombre para
encender la rosa desnuda de la carne.
Y tú a lo mejor del otro lado,
dejas correr la vida
abrazándote al otoño
y viendo arder mi agonía
en tontas penitencias
que te dejan el silencio borrable
mientras la ciudad envuelve
ángeles feroces cuando se amontona la noche.
EVA SE DESNUDA
TODAS LAS NOCHES A LAS OCHO
Bien oculto
detrás de las cortinas
de mi cuarto,
espero con un deseo bestial,
que Eva, como ha sido costumbre
durante cuatro años,
se desnude completamente
rugida de calor,
todas las noches a las ocho en punto.
Sola, frente a mis ojos
me regala su hermoso canto de vida.
Hay mucha luz en su alcoba
mientras comienzo
a lucubrar un poco
al ritmo de la noche
dispersando mis fragmentos:
Osado como siempre
beso primero que todo
su territorio mordible.
Entonces, llena de amor
me pide que acelere
por otros recodos de sus nalgas morenas,
y de sus pezones que en esos instantes
se vuelven escarlatas.
Noto que toda su piel
es intacta con olor
a fresa demasiado madura.
Treinta minutos más tarde,
y respirando como un rabioso jaguar
en su cuello,
muerdo otra vez con más ansiedad
sus duros pezones
hasta cuando me pide desesperada
que hunda
en ella definitivamente
todo mi músculo armado,
y entonces, empezamos a llegarnos
como nunca.
Colgada del presente
la noche se termina
con el brassier, las pantaletas y el vestido
sobre la mecedora
mientras yo me quedo
viendo las esquirlas del Orión.
ASALTO A CARNE ARMADA
Arriba las manos
que esto es un asalto, le dije.
Entrégame tu boca primero.
Ahora desnúdate toda,
y cifra tu vida al azar, mujer.
ESPEJO
El espejo
que día a día
me busca y me encuentra,
revela la puta de hoy:
la puta sin furia brutal
en sus caderas
y que poco a poco se quiebra,
intentando abrazar en vano fantasmas
de dura carne hasta el filo de las madrugadas.
La misma puta
que pide a Aladino, desesperada, un deseo
para sentirse viva otra vez,
y no para quedarse atrapada
en la imagen que carcome
su cuerpo desnudo.
EVA BROWN
Vendrán
a tu cama
otros amantes,
y pasarán por tu grieta nocturna
a derramar sudor y sexo,
además de codicias en tropel de suprema locura
sin importarles el minutero
LA SOLEDAD
DE UNA PUTA LLAMADA EVA BROWN
Ya no llegan a su alcoba
los amantes que tantas veces se inclinaron
ante ella
para conocer
la felicidad ocultada en sus entrañas.
Hoy disponible
y carente de promesas,
la soledad le construye
una curva sobre si misma,
mientras el resplandor del amor
colmado de ante ayeres,
ya no cabe en sus párpados
cuando las mudas miradas logran encontrarse
en el espejo de la carne
de las palabras idas,
y los días de la nada bajo las evidencias.
Sumida en el dolor,
Eva Brown, la puta que un día mordiera el pecado,
vive de “Los que no me olviden”
con una cruz en la calle
y un pedazo de ultraje en su corazón.
EL AMOR SE CRECE
LOS SÁBADOS EN MI ALCOBA
El amor se crece intensamente
los sábados en mi alcoba,
me dice Eva Brown
como si su alma estuviera levitando.
Él parece-continúa diciendo-un león embravecido
dispuesto a beberse
uno a uno
los más íntimos secretos
de mis muslos.
De pronto,
con previo aviso,
va fajándose con la vida,
me inclina,
me levanta,
me demuestra que también yo cuento,
me vuelve loca entre sus brazos
hasta que,
llega el momento de la entrega total,
y me va llevando
poco a poco
hacia una noche cercana con lo eterno,
que entonces, no recuerdo el mundo anterior
a su llegada.
A LA VIDA
TAL VEZ LE HACE FALTA AMOR
Cuando me amas, ramera, color de ébano
y de raza cautiva,
pareciera que yo fuese el único
de tus amantes.
Suena utópico, pero cuando te acuestas boca arriba
y busco de paso el perfume de tus besos,
se me olvidan las heridas clavadas en el alma.
Sé que tú me necesitas
y que yo te necesito, y otros te necesitan,
todos, acaso en la misma órbita de tu ígnea piel,
concretamente en el vasto andurrial oscuro
de tu cuerpo donde precipitadamente morimos todos,
a pesar de los vanos intentos
porque los orgasmos no aproximen su llegada.
Cuando me amas,
a fin de cuentas, pienso en quienes buscan a tu lado
lo mismo que yo quiero,
y sin comprender, sonrío de ser yo,
adornando la plegaria: ¡A la vida tal vez le hace falta amor!
ENCANTAMIENTO
Me gustan las mujeres de piel negra
cuando se desnudan completamente
delante de mí
y llenan las alcobas de preguntas.
Mis deseos se rebotan
y comienzo entonces, a desenfundar sus cadencias
en perdurable mutación
hasta llegar con calma a la orilla
del acrecentado espacio de sus sombras,
donde mi fibrosa piel vierte
todo su chorro con una claridad meditada
que termina uno vestido de ansia
y ellas de respuestas
mientras muere la rosa de eterna belleza.
MAGNETISMO DE DESEO
En tu cuerpo
hay un magnetismo de deseo
que te distingue
como verano ardiente,
pero tú no lo sabes.
Es una convulsión exacta
que vivir encierra
con emoción profunda del amor inacabable,
y que acribilla palabras en la alcoba
casi con el rojo mordisco de lo obsceno.
En tu cuerpo
hay un magnetismo de deseo,
una grieta enervante que despliega
sus ráfagas de momentos sin mañana,
pero tú no lo sabes.
Y somos íntimos: caricias para avivar ausencias
en medio de un destello de promesas,
dolor, miedo vulnerables,
y con un espejo vigilante
que no te condena al olvido
mientras las arañas tejen sus encajes
en las trampas del tiempo
que yo juego a imaginar
en las raíces complacidas de mi sombra.
En tu cuerpo hay un magnetismo de deseo
muy pronunciado
y de silencio auspiciante
como el de ahora,
pero tú no lo sabes
y somos así más ciertos,
más plenos.
DESAFINES
Para qué seguir amándonos
de esta manera
si tú eres tú
y yo soy yo,
y nosotros dos seres
que se entrepiernan
y no se reconocen.
SUCCIONADA
Hoy
le pido a Eva
que abra bien sus piernas
mientras yo me inclino
con cautela,
a deslizar mis labios
sobre el arabesco de su noche
que se derrama enardecido
sobre el edredón de abismos simulados
que ocasionan heridas.
Y más abajo, mi erecto centinela,
atento está, al llamado de entrada
en el circulo eterno de los minutos.
ENTREGA
Domingo en la ciudad.
Afuera la lluvia cae torrencialmente.
Adentro las manecillas
de un viejo reloj
que cuelga en la pared de la blanca alcoba,
decorada para la ocasión,
señalan las cuatro en punto de la tarde.
Ella me saluda por el nombre
con ladina sonrisa.
Se quita la falda, la blusa, sus interiores negros
hasta quedar completamente desnuda
mientras me muestra además sin recato
sus salientes senos.
Mis ojos sin soltarse
de sus párpados se aturden
cuando Ella con una máquina de afeitar
en su mano derecha comienza
a depilar con parsimonia
los matojos silvestres del laberíntico sendero
que guarda el tesoro del pecado inconfeso.
De pie, Ella mueve sus caderas al ritmo
de una melódica liviandad
que desgarra el corazón en cada latido
de emociones rotas.
Miento si digo que no
estoy excitado y que mis ojos
no huyen por segundos de sus propios ojos
que me cubren de punzadas hirvientes.
Con la tenue luz del candil,
la sigo observando de pie con la lujuria
que envilece y ulula el pensamiento,
sin dejar de aparentarle ser
un ángel cuidadoso del amor
que ahora le lame por solicitud
su ombligo, su espalda, su…
Me dice que vuelva a hacerlo
sin importarle que alguien
escuche quizás sus maúllos de gata en calor.
Ajena a mi pedido, calla mis palabras
adueñándose de un beso, dos besos…
Y como el penitente urgido
y sin que nadie pregunte y responda,
comprendo que esos besos repetidos,
(esclavos de nuestros propios prejuicios)
son el preludio, los precisos instantes
de la unión, la entrega.
Entonces, con la fuerza del toro salvaje
y con la maniática intención de fustigar mis ansias,
logro penetrarla hasta lo más profundo de si,
derramando toda la carga,
carga emisaria de tanta perfidia
y de tanto realismo encorsetado.
SIN TÍTULO
Y sé perfectamente
del olor que se oculta en tus senos,
allí, precisamente, donde se anida
tu debilidad.
Y sé de la vasta alegría
que te produce
cuando beso tu espalda
y bebo además por completo
el almíbar tendido en tu flor.
Y sé del tropel
que convocas cuando penetro en ti
sumando la unidad del uno,
sembrados de astillas para siempre.
Me da furia
cuando en los sueños
se me presenta una mujer desnuda,
y entonces en el acto
trato de despertarme para poseerla.
Excitado la busco
por toda la habitación,
pero cuando no logro lo específico,
siento un desengaño
ahora precisamente
cuando creo ser
un poco más precavido
sobre la almohada.
CUERPO DOMINADO
En el transcurso de sus veinte años,
siempre dominé su cuerpo.
—Déjame quieta-era lo que me decía
cada vez que empezaba a desvestirla por completo
mientras la zarzamora entre sus piernas
exhalaba su oloroso monólogo invitante.
Entonces, con la punta de mi lengua invasora
atada a su cuidadosa piel de mujer,
más el roce de mis punzantes mostachos
en sus senos maquillados de mariposa,
detonaba todos sus secretos en el abalorio
de su boca golosa que soplaba
al ritmo contrastante de mis labios.
—Déjame quieta— me volvía a repetir
en el enervante silencio de la noche
que se perdía en los zaguanes
de la ciudad y sus amores ajenos.
Atento en la distancia
y conocedor del límite amenazante,
mi fusil buscaba en ella,
reventar la diana
con su vital líquido
para abrir claridades y confrontar el infinito.
Hoy veinte después,
somos otros
en la intangible brevedad
del espejo come rostros y tiempos
que además, refleja la dórica pareja
de ráfagas internas
y de soles que perjuran las navajas de la memoria.
ADIVINANZA
Despierta
con el llamado de Séfora.
Criticado,
pero al final alabado.
No tiene voz
aunque narra
en primera persona,
y acompañado se ve
siempre
de una larga melena
y un par de granadas colgantes,
que detonan
cuando su cíclope ojo
se derrama en el fondo
de la piel
que se estira
sobre la vastedad de los deseos
en un vuelo tan cercano a lo perfecto.
Grueso leño
en alta mar que cada cuerpo
cuando mitifica el 69,
abraza por amor.
Digo
que no soy yo,
ni tú,
ni nosotros
sino él,
el mismo que penetra
con todo el imperio carnal
donde la raíz tiene su frontera
y siente entera su ansia
en humana forma.
Es él,
El mismo que cubre su calva
con el propio nombre
y que el espiral del tiempo,
arruga y funde
en pleno estuario
como aquel pájaro tormenta
de vuelo equivocado
que guarda las trazas en sus alas
por las noches cuando sueña.
MERETRIZ DE SANGRE INDIA
Mujer, efigie del deseo,
tu nombre se deshace sílaba a sílaba
todas las noches, de todas las formas,
en el lecho de los amantes
que como astrales
en galope de ardor y cardamomo
buscan tus piernas
y penetran en ti su dura existencia
para remover de un todo
sus propias pretensiones,
como si el mundo se sanara
en la alegría de conquistar el paraíso,
mientras tú, hembra poseída,
de sangre india,
dejas correr como un río
tiempo, vendimia y tristezas
en la curva del infinito.
Mujer, efigie del deseo,
nativa de donde las palabras
dejan de habitarte,
tus sueños se repiten
cada noche amando una y otra vida
con el alma rajada en un centavo
que se funde en tus arterias.
Mujer, efigie del deseo,
todavía una danza de espermas
gotea en tus piernas repletas de caminos
y en el ojo de la rosa
mientras tanto, la historia
espera definirse.
DECISIONES
Hoy sí,
me dijo tajantemente
mientras se sentaba
en el diván verde oliva
aquel 19 de abril
de cuyo año siempre
quiero acordarme:2002.
Deseo, prosiguió diciéndome
al oído derecho,
acabar con todos los temores
acumulados en mi cuerpo
desde hace mucho tiempo.
Ya en pleno vuelo de la decisión
y sumergidos en una copa de vino,
comencé a despojarla suavemente
de su ayer escurridizo plumaje
como un veterano pájaro
en la súplica de la rama de un árbol.
Fuera de sí,
chocamos las bocas
varias veces
sin herirnos, claro está, en un velado espacio de luz
para el encantamiento total.
Plena de ganas y sin vacilación,
agarró seguidamente mi dura estampa
colocándosela primero
en la mitad de sus tibios senos
de mujer virgen ,
para luego llevársela por completo
en lo más profundo de su boca
durante diez largos minutos.
En el calor de los adentros,
y teniendo más cerca
la geografía de su sexo,
giré también mi cuerpo,
para beber toda el agua
que de allí se derramaba.
Ya vencida la tarde,
y mirándonos de frente,
me pidió afanada
que siguiera la ruta
de un éxtasis evocativamente
orientado y, formáramos
una sola figura sin extremos
para que el amor
pudiese agarrarse de la placidez
al momento de mutilar la flor amada
por vez primera sin causarle daño.
Hoy
seis años después,
el espejo de la alcoba refleja
con todo el tórrido refugio de su voz
nuestros íntimos encuentros
sobre el diván verde oliva
como si fuera un volcán
paulatinamente gradual
que va calentándose sin necesidad
de sus amos en el hemisferio de las quimeras.
INSINUACIÓN
Sigue la ruta
que divide mis senos.
Desliza tus antojos
por toda mi cintura.
Implacable, sé brutal si lo deseas
hasta que el zumo
te sacie con pasión.
Agiliza tus labios
por toda la espesura
de mi espalda.
Ahora cambia
tu rumbo hacia abajo,
cuesta bien abajo.
Y cuando
la intuición en mis pupilas
avise el desespero,
sin vacilación rompe
las cadenas
y penetra en lo más profundo
de la caverna
donde mi alma
izará el asta de la dicha ,mi dócil cazador.
CITA 53
Hay una leve luz encendida
en la alcoba 17 del cuarto piso
de aquel edificio color hueso
de la cincuenta y tres.
Adentro una joven mujer de 22 años,
completamente desnuda,
y de prolongada cabellera,
espera impaciente.
Hay varios espejos en las paredes
y en el cielo raso.
Hay además, una cama grande
con sábanas blancas
decoradas de brasas y de cielo.
Un televisor encendido
en el canal 54, donde una pareja
revela alguna de sus verdades rotundas
cuando de hacer el amor se trata
en una playa que no figura en el mapa.
Por instantes,
Ella mira el reloj
colgado en una de las paredes
que ha devorado las seis en punto de la tarde.
De una pequeña grabadora
en la litera, se escucha de paso,
una sumisa balada de Serrat
que apacigua la espera
y que dará además, pábulo
a la entrada de su amante
que separará la voz
de las palabras con los besos,
y traspasará la acuosa región poblada
de su perfilado y cuidadoso cuerpo,
con el duro metal de sus embates.
Un juego y un coito
que avanzan según los siglos y siglos
para hacer llorar el silencio
de felicidad plena
mientras la luna busca
precipitadamente el verso cabal
en las pupilas de sus ojos
pintando de blanco las miradas.
LA HAMACA AZUL
Colgada
en el último cuarto de la casa
se sostiene como primera invitada
la hamaca azul,
la misma que un día mi novia Valentina
me obsequiara y que comprara
en las tiendas artesanas que moran
en las afuera de la ciudad.
En ella
se mecen los sábados, los domingos,
y descansa como es lógico,
el asombro para que no se olvide jamás
el camino íntimo de los secretos.
De una punta a la otra de su gruesa tela,
revolotea la piel cómplice
de los amantes, que se aprieta
con el roce de lo habitado,
haciendo que el líquido de la creación
rompa la dureza de los cristales
en memorable lucha.
La hamaca azul
se adueña de los cuerpos
como por arte de magia
mientras la luz se apaga
en la infinita distancia,
indicando de paso que el vivir
solo dura un instante en ese viaje sin alas
que profana el santuario.
Y allí, en ese último cuarto de la casa,
sigue dominante día tras día la hamaca azul
que acuna del silente poeta
su sueño de piedra -eterno desafío-
que la noche forja sin tregua
en el manso canto de sus besos.