Del amor inconcluso

Fabio Martínez

Textos tomados del libro Del amor inconcluso.
Bogotá, Común Presencia Editores - Colección Los Conjurados.
Primer Premio «Jorge Isaacs», 1999.

Una mujer por cárcel

Si él quería unos zapatos de polvo de diamante, ella quería unos de corbatín de murciélago; si él pedía al desayuno huevos revueltos con jamón y queso (porque era un hombre ovíparo), ella pedía carne muerta frita; si él quería una cama giratoria de plumas de ganzo, ella quería una cama fija y sencilla de faquir; si él decía que quería conocer Suecia, ella hablaba del Africa negra; si él decía que quería ir al gimnasio y bajar de peso, ella prefería ir de compras a Unicentro con sus tarjetas de crédito; si él sugería óvulos, ella optaba por diafragmas; si él pedía pavo al vino (porque era un cernícalo), ella pedía lechona tolimense; si él le decía, adiós, currucutaca linda, ella respondía, adiós, monstruo precolombino;  si él quería hacer el amor en la noche, ella prefería leer El arte del tao;  si él pedía de postre flan de caramelo, ella pedía aceite de jengibre; si él cantaba Rocío Jurado, ella lo hacía con Bola de Nieve; si él quería pasar vacaciones en San Andrés y Providencia, ella quería pasarlos en La cueva de los Guácharos; si a él le gustaba Paul Klee (por la economía del lenguaje), ella daba la vida por Fernando Botero; si él mencionaba hijos, ella optaba por perros y gatos; si él hablaba de llevar una vida sibarita, ella decidía afiliarse a la Sagrada Orden de la Mesa Redonda; si él compraba un reloj en forma de corazón, de tablero nacarado y agujas doradas, ella compraba un reloj de ferrocarrilero; si él llegaba a mencionar que le derretían las nínfulas de catorce años (era un pedofílico degenerado), ella, sencillamente lo mataba.

Era un hombre a quien le habían dado la mujer por cárcel.


El sueño de Borges

A Alejandro de la Torre.

Como Borges de Carriego y Barnatán de Borges, yo también tengo recuerdos de ellos.

A Barnatán lo conocí a través del poeta y me pareció un hombre fino y cultivado.

Con Borges sueño estar sentado a su lado en Cambridge  sentado en un banco al pie del río Charles. Borges está apoyado en su eterno bastón y mira pasar el río del tiempo.

En el sueño, yo escucho y lo veo (Borges no me ve porque está ciego).

En el sueño, yo soy el espectador de mi propio sueño. Soy el soñador soñado.


Expresionismo alemán

La flor azul es la flor de la noche y pertenece a Novalis. La flor plateada es la flor de la angustia y el desasosiego y pertenece a Georg Trakl.

Nosotros, como hijos de la noche, oscilamos entre la flor azul y la plateada que pertenecen a Novalis y a Georg Trakl, el atormentado de Salzsburgo.

En la flor azul están cifradas las esperanzas plenas del poeta que sabe agradecer a su dios.

En la flor plateada están cifradas las dudas y angustias del poeta que no ha sabido respetar a su dios, y por eso se siente infeliz y desdichado.


El bibliófago

Era un hombre que tenía como vicio mayor coleccionar libros y mujeres. Cuando éstas lo dejaban se llevaban en venganza su biblioteca. Ellas decían que lo hacían porque si habían perdido su cuerpo por lo menos se quedaban con su espíritu. Algunas, en su larga y dolorosa soledad los leían y al final comprendían la razón de su ruptura. El, como era un bibliófago empedernido, volvía a aprovisionarse de libros y asimismo los perdía. A lo largo de su vida perdió tantos libros como mujeres y en un momento llegó a tener una biblioteca tan grande como la de Alejandría.


El hombre de la bolsa negra

A Darío Henao.

Era un hombre que caminaba todos los días por la ciudad, con una bolsa negra. La ciudad era plana y tropical, y parecía que hubiera sido trazada por la mano de Wassili Kandinsky.

—¿Qué llevas ahí? -Le preguntaban sus amigos, al verlo pasar.

—Un hombre muerto. -Decía el hombre, y nadie le creía-.

—Oye, hombre, ¿qué llevas ahí? -Preguntaba la gente al pasar y el hombre en silencio, respondía la misma pregunta-:

—Un hombre muerto.

En la noche, cuando llegó a casa, besó a su mujer, y descansando el pesado fardo en la mesa del comedor, comentó:

—¿Sabes, amor? En el país se ha perdido la credibilidad. Ya nadie cree ni en los muertos.


La eternidad

A Joaquín Mattos Omar.

Después de no ver por veinte años a un amigo (yo era en ese entonces un invidente), lo encontré en un café y él, mas escéptico que nunca, me dijo:

—¿Sabes, FM? Ya no creo en nadie ni en nada. ¡Sólo creo en la muerte!

Preocupado por la suerte de mi amigo, pedí un par de cervezas y luego de brindar con él, dije:

—¿Cómo así? ¿En la muerte? No, hombre; no jodás, que a lo mejor tú eres una excepción en el mundo. Tú eres el único ser en el mundo que no va a morir. Animo, viejo, que tú eres inmortal; tú vas a pasar a la eternidad.

Y el amigo más incrédulo que nunca se bebió la cerveza de un solo trago, y me dijo:

—¿La eternidad? No, gracias; prefiero vivir.


Niña postmoderna

En su estudio vive sola con su perro y con su gato y tiene contestador automático. En el día, se la pasa hablando con clientes que siempre la están invitando a moteles.  En la noche, lee  a Italo  Calvino (Seis propuestas para el próximo milenio)  y a Carmen Rico Godoy (Cómo ser mujer y no morir en el intento). En su cartera, guarda una pistola nacarada de un solo tiro y una caja de condones marca Patriot. Los escasos polvos de oro que son ofrecidos por algunos clientes generosos, los estrangula con su mortífera regla T que tiene en su pequeña gruta diamantina. Dulce guillotina de la vida. Hace el amor a domicilio, en los ascensores y en los aviones cuando —a diez mil pies de altura— le toca representar a su agencia en el extranjero.

      
La infancia

Una noche, en un bar, a un hombre le ordenaron que regresara a la infancia. Si no lo haces, te matamos. El hombre bebió toda la noche y cuando estuvo ebrio penetró en el gran espejo que tienen los bares y entró a la infancia.

Los que habían dado la orden esperaron en la barra a que regresara y les contara su experiencia.

Terminó la mañana, y no regresó; terminó el día y en la siguiente noche, cuando los hombres pasaban por una mona de los mil demonios, vieron la imagen de un hombre que les hablaba desde el espejo:

—Ah, todavía, ¿siguen bebiendo?

—Sí, pero cuéntanos, ¿estuviste en la infancia?

—Sí.

—¿Cómo es la infancia? ¿Cómo es eso, allá?

—Muy rico. Me la paso jugando y comiendo dulces todo el día.

—¿Qué más?

—Me la paso soñando. Es un mundo ideal, sin dueños y sin leyes.

—¿Cómo así?

—Las leyes que rigen son las del sueño y las del juego. Lo mejor de todo...

—Lo mejor de todo, ¿qué ?

—¡No trabajas! ¡Los adultos pagan por tí!

—¿Qué traes ahí?

—Una flor; es la flor de la infancia. Se las regalo.

Los hombres estiraron la mano pero no pudieron alcanzarla.

—Y qué, ¿piensas regresar?

—No, el mundo de ustedes es duro. Muy duro. Es un mundo sin sueños.

—¿Cómo así? ¿No piensas volver? ¿No vas a regresar? Si no lo haces, ¡te matamos! ¡ Mira cómo nos estamos divirtiendo!

Y cuando uno de ellos, que estaba sentado en la barra sacó la pistola y disparó, la imagen del hombre con la flor en la mano desapareció del espejo.  


El fantasma del Internet

A Ivonne de Greiff.

Me había enamorado de Linda Chip, pero ella vivía encantada de Glenn Ghost.

Una noche despejada y llena de estrellas, mientras bebíamos un jugo de tuti fruti en el bar La terraza, me lo dijo: “Tú me caes bien, pero yo tengo una relación por Internet”.

Vivía sola en las afueras de la ciudad junto con un gato llamado Bast, un computador y un modem de alta velocidad, que le permitía comunicarse con el mundo sin necesidad de tomar un avión o pagar una cuenta alta de teléfono.

A través de este maravilloso aparato, Linda Chip había tenido la oportunidad de conocer a Glenn Ghost, un piloto norteamericano matriculado en la U.S. Army, que como ella, vivía solo y cada noche dormía en un país y en un hangar diferentes.

La única compañía de Ghost era una cajita de chicles marca Adams y un computador del tamaño de la cajita de chicles que estaba directamente conectado a una red de mujeres latinas llamado ‘Latins lovers’. Las mujeres habían enviado su curriculum vitae por Internet.

Pagué la cuenta. Sus palabras me cayeron como una ráfaga de ametralladora en mi rostro; pero no dije nada. Sólo sentía que mi sangre se calentaba por dentro y subía a toda velocidad hasta mi cerebro. Linda Chip lo notó enseguida porque mi cara se puso roja como un tomate, y cogiéndome de la mano, me preguntó: “¿Estás celoso? No seas bobito, Rey, que Ghost es apenas una posibilidad virtual dentro de mi existencia. Aún no lo conozco ni sé cómo es en la vida real, pero su presencia y discreción me fascina, me seduce”.

Y abrazándome por la cintura, Linda me apretó el pene y me excitó.

Subimos a su apartamento. Bast pasó rozando su cola muy cerca de mí y se frotó entre mis piernas. Linda me desvistió de un sólo zarpazo, y con su naturaleza felina, me fue comiendo a pedacitos como si fuera una exquisito pernil de cerdo ahumado.

Luego, cuando terminamos, abrió la Internet, y me dijo: “Míralo, allí está Ghost, tan bello y tan triste como cuando volaba sobre Irak”. 

Y yo ví el rostro de un hombre lampiño, de unos treinta años de edad, que se reía de una manera triste.

—Vamos a ver qué dice —dijo Linda entusiasmada, y ella misma leyó en el inglés que había aprendido en el Instituto Víctor Quintanilla, de su ciudad natal:

Hi, honney,
mi mayor deseo es estar cuanto antes contigo.
En primavera no pude ir porque me enviaron a Afganistán.
En el verano me enviarán a El salvador,
pero te cuento que en el otoño próximo me mandarán a Colombia.
Allí estaré contigo.
I promise you.

Firmado,

Glenn Ghost”.

A Linda Chip se le salieron las lágrimas, y apagó la Internet.

La sangre que se había acumulado en los genitales volvió a subir a mi rostro. Linda me sorprendió, y volvió a preguntar:

—Rey, ¿estás celoso? Dime, ¿estás celoso?

—Sí, estoy celoso.

—¿Celoso de un fantasma? ¡No seas estúpido, Rey! Ghost es apenas una sombra.

—Sí, pero tiene sentimientos.

—¡Carajo, Rey! ¡No seas ridículo que Ghost es un fantasma! ¡Ghost es apenas una posibilidad virtual dentro de este mundo incierto y contingente.

Y yo que no podía aguantar más las infidelidades de Linda, le dije:

—¡Pero a los fantasmas también se les para!

Me vestí en silencio; Bast pasó rozando su cola muy cerca de mí, y la frotó entre mis piernas.

Afuera hacía un sol de verano.

Arte poética

A Ignacio Ramírez Pinzón.

Para crear Dios le dio el hambre a César Vallejo, la pobreza a Arguedas, el asma a Proust, la paciencia a Tolstoi, el genio a Shakespeare, la ira a Unamuno, el sexo a Miller, la belleza a Yeats, el destierro a Benjamín, la cárcel a Hikmet, el delirio a Dostoiewsky, la pena de muerte a Saro-Wiwa, la flor de liz a Pizarnik, el Sena a Paul Celan, el mar a Alfonsina Storni, el doble sexo a Virginia Woolf, la castidad a Borges, el cinismo a Quevedo, la dulzura a Cernuda, el laúdano a Nerval, la absenta a Baudelaire, el whisky a Dylan Thomas, la marihuana a Porfirio Barba Jacob, el arma a Silva, la cojera a Hawthorne, el nóbel a Soyinka, el caballo a Macedonio Fernández, el vino a Pessoa, la gordura a Neruda, el amor a Goethe, la impotencia a Hemingway, la rosa a Gabriela Mistral, la vulnerabilidad a Verlaine, el olvido a Julius Fucik, la locura a Erasmo, la bebida a Poe y la eternidad a Cervantes.
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©   Fabio Martínez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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