Dos textos narrativos:

Caminando
Jairo Andrés Múnera
jamvives@hotmail.com


No faltaba mucho para el mediodía. La séptima se veía algo alegre. La 45 soportaba estudiantes afanosos, algunos inseguros, algunos risueños, otros soñolientos. Muchos sentados en grupos de conocidos a las puertas de alguna tienda con las primeras cervezas en la mano.

Que bien me sentaría una cerveza fría. Con este calor. 

Se deja la 45 atrás y caminando hacia el norte los jóvenes dejan de prevalecer para mezclarse con todo tipo de personas; el ruido ensordecedor de carros y buses le daba color a la prisa, al caos y a cierta inquietud enfermiza  y sin sentido.

Me va a mandar el carro. Me apuro. Allá viene el bus que me sirve, pero no, mejor camino. Decidido, me demoraré una hora y media hasta la casa. ¿Qué hora es? Las 11:25, y 27, exacto. Ojalá no se me olvide mirar el reloj apenas llegue a mi casa. Allá viene el bus que cogía cuando estudiaba con ella. Me acercaba pero no era capaz de decirle nada. ¿Se daría cuenta que la perseguía? Igual me subía media cuadra antes. Como el día que cogí el ejecutivo y ella no, y me tuve que  aguantar ese paseo hasta mi casa. Después de estos años, pensé que habían quitado esa ruta. ¡Epa!, esta gorda no cabe.

Por las aceras personas afanosas  iban de un lado para otro y, por momentos, tenían que detenerse para buscar algo de espacio.

No caben los señores ejecutivos, pues. Cuidado se mueven. Llegan por cardúmenes. Un rayo y ¡pum!, desaparecen; pero nunca hay un rayo cuando se le necesita. La última vez ella se bajo aquí. Sí, en esta cuadra, la 59, seguro a encontrarse con su novio. Dejé pasar mucho tiempo. ¿Por qué no le hable cuando pude? ¿Por qué? Por cobarde…

Era un viernes soleado, no había una sola nube sobre el firmamento, un día en que es difícil irse a casa, negarse a un par de cervezas y a una tarde prometedora. Él, la vio salir de la facultad. Ella, paso frente a él y a su grupo de amigos; él, se disculpó, se despidió recibiendo reproches de fidelidad y la siguió totalmente poseído. Solo los separaban unos diez metros y el perseguidor la contemplaba atónito, el sonido de sus pasos sobre las pequeñas piedras lo tenían totalmente extasiado. Contemplaba lo poco que se podía ver de sus hombros desnudos y maldecía al  sol, villano, que los besaba sin pudor. La seguía, pero no la alcanzaba y no decirle nada lo enojaba profundamente. De repente, la detuvo un desconocido y lo preguntó algo, ella le dio unas indicaciones graciosas, encantadoras, perfectas. El hombre le dijo algo, ella rió. El perseguidor palideció; envidió profundamente el donaire, valor, gracia e inteligencia de aquel extraño excepcional. “¿Cómo lo hizo, cómo lo hizo?”. Ella continuó su camino solitario, mientras él la seguía sin voluntad propia. Se detuvo en la esquina acostumbrada. El joven se adelantó unos metros antes que ella, paró un bus y subió. Esta vez, ella lo siguió. Pagó y se dirigió a un asiento en la parte media del bus. La miró mientras ella se sentaba un poco más atrás. “Si no le hablo ahora, me jodí”, pensaba él mientras su cabeza ardía y empezaba a salir un tenue vapor por sus orejas. El bus dejó la 30 y empezó el suave ascenso por la 45. En un instante de valor y desesperación, se paró, dio algunos pasos y cuando estaba a su lado siguió derecho para ir a sentarse en la última fila de sillas. Permaneció inmóvil un instante, se paró, se sentó, se paró de nuevo, totalmente resuelto, llego, casi, casi, a su lado. La vio un instante mirando por la ventana. Él se iba a sentar, dudó, se devolvió medio metro, se inclinó, no pudo; hacía extrañas flexiones de piernas en el corredor del bus medio vacío, mientras dos hombres lo miraban con curiosidad; uno de ellos ya empezaba a sonreír. Él sudaba, no podía pensar, era la confusión y desesperación personalizada. Finalmente, desistió. Desolado, volvió al último puesto al lado de la puerta, agachó su cabeza y solo acertó a mirar sus manos.

Poco tiempo después, ella se paró, se dirigió a la salida trasera y timbró. “Imposible que no le diga, ni siquiera, chao”. El bus se detuvo con las acostumbradas cuadras de retraso, él, por fin, le dijo sin saber cómo: “Chao”. Ella volteó, lo miró extraña e indescifrablemente y muy pasito le dijo con voz insegura, que casi no sale: “Chao”. Bajó, mientras la boca de él quedaba tan abierta que la mandíbula se desprendía de su rostro y caía por la escalera, saliendo del bus y quedando inerte en la calle, afortunadamente, resguardada a la sombra del andén donde difícilmente la podría aplastar un carro. Después la recogería; por ahora, él solo podía pensar intrigado en aquel “chao” tan extraño pero esperanzador.

¿Por qué no le hablé? Nunca le dije ni mu, y debí, ese “chao”, con ese “chao”. Uf, que calor. Si me las estaba botando todas, y yo… pendejo. Yo le gustaba, seguro. Y nunca le dije nada. Después de todos estos años todavía pienso en ella… por algo será.

Un perro indefenso y confundido trataba de cruzar la séptima, se lanzó y un conductor atento disminuyó la velocidad dando tiempo para que el perro corriera al separador de la mitad, donde, triste miraba para lado y lado.

Mejor ni miro. ¡Qué vida puerca! ¿Será que ya cruzó? No, no pienso en eso y no me volteo. Ah, que va, me pudo decir chao, medio dormida, con sorpresa o cansada y por eso le salió temblorosa la cosa… ¿y la mirada? Normal, que va, seguro no lo esperaba, le parecería atrevido, en fin… no sé. Le hubiera preguntado al tipo del lado: “Hermano, ¿le puedo hacer una pregunta objetiva? ¿Vio a la vieja que se bajo y me dijo «chao»?” Y el hombre me hubiera dicho sabiamente: “Querido joven. Al ver sus dos miradas cruzarse pude distinguir una armonía cósmica perfecta, y a dos almas eternas reconocerse a través del vinculo místico del amor, todo a través de sus ojos. Sí, joven, sí, ella te corresponde, es, y siempre será, para ti”. Ah… ¿por qué no le hablé? Dios, empezó a calentar. Cómo se ven los cerros de bien cuando hace sol. Son tan prometedores. Claro que se ven mejor cuando están llenos de neblina en la punta haciendo resaltar el verde de sus pinos. Igual, siempre se ven bien, lo mejor que tiene la ciudad, sobre todo desde aquí hasta la 100; tienen tanta magia en esta parte. Me gustaría sumergirme en la montaña y quedarme dormido debajo de un árbol. Es extraño saber que están tan cerca pero que son inexplicablemente inaccesibles. El día que me mame en serio de todo esto me voy para allá y me entrego totalmente a ellos, vivo el resto de mi vida allí, solo, tranquilo y huyendo de cualquier ser humano, como el protagonista de “El perfume”. ¿Cómo es que se llamaba?

Pequeños copetones etéreos paseaban inadvertidos por el suelo y con saltos rápidos y precisos evitaban la proximidad con los transeúntes mientras picoteaban el pavimento estéril.

Quisiera ser un pájaro.

Dos cuadras abajo de la séptima está la décima, más angosta y por lo general, congestionada.

La casa donde ella vivía. ¿Será que todavía vive ahí? No creo. En ese edificio ¿cuál será el apartamento? ¿Cuál será su cuarto?  Caminaba por media hora, desde mi casa hasta aquí, solo para pararme en esa esquina y poder verla, aunque fuera un segundo, tener la oportunidad de hablarle, aunque si no le hablaba en la universidad, donde me la cruzaba todo el día, seguramente aquí no le iba a decir nada tampoco. Solo aspiraba a que ella me viera, se impresionara inexplicablemente con mi presencia y ya.

El calor del sol empezaba a hacer difusa la superficie del andén, la luz se reflejaba de tal forma en el piso que era difícil no encandelillarse y no se podía abrir los ojos del todo si se quería evitar el ardor y las lágrimas. La calle estaba congestionada como de costumbre, y los peatones habituales caminaban despreocupados y con un poco menos de afán, mientras los estómagos dirigían sus pasos. De repente, dos muchachos andrajosos y con pasos rítmicos se acercaron a un caminante que contemplaba atónito un edificio de una esquina.

Quizá yo hubiera podido haber entrado allí… a su cuarto… me hubiera sentado en su cama… Epa, ¿estos dos de dónde salieron? No, pero. ¿Qué hago? Ya qué. Por dormido.

Los dos muchachos  rodearon al hombre y caminaron a lado y lado de este, mientras uno de ellos lo abrazaba por la espalda inesperadamente.

–Una moneda, ñero –exigió uno de ellos con un tono callejero y hostil.

–No –dijo el caminante interceptado, sin brusquedad pero con cierta firmeza difícil de precisar.

–¿No nos va a dar nada? –preguntó uno, mientras su compañero subía el puño de su sucio y acabado saco para mostrarle, casi en intimidad, una botella rota que escondía allí.

De repente, el caminante se detuvo, desasiendo con decisión el abrazo de uno de los hombres, dio un paso atrás con brusquedad y abrió ligeramente los brazos.

–¡Qué! –dijo con autoridad, mientras miraba a uno al rostro.  Sin inmutarse, el otro lo llamó  “pirobo”, mientras daban la espalda y seguían su camino.

Se van. Pero ¿qué? Me les paré por lo menos. No hay que demostrarles miedo. Sigo caminando, despacio, despacio, para que se vayan cada vez más. Dios, de la que me salve. Pero, bueno, no me dejé. Me les paré y todo. Realmente uno nunca sabe cómo va a reaccionar. Y yo que soy tan cobarde. No, imposible, y menos con este trancón, uno grita o hace alguna cosa o se mete a un bus, imposible que la gente no haga nada. Quien sabe. Aquí, me apuñalan y nadie se mueve, no creo… en fin. “Pirobo”, ¿pirobo? Su madre.

Los dos muchachos se alejaban cada vez más del caminante dando pasos tambaleantes. Salieron del andén y se perdieron entre los carros que avanzaban lentamente mientras algunos conductores cerraban sus ventanas.

Dejemos que se vayan, de pronto se arrepienten y se devuelven. Casi me atracan justo enfrente de la casa de ella. Esquina de momentos felices y momentos malos. ¿Cuáles momentos felices? Si, pendejo, ¿cuál? Eh, pero que cosa para terminar siempre pensando en ella. Ya, hasta aquí, no voy a pensar más, me tiene mamado. No más, desde ya. Un policía. Debería echárselo a ese par. “Señor agente, esos dos que van ahí, tienen una botella despicada en la mano, me iban a atracar  una cuadra atrás, pero no me dejé, un berraco, si señores…”.

En un extremo del andén estaban dos policías hablando sin mucha animación bajo la sombra de un árbol enclenque. Indiferentes no se fijaban en los peatones que les pasaban por el lado, y parece, que nadie se fijaba en ellos.

No, mejor no les digo, de pronto me meto en un problema. Ya qué, ya me pase y no me voy a devolver. ¿Y por que no dice uno nada? Siempre callado guardándome todo. Ah, ¿cuál problema, cuál? Siempre con miedo hasta de mi sombra, miedo de hacer lo que más quise, hablar con ella. Voy a pasar antes de que cambie, me apuro. Rápido, rápido. Uf, casi no paso. Ya estoy cansado, toca bajarle el ritmo a la caminada así uno no quiera.

El sol se movía con prisa y la tarde se insinuaba dejando a la mañana atrás.

Me bajo por esta, la ¿87? Sí, esta es. Por aquí llego al parque del caño. Claro que ahora no se llama así. Cómo le han subido el estrato: antes parque del caño pues no venían sino los ladrones y eventuales deportistas intrépidos, después, lo fueron arreglando, y se conocía como parque de las flores y ahora, finalmente, el virrey, caray, y llegan todos los perros finos luciendo a sus dueños. ¿Qué le importa a un perro ser de raza o no? Banalidades fruto de la profundidad humana. A este restaurante habría venido con ella si las cosas hubieran salido entonces. Pero, ¿será posible que sea tan débil para terminar pensando en ella, siempre? ¡Qué pereza, hombre! Débil, débil, que soy, ya estoy de mal genio. Qué vida esta. “Pirobo”, pendejo. ¡Si se me hubiera venido! Taparse la cara con una mano, una patada al pecho, agacharme y un gancho de derecha sorpresivo, imposible que tanta pelea de boxeo y tanta película del compadre Chan no me haya servido para nada, y yo bravo debo ser una fiera.

Las personas del parque entre semana eran en su mayoría trabajadores de oficina, pocos hacían deporte y, alguno, tiraba patadas y puños de manera extraña.

Me emocioné, siempre me imagino tanto las cosas que me escapo de la realidad. Parece que nadie me vio. Hasta me agité. Claro. Pero qué, si nunca le hablé. Ay Dios, ya voy a llegar, me faltan pocas cuadras; las peores. Mi cama, voy a dormir toda la tarde.

Cruzando la autopista se entraba a un barrio algo tranquilo, aunque ya las casas empezaban a ser remodeladas, transformándose en oficinas y negocios. Los restaurantes con menú ejecutivo se estaban multiplicando.

Mi casa ¿cuándo me iré de aquí?

Una mujer abre la puerta y sonríe amorosamente.

–Mi amor, te ves cansado.

–Me vine a pie.

–¿Y por qué? Cómo loco. Debes estar rendido.

–Siempre.  Pero solo pensé en ti y eso me dio fuerza –decía el hombre mientras olvidaba mirar su reloj y saber cuanto tiempo había demorado en llegar.

 
Entrevista

Aquel mítico hombre miraba sin interés. Su expresión era clara. Uno más haciéndome perder el tiempo, conteste rápido lo que debe y lárguese.

El joven N., sonreía, o más bien hacía una mueca entre insegura e incómoda que pretendía ser una sonrisa. Con lo que me van a pagar aquí me puedo comprar un… ¿Y el tiempo? ¡Ya qué! No hay nada que hacer. Nada más que hacer. Una cosa estúpida e insignificante que se vende por dinero. Que se haya hecho el mundo para terminar así. Poca cosa, soy.

Llevaba varios días de entrevistas enloquecidas, su semblante era cada vez más sombrío pero a cambio, se volvió dueño de una sutil y profunda hipocresía. N., de 48 kilos, 1.68 metros, las estadísticas de sus peleas no son muy alentadoras, en realidad, no hay mucho que decir de él: un postulante.

Después de varias entrevistas llegaba a la última, con el gerente de la empresa: 1.78 metros, 89 kilos, habilidades vampíricas –pseudo vainas incorporadas–, con la posibilidad de tener siempre más, adaptabilidad, el más seguro, el más coherente, temido y respetado. Inmortal. Con ustedes –y con cierto parecido a Richard Gere–: ¡El Doctor!

N. contestaba a cada una de sus predecibles preguntas corta, eficaz, asertiva y productivamente, mirándolo a los ojos y repitiendo lo memorizado, mientras el Doctor miraba sus brazos endebles sin ningún apetito. El insípido postulante se sentía el hombre más bajo e infeliz del mundo.

–¿Cómo se ve de aquí a cinco años?

–Pues…–el timbre del teléfono lo interrumpió. El doctor contestó y empezó a hablar gerentesmente.

N. congeló sus labios y en ellos su respuesta premeditada desde hace ya varios meses. ¿En cinco años? Eso no es nada. Viendo pasar las horas…

“i don’t get any…
big ideas”.

Cómo me gusta esa canción.

Colgó, e indiferente y sin mirarlo, retomó:

–Me decía que en cinco años estaba ¿dónde?

–Espero estar tirado en mi cama mirando el cielo. Qué afán. ¿Qué estará haciendo usted? Creo saberlo mejor que cualquiera.

El Doctor frunció el entrecejo sin comprender, pero su pupila no tuvo tiempo de dilatarse. Aquel pisa papel, un puño de bronce, ya no estaba inmóvil sobre el hermoso escritorio de reluciente y lúgubre ébano. Fussssssssssssssssssshhhh. Pum. Rebotó de manera brusca y sorpresiva en el cráneo cuando todos pensábamos que se iba a quedar ahí, kafkiano, clavado, quieto y solitario. Esperando que la vida se retorciera en éxtasis a sus pies.

Fue un golpe productivo. El hombre cayó al suelo quedando inmóvil. N. se acercó al inmortal cuerpo muerto y le dio dos brutales golpes más. El sonido de estos últimos  no le resultó tan placentero como el primero. Un poco desilusionado se paró, cabizbajo y silencioso. La vida es tan dura.

Tomó su hoja de vida, pidió permiso, y salió de allí.

Al día siguiente lo llamaron para decirle que el puesto era suyo.

¡Conque era cuestión de iniciativa! Lástima que yo no sea un hombre de iniciativa, no podría. Y desconsolado, colgó.
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©   Jairo Andrés Múnera

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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