Semblanza de Clemencia Tariffa

Hernán Vargascarreño
poetasalexilio@gmail.com

Si es difícil vivir, lo es aún mucho más difícil explicar nuestras vidas.
Marguerite Yourcenar

A Clemencia la conocí en al año 1990 en Casa Caribe Libro-Café, la única taberna cultural que ha tenido Santa Marta, con una breve existencia de siete años. Pero antes de conocer a Clemencia conocí su poesía a través de su primer libro, El ojo de la noche. Quedé conmovido ante la sutileza y excelencia de sus poemas y me propuse entonces conocerla dado los pésimos comentarios que los pseudopoetas locales emitían de su poesía. Andaba en mi cabeza con el tema de formar un grupo para proponernos hacer difusión de la poesía mediante un programa mensual de recitales y mediante la publicación de alguna revista. El grupo se fue formando con Leda Beatriz Mendoza, Alfonso Delgado Campo, Miriam Reina, Monique Facuseh, Clemencia Tariffa y algunos años más adelante con María Teresa Escobar.

Nos dimos pues a la tarea de iniciar con los recitales, lo que sucedió en el mes de junio de 1991. Fue el inicio de una amistad que nos reunió en torno a cenas, vinos, noches de bolero y alguno que otro desorden. La poesía parecía ser solo una excusa para quienes creíamos en la amistad derrochando celebraciones en las que Clemencia siempre estaba presente.

Pronto nos dimos cuenta de los problemas epilépticos de Clemencia, de su dependencia total de la madre para poder sobrevivir, de su dependencia diaria de la medicina recetada por el siquiatra que la veía. Algunas personas aseveraban que Clemencia era drogadicta. Jamás fumó siquiera, y tenía muy claro que no podía tomar ninguna clase de licor, así como tenía claro que nunca tendría un hijo porque ella misma decía que se le podría caer de sus brazos en un momento de una convulsión. Su señora madre, doña Socorro, la tuvo sin casarse, en Codazzi, Cesar, el 22 de octubre de 1959. Allí estudió parte de la primaria y hacia los 8 años de edad se mudaron para Santa Marta. La máquina de coser y la preparación de toda clase de alimentos era el medio de subsistencia de esta madre soltera que pronto se dio cuenta de la enfermedad de su hija, pero la pobreza extrema le impidió el acceso a controles médicos. Clemencia vino a ser tratada pasados los 25 años, edad muy tardía, según los médicos, para controlarle sus ataques de epilepsia. Sin embargo, esto no le impidió terminar su bachillerato en el Liceo Celedón y conseguir algunos empleos como bibliotecaria de un colegio privado y como asesora cultural en el Sena de Santa Marta. También supimos que había incursionado en la radio liderando un espacio dominical en torno a la actividad cultural de Santa Marta.

Para cuando nosotros la conocimos Clemencia no estaba del todo mal, pero ya nadie la empleaba porque aparte de los trastornos convulsivos se le fueron acentuando otro tipo de enfermedades nerviosas (llamadas clínicamente, episodios psicóticos sobrecargados), delirios que la llevaban a desconfiar de todo mundo, a manifestar celos extremos por sus poemas y a la acentuación de una personalidad difícil de sostener buenas relaciones con los demás. Recuerdo que muchas personas le temían y la evitaban para no llegar a la controversia. Yo mismo fui víctima muchas veces de sus desplantes y de sus ataques directos, pero pronto aprendí a manejar la situación incluso en sus momentos más críticos, los delirios sexuales, pues una persona que padece trastornos convulsivos sufre también desórdenes en su libido lo que las lleva a repentinos incrementos de su deseo sexual.

Llegué a conocer unos seis o siete lugares de vivienda de la señora Socorro y de Clemencia, siempre cuartos de inquilinato en barrios deprimentes, espacios que la poeta detestaba y por lo cual le reclamaba a su señora madre, pero ella no podía darle más a esa hija por quien se desvivía para proporcionarle diariamente sus alimentos más apetecidos y para confeccionarle ella misma sus vestidos. Clemencia no entendía por qué tenían que vivir en esas condiciones tan precarias y esta situación era motivo frecuente de enfrentamiento entre estas dos mujeres acosadas por la pobreza y el abandono. En esas condiciones Clemencia tenía que soñar y crear sus poemas, motivo por el cual le gustaba instalarse frente al mar o viajar por toda la Costa Caribe a donde la invitaran a leer su poesía mientras su madre se quedaba con el alma en vilo esperando que pasados unos días su hija del alma regresara sana y salva.

Su primer libro, El ojo de la noche, se lo subvencionó el político samario Juan Carlos Vives Menotti, hombre de gran bagaje cultural que al conocer los poemas de Clemencia no dudó en encargarle al poeta José Luis Díazgranados que le preparase la publicación del libro, lo que sucedió en 1987 en la imprenta de la Universidad Nacional con el impresionante tiraje de cinco mil ejemplares. Ese mismo año Vives Menotti hizo llevar a Clemencia a Bogotá para que presentara su libro en la recién abierta Casa de Poesía Silva. También brindó otros recitales en varios espacios culturales de la capital, y cuenta Juan Manuel Roca que cierta noche Clemencia brindaría uno de sus recitales en una taberna cultural del barrio La Candelaria, y que llegado el momento, Clemencia tomó el micrófono y advirtió que no leería esa noche, porque si lo hiciera, temblaría la tierra. Efectivamente no leyó y los más crédulos quedaron contentos de que la noche de fiesta no se fuera a estropear nada menos y nada más que por un temblor de tierra. Clemencia regresó a Santa Marta con su impresionante equipaje de libros y año tras año los fue ofreciendo al público como una manera de conseguir algo de dinero. Parte de esos libros, cargados de inquilinato en inquilinato y llenos de tanta belleza, los pude rescatar el día de la peor desgracia que llevó a Clemencia a su caos total. Fue la muerte de la única persona que veía de ella: la muerte de su señora madre. Murió de un aneurisma cerebral. Clemencia despertó y encontró a la señora Socorro en el suelo junto a un pequeño charco de sangre. Buscó al dueño del inquilinato y le dijo: Mi mamá está dormida en el suelo y no se quiere levantar. A partir de ese momento, todo fue un polvorín. Cientos de vecinos se conglomeraron en la vivienda, llamaron a la policía y creyeron la versión de alguien que sugirió que tal vez esa mujer loca había matado a su propia madre. Era un sábado, la víspera de mi cumpleaños en un mes de febrero, y para cuando alguien me llamó telefónicamente a mi casa para que me apersonara de la situación, ya era demasiado tarde. Miles de personas casi nos impiden llegar a la casa. A Clemencia ya la habían detenido por sospechosa y la habían conducido a la estación central de policía. Ese sábado no hubo médico legista en el anfiteatro, el domingo hubo médico pero no hubo máquina de escribir y solo hasta el lunes pudimos reclamar el certificado en el que constaba que la señora Socorro había muerto de muerte natural. A Clemencia la mantuvieron esposada a unas vallas en el patio central del comando, pues no había celdas para mujeres, y no hubo poder posible para convencer a la policía que le quitaran las esposas que tanto le dolían. En un momento en que llegamos a llevarle ropa y alimentos estaba contenta porque un periodista la había visitado para tomarle unas fotografías, pero nos expresó su preocupación porque pensaba que no iba a salir muy bien fotografiada al no encontrarse bien arreglada. Era la conocida foto de la prensa donde el criminal aparece con un gran escudo de la policía tras de sí. Salió en la prensa local y el periodista samario William Fierro se encargó de hacer el gran escándalo y logró que su jefe, Juan Gossaín, amarillista como él, le diera un buen  espacio en el noticiero nacional de la televisión del medio día, donde salió la poeta, serenamente confundida y esposada, como asesina de su propia madre.

Aparte de esta desgracia teníamos que solucionar el problema del cadáver. Ningún pariente de la señora Socorro, que los tenía en cantidades en su pueblo natal y a quienes contactamos directamente, ninguno vino de Codazzi a reclamar el cadáver, y seis personas ajenas a su consanguinidad tuvimos que solucionarlo todo. Personalmente, nunca he tenido que sepultar a un familiar mío. Esa fue la primera vez que me tocó asumir tan dolorosa responsabilidad. Una vez Clemencia quedó libre y maculada por toda una sociedad ensañada y manipulada por la prensa, la internamos en la clínica del seguro social. Durante una semana completa hablé por los noticieros radiales, durante una semana completa el periódico El Informador nos dio primera página para desmentir y comentar los pormenores del hecho y resarcir en parte la culpa que sentían al haber sacado la fotografía con el emblema siniestro. Se hicieron reseñas de la vida de Clemencia, de sus condiciones de salud, de la belleza de sus poemas; entrevistaron al médico legista, pero la sospecha ya había sido regada y la maledicencia de la gente difícilmente cambia sus versiones después de fabricadas. En la ciudad se decía que yo había movido todas mis influencias para lograr la liberación de Clemencia, y que incluso el mismo médico legista había cambiado su dictamen. De nada valió la ciencia y el respeto de un médico ya casi anciano, de los más prestantes de la ciudad.

Clemencia duró cerca de tres meses en la clínica mental del seguro social. Luego, los integrantes de Poetas al Exilio le alquilamos un pequeño apartamento, le buscamos dónde la alimentaran y estuvimos pendientes de que no le faltaran sus medicinas. Pero al vivir sola, Clemencia no tenía quién la obligara a tomarse diariamente sus medicamentos. No bastaba que nosotros sufragásemos todos sus gastos, ella necesitaba quién la cuidara. Durante año y medio pudimos hacer este esfuerzo y en varias ocasiones nos tocó ir a rescatarla de su apartamentito, cargarla inconsciente después de muchas horas de haber convulsionado, e internarla en la clínica; hasta que nos llegó la crisis económica a todos y tuvimos que acudir a su antiguo mecenas, el político Juan Carlos Vives Menotti, quien dio la orden de que recibieran a Clemencia en la Clínica Fernando Troconis, en donde reside hace unos seis años.

Hay una foto terrible del poeta Antonin Artaud que luego de verla uno por primera vez es imposible olvidarla. Los que recuerdan esa fotografía podrán establecer una singular semejanza con el estado físico actual de nuestra querida poeta. La mantienen rapada para que otros pacientes de la clínica no la halen de los cabellos. Cuando Clemencia está lúcida pregunta por todos nosotros, recuerda que su madre se fue hace mucho tiempo y clama por su propia muerte. Si se pone agresiva, la atan a una silla de ruedas. Yo ya no soy capaz de visitarla, me he quedado sin fuerzas para ello. Me consuelo con saber que está bajo techo, alimentada y con medicinas. Y me urge la gran necesidad de dar a conocer su poesía, porque por Clemencia ya no podemos hacer nada más que asegurar que nunca la vayan a echar de la clínica.

Gracias a la Alcaldía Distrital de Santa Marta pude finalmente librarme de esa responsabilidad de seguir guardando fielmente los poemas que le rescaté de sus escombros. Me he encargado de que sus libros queden en la mayor parte de las bibliotecas importantes del país para al menos preservar para el país literario sus bellos textos. Soy incapaz de hacer un análisis crítico literario de su poesía pero la sé bella, tan llena de cualidades como de simbologías, pero ante todo consecuente con la humanidad. Comparto estas palabras triviales con ustedes, artistas y amantes de la literatura, solo con el ánimo de que también miremos al ser creador que existe detrás de cada obra, y además con la ilusión de que otras personas sean las que se encarguen de abordar las valoraciones crítico-literarias que hay que hacer de los dos libros de Clemencia Tariffa, quien ha sido excluida de cuanta antología se ha  realizado en el interior del país; y dada la calidad de su obra, no hay que proceder lo mismo con las antologías nacidas desde nuestra costa Caribe. Pienso en algunos nombres que podrían asumir este trabajo de reconocimiento a la obra de Clemencia, nombres como Gabriel Ferrer, Miguel Iriarte, Ariel Castillo, o quienes tengan el juicio y la capacidad de asumirlo con la altura que se requiere. De ninguna manera me mueve a que hagamos del nombre de Clemencia las cosas horribles que se han hecho con el nombre de Raúl Gómez Jattin, el mercantilismo a que se ha sometido su vida. Más bien es una manera llana y sencilla de palpar nuestros íntimos dolores a través del ejercicio de otro creador, una especie de espejo para encantar nuestros fantasmas interiores que nos permita conciliarnos un poco con el duro ejercicio de vivir. Así lo he asumido mientras me ciño la cota y la malla para batallar frontalmente contra mis propios fantasmas —que son enormes— oficio diario que los creadores no debemos descuidar, no hay sea que también sus sombras  terminen avasallando el último baluarte de dignidad de nuestras vidas.
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©   Hernán Vargascarreño

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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