La edad de oro
Shirko Gil
El desierto por el día era un reflejo del dorado que proyectaba nuestras sombras contra el propio sol en un enfrentamiento directo por ver quién era el que nos cegaba más. Al contrario que las dunas que se veían a lo lejos, el suelo aquí estaba duro y mi cuerpo pesaba demasiado contra las rodillas, que apenas podían sostener mis desaviadas fuerzas. Por las dunas se arrastraban los suspiros galopantes sobre tu cuerpo, mientras sus manos te abrazaban con pasmosa suavidad y arrastraban por tu piel arenilla suave al tacto, trozos de cabello que cambiaban de lugar y se contoneaban con el viento a tu suspiro, y más allá del vientre del deseo no se podía ver desde nuestras posiciones el oasis de tus ojos, donde irían a parar minúsculas arenillas arrastradas por otro suspiro que no era tuyo ni mío, frío de guerra en la inmensidad del desierto, cálido ropaje en el invierno de tu norte. Las rodillas crujían y las uñas se clavaban contra el suelo a medida que las fuerzas se desvanecían y nos postraban en el suelo a rezar plegarias al viento por que fuera tu espalda y no aquel maldito desierto, que se endurecía a nuestra presencia.
Pero el viento contestaba que no era tuyo ni mío, en todo caso tuyo, y castigaba a mis costillas con trozos de diminutas piedras que escupía el suelo mostrándonos el cariño que le profesábamos.
Su boca desembarcaba a tus pies y arrastraba la brisa, vacilante, hasta llegar a donde otros sólo desearon, luna creciente que quiso tocar el niño con las manos hasta que mirándola a los ojos se dio cuenta de que era decreciente y más valía apartar la mano si no quería que desapareciera con ella. Viento y luz se juntaban y escoltaban a una pícara serpiente que daba muestras de querer llegar a donde brotaba la vida, ofreciendo fruta prohibida a costo de fábrica, dos por uno en el festín de vuestra alcoba, los cuerpos se entremezclaban, el cielo azulado se volvía amarillento y mezclaba en el desierto sus tonos, no pudiéndose distinguir donde acababa uno, donde empezaba otro, dos amantes dando el todo por el todo mientras las tropas de la envidia se preguntaban por qué no les tocaba nada, sólo podíamos mirar, rendirnos ante la evidencia de la comunión de los cuerpos al norte, en el horizonte.
La serpiente desistiera ya de adentrarse en las entrañas de la vida, de tentar en la oscuridad evidenciada por tanta claridad, y arrastrándose con hermoso serpenteo se dirigía avispada hasta las dunas, dejando que su suave y húmedo tacto sustituyera a un viejo caracol de guerra que sólo pudo dejar babas de la mejor forma que pudo, y que nunca alcanzó la cumbre de las dunas. Envidia para él, que no tenía rodillas, se le habían hundido y ahora sólo arrastraba sus trastos de guerra, sin fuelle, sin esperanzas, sin babas evaporadas en el desierto petrificado que royendo pies a nuestro paso levantaba la humareda suficiente para no ver lo que aguardaba.
El viento empezó a soplar más fuerte, más severo en su convicción, y ya no pudimos ver si la serpiente llegaba a lo alto de las dunas, lo imaginábamos, lanzándose desde lo alto y moviendo de un lado a otro su cuerpo de placer. Cercana de llegar a tu cuello su boca se desplazaba tras ella, la boca de una tormenta de arena, formada por la colisión de dos amantes suspiros, que rozando el dulce cuerpo serpeante la engullía detrás de sus labios, dirigiéndose tras estos por tu cuello, duro y suave, arrastrada por la fuerza de la pasión y protegida por aquellos labios que succionaban todo lo que fuere obstáculo para tal vil serpiente, cercana estaba ya de otra serpiente. Pero ésta era conocida para mí, la misma que me succionara el alma en cada instante, aquella que llegando a tocar su suave cuerpo pensé fuere inofensiva, sin escamas que me rasparan ni veneno aparente al tacto, pero sí al sabor. Se extendiera hasta mi garganta y ahogara mi poca lucidez, dejando incomunicados corazón y mente, desvalido al azar del libre albedrío de la pasión, mi cuerpo siguiera las órdenes de su motor en estado puro, sin respetar a la madre lógica, sin un padre cerebral que le advirtiera de los peligros donde se metía, pasión quinceañera retrasada en el tiempo cegaba mis ojos y sólo veía verde, el verde de los tuyos, clavándose en los míos e inyectando la droga de la aguja, todavía caliente que le llevaba infeliz a un estado cata tónico. Y no había nada, sólo ella, pero la droga se acaba y te abandona a tu suerte, loca adolescente buscando algo que meterse y le llenara, a poder ser tú. Pero no niña, demasiado cara para ratita, demasiado cara para una cucaracha que creyó ver blanco en su piel con la claridad del sentimiento, que, rematado en agonía, le haría acabar aplastada por la suela de un sargento enemigo.
Sí, no, sí, no. Era el único que lo sabía, y mi corazón me volvió a poseer, la misma pasión irrefrenable del amante se convertía en odio irracional al enemigo, mi automática empuñada de refilón daba una voltereta sobre su gatillo y escupía mi rabia por su boquilla. Un estruendo en aquella tormenta no hubiera sido nada, pero fue mi señal de alarma para los que aún pudieran salvar sus almas o, por lo menos, ensangrentar sus armas.
En una emboscada no se espera que el otro ataque primero, por eso a él le pillo desprevenido que fuera tu lengua primero que la suya, empujándose ahora a su garganta rompiendo su hilo espacio tiempo, olvidando su memoria, perdiéndose su mente en nuestra cruenta batalla a miles de kilómetros, exiliada del festín de la entrega, entregada al primer exiliado transformado en caracol errante que la pudiera sostener en su cáscara, mochila de enseres de guerra que era tiroteada con gracia y donde yacía muerta su mente. Seguro que hubiese preferido un tiro en su cabeza, enturbiada por tu belleza. Pero la mía también lo quería y nadie se lo concedía, enemigos poco agradecidos que no sabían apreciar mi gesto reflejo que terminó en una bala en todo el vientre de su sargento. Desde luego para nuestras mentes aquel era el momento en que había que esperar cola en el supermercado para ver si estaba de oferta el insecticida que funcionaba tan bien para insectos alados, que por lo menos no perdían su mente en cada vuelo. Quizás no la tuvieran, que suerte.
Compañeros de procesión levantaban sus fusiles y apretaban el gatillo disparando sin ver e hiriendo a pobres soldados desconocidos, quizás guiados por el mismo instinto, alumnos aventajados de un Cupido ebrio que no razonaba con su arco. Miles de balas atravesaban los corazones de aquellos soldados a los que no le cicatrizaran todavía las flechas del maestro antes mencionado. No me podía ni imaginar cuantos labios de bellas mujeres pasaban ahora por delante de los ojos de mis compañeros interceptados por la muerte, que les recogía sin suavidad en aquellos pastos de sangre y vísceras en los que Belcebú galopeaba rimbombante, ávido de nuevas almas para su rebaño, festejando en los muelles de una cama a ritmo de carcajada las envidias que encargara a un antiguo amante tuyo y que llegaban ahora a un poblado de cariño desolado. Y el desierto mantenía el coito con el cielo, dorando las uniones que cegaban a los allí presentes, tus uñas resbalando por su espalda dejando las huellas de los blindados un surco clavado en los poros humedecidos de la piel del desierto, donde brotaba un hilillo sanguinolento, llegado a nuestra posición ya río donde las vísceras condimentaban aquel caldo recién hecho, que alimentaba con su hedor la anticuada caballería del bando enemigo, mientras un semental de turno trotaba por la suavidad de las dunas excitándolas con su tacto. A la vez escalofríos en tu ser te hacían sentir de nuevo algo, estabas viva y lo sabias, también yo lo estaba, la muerte danzaba con todos pero al igual que toda bella dama se negaba a bailar con un tipo muy poco arreglado para que me llevara a su tumba a imitar vuestros movimientos, a miles de Kilómetros al norte, a solo cientos en las dunas los proyectiles emergían y sumergían de la arena embutiéndose con tu piel los unos con los otros, rozándose y peleándose entre ellos por ver cual disfrutaba en mayor medida del sagrado tacto.
Las bombas empezaron a caer. Provenientes de los cielos se estampaban a nuestro lado los proyectiles que nos querían acariciar, el cielo respondía al desierto en su ritual de unión y clavabas tus dedos en su espalda aún más. Ahora buscaba yo volver a sentir uno de ellos en el desierto. Con los pulmones a reventar de arena y rabia el festín llegaba a su cumbre, hasta colmar el sentimiento, los cuerpos convergían al compás de rítmicas canciones a la par que los muelles chirriaban y gritaban al aire después que un blindado pasara por encima de sus piernas, manos, brazos y todo lo que encontrara a su paso, la fuerza desatada con cariño transmitida de un cuerpo a otro rugía como un león que perdiera su horizonte y acabara perdido entre las dunas viendo a lo lejos a los convidados a su último paseo, saltando por los aires. Buscaban tal vez a superman, apretaban el gatillo aun cuando fuera lo último que hicieran en sus vidas.
La bala penetraba con orgullo las entrañas aún vírgenes, cumpliendo el sueño adolescente de convertir el momento en sí en algo atemporal e inolvidable, algo que quedara grabado en tu mente para la posteridad, en el momento en que todos los amantes pasaban por delante tuya, intentando convencer como podíamos de que intentamos lo mejor. Muchos los llamados pero pocos los elegidos, los cuerpos al sol seguían bronceando los pálidos rostros que la muerte nos había fingido con metralla que penetraba en la piel con la misma suavidad con la que unas manos tocaban otras y se deslizaban más allá del antebrazo, entrelazando unos dedos con otros. Aunque mi tacto no era en exceso áspero no convenció en la pasión a tu corazón ni en la batalla a la fría pólvora.
Corría enloquecido persiguiéndola a ella pero la respuesta era solo la visión de otros muchos que ya la habían alcanzado, tirados en el suelo arenisco y duro, que fue en último contacto con el planeta, el adiós más amargo, para ellos, supongo.
A medida que los muelles de la cama sonaban más fuertes, amortiguaban mis rodillas vuestro peso en el pensamiento, que no se desvanecía ni en esta teatrera situación. Disparaba ya sin mirar a quien, retorcido por la envidia, en aquella feria campal que poco se semejaba a la de los pueblos, a excepción de mi falta de puntería. De todos modos, había suficientes enemigos para acertar muchas veces en cualquier blanco, como blanquecino era el torso donde apoyaba él sus pegajosas manos sin dejar ni un tramo a los que nos dejábamos toda la carne en el asador.
La emboscada preparada no parecía suficiente, y en los cielos los pensamientos contradictorios permanecían, preguntándote tal vez si hubiera sido mejor otro, por qué no yo. Los cazas de nuestro ejército derribaban bombarderos enemigos, y ya no se sabía con claridad que era lo que caía del cielo, si sus bombarderos repletos de dudosas promesas o la resistencia de los últimos cazas de mi bando que sólo pudieron dar un poco de cariño para el que ni siquiera habían sido equipados.
Ese era el panorama deseado. Soldados, armas y desolación que traía una bella dama para cada uno para que esa noche nadie durmiera solo, y pudieran por fin compartir eternamente su incierto destino, llevando ella, eso sí, los pantalones en la casa. Algo reducidas eran las proporciones de la mansión, pero el cariño y la fidelidad era lo que contaban, y una vez allí, ella llevaría los pantalones bien puestos y a ninguno se le ocurriría salir a dar un garbeo por si caía alguna otra, ya que de ella quedarían enamorados por siempre.
Sólo esperaba el momento... Una patada en la rodilla y por detrás, a lo bastardo, caía de rodillas al suelo, pidiendo clemencia acaso. –Este es tu fin, hijo de perra–. Le vi su sucia sonrisa y supe quien era, soldadito él de los fuertes y valerosos, tenía dos espaldas de las mías y le sería de mucho más uso a mi ejército que dos como yo. El incidente en el cuartel no me lo había perdonado, y aunque no lo creyese se lo agradecía.
Sí, miré al cielo y vi un proyectil que venía justo hacia mis narices, las dunas contoneaban ahora con mucha más fuerza, los suspiros de la tormenta entre tu boca y la suya decían, sin pronunciar palabra, que el momento del nirvana corporal había llegado y era la hora de clavar tus uñas en su piel por última vez, el momento en que las tropas acabaran su trabajo y quedara uno sólo con vida que enarbolara la bandera en tu vientre y diera paso a una vida. En aquella carrera espermática a contra tiempo era el momento de mi hora, como había sido la de muchos otros, antes de que uno ganara al fin. Sabía que la hora de la verdad no se podía adelantar, pero tampoco atrasar y era aquella.
Otras abrieron otras extremidades y esperaron, yo abrí los brazos e igualmente esperé... Pero que coño, sorpresa la mía al ver un caza que se cruzaba en el camino de mi destino, el proyectil le alcanzaba el extremo de un ala y zumbando dando vueltas a medida que caía, se alejaba de mi trayectoria como un timador que me había dejado sin mi merecida recompensa. Su metálico cuerpo iba caer igualmente cerca. No lo podía creer, iba directo hacia el buen soldado que me había pateado, pero no podía ser, me tocaba a mí, caería suficientemente cerca, la explosión me alcanzaría, era lo lógico.
Cielo y desierto juntos en un lienzo dorado, pero el felino aéreo eclipsó mi vista y ya no podía verlo, redención para un pecador el no verlo. En un segundo, una milésima, tú y él, un norte esperanzador, una vida en camino, un alma redimida en el desierto, otra nacida en el vientre. El orgasmo se consuma y...
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© Shirko Gil
LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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