Mi nodriza,
mi escudero y yo

Jill Arango
elultimoestertor@hotmail.com


El dolor es mi escudero fiel,
me persigue con sus incesantes gritos,
atormentando mi mente aún en sueños.
Es la soledad mi nodriza,
me amamanta con un lácteo veneno
que descompone lentamente mis entrañas
y descubre los huesos ensangrentados.

Vislumbro oníricas e innumerables puertas de luz naciente
pero al acercarme ya no las veo.
Y seguimos aquí, sin quererlo,
mi nodriza, mi escudero y yo,
sumidos en esta espantosa oscuridad.

Ni siquiera encuentro a alguien
capaz de guiar mis ojos ciegos
hacia la morada eterna del sol.
Mis lágrimas continúan descendiendo
y llevan consigo fragmentos de mi alma.

Entonces la agonía se ríe de mí,
y en mi sed de justicia clamo por Ella.
Pero Ella no responde, no aparece,
no osa atravesar con su espada de plata
mi indigno corazón ennegrecido.

Con la puesta de sol,
los murciélagos despliegan sus alas.
Nada podemos hacer, lo hemos intentado todo.
La luna surge pálida y triste.
Aún seguimos aquí, sin quererlo,
mi nodriza, mi escudero y yo.


Ilusión

Fuego que nunca se apaga
es el abismo negro y eterno
que desde los rincones de su alma
clama por justicia,
esperando que algún ángel perdido
llame repentinamente a su puerta.


Haunted Silence

Corres tras el manantial de perpetuo silencio.
Es la pasión la piedra hacia el estanque inmóvil.
Todo lo perturba, todo lo confunde.
Qué difícil es la quietud del agua
luego de que la hoja seca
se posa sobre la superficie y la mancilla.
Ya no es la misma,
para siempre perdida, no regresa.


A solas conmigo

Entre las cuatro paredes del infierno,
el frío puede quemar tu alma.
¿Será la nieve helada para quien la aguarda?
No conozco las huellas de mis pies
sobre la arena húmeda.
¿Qué es la vida?
El dolor de la fe cuando los niños ríen,
al  ver que la noche cae sobre sus cabezas,
siempre gélida y negra.




Eres la onda que recorre frenética
la superficie dormida del agua.
Mariposa inquieta, pese a mi silencio,
que despliegas el vuelo furtivo.
Aunque quisiera atraparte, no podría.
Como arena fina, te escapas,
inexorable por entre mis dedos.
Me desespero al ver la última golondrina
perderse en el cielo infinito de mis sueños.
¿Y qué será luego?
La lágrima única del deseo.


La última gracia

La muerte me llama con su voz melódica.
Puedo sentir el aire frío de su respiración.
Aquí junto a mi está presente.
Sus sombríos dedos acarician mi piel
con un hábito de gloria.
Me acompaña en mi eterna peregrinación.
Un tenue escalofrío siento en mí.
Ese estridente susurro en la distancia
me invade otra vez, ese beso.
Violáceos sus labios al fin alcanzan los míos.


Quiero

I

Quisiera amarte…
Sabes que es cierto.
Mi vida es una manta tejida
con interminables intentos.
Sigo corriendo, me falta el aire,
tu aire de odiada seducción.
Sigo viniendo día tras día
a visitar tu tumba vacía
pero pareciera que sigues muerto.
No se si te amo.
Alguna vez lo hice.
Ámame tú, ayúdame a amarte.

II

¿Por qué lo hiciste?
No comprendo por qué sigues aquí.
Una vez te fuiste pero nunca me dejaste.
¿Acaso te complace saber
que fui yo quien te abandonó?
Nunca me has odiado aunque sabes
que yo sí podría, aún negándolo.
Y tú solo sonríes y me miras
con esos ojos de profundo silencio y promesas.
Me cansé de llorar sobre las mismas lágrimas.
En mi dolor encuentro la firmeza de tu mano.
Gracias por haberte ido, gracias por regresar a mi.


Eureka

Al fin he comprendido, no sin esfuerzo,
que el destino de los hombres
consiste en andar descalzos
por los caminos empedrados de la vida,
padeciendo a cada pisada
el dolor de cargar eternamente
con los fantasmas de su conciencias.

Entonces ellos, fatuos esperanzados,
buscando a tientas su propios rostro,
desperdician su efímera existencia
porque cuando al fin lo encuentran,
sus espíritus se tiñen de vergüenza 
y desean, no la muerte misma,
sino no haber nacido nunca.
Saben que morir implica haber vivido antes
y que la muerte está siempre manchada de vida.


La espera

Como acordamos aquella noche,
llegué al jardín de la fuente,
quince minutos tarde, como siempre,
con mis maletas cargadas de recuerdos
y algunos olvidos escondidos
dentro de los zapatos azules que me diste.

También llevé el trozo de luna
que alcanzaste para mí,
además de las seis estrellas sin brillo
que fueron tu obsequio del año pasado.

Esperé algunos minutos,
tendida sobre el pasto verde.
Imaginaba tu mano en mi hombro,
como el ave imagina el nido
cuando está lejos de casa.
Horas después mis manos cubrían mi rostro:
Quizá tuvo algún problema —me dije—.
Días más tarde, anhelada en la tierra,
el sol alimentaba la esperanza
y la lluvia regaba la ilusión
mientras mi pecho cobijaba el anhelo.

Años han pasado, los zapatos azules
se han desgastado al igual que yo.
Mis ojos se cerraron contemplando el trozo de luna.
En mi lugar de espera, creció una flor
y junto a ella las seis estrellas vuelven a brillar.




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©   Jill Arango

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Poesía

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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