Espejos

André Cruchaga
andrecruchaga@artepoetica.net

El tiempo se ha derrumbado/de pronto, entero:
Lo que calla el cariño
Lo habla el espejo.

HUGO LINDO















“Manantial de un río” —cuando se limpia  con la franela de las manos,
Desnuda por completo el murmullo de los pensamientos, el fuego  de las piedras
Y la madera de la cual uno está hecho. Para eso fue la transparencia:
Desnudar, desvelar las raíces que se tornan en piel y en semblante.
Ahí se ve la soledad como las piedras frente al agua, al frío roce de la sangre
Y los huesos. Al ver los ojos las puertas del pecho se abren, redondas
Desde el horizonte interior, —cuerpo con relojes desnudos, tránsito de la arcilla.
La noche les da frío y los vuelve nebulosos: espectros de las jaulas,
Forma vaporosa del cuerpo hundido que ocupa…

Los espejos están ahí transparentes y desnudos. Pero también nosotros somos
Ese mismo vidrio convertido en página. A veces da terror, pero es
El reflejo mismo —y no al destrozo estéril— de cuanto brilla en el semblante.
No hay espejo que se niegue a ser agua cristalina, ni cara diferente
A ser   su habitada carne.  Al fin es la casa misma tendida en los poros.
Todo es real o irreal según las sombras dibujando el horizonte. Nada es otra
Cosa a la vista, desde dentro. Cuerpo y alma en su propio tacto: —Nada cambian
Sino todos los días del calendario, el trajín temporal de las vigas,
                                                                                La queja o el silencio de las ruinas.

Cuando miran, cuando se ven desde su líquido aliento, el árbol gime, indeciso.
Nadie sabe en la semejanza de río, qué aguas cruzan la conciencia,
Qué palabras esconden las venas, qué hilos del corazón desembocan y urden nudos
Para hacer del miedo otra vestidura, otro rostro sin vacíos encarnados.
Nadie acepta el latido de su propia palidez —esa que la tierra incendia solitaria,
Esa que siendo puerta o ventana traduce los silencios en recuerdos.

Los espejos están ahí, en todas partes, pero nosotros somos también esos espejos tiritantes;
No hay disfraz que valga para hacer ángeles, ni ser caricia, ni simple sueño.
En cada imagen emerge la fronda del recuerdo, lentos inviernos o las hélices
Del verano con su hojarasca de relojes, —celajes de un mar hundido en la concavidad de los anteojos.
Nada es diferente al ojo mismo del abismo. —abismo de la noche o del día.
Luz o sombra se delatan en el labio: —espejos de una misma herida galopante.
Sólo hay una salida para no permanecer bajo la niebla. Y esa salida única
Es no mirar ni que nos mire el ancla desbocada de los cipreses —esa porfía, digo,
                                                                            De deshacer los sueños en los ríos,
Y hundirse en un verdor de sombras aparentes…

En cada estadio de las tormentas, en cada horizonte del ansia, en cada camisa
Extendida en los brazos, hay infinitos vitrales, quizá cielo de arrugas, soles
De secretos fuegos, blancos dilatados, o negros de ceguera. Por eso, entre espejos,
Cada quien es el suyo, cada quien al mirarlo o mirarse, está rompiendo su propio interior:
El espejo que es desde el subsuelo del paisaje…


Sobre el suelo

Sobre el suelo este caminar de todos los días: —días de buscar el amor,
Los hangares de la alegría; preguntarle a la libertad su indiferencia, saber
Las consignas del futuro, contemplar los ríos de los ojos, desterrar la lengua de la ceniza
Sobre los trenes que rompen las retinas para convertirse en desnudos grises.
Sobre el suelo el juego de las sábanas —el viento alado de los pájaros,
Las ventanas que se tragan las palabras de los transeúntes, la miseria
De los perros mordiéndome la sarna de los zapatos, escarbando en el estiércol frenéticamente.
Atónito me deja este tiempo sobre  rieles de alfileres —uno se subleva
Desde el abismo hasta tocar el pecho  para tomar la mano del horizonte.
Claro que no es fácil revelarse contra la brama del despojo —no lo es, claro,
Pero ya otros, del cuerpo yerto sacaron esperanzas, y se vistieron con días de frenética esperanza.

Sobre el suelo la tierra, la vida en su cósmica cruz, el hierro de las sombras
En la noche, el lado oscuro del cuerpo tirado en zanjas de arqueadas interrogaciones.
A veces me pregunto mientras  duermo qué hacen los tejedores de la Patria
Entre el polvo, —qué hace el cuerpo dividido en sombras, sin caricias ni abrazos.
¿Es posible tantas pupilas hundidas en las sombras de un huracán sin frenos?
¿Cuánto duran los muertos en el recuerdo y los vivos en su cuerpo? ¿Cuánto?
Mientras espero el reloj juega a los años y rompe los cabellos y la garganta.
El suspiro ni el gemido abren puertas, mas bien las prolongan, las hienden
Sobre fantasmas de asfalto, abren la ausencia y no los ojos
—la luz gira en su propia sombra de gelatina.

Me interno en los parques para contar los pasos de cada hoja en el suelo:
—Hay miles que tiemblan en el tormento de la cercanía, en la ráfaga apenas de las raíces.
Camino sobre los párpados —hay escaleras leyendo las estrellas
O pasadizos  alargando la hora de la partida, la fuga del tiempo, apretada…
Desde el cuello se cierran los dinteles, la mesa donde se enciende la lluvia;
Allí no hay nada que ilumine las paredes, ni manos como ríos juntados:
—barcos de frío se meten en  la casa, es decir, a la almohada de la conciencia.
Suspiros abren las sombras y gimen las puertas —las ausencias agrietan los ojos:
El cuerpo girando en el agua, acortando las distancias de calles y ciudades.
Ahora la noche muerde los libros de las estanterías, muerde la boca de la angustia hasta el fondo.
El tiempo desciende hasta el césped. Y la ternura,  ¡aún la busco!...

He ido buscando espacios donde la lluvia desde su interminable puerta,
Bajaba y llenaba la mesa: —esa lluvia que los cuerpos dibujan con cerillos
en el trasfondo de la noche o del día.
Lo que fuimos no estará bajo el suelo, sino en el suelo simplemente,
Junto a ese silencio que siempre nos navega, junto a casas sin almohada
Y probablemente sin esperanzas. Tal vez ahí la sed nos asista para volver al agua
Y quite el frío de los brazos. Y los ojos lancen  alelíes a través de las ventanas.
Sobre el suelo los óleos de las venas, muslos y pies tiritando:
—La noche acecha las sienes, gime el rocío sobre el cuenco de las manos.
                                                                  El tiempo siempre comienza en los pasos:
Uno nace de la herida de cada palabra, de otros ojos sedientos, del eco de las campanas,
de la historia del cuerpo.

Nunca sin amarse fueron posibles las gaviotas. Nunca sin la memoria cotidiana
Edificamos collares y alzamos vuelo. Nunca se nos dio sin permanencia,
Plantar manos en la tierra hasta ahondar en la lucha de las luciérnagas.
Sobre el suelo están las calles y los titubeos impredecibles de los animales:
—cada quien las camina buscando su proeza
                                                                     O las pierde en sus pupilas…


Última estación

¡Pero en las zonas ínfimas del ojo
no ocurre nada, no, sólo esta luz!

JOSÉ GOROSTIZA

No pienso en el Vía Crucis, aunque cada ser humano tiene el suyo propio.
Ahora el rostro desfallece frente al mar —la espuma alcanza el cuerpo,
La sal muerde los poros. El mar arde con su guitarra de olas en el pecho.
—Es el último mar que veré y se detendrá en el suspiro de mis labios:
Recién los peces tambalean en mis ojos; la luna los teje con sus hilos blancos.
El musgo de las islas remueve mi pecho; el horizonte vacía el árbol
Del pensamiento —árbol que en su herida espera a la muerte. La espera.
Dicen que hay un jardín de medianoche con estrellas donde los pájaros
Construyen diademas de luz intensa y que los sueños juegan a hacerse ciertos.

Cierto o no el pañuelo del horizonte de tanta inmensidad cierra mis ojos.
Las horas crujen cuando el reloj las derrumba. —Cruje también el esqueleto
Y esta porfiada noche en mis pupilas. Un día me despediré de las arañas.
Otro día será para lavar mis pies, el lecho donde duermo y mi cansancio.
Cuando todo esté listo vaciaré mis recuerdos —será el último recuerdo de mi agonía.
Será mi cadáver un poema sobre la hojarasca deshaciéndose en el viento.
—Quizá un jinete abrasado por la luz sin rostro, sin suelo, sin palabras. Será
Lo que siempre quise ser: un espejo profundo retando a la niebla absurda del calendario.
Será lo que debo ser: —una página en blanco para que siempre escriban
Los alelíes y en el umbral del sueño acaricien la lluvia salada de la cara.

Ya tengo ganas de dejarme ir en estas aguas saladas de la noche. El tiempo
Tiene hambre y sed de mí; ahora la luz se me perdió del dintel de las ventanas.
Fumo para perderme en el gris rabioso de las calles. La trementina aúlla
En mi olfato, la noche sobre el mar escarba en los dientes. —Esa noche y ese
Mar que juegan con mi muerte. Esa noche helada de los hierros, de la
                                                                        /herrumbre agazapada en el vinagre.
Viví hasta morir y ya eso es suprema proeza. Lo demás fue sólo risa o sólo
Dolor: —locura de andar este cuerpo sobre el césped húmedo de huesos y eriales.

Ya es tiempo, entonces, de dar fin a este Vía Crucis. Para qué la espera si aquí
El olvido llega pronto y todo enmudece siguiendo las consignas de la torpeza.
La lucha es fiera cuando la vida se mueve dentro de túneles sórdidos, —grotesca
Es hasta en el lecho de los muertos, impúdica cuando la dureza la corroe.
Me adherí a la danza,  erguido al eco —el sudor y el hambre cayeron como piedras;
conspiré asido de campanas y probé los andrajos en mi propia carne.
Ahora se acerca la hora de dejar mi armadura, no sé si hay ángeles en esa herida
De la tierra, si se puede andar silencioso con un crucifijo en las manos
O si también allí acechan las caricaturas y lamen con asombro los cadáveres.

Uno nunca sabe, por eso mis dudas. Pero en fin, sólo quiero un cenicero
y el olvido, un reloj programado para ir contando las horas, mis lentes por supuesto:
—Sin ellos sería imposible ver los otros ojos colgados de los ataúdes.
Sin ellos no podría divisar la infamia, ni ver las cuatro esquinas de la blasfemia.
Con lo enumerado quedo conforme. Aunque bien podría agregarse
Un bosque de araucarias y unos pájaros para recordar las estrellas…
Y por último quizá, papel y lápiz para escribir en las mañanas los ojos de la noche.
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©   André Cruchaga

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Poesía

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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