Germán Espinosa,
tras el cristal de la memoria
Juan Manuel Roca
Poeta colombiano
La vida, lo que para Aurelio Arturo son los días encabalgados uno tras otro, nos deja de manera silenciosa jirones de los otros, más aún cuando ese otro es un creador que nos ha acompañado en muchos senderos que se bifurcan, para decirlo borgesianamente, con el poeta de Buenos Aires.
Voy a hacer un recuento intermitente de ciertos pasos jamás perdidos de Germán Espinosa por su vida y por la nuestra, trazas de su persistente andadura por el mundo y por las letras, cuando se le rinde un tributo de gratitud y de admiración.
Acá está Germán Espinosa. Habla de Rubén Darío o de Paul Verlaine con la pasión que mueve todos sus actos. Dice de memoria (esa gran casona donde almacena, como viejos vinos, poemas e historias, sentencias y boutades) unos versos de quien era para Darío un “maestro mágico”, el saturnal Paul Verlaine, a quien sin embargo Rimbaud llamaba de manera despectiva como “el pobre Loyola”.
Ahora prende uno de los muchos cigarrillos que fuma sin tregua, llena una copa y recuerda a don Francisco de Quevedo. Teje historias como Genoveva Alcocer teje coronas y como su lúcido personaje tiene una inmensa, una insaciable curiosidad por saberlo todo. Por momentos, como Gustave Flaubert, que proclamó de manera confesional su “Madame Bovary soy yo” se espera que nuestro virtuoso novelista diga alguna vez: Genoveva Alcocer soy yo. Sí, Genoveva Alcocer, emblema de un criollismo universal, metáfora de un fecundo puente que sirve de mestizaje entre muchas sangres cruzadas del viejo y del nuevo continente.
Acá está Germán. Escribe un texto sobre las cuevas de Altamira, de esa vieja “sala de pinturas rupestres, considerada como la Capilla Sixtina de la prehistoria”. Habla de brujería, y en su voz hay vuelo de escobas, imágenes goyescas, piras y calderos, pócimas de San Antero y bálsamos de Tolú.
Porque Espinosa tiene la gran destreza de dotar a su palabra de realidad y de sentidos. He tenido el privilegio de su inalterable amistad, y no ignoro que muchos jóvenes piensan que cuando él pasa por las calles bogotanas es el talento quien pasa. He tenido el privilegio de que su novela “Sinfonía desde el nuevo mundo” me haya sido dedicada, desde la atalaya de una ya proverbial generosidad. Y he tenido sobre todo el privilegio de asistir a una entidad humana a la que todo le interesa, la música y la arquitectura, las mitologías y las teologías, el trasmundo y lo que se nos oculta en los pliegues de la más precaria realidad, el sueño y la historia, la filosofía y una larga reflexión sobre el lenguaje, el arte de la conversación y la poesía, por siempre la poesía.
Sabe con Jules Michelet que los dioses de la religión vencida se truecan en demonios de la religión triunfante y él los acoge en el sábat de sus palabras, en los bosques y las landas de sus voces, en la fiesta del lenguaje que convoca en “Los cortejos del diablo” o en “La tejedora de coronas”. Hace con la historia, que según René Char es el reverso del traje de los amos, un pasadizo por el que anda la poesía insumisa, la imaginación puesta al servicio de crear a la par de una verdad ética una no menos apreciable verdad estética.
Una noche pasea entre sus fantasmas, del Siglo de Oro a Manuel Mujica Laínez, del Arcipreste a Borges, de la Cartagena de Indias leída en su alfabeto de piedra, de su rezago colonial poblado de iglesias y de sombras inquisitoriales a la Bogotá que ha hecho muy suya, de la obra del espléndido compositor de la Pequeña Suite, Adolfo Mejía, a su gusto por la bossa nova o por la música de Eric Satie desde el arsenal de música que nos provee Elkin Mesa.
Acá está Germán Espinosa. El buen amigo. Pero también el ironista. Escribe su paródico cuento “El diccionario”, un prontuario de equívocos de escritores colombianos, un cuento que devuelve como forma de exorcismo, de “vade retro”, cierta picaresca de nuestras letras nacionales, las falsas taxonomías y los inventados cánones, la descripción o el empadronamiento de las diferentes salas del Olimpo criollo, semblanzas breves de algunos escritores que aún son coronados con secos laureles y manojos de cilantro, Biblia pauperum, bizarra y pintoresca Biblia de pobres.
Acá sangra, lucha y pervive, como diría el poeta de Orihuela, Germán Espinosa. Tiene una forma tajante de ser, sin pliegues ni sinuosidades, no gusta de mediatintas y ese carácter frontal lo hace dueño de sí, de su propio coto de caza estético. Creo verle un talante ácrata, una suerte de aristocrática andadura por el mundo que no le resta ni afectividad ni calidez. Acá está Germán Espinosa. Vuelve a revisitar en la memoria sus días solares de Nairobi, su infancia amurallada en Cartagena entre tías beatas y humedecidos folletines como si hubiera habitado en un poema de Luis Carlos López. Son muchos los parajes geográficos y sensoriales que lo pueblan: como Henri Michaux, viajero entre viajeros, habla a los que fue y los que fue le hablan, sin que medie el reposo.
Ahora tiene 15 años y acaba de publicar su primer libro de poemas. Lo imagino exultante. Y es que Germán, como San Pablo, el apóstol que si no habitara la inmensa casona de la Biblia él hubiera inventado sólo para escribir El signo del pez, fue tumbado del caballo, siendo muy joven, en su camino de Damasco. Ya no por una luz cenital como le ocurriera al poco creyente de Saulo, sino por la palabra, a la que pastorea con paciencia. Desde entonces ha estado condenado, aún en las duras y en las maduras, a escribir. Ejerce de manera feroz una disidencia del facilismo narrativo, de los que pactan con una literatura que se hace subalterna del cine o, en muchos casos, del precario lenguaje de la prensa. Ejerce una clara disidencia frente a esos guiños de la moda editorial que nuestro común amigo R.H. Moreno-Durán llamaba con tino y desparpajo “la estética municipal”. Es un animal literario como pocos en Colombia, no ha vivido un momento de su vida sin la presencia del arte. Y eso lo engrandece. Y me produce siempre el goce de la admiración.
Acá está Germán Espinosa. Y creemos, sus leales amigos y lectores, que por muchas veces seguirá por estas encrucijadas del mundo que llamamos Colombia, creando. Creando y recreando en unión libre con su innegable talento.
Acá está el visitante furtivo que nos trae noticias salitrosas y fantasmales de un convento levantado frente al mar. Como debe estar también, en algún rincón del aire Josefina Torres, su sombra fiel y enamorada.
________________________________________
© Juan Manuel Roca
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v8n30espi.html