Infalibilidad

Iván Osorio Guzmán
ivanosoriog@hotmail.com

El Papa Juan Pablo II dijo que la Iglesia se equivocó
al condenar al famoso astrónomo Galilea Galilei hace 350 años.

Associated Press (AP), 10 Mayo 1983.

Cuando el diablo guardián abrió por primera vez en más de tres siglos el portón de la celda de Galileo Galilei en la calcinante prisión del infierno, farfulló el contenido del cable internacional al anciano que inundaba con sus barbas cenicientas el reducido calabozo y que tenía rayadas las paredes con las marcas de todos los años que había permanecido allí.

El viejo astrónomo, médico y matemático, que había sido juzgado por la Santa Inquisición y obligado a abjurar de que el sol era el centro del sistema solar, no dijo nada sino que recogió uno a uno sus bártulos y salió de la celda, arrastrando los pies.

Sin hablar, solo con gestos, se negó a entrevistarse con el mismísimo Satanás, que deseaba presentarle sus excusas, aduciendo que sólo había obedecido órdenes superiores. Galileo tampoco quiso aceptar que el guardián le llevase sus cosas, que estaban embaladas en un morral de cuero de cabra. Además, se mostró reticente a subir al carruaje que lo conduciría a su nueva morada en el cielo, donde se efectuaría un apoteósico homenaje de desagravio.

En cambio, pidió con mímica ir al servicio de caballeros a aliviar necesidades contenidas ancestralmente. Allí, mientras hacía correr el agua del inodoro para despistar al guardián, terminó de armar los cohetes que había construido en esos largos siglos con polvos de carbón, azufre y otras sustancias raspadas con cucharas en las paredes de las celdas.

Acomodó los proyectiles en sus espaldas nacidas. Aseguró bajo el brazo las fórmulas de los descubrimientos científicos acumulados en su largo cautiverio. Listo, encendió los cohetes con el cigarro que le había obsequiado el diablo guardián.  Salió disparado del infierno ante el asombro de demonios y prisioneros. Cruzó la corteza terrestre —el infierno queda en el centro de la tierra— y ascendió por la chimenea del volcán Etna, rumbo al espacio sideral, seguido por la inmensa estela de su barba.

Ese día, tres observadores en puntos distantes del planeta anunciaron que un cometa se dirigía hacia el sol —estrella que hasta los niños saben, es el centro del sistema solar— y semanas más tarde, apareció una nueva mancha en el astro rey.   Ese lugar es el único en donde Galileo Galilei se siente seguro, pues nunca se sabe cuándo pueda el Papa volver a cambiar de opinión.


La última visita

Se puso el abrigo mientras la viuda —rostro triste, vestido negro que la hacía más bella— le daba los detalles del trágico accidente.

Ella, él, otros amigos, parientes y conocidos acompañaron a Julio hasta el cementerio.

Prometió visitarla y lo hizo. Y poco a poco ella dejó de estar triste. A los cuatro meses se casaron.

Iban a cumplir un año, pero no habían sido felices. El recuerdo de Julio seguía como una presencia cotidiana, evidente en los muebles, que cambiaron; en los libros, que donaron  a una biblioteca; en la música, que no escucharon más.

—Y últimamente doctor —dijo ella— hasta en el aire.

—Sí —dijo él—, por toda la casa sentimos su olor, su perfume repugnante.

—No —dijo ella—, ya nos hemos mudado varias veces. Sólo vivimos una semana en el apartamento que Julio me regaló.

El doctor les recomendó una ida al cementerio, que realizaron justo la tarde en que Julio cumplía un año de muerto.

Tenían que ir a su tumba y borrar con pintura blanca el nombre. No había nadie en el cementerio esa tarde. Buscaron la tumba, pero ésta no aparecía. Era como si nunca hubiera existido. No obstante, estaban seguros de que era allí donde lo habían enterrado. ¿Sería que los familiares de Julio habían mandado a trasladar los restos?

Buscaron al sepulturero. No estaba. Dieron voces y el hombre salió de un mausoleo.

—Disculpen —se excusó—, es que he tenido que trabajar mucho abriendo esas dos fosas que ven allá. Las vinieron a encargar ayer. El hombre dijo que las tuviera listas, que eran para unos esposos que traerían hoy a las tres. Lo raro es que ya casi son las tres y no los han traído. 

—¿Y cómo se llaman esos esposos?" —preguntó Iris.

—No sé, porque jamás me aprendo el nombre de los muertos" —respondió el sepulturero.

—Vámonos inmediatamente —dijo Iris con voz temblorosa.

—No seas tonta —dijo el hombre, no estarás pensando que...

—Sí —dijo, interrumpiéndolo. —Vámonos.

—No —dijo el esposo. —Quiero que veamos esos nombres para que de una vez por todas dejes de ser tan supersticiosa.

—Estás loco —dijo ella alterada. —Tu abuela va a ir para allá.

—Iremos aunque tenga que llevarte a rastras —dijo el hombre, enérgico, y la tomó por un brazo y la arrastró un buen trecho.

La mujer trató de zafarse. Cuando vio que era inútil, dio un chillido, histérica, y lo mordió en el brazo.  El hombre se abalanzó sobre ella, la abofeteó y la estrelló contra una lápida. Una mancha roja fue apareciendo alrededor de la cabeza de la mujer.  El hombre empezó a gritar como loco. Corrió hacia el sepulturero y apuntándole con una pistola le pidió los nombres. Aquél sacó su libreta de inscripciones y leyó:

—Irma González de Rojas y Joaquín...

Pero no pudo terminar. El hombre se había disparado en el corazón.
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©   Iván Osorio Guzmán

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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