En el jardín de los juncos

Vivian Astrid De Villeros
vivianastriddv@hotmail.com

Cuando recibí la propuesta de realizar la entrevista, pensé que era un tema del cual se había hablado en varias ocasiones y que con el devenir de los días ya estaba agotado. En aquel entonces, no tenía mayor importancia para mí en ningún sentido. Era denso y recurrir a él como punto de referencia no hacía parte de mi estilo. De esta manera, lo deseché llevando a migajas las recomendaciones escritas a doble espacio. Indudablemente, los tiempos cambian y ahora ha recobrado vigencia la propuesta. Pero antes de entrar en detalles, quiero reiterar mi apoyo a la mujer que se atrevió a contarte la historia que ayer  salió publicada y que hoy te tiene en la cuerda floja pues los dueños, de la revista, no conciben tanta solidaridad  hacia una causa tan escabrosa, como ha resultado el tema que nos alude.

La primera vez que lo leí lo rechacé de plano. Lo relacioné con una croniquilla  de media tinta, de esas que escriben quienes de la noche a la mañana posan de defensores de los vilipendiados derechos, de los que de lo le sacan partido a todo, incluyendo, los desechos en los que queda convertido el corazón ante un episodio que por desventura nos toca asumir como una parte innegable de nuestras vidas.

Era apenas lógico, pues costaba asimilar el relato de la mujer en ciernes, con la cual me identifico plenamente. En su valentía hizo lo que ya muchas hubiésemos querido hacer cuando debimos haberlo hecho, pero por el miedo tenaz al que dirán y a los malos entendidos con la familia preferimos evitar.

Unas horas más tarde, cuando retomé la portada de la edición, sentí recorrer un pasado ahogado en el olvido involuntario que subyuga a la psiquis en sus más íntimos recodos. Recordé a la parentela dispuesta a ocultarlo todo, pues era preferible dejarlo bien guardado, en el cuarto de san alejo que sacarlo a la luz pública. En todo caso, se le echó tierra y se tapó.

La descripción, que hizo la mujer violentada, fue tan encarnada que removió lo sucio, de aquella mañana infernal. Corrí a lavarme los brazos y las manos como, en efecto, lo hice en esa ocasión en los que bordeaba los diez años.

Fue un episodio sencillamente asqueroso que terminó por arruinar mi vida, y la de los que estaban a mi alrededor, pues desde ese instante tomé la determinación de no volver a creer en nadie. Lo llevé a tal punto de veracidad que me costó mucho volver a creer en mí misma y en uno que otro parroquiano.

La historia que narras, me condujo a la niña que juega desprevenida con las piedras y florecillas del jardín e insiste en conformar un círculo para arreglar, lo que a su modo de ver estaba en desorden, la jardinera de rosas y capullos en flor. Son momentos de total concentración en los que la niña se vuelca en la inocencia absoluta de los que no intuyen que el peligro acecha a pocos metros de distancia.

En tu relato omites que por la edad de la niña, tuvo que ser sometida a cuanta repetición existe; pues los médicos y practicantes que se enteraron del caso, construyeron otra  historia sobre la que aconteció en realidad. Fue como echarle un piso nuevo a una base de concreto resquebrajada por los defectos que no fueron subsanados a tiempo. Por la edad de la menor, debe corresponder a una de sus innumerables fantasías. Todo quedó en el papel y en la letra muerta de los especialistas que atendieron el caso.

La vida nos está dejando atrás, pensé a medida que sigo leyendo. La sed de abandono y desprotección aún no termina. Como un gato que se agazapa en la oscuridad, que salta y entierra sus afiladas uñas, lo hiciste conmigo aquella mañana de abril en la que mamá estaba dormida por los malestares habituales en ella. Fingiste querer jugar conmigo y te acercaste de manera tranquila a mi sitio, hasta entonces, preferido. El jardín florecido, lleno de juncos recién cortados. Así era yo, abuelo, como ellos. Verde oscuro por fuera,  esponjosa y blanca por dentro hasta que cambiaste sin saber toda mi vida; sólo por darle rienda suelta a tus deseos ocultos tras la huella de tus hijos y, ahora por desgracia, de tu nieta. Aquella  mañana tibia te acercaste a mí para calmar las ansias de caballo desbocado, para darle rienda suelta a tus ímpetus de animal salvaje. Cuando empezaste a acariciar mi rostro te devolví el beso como era costumbre hacerlo. Sólo que esta vez el beso se prolongó mucho más de lo requerido. Luego, siguiendo con la farsa, caíste al suelo y cuando acudí a sobarte ahí mismo aprovechaste la ausencia de todos y empezaste a manosear mis partes íntimas hasta que el grito de dolor o de espanto- aún no lo sé- fue regándose entre las flores en cabezuela. Mientras, era incontrolable la erección que poseías y atinaste a derramar todo tu mundo en mi boca y en mis piernas que tú abriste a empujones. Me quedé un largo rato contemplando el cielo. No opuse resistencia porque mi mundo no se había abierto a los desmanes, porque como le conté a uno de los médicos creí que las caricias no iban a sobrepasar la frontera de lo que concebimos como normal entre los que se quieren bien. Lo creí hasta que el dolor penetró en mi alma y me hiciste mujer a empellones.

Mi sistema inmune empezó a menguar. Era presa fácil de todas las enfermedades habidas y por haber y como la mujer que protagoniza uno de los titulares de moda, era proclive a todos los malestares del mundo. Al igual que mamá, los dolores de cabeza hicieron ronda en mi organismo. Un mutismo extremo me acompaña desde los días en que los tallos de los juncos fueron reducidos a una vainilla delgada sin aderezos, ni condicionamientos para adornar otros jardines.

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©   Vivian Astrid De Villeros

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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